viernes, 7 de enero de 2011

SUEÑOS DE SOFÁ

Poso mi cabeza sobre tus piernas esponjadas. Acaricias mi cara y entrelazas tus dedos en mi pelo, mientras pones en el ordenador la canción “Inventario”, un poema de José Saramago musicado por Luis Pastor. Para no verte cierro los ojos, sólo quiero sentirte. Coloco mis brazos en aspa sobre mi pecho, para que mis emociones no salgan fácilmente, puede ser peligroso si chocan en tu cara.

La música va perforando mi cuerpo por toda su superficie. Me voy aislando poco a poco, hasta que creo alcanzar un estado de consciencia superior. Acabo de romper la barrera de la razón. Y también supero los límites de tu belleza, quiero ver qué hay detrás de tanta hermosura.

La melodía de la canción me atenaza, abarca cuanto soy y las notas campan a sus anchas por todo mi ser. Abonado a tu pecho, escucho el tic tac de tu corazón a un ritmo inferior al normal… lo siento latir dentro de mí al ralentí. Y de repente me veo sentado en las butacas de mi fuero interno, que es donde se dilucidan las contradicciones de los seres humanos. Y viéndote, me veo. ¿Eres tú? ¿Soy yo? Tal vez somos los dos que queremos ser nosotros.

Creo sentir un contacto en mi frente seguido de un sonido articulado, trato de salir de mí, pero estoy tan adentro que me cuesta regresarme. A las puertas de mí, de nuevo, siento el contacto y el sonido articulado. Miles de pétalos de flores de todos los colores del mundo vuelan sobre mi cabeza. Abro los ojos y me estás besando. Tu cara también es otro pétalo de colores, el más bonito de todos.

La canción está terminando y con ella algunos pasajes de mi vida. Desde luego ha habido una armonía perfecta entre la historia cantada de Saramago y mi paseo interior. El silencio letal que queda en la sala me devuelve a la maldita confusión que reina en el mundo y que asola a las demás personas. A mí también.

Cuando vuelve mi lucidez, en tu bello rostro, veo otra preciosa melodía. Es una escena de cine mudo, aunque la visualización lo dice todo. Tus ojos parecen las puertas enormes y blindadas del jardín de las delicias. En silencio me dices todo cuanto sientes, que es todo cuanto yo quería escuchar.

Las tinieblas de mi corazón comienzan a clarear, están cediendo ante la luz del amanecer, ante la luz esperanza de tu existencia.

Una sacudida de fuerza interior me activa, me pone en pie, me convierte en héroe de las pinturas de María Jesús Manzanares. Y esto me dice que el mundo está ahí fuera, que debo salir con serenidad y saber que todo es conseguible, pero que la lucha ha de ser honesta...

jueves, 30 de diciembre de 2010

NAVIDAD

Es Navidad.

Comienzo todos los preparativos para la gran fiesta; ha de estar todo listo para una velada llena de amor y paz, cargada de buenos propósitos y grandes deseos. En mi noche más mágica me rodearé de todas las personas que amo y las agasajaré con mis mejores galas, además de ofrecerles mi gratitud y mi cariño eterno.

Para esta ocasión tan especial he decidido utilizar la sala más grande de mi casa, habrá mucha gente y quiero que haya suficiente espacio para los abrazos… y también para el baile. Aunque es cierto que las nieves de diciembre provocarán en nosotros el deseo explícito de sentirnos piel a piel, de juntarnos mucho, de transmitirnos calor sazonado con mucho amor.

Estoy desbordado de alegría, casi soltando alguna lágrima furtiva.

¡¡Alabado sea Dios, cuánta satisfacción siento!! Todos los adornos están en el lugar preciso y en el sitio perfecto. La preciosa decoración de mi salón es una proyección de mi estado interior: mucha luz, colores, cintas preciosas, bolitas que nos devuelven imágenes distorsionadas… Todo tan divertido, estoy colmado de felicidad. Gracias Señor. No sé si me quedarán risas para cuando llegue el gran momento.

Debo vigilar para que el menú esté a punto y en su punto. ¡Madre del Amor Hermoso, qué pantagruélica cena! No quepo en mí de júbilo, me postro ante el Todopoderoso y vuelvo a mostrarle mi agradecimiento. Son siete platos sí, pero la cantidad de cada exquisitez será moderada. La mesa, desde luego, debe de estar a rebosar de comida y de bebida. Todo ha de estar dispuesto de tal manera que mis invitados se sorprendan. Estoy realmente henchido de felicidad. Las copas del cava brillan tanto como mi feliz mirada, son preciosas y aguardan ansiosas muchos anillos en su interior pidiéndoles deseos diversos. En todos los deseos que se pidan, seguro, la materia prima principal será el amor. De verdad, que el Ser Supremo nos guíe a todos en este mundo lleno de espinas.

Se acerca la hora y siento un cosquilleo en mi estómago que me produce sensaciones alucinógenas. Qué maravilla, ya veo el desfile de modelos de alta costura en la pasarela de mi mente. No pierdo más tiempo, me voy a preparar. El momento, ahora, está ya realmente próximo. ¡Cristo vele por nosotros y se haga el custodio de nuestra noche! La satisfacción, el gusto y el contento interior botan y rebotan por todas las paredes de mi hermosa casa. ¡Loado sea el hijo de Dios, cómo puede haber tanta dicha en mí!

Los ladridos de los perros callejeros son acristalados, el vaho de los alientos es glaciar y los motores de los camiones de basura no rugen con ternura. El frío atroz me despierta tiritando y tengo que abandonar mi sueño para recolocar los cartones y las mantas. Al fin y al cabo me ha venido bien, estaba teniendo una tremenda pesadilla.

Intento dormirme de nuevo, porque mañana temprano seguiré esperando mi muerte. Es curioso, lo que para unos es toda una realidad, para otros es un maldito sueño…

¡¡Malditos sean los sueños deseados que no se hacen realidad!!

lunes, 13 de diciembre de 2010

UN CASO ANIMAL

Ha sido una decisión bien meditada y creo que bastante madura. Nos conocíamos hace tiempo y, francamente, tengo que afirmar que nunca un ser vivo me había llenado de tal manera. De ahí que no quepa en mí de alegría tras mi boda con Berta, una cabra que compró mi tía Celestina hace unos años a un tratante de ganado de Don Benito. En su entorno la llaman Mocha, es una manera de mostrar confianza y cercanía, aunque ella me ha confesado que nunca le terminó de agradar ese apodo.

Su madre fue una cabra muy querida en la comunidad caprina extremeña, cuentan que era una cabra desprendida, amable, cariñosa y solidaria como pocas. Sin embargo, su padre siempre fue un cabrón. Del resto de la familia Berta nunca habla, prefiere obviar lo bueno y lo malo y pensar que fue chiva única.

Por raro que os pueda parecer, por favor, tan sólo deseo que sepáis respetar mi decisión, que nace estrictamente de mi libertad individual y del profundo amor que le tengo a Berta. Ya bastantes dificultades tengo yo para organizar mi vida junto a mi cabra como para que ahora mis amistades mostraran incomprensión y lejanía. Sería el colmo, vamos. También estoy absolutamente convencido que, cuando vengáis a casa, cuando la conozcáis, van a sobrar explicaciones ante este hecho que a priori puede verse como insólito.

Y es que Berta, mi cabra, es un mamífero precioso. Mide ochenta y tres centímetros de altura, es ligera, esbelta, de pelo corto y áspero, color rojizo, cola corta y puntiaguda y no tiene cuernos, aunque aún conserva los muñones de los mismos en la parte occipital superior de su preciosa cabeza. Afirmo sin rubor alguno que es la cabra más bella del mundo. Reconozco que mi opinión no es nada objetiva, la quiero tanto.

Hasta aquí, todo perfecto, normal y escasamente reseñable. Ahora bien, para que veáis la complejidad del amor, llevamos casados tres meses y tenemos ya ante nosotros el primer obstáculo insalvable como pareja. Y eso queriéndonos como nos queremos.

Bueno, pues todo empezó hace ahora exactamente dos días y medio. Decidí sacar a mi cabra a que comiera un poco de monte y, tras quedarme embelesado mirándola totalmente enamorado, observé que había engordado bastante. En un principio creí que todo respondía a que, como dicen en mi pueblo, ya estaba “jarta”. Nada más lejos de la realidad. Tras examinar atentamente a Berta, durante distintos momentos del día, pude verificar que, efectivamente, se había puesto como un tonel. No descarté que pudiera tratarse de un trastorno alimentario, pues últimamente había percibido que Berta solía comer compulsivamente.

Durante la cena, le serví un par de onzas de forraje fresco y una lata de agua. Y decidí pasar al ataque. Le expuse mi preocupación por el repentino crecimiento de su panza. Ella, molesta, me miró, activó sus labios móviles y finalmente pegó un balido que se escuchó por todo el pueblo. Indignada me reprochó mi falta de tacto, y me transmitió que mi preocupación era egoísta e interesada. Me interrogó con tristeza si yo la seguiría amando cuando su juventud y belleza se marchitaran. A pesar de mi afirmación contundente y segura, ella me miró mustia. Su mirada no tenía luz. Y fue cuando se derrumbó y envuelta en lágrimas me berreó al oído que estaba preñada, que seríamos progenitores de un precioso chivo en primavera.

Jamás había pensado yo en ser padre, es más su preocupación venía de ahí, me conocía perfectamente y sabía que era lo único que podía truncar nuestro amor, nuestra vida común.

Mientras dábamos un paseo, Berta paró a beber en un charco de los que habían dejado las últimas lluvias. Le limpié con un pañuelo de papel un residuo de agua que le caía hocico abajo y llegaba hasta la papada. Respiré hondo y le dije que mi intención era marcharme antes de que pariera. Me miró indiferente y marchó junto al rebaño que había en la ladera de la montaña. Y es que te encuentras con cada animal que dan ganas de pedir amparo a Dios.

Yo, a partir de mañana, de nuevo, empezaré a creer en la condición humana.

domingo, 21 de noviembre de 2010

UN TIPO DURO

Les voy a hablar aquí de un tipo duro, pero duro de los de verdad. Se trataba de un hombre que tenía un gesto adusto, seco, severo; una mirada metalizada y casi cortante, amenazadora. De modales notablemente primarios, carente de urbanidad y cortesía. Ya digo, era un tipo tremendamente duro.

Su comportamiento social, cual corresponde a un tipo muy duro, rozaba la agresividad. Proyectaba una chulería fuera de lo común, unas actitudes hostiles contra el mundo y sólo regalaba miradas que perdonaban la vida a todos cuantos lo rodeaban. Era, realmente, un tipo extremadamente duro.

No sentía o, cuando menos, sus sentimientos eran de todo menos nobles. Tal vez su estado afectivo era avivado únicamente cuando lo alimentaban las montañas de odio que llevaba dentro. Francamente, no he visto tipo más duro.

Resulta que un buen día, el tipo duro se sentó a descansar en un banco de la plaza mayor de su pueblo, debajo de un árbol que había junto al ayuntamiento. Y una bella joven se acercó y tomó asiento junto al tipo duro. Lo miró indisimuladamente y cuando topó con sus ojos de forja sonrió. En ese momento se produjo un milagro: había nacido una preciosa flor en un bloque de granito. La buena nueva corrió como la pólvora por todos los rincones del municipio, pero él siguió advirtiendo que quizá fuera el tipo más duro del lugar. A mí desde luego no me duelen prendas en reconocerlo, era el tipo más duro que jamás había visto.

El tipo duro regresó a casa un poco desconcertado porque sentía que sus muros de encofrado se venían a goma, y eso un tipo tan duro no se lo podía permitir. Pero antes de llegar a su hogar, visitó un prado hermoso de hierba verde fresca y preciosas margaritas que miraban al sol. El agua del arroyo, cuando barruntó la presencia del tipo duro, se congeló. Sin embargo, esa tarde no estaba el tipo duro para asustar a nada ni a nadie. El tipo duro buscó unos arbustos que había junto a un corro de encinas a escasos metros del arroyo, necesitaba ocultarse para que nadie lo viera.

Cuando estaba a salvo de cualquier mirada indiscreta, el tipo duro, metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó una margarita que, previamente, había cogido con gran disimulo del prado. Y ni corto ni perezoso se puso a deshojarla para saber si esa chica lo querría. En ello estaba cuando de pronto alguien se acercó a su cobijo y le preguntó que qué hacía allí. Salió su vena auténtica, la de tipo duro, y le dijo que nada, que sólo estaba meando. Y que ya se iba a casa, que lo dejara en paz.

Para que su dureza no mermara un ápice, el tipo duro se había tragado la margarita antes de que lo viera el inoportuno visitante. Y resulta que cada pétalo había ido a parar a un órgano diferente de su cuerpo. Y el tipo duro quedó interiormente enmoquetado de hojas de un blanco bello de margarita, que le produjeron un trastorno del comportamiento y una grave alteración del carácter.

Su enfermedad fue estudiada por afamados expertos, por ilustres médicos de todas las especialidades y por egregios científicos de la genética, pero nadie acertó a descubrir la razón de que al tipo duro le gustara tanto dar besitos, regalar caricias, ofrecer sonrisas, entregar afectos y donar abrazos.

Dicho esto, no lo olvidéis por favor, que del que os he hablado era un tipo pero duro, duro de verdad, eh!!

sábado, 6 de noviembre de 2010

UNA VIEJA ESTACIÓN

La vieja estación permanece aún dormida. Espera la llegada de un cielo azul bahía. En su interior, un hombre silencioso teme el despuntar del día, mientras observa a través de la ventana cómo el viento de poniente lleva y trae caprichosamente todo lo que se encuentra al otro lado de los cristales. Es un vaivén acompasado parecido al que la melancolía y la tristeza producen en su interior. Los últimos residuos de la noche luchan a brazo partido con los primeros retazos del día. Se impone la tozudez de la claridad.

Una mujer bellísima permanece en el andén de espaldas a la terminal. Está ataviada con un vestido blanco impoluto, como la inocencia. En el pelo lleva una rosa de rojo pasión. Y en su alma, varios remiendos hechos por algunos desgarros de amor. Espera expectante que llegue un abrazo del hombre que ama, tal vez uno de los últimos abrazos.

Un beso mudo se posa en un moflete precioso y activa una sonrisa de ojos tristes, enamorados. Rodeo con mis brazos tu cintura y con mi pecho pegado a tu espalda te digo cuánto te quiero y te pido que no te vayas. Tu mirada se clava en la manzana de un árbol y casi la parte en dos. Te rodeas y me abrazas de nuevo, y yo aspiro con apetito fiero un atisbo del aroma de tu pelo y de tu piel. Pones cierta distancia entre los dos, me miras casi con lástima y dibujas en tu rostro una sonrisa leve, callada. Una sonrisa que es un regalo inmaterial que anida en mi corazón dañado. Es la sonrisa de una mujer enamorada.

Una vieja máquina negra saluda a su llegada con ingentes cantidades de vapor glaciar, mientras emite un silbido tan largo como el tren. Los pájaros dejan de trinar y riñen al maquinista con su aleteo alborozado. Los pasajeros toman posiciones en el andén para escoger su vagón. Y tú y yo permanecemos inertes abrazados ajenos al mundo. Es el abrazo del dolor, quizás nuestro último abrazo.

El maquinista, que es un hombre duro que no entiende de amores, da el último aviso para subir al tren. El momento es dramático, terriblemente doloroso, es una sensación horrible que me causa terror, que no puedo tolerar y me hace sentir pena y congoja. No resisto tu marcha.

- Amor, quédate. No te vayas, mi vida, te quiero como jamás volverás a ser amada. ¡Moriré de amor por ti, mi princesita linda!

Subida al primer escalón del vagón, corro paralelo al tren, las yemas de nuestros dedos siguen pegadas. El tren avanza inexorable taladrando las montañas con su estruendoso chacachá y su pitido furibundo.

Detrás queda un hombre vacío, muerto de pena, que mira con ira contenida a ese maldito tren y lo bautiza como “el expreso del olvido”.

Reposo mi aflicción en uno de los bancos de la vieja estación mientras maldigo mi suerte. Con lágrimas en mis ojos azul plomizo invoco al futuro y te lanzo en voz alta mi último mensaje:

- Amor, espero un día poder despertar del funesto sueño de tu ausencia. Mi único deseo es volver a palparte, acariciarte, abrazarte, mimarte y volver a sentir de nuevo tu olor mágico. Sólo deseo que cuando despierte de esta pesadilla te encuentres junto a mí, porque cuando estuve junto a ti fui MUY FELIZ.

lunes, 18 de octubre de 2010

NAUFRAGIO

Me prometiste que algún día me querrías, pero llegó el verano y yo me sentía tan fría como antes. ¡¡Claro, pobre ilusa!! El amor no depende de estaciones, ¿verdad? Yo te dije que si me dabas una oportunidad, iría descongelando tu corazón con la calidez de mis caricias, de mis besos; con el abrigo de mi entrega incondicional. Tú no me querías. Para entonces, yo ya te amaba locamente. Todo cuanto sentía era una tela de araña que me tenía atrapada, que rebanaba mi libertad, que me pegaba a una realidad incierta y que me convertía en esclava de tus caprichos.

Mi corazón herido sufría y coartaba mis decisiones. Donde quería decir no, ante tu presencia, decía sí. Pero ciega de amor, todo cuanto hacía por ti me parecía poco. Jamás se me apagaba la esperanza de que un día tú me miraras, me vieras... me quisieras. Pero tus ojos estaban para otras, nunca para quien realmente te quería hasta dolerle la piel.

En el infierno de mis noches, un viejo trovador cantaba y contaba que detrás de una historia de amor inmensa, muchas veces, cuando no era correspondida, había regueros de sangre. Incluso llegué a pensar que la protagonista de su trova era yo. Escuchaba la funesta canción mientras recordaba tu maravillosa sonrisa y muerta de dolor y pena, abrazada a la almohada, me quedaba dormida pensando que al día siguiente mi sueño se haría realidad. Pero mi sueño no era un sueño, sino una realidad opuesta a mi deseo; una esperanza imprecisa en su lejanía que truncaba mis ilusiones y hacía marchitar lentamente mi vida.

Para aumentar mi campo de visión y descubrir el engaño del que todo el mundo me hablaba, decidí subir a mi promontorio interior. Oteé hasta mi límite visual y aparecía más tú, y más tú, y más tú… era un amor enfermizo en el cual no cabía otra imagen. Millones de imágenes virtuales tuyas en mi mente, visiones poéticas de tu cara, delirios que se clavaban en mi corazón y lo hacían pedazos. Y terminé siendo un desfiladero por donde toda la gente que me quería paseaba su calvario.

Hoy maldigo el día en que mi mirada se posó en ti, el momento preciso en que tu vida se cruzó con la mía y la tomaste para ti. Y también maldigo a la casualidad que permite encuentros sin correspondencia recíproca. Y maldigo todo ello, porque es una maldita maldición sufrir por amor, es un hecho miserable que ningún ser humano merece. Otra cosa sería sufrir por falta de amor, eso ya sí sería lícito y razonable.

Prometo que esta experiencia formará parte de mi proceso de aprendizaje, y que no me quitará las ganas de volverme a enamorar, de volver a querer a alguien desde lo más hondo de mi ser. Entre otras cosas, porque mi razón no puede gobernar a mis emociones. Es demasiado bello amar a alguien. Pero para ello necesitaré un tiempo, reorganizar mis reservas de afectos y devolverme parte de la deuda que he adquirido conmigo misma de tanto que presté.

Por favor, derrochad amor, que vuestras manos se gasten de tanto estrechar...


domingo, 10 de octubre de 2010

CUALQUIER AMANECER DE MI VIDA


Ha sido una noche de lluvia intensa, de mezcla de escalofrío en la cama con una sensación entrañable de cómoda calidez. El roce dulce y apacible de la sábana rompe mis ganas de salir de la cama. En un acto de gran responsabilidad me levanto y desayuno con la queja de mi cuerpo aún reprochándome mi falta de tacto y consideración conmigo mismo.

Abro las cortinas de la ventana de mi habitación, y el campo está secando las últimas lágrimas metálicas que la noche ha dejado sobre sus lomos. A lo lejos, en el horizonte, cuatro nubecitas conformadas con vahos de esperanza se dirigen hacia el cielo a contarle a Dios qué pasó durante la noche en la Tierra. Llevan mensajes de esperanza… o de destrucción, tal vez. En su vuelo pueril chocan entre sí, se besan, se rascan, sonríen y se empujan.

Suena la puerta a mis espaldas y el día va encendiendo su luz, un poco tamizada por la fuerza de la lluvia. Una lluvia inesperada que llegó de sorpresa, como las malas noticias. Una lluvia que ha llenado los depósitos de los corazones de la gente, para que los lagrimales no se sequen. Hay muchos motivos por los que llorar todos los días. También hay razones a raudales por las que reír, pero nos las ocultamos a nosotros mismos. Y, claro, no las encontramos. La tristeza avanza en su conquista del ser humano, enarbola su bandera triunfal en la cima de nuestra existencia. Pero esto tiene poco que ver con un amanecer de mi vida, aunque tiene mucho que ver con los amaneceres de millones de personas.

En mi caminar matutino, cuatro notas de un ukelele, que salen por la puerta de una cochera, acarician mis tímpanos y se posan en mi interior. En cierto modo, me dan alegría. Las prisas de la mañana me llevan en volandas y no me dejan respiro para disfrutar un nuevo amanecer de mi vida, un amanecer cualquiera.

Llego a mi trabajo y, en el camino, metro a metro, algo o alguien ha esculpido en mi rostro una cara de grave responsabilidad que elimina cualquier atisbo de sonrisa. Quizá sea la fuerza de la vida, tal vez sea eso que llamamos rutina, o puede ser una fuerza intrínseca que nos ensimisma y nos conduce a la lejanía infinita. Por la noche duermo y por el día me anestesio, qué ciclo vital más triste. Decido que, a partir de ahora, cada amanecer de mi vida, lo celebraré disfrutando de la existencia de cada persona que me rodea.

En este nuevo amanecer bendigo la proximidad de todos y todas cuantos me leéis y pido fervorosamente a la Divinidad por vuestra salud. Ojalá el tiempo y la casualidad nos mantengan unidos, en hermandad y en plena armonía. Y que el cupo de nuestra cara se llene de sonrisa, para que no quede ni un solo espacio para la tristeza...
¡¡SALUD!!