miércoles, 6 de abril de 2011
A VECES
miércoles, 23 de marzo de 2011
PERSONAJES Y RECUERDOS II
Llegaban en un camión marca Avia, modelo 4000, con motor de 4203 cc y 71 cv, con matrícula de Navarra (NA) sin letra. Su motor rugía con estrépito y era común escuchar el ruido del mismo un buen rato antes de que hiciera su aparición en el pueblo. También los frenos cuando eran activados emitían unos chirridos de padre y señor mío.
El camión tenía la caja de madera en tonos verdes, pero decolorada por la acción del tiempo y los cambios de clima. Esta caja iba cubierta por arriba con una enorme lona también verde. La cabina era verde clarito, con una franja horizontal blanca justo debajo de la luna parabrisas; hacia el centro mismo de esta franja, tenía una abertura para aplacar los calentones del motor y, sobre la tapa del respiradero, llevaba escrita la marca del camión con letras en relieve plateadas. En ambas puertas tenía rotulado con letra no muy grande en color marrón:
Hnos. CABACO
VINO DE PITARRA
SOTOSERRANO (SA)
Se trataba de dos hombres que rondaban los cincuenta y seis años, ataviados con idéntica vestimenta, pero de distintos colores. Como no recuerdo sus nombres, haré la distinción entre el que conducía el camión y el otro hermano. De los dos hermanos, el que conducía, era un señor educado, un poco tímido y más moderado en sus formas que el otro. Este iba siempre vestido con una camisa de cuadritos pequeños en tonos marrones, un jersey gris de pico, pantalón de tergal marrón y unos botines negros de tacón medio. Sin embargo, el hermano, era dicharachero, socarrón, bocinero, estridente, maleducado, irrespetuoso y bastante sinvergüenza. Iba siempre fumando un puro que, aunque en Nuñomoral sólo le conocimos la colilla, a día de hoy pienso que de Sotoserrano saldría entero. Vestía camisa azul celeste con el cuello como un tizón, jersey de pico verde marihuana, pantalón de tergal gris perla con algunos lamparones y unas botas marrones con el interior forrado de lana sintética.
Recuerdo que los niños, al ser nosotros tan pequeños, veíamos el camión de estos dos señores enorme. Llegaban a Nuñomoral sobre el mediodía y se los veía dentro del camión casi diminutos. El conductor, más serio que la pata un banco. Y el del puro, ya venía con una sonrisa de oreja a oreja. También tenía aquella sonrisa tintes de superioridad. Se tiraban media hora desde que paraban el motor del camión hasta que bajaban del mismo.
- ¡Buenos días tengan ustedes! –decía quien conducía al llegar a la terraza del bar, que estaba petada de hombres y mozos del pueblo.
- Buenuh díah, ¿qué hay? –contestaban unánimemente.
Al rato y tras bordear el camión aparecía el otro hermano en el frontal de la terraza, venía ya como un tiesto. Se quedaba un rato callado mirando a todo el mundo, con los párpados medio caídos, cogía el puro con la punta de los dedos índice y pulgar, expulsaba el humo y al fin vociferaba:
- ¿¡Qué dicen los vagos de Nuñomoral!?
- ¡Buenuuu, esti siempri igual, oyi! –manifestaba alguno de mis paisanos.
- ¡Que se mueran los que no beben vino! –gritaba como un poseso.
Después de pasar la emoción inicial, aplacaba las faltas de respeto y soltando una sucesión de paridas ridículas lanzaba una invitación general al personal.
- ¡Baldomero, ponle a esta gente que beba! –conminaba al dueño del bar, el tío Mero.
- ¡Desgraciao, aquí sólo se invita a vino, molondro! –murmuraba el hermano serio a la altura de su oído.
- ¡Cállate, cabeza mortero! Eso he dicho, que se ponga vino aquí para todo el mundo. Y se tronchaba de risa él solito.
Viene a mi memoria que por aquel entonces principiaban a poner los inodoros en los bares del pueblo, ya que antes los hombres salían a mear a la propia pared lateral del local que albergaba el bar.
Y esto también merece una mención. Generalmente se aprovechaba el hueco que quedaba debajo de las escaleras que subían a la vivienda de los dueños del bar para adaptarlo como cuarto con váter (lavabo aún no había). Era un habitáculo notablemente reducido, parecía un ataúd vertical, en el cual siempre había que hacer alguna floritura fuera de lo común para poder miccionar. Y hablo de orinar, porque para otros menesteres aún se usaba la calle, por aquello de limpiarse el culo con una o varias piedras, aún a riesgo de enterragar el ojerete y parte de la canaleja del culo. Hablaba de lo curioso que eran estos cuartos. Ya desde que entrabas descubrías que en España entonces no había Formación Profesional, ya que los fontaneros dejaban mucho que desear. Había un váter sin tapadera, con más mierda que el palo de un gallinero y completamente salpicado. También te saludaba nada más entrar un ruido de agua infernal (güiiiiiiiiiiiiii, güiiiiiiiiiiii, bchsssssssssss, bchsssssssssss) que era un tormento. La cadena era fina y plateada, colgaba casi del techo y siempre estaba partida por la mitad. Y, por último, lo más curioso era la pared trasera de donde estaba el inodoro. Había varios tubos de plomo de unos cuatro centímetros de diámetro de entre los cuales uno sólo era, digamos, el verdadero. Salían de la pared y los que no conectaban con el váter, estaban con la punta completamente sellada a golpe de apretones irregulares de alicate. Siempre me he preguntado para qué pondrían tanto tubo.
Para terminar quiero decir que los recuerdos son más numerosos y largos de lo que permite una entrada de blog, son casi interminables. Y también quiero mostrar mi orgullo de tener un pasado rural tan rico y tan precioso en el mismo corazón de la comarca de Las Hurdes, en Nuñomoral.
jueves, 17 de marzo de 2011
PERSONAJES Y RECUERDOS I
En la historia de nuestras vidas siempre ha habido personajes pintorescos difíciles de olvidar. Todo el mundo guarda en su recuerdo de la infancia algunas personas que por su singularidad, dejaron en sus entornos una huella imborrable. Personalmente, puedo enumerar aquí algunos nombres que, seguro, cualquier persona de mi edad natural de Nuñomoral puede recordar: Astudillo, el fontanero; Caramelo, el correo; el señor Enrique, el del “logá”; Calixto, el vendedor ambulante; el Macotera, el de la ropa; un matrimonio de gitanos, con ajos de Albacete; el de las gallinas de Ciudad Real; el rubio de Barcelona, de tejidos Sabadell; etc.
A todos ellos, en el pueblo, se les asocia con una historia divertida o curiosa que los hacía peculiares y, con el paso de los años, incluso insignes en la zona. De hecho, a día de hoy, aún son bastante recordados, cada uno con sus especificidades, para algunas generaciones de nuestro pueblo.
Astudillo es recordado por el hambre y el frío que pasaba; se untaba los morros con pimentón y salía a la calle simulando que había olvidado limpiarse para que la gente pensara que había comido chorizo.
A Caramelo se lo recuerda porque, cuando iba a hacer el reparto postal, transportaba altruistamente mujeres de una alquería a otra en el asiento trasero de su Citroën y colocaba el espejo retrovisor interior del coche focalizado hacia las piernas de las pasajeras, para ver si se descuidaban y le veía las bragas (¡qué jodío!).
Al señor Enrique, porque siendo el conserje del Hogar Escolar “Caudillo Franco” él se supo dar un rango y un estatus casi de príncipe. Recuerdo que retornó de Suiza y se trajo un diente de oro. Cuando sonreía, el diente brillaba y tardábamos un rato en salir de nuestro asombro viendo ese fenómeno.
A Calixto, por los bocinazos que pegaba a las mujeres y su trato con ellas: “¡¡¡14 duros me debes María, pata torcía!!! –le cascaba el tío subido a la furgoneta con un volumen de voz que rayaba el estruendo”.
Al Macotera, porque era un bonachón y traía una línea de ropa variopinta y curiosa, que marcaba las tendencias de moda de las distintas temporadas de los chicos y chicas del pueblo. No había un dios que no llevara encima una prenda del Macotera. Es más, daba cierta categoría decir “se la compré al Macotera el otro día”.
El matrimonio gitano, era recordado por la bonhomía del gitano y el desparpajo de la gitana. Y porque traían una niña pequeña muy avispada que medalla de oro que veía, medalla de oro que limpiaba. Recorrían media España y no volvían a Albacete hasta que vendían todos los ajos del camión.
El tío de las gallinas de Ciudad Real era todo un clásico, pero lo que más huella dejó fue el discurso machacón que hacía por el megáfono para incitar al personal a comprar gallos y gallinas: “Vamos María, que están poniendo, que tienen el huevo en la puerta el culo. Aprovechen la oportunidad, traigo la polla gigante de la pata gorda, la pollita superponedora; la que pone un huevo por la mañana y otro por la tarde, y a mediodía la monta el gallo”.
El rubio de Barcelona es recordado porque era verdad que era rubio, tremendamente rubio, casi albino. Y también porque llegaba siempre con una furgoneta enorme, cargada hasta las trancas de cajones llenos de ropa, sábanas y telas diversas, y acompañado de un hombre mudo, que fue el primer mudo que vimos los niños y las niñas de Nuñomoral.
Y, por su enorme curiosidad, permitidme que haga un inciso con el mudo. Tocaba don Antonio, el maestro, las palmas y salíamos todos corriendo y gritando de la escuela, de manera casi alocada. Sólo ver la furgoneta del rubio de Barcelona, pensábamos en el mudo, lo comentábamos al unísono, y nos aproximábamos al tenderete no ya para verlo, sino para observarlo casi exhaustivamente.
Eh, oyi, ¿cuántu vali ehtu? –Le preguntábamos directamente a él.
Muuu, muuu, uuu, muuu –contestaba el mudo, estirando un número determinado de dedos de una o de las dos manos, dependiendo del precio.
Mira, mira machu, ¿hah vihtu cúmu haci? – Nos decíamos entre nosotros y nos partíamos de risa. Nos parecía mentira que moviera los labios de aquel modo sin articular palabra.
miércoles, 23 de febrero de 2011
EN EL CREPÚSCULO DE UNA TARDE
Tarde de cielo gris lluvioso, tarde de domingo, tiempo de melancolía, de recuerdos color sepia, de escalofrío electrizante envuelto en una manta al calor del hogar. Tarde de reencuentro con uno mismo, de saludo interminable, de bienvenida a tu propio ser. Tarde de paseos interiores, de visitas a veredas propias no descubiertas, de saltos de mata, de remansos de paz, de redecoración de todas las galerías de mi corazón.
Tarde de tarde en tarde.
Tarde de pulso lento, de latido pausado para corazones acelerados; tarde de nubes bajas que peinan la montaña, de montañas que muerden los sayos de las nubes, de luces encendidas a lo lejos, de historias diversas que viven tras las ventanas, de corazones rotos que lloran cayendo al abismo de la nada. Tarde de equilibrios emocionales, de luces que se arrojan sobre nuestro propio rostro, de lunas que no salen, de soles que se fueron, de estrellas que no brillan... de dioses que se ríen.
Tarde tarda que pasa tarde.
Tarde de espaldas encorvadas, de pasajeros de paraguas, de charcos que encierran olvidos, de gotas plateadas que explotan en los cristales de la ventana y no dejan mensaje; tarde de alegrías impostadas, de mercaderes invisibles voceadores de la felicidad, de sentimientos que no llegan, de presencias que no están, de sirenas alocadas que rompen el asfalto, de perros callejeros que tiemblan de frío, de gatos encogidos en viejas casas ocupadas...
Tarde tardía de larga tardanza.
Tarde de reflejos difusos que se esconden de sí mismos, de lámparas interiores encendidas sin bombilla, de faroles de luz tenue en los mares revueltos del ser humano; tarde de churros y galletas, de risas que no salen, de esperanza en el mañana. Tarde de voces ausentes deseadas, de llamadas inesperadas, de ánimos herrumbrosos, de vacíos que no se llenan, de huecos que atraviesan como flechas... y a veces se quedan.
Tarde. Sin tardar se me ha hecho tarde...
martes, 8 de febrero de 2011
MI PADRE
Miro a mi padre. Vuelvo a ver el hombre que de pequeño vi, un hombre decidido, fuerte... invencible. Salgo del calabozo de mis ilusiones y vuelvo a mirar a mi padre. Y esta vez veo al hombre que es hoy, que no es el que un día fue.
De manera lenta pero imparable el Alzheimer va hurtándole todos sus recuerdos, llevándose con él su historia personal y la idea de todo cuanto fue, apagándole a trocitos su luz propia, su identidad, su relato personal como hombre, como marido, como padre, como abuelo y como bisabuelo... como ser humano.
Soy testigo silente de su progresivo deterioro y aún así algo dentro de mí me grita que esto no es real, que la fortaleza de mi padre es inexpugnable, que él será el primero en vencer esta maldita enfermedad, que de nuevo lo veré ganando otra batalla, que seguiré teniéndolo como un tapiz donde mirarme y nutrirme como persona. No puedo digerir esta realidad, a pesar de ver cómo él va perdiendo ilusión, brillo, fuerza y vitalidad.
Afortunadamente todavía permanece a mi lado, aún puedo seguir situando mi afecto, mi seguridad y mi apoyo en él. No quiero quemar el tiempo, malgastarlo. Quiero invertirlo en él, en disfrutarlo, en acompañarlo, en mostrarle paciencia y cariño, en devolverle parte del amor que él me ha dado, en llenarlo de paz interior, en agradecerle su comportamiento como padre único y singular. A veces, incluso, pienso que el tiempo juega en mi contra. La vida sigue su curso acelerado y tengo la impresión de no poder hacer todo cuanto quisiera por él. Y el dolor es tan grande que casi puedo tocarlo con las manos, me sacude momento a momento, instante a instante, paso a paso…
Pero antes de que marche a otros conocimientos, a otras realidades que sólo él va a entender, quiero decirle que voy a estar ahí, junto a él, para ver su mirada cómplice antes de que se apague el último resquicio del hombre que fue. Y, sobre todo, quiero que mi querido padre sepa que jamás lo olvidaré, que lo recordaré el resto de mi vida, que seguiré llenándome de él y que pase el tiempo que pase siempre lo amaré profundamente.
Ya solo me queda por decir que en las ocasiones que la vida me presente ante una decisión difícil, recordaré a mi padre y todas las cosas que él me enseñó. Será el retorno de su voz a mí en la noche de los tiempos de mi vida. Él siempre me recordará que puedo hacer todo cuanto me proponga, y que si no acierto en mis decisiones, siempre podré enmendar mis errores.
Cada vez que evoque a mi padre, siempre aparecerá en mi rostro una dulce y agradecida sonrisa.
viernes, 21 de enero de 2011
MILAGRO DE OTOÑO
Sobre el suelo, una alfombra de hojas secas escalaba la falda de la montaña. Eran hojas caídas, de vuelo oscilante y descompasado. Paisaje de matices marrones, de castaños milenarios y brezos de hojas lampiñas rojizas. Paseo ferruginoso de pisadas que parten los huesos de ramas secas, rendidas, abatidas por el tiempo.
Mi corazón, a juego con el paisaje, se esmalta de un óxido suave de múltiples tonos. Sobre campo inculto, matas y malezas me separan de ti, te ocultan de mí, te quieren para sí, te cultivan para ti…
Un destino tozudo trabaja persistente para que mi camino muera en tu plaza. Corto una flor que se resiste a la muerte, huelo con los ojos cerrados y cuando despierto, frente a mí, tu imagen preciosa va despixelándose ante mi mirada. Permanezco inmóvil. Me pareces irreal, una hamadríade que nace de la matriz de la tierra sazonada por el otoño. Nos miramos unos momentos y aún confuso espero tu desaparición inmediata en cualquier instante. Pero sigues mirándome porque eres toda una realidad. Me siento como Hefesto galanteando a su Afrodita. Tú, mi Diosa de la Belleza, ninfa escurridiza que entra y sale en el bosque de mi vida, en la arboleda otoñada de mi corazón.
Te levantas y buscas mi proximidad, mientras quiebras mi seguridad con una mirada en diagonal. Siento tu olor. Único. Tu cara roza la magia, está llena de encanto y logra mi hechizo; es un rostro con una belleza sin análogo y, por tanto, sin descripción posible. Nos exploramos en silencio, el aire está colmado de brindis, miradas diversas y complicidades emergentes. Sobre nosotros planean cuatro aves blancas. Y en mi estómago vuelan un millón de mariposas de colores.
Palpo la superficie de tu hermosa cara, deslizo mi mano verticalmente, poso mi dedo gordo en tus labios ricos y me quedo inmóvil. Abstraído, deseo permanecer toda mi vida en la profundidad de esa caricia, ser yo entero una demostración amorosa que te envuelva totalmente como un meteoro luminoso creado por el disco ardiente del sol. El límite de tu cuerpo ya no está en ti, sino que está en mis brazos que te rodean como frontera. Miro al cielo buscando el conjuro de los Dioses para que nuestros cuerpos jamás ya sufran el castigo cruel de la distancia.
Se ha producido un milagro, el milagro único de nuestro encuentro, de una unión de dos cuerpos que se han buscado como los labios sangrantes de una herida que consolida una nueva unión de dos partes rotas.
viernes, 7 de enero de 2011
SUEÑOS DE SOFÁ
La música va perforando mi cuerpo por toda su superficie. Me voy aislando poco a poco, hasta que creo alcanzar un estado de consciencia superior. Acabo de romper la barrera de la razón. Y también supero los límites de tu belleza, quiero ver qué hay detrás de tanta hermosura.
La melodía de la canción me atenaza, abarca cuanto soy y las notas campan a sus anchas por todo mi ser. Abonado a tu pecho, escucho el tic tac de tu corazón a un ritmo inferior al normal… lo siento latir dentro de mí al ralentí. Y de repente me veo sentado en las butacas de mi fuero interno, que es donde se dilucidan las contradicciones de los seres humanos. Y viéndote, me veo. ¿Eres tú? ¿Soy yo? Tal vez somos los dos que queremos ser nosotros.
Creo sentir un contacto en mi frente seguido de un sonido articulado, trato de salir de mí, pero estoy tan adentro que me cuesta regresarme. A las puertas de mí, de nuevo, siento el contacto y el sonido articulado. Miles de pétalos de flores de todos los colores del mundo vuelan sobre mi cabeza. Abro los ojos y me estás besando. Tu cara también es otro pétalo de colores, el más bonito de todos.
La canción está terminando y con ella algunos pasajes de mi vida. Desde luego ha habido una armonía perfecta entre la historia cantada de Saramago y mi paseo interior. El silencio letal que queda en la sala me devuelve a la maldita confusión que reina en el mundo y que asola a las demás personas. A mí también.
Cuando vuelve mi lucidez, en tu bello rostro, veo otra preciosa melodía. Es una escena de cine mudo, aunque la visualización lo dice todo. Tus ojos parecen las puertas enormes y blindadas del jardín de las delicias. En silencio me dices todo cuanto sientes, que es todo cuanto yo quería escuchar.
Las tinieblas de mi corazón comienzan a clarear, están cediendo ante la luz del amanecer, ante la luz esperanza de tu existencia.
Una sacudida de fuerza interior me activa, me pone en pie, me convierte en héroe de las pinturas de María Jesús Manzanares. Y esto me dice que el mundo está ahí fuera, que debo salir con serenidad y saber que todo es conseguible, pero que la lucha ha de ser honesta...