jueves, 8 de septiembre de 2011

TE DEJARÉ DE SONREIR

Aún sabiendo que quizás nunca lo podría devolver, pedí un préstamo de ilusión al banco de la esperanza. Tras un estudio exhaustivo, el crédito, me fue concedido, pero a un interés altísimo. Tuve que hipotecar para ello mi propia vida.



Quería invertir mi nuevo caudal en ti, pero tú te habías dedicado a buscar razones por las que no amar. Razones poderosas guiadas por la fuerza de la lógica, ignorando que el amor posee una fuerza inmensamente superior a cualquier lógica de vida. El amor nos empuja, nos arrastra, nos sobrepasa… se nos clava. Y si no vence, nos mata. Tú, obcecada por tu punto de vista único, no veías el peligro y seguías flirteando con la muerte.



Sentado en los rincones de mis momentos tristes buscaba los porqués de tus caprichos, que siempre eran contrarios a lo que realmente sentías. Me preguntaba si sabías que mis sonrisas no eran signos de alegría personal, sino regalos cargados de amor que te hacía con todas mis miradas; sonrisas que se dibujaban en un rostro que te amaba profundamente. Pero tú me mostrabas actitudes que se encargaban de recordarme que mi chispa ya no podía prenderse, que mi fuego debía permanecer apagado ya para siempre. Y yo de nuevo volvía a sentir que todos los trenes de mi vida habían pasado ya, que tan solo quedaba mi vagón, que era en el que yo viajaba y del cual no me podía apear. Un vagón lúgubre que ya sin ti tenía destino a ninguna parte, tal vez a una fosa donde aparcar y hacer una parada ya eterna.



Para ti deseo lo mejor, porque aún fuera de mí te seguiré amando siempre. Sin embargo, también quiero decirte que ahora descubrirás que detrás de mí no había ningún paraíso, que no todo era mejor, que es difícil encontrar a alguien que te quiera como yo, que la vida tiene dosis altas de amargura, que la felicidad no está en donde la buscamos, que las sonrisas no son tan fáciles de conseguir, que los abrazos tienen olores especiales muchas veces aderezados por la traición, que no todas las miradas son transparentes… y que allá, donde el aire da la vuelta, volverás a encontrar la nostalgia de mis aromas, pero para entonces yo ya no estaré.



Hoy ya, desde los restos de mi naufragio, desde mi paso apenado por este invento de la vida, prometo no volver a enamorarme, no sacar más mi vista de mi ombligo. Ocuparé mis noches en repasar mi vida y dejar como legado el manual de los errores evitables, como tratado para que nadie pierda a quien ama.



El ritmo irregular de la lluvia me recuerda a ti, pero prometo no regresar de mi muerte. No quiero volver a hacer daño a nadie y menos por amor.



Día a día me iré dejando morir.

sábado, 13 de agosto de 2011

COSAS DE VERANO

Tengo que confesar que últimamente me encantan las denominadas vacaciones familiares. Sí, sí, esas que un día de verano cargas el coche hasta las trancas y te vas a pasar seis o siete días a un hotel de playa repleto de gentes del interior y con la fachada llena de banderas de todos los lugares. Un hotel de estos que en la entrada suele tener una plazoleta muy cuidada, con una fuente redonda en el centro de la misma en la cual se cruzan varios chorros de agua en perpendicular y en su centro se erige un enorme ancla de barco con un aspecto herrumbroso.


El primer momento, cuando llegas, lo primero que haces es pegarle una inspección ocular al hotel a ver “qué tiene”. Y todo te hace gracia. Te hace gracia el hall, las escaleras, la típica fuente interior del recibidor; te hacen gracia los salones, las sillas, los sofás, las plantas de plástico que hay en cualquier esquina, el olor del comedor al cruzar; también te hace gracia la habitación, la tele (siempre te crees que ahí verás algún canal que en la vida has visto y que te encantará); te hacen mucha gracia las camas y su tamaño, cuya visión va acompañada del correspondiente apretón al colchón para comprobar que es de los buenos y el subsiguiente estirón a la colcha para apartarla para atrás (es la gran cenicienta de nuestras vacaciones, paraos a pensar verás); siguiendo el recorrido, hace mucha gracia el cuarto de baño, el grifo de ducha de la bañera y los hierros laterales color plata de esta que nadie sabe para qué son, nadie usa, pero ahí están ellos, tan anchos y haciéndonos gracia. Por cierto, que para descubrir la bañera y que nos haga gracia, menudo tirón le pegamos a la cortina, prenda que, previamente, ya nos había hecho también gracia porque suele ser de plexiglás.Generalmente, los usuarios que menos experiencia tienen contratan su paquete vacacional “a pensión completa”. Éstos, en un primer momento, entran muy animados y contentos al comedor, pero con mucha reticencia; siempre tienen la impresión de que alguien les puede decir algo acerca de la cantidad que comen y también tienen la convicción absoluta de que la misión de los camareros no es servir y ayudar, sino vigilar, frenar y fiscalizar las tremendas cantidades de comida que ellos se sirven. Sin embargo, los que tienen ya experiencias anteriores en este tipo de vacaciones, contratan su estancia en el hotel “a media pensión”. Ellos afirman que así desayunan y cenan en el hotel y al mediodía comen en los diferentes restaurantes de la zona para probar la gastronomía autóctona, pero yo he comprobado que en la mayoría de los casos eso es mentira. Pronto podemos comprobar cómo desayunan y almuerzan en el hotel y por la noche cenan en la habitación fiambres que se compran en el Mercadona de la localidad. Entre ellos razonan y justifican este hecho aduciendo el típico argumento de que con los “frites” del hotel le tienen el estómago ya cargado, pero este hecho se desmiente por sí sólo viéndolos comer al día siguiente de nuevo en el buffet del hotel. La fauna de la playa es variada y heterogénea, me refiero físicamente, claro. Y vista una playa, están todas vistas, al menos en ese aspecto.


Superado ya el impacto inicial, el comedor nos ofrece un espectáculo digno de mencionar. Ahí es dónde se ven las tablas que cada uno tiene en los hoteles, si eres novato o si llevas años ya frecuentando este tipo de establecimientos. El comedor ofrece un buffet libre y, a juzgar por la desmesurada ingesta de alimentos que ahí se hace, yo diría que también salvaje. La bebida como va aparte y hay que pagarla (ridícula medida, por cierto) fluye mucho menos.



Y un último hecho digno de reseñar ya aparte del tema del hotel es la playa. Todos tenemos una misma manía: durante todas las vacaciones nos colocamos en el mismo lugar de la playa que elegimos el primer día. Y claro, esto tiene como consecuencia directa conocer visualmente a nuestros vecinos y nuestras vecinas de playa.



Un hecho curioso es que a pesar de los cuerpos esculturales que se pueden observar en las playas, siempre posamos nuestra mirada en otro tipo de físicos. Las tías buenas y los tíos buenos los recordamos en su conjunto, pero no de manera específica y concreta. Sin embargo, algunos cuerpos quedan fijados de tal manera en nuestra retina que cuando contamos cómo eran hacemos una descripción de los mismos que nuestras palabras se convierten en una auténtica fotografía para quien nos escucha. Por ejemplo, yo recuerdo una mujer que estaba saliendo lentamente del agua, disfrutando entre olas y me sorprendió cómo en un primer momento observé que no tenía tetas, hasta que dio cuatro pasos más hacia afuera y comprobé que las tenía en el ombligo. Recuerdo también a un hombre que tenía bajo sus tetas un par de círculos concéntricos de carne, a modo de muñeco de michelín. Se puso de espaldas a mí y parecía que le habían pegado un par de hachazos a cada lado de su espalda. Ahora bien, si tengo que contaros un recuerdo que jamás se borrará de mi memoria, es el de una mujer que llegó a tomar el sol junto a mí con un gorro hecho a mano, de hilo blanco. Era una mujer elefantiásica, tremendamente grande; sinceramente, era una mole de carne. Llegaba y se embadurnaba de crema hasta el cogote y luego se tumbaba a tomar el sol. En una de estas se puso de lado y en ese mismo instante las dos tetas se le desprendieron del sujetador del biquini y cayeron desplomadas en la arena, haciendo el correspondiente hoyito en el suelo. De verdad, cada parte de su cuerpo parecía que tenía vida propia. La miraras desde donde la miraras parecía como si la vieras en tres dimensiones. La imagen más esperpéntica la dio un día que estaba tumbada en la arena de espaldas y de repente se levantó y se colocó justo frente a mí. Yo que estaba mirando el horizonte del mar y reflexionando, haciendo una introspección, un paseo hacia mi interior, me pareció en un primer momento que se había nublado. Fijé mi atención en ella, a ver qué hacía. A pesar de sus dimensiones, se movía con bastante agilidad. De espaldas al mar, con las piernas estiradas, se agachó a coger la crema de su bolso y la imagen fue dantesca, de verdad. En medio de sus brazos estirados, se le cayeron en vertical las tetas hacia el suelo de tal manera que no sé cuáles eran más largos, si los brazos o las tetas. Eso sí, me dio una imagen del mar hasta ese momento desconocida para mí. Sus dos tetas desplegadas hasta el infinito formaban un canalillo perfecto y este, a su vez, te dirigía la vista hacia su entrepierna, donde había un tueco que te dejaba ver el mar como si miraras por un anteojo monocular. Y eso que tras su cigüeñal había dos trocitos de carne de culo que se le caía y marcaba claramente el límite último de su cuerpo. Me resultará muy difícil olvidar a esa mujer, sus movimientos, su mirada, su silencio, su gestos, su desparpajo, su desenvoltura... su cuerpo ciclópeo.



Francamente, algo fácil de contar pero difícil de describir.



En esta entrada me he pasado de extensión, pero me apetecía compartir con vosotros algunas reflexiones y vivencias de uno de mis días de vacaciones. Espero que al menos os haya entretenido un ratito y no se os haya hecho pesada.

martes, 19 de julio de 2011

UN PEDAZO DE MI VIDA

Todo el mundo desbordaba felicidad, alegría; parecía como si fuera a ser una noche especial, diferente, cargada de sorpresas, de enigmas que poco a poco se irían desentrañando. Nuñomoral veneraba a su patrón, un santo muy milagroso llamado Blas.

Comenzó el cielo a vestirse con traje negro oscuro decorado con relámpagos finitos de blanco solar, motivos fugaces que mezclaban el misterio, el terror, la incertidumbre, la esperanza, el ruido, las caídas, las sonrisas, las lágrimas, las fiestas y las penas. En fin, en definitiva, los destinos de los seres humanos, los futuros no escritos, el devenir que la fuerza de la vida impone individualmente a cada uno.

Los fuegos de artificio querían competir en singularidad y belleza con un mundo cada vez más engreído. Un mundo que tenía un cielo… o un cielo que albergaba un mundo. Una de dos. Y yo iniciando el camino de mi vida en un pueblecito que aún vivía ajeno a las prisas, al alboroto y a las discordias.

Cuando tienes cinco añitos no entiendes las lógicas estúpidas de los adultos, piensas que sus cosas jamás formarán parte del mundo que un día tú vivirás.

Aterrado por los truenos y por las explosiones de los cohetes me refugié en la carnicería del pueblo. Abrí una cortina de tiras metálicas, entré con mi rostro mojado en un habitáculo donde varios adultos voceaban e intercambiaban palabras, pero no llegaban a comunicarse. Hacían transacciones comerciales, contraponían intereses, se negaban, asentían, adquirían mercancía, no reparaban en un niño muerto de miedo que miraba la vida tras una cortina. Bueno, nada especial, simplemente cosas de adultos, ¿no?

Dentro, por su indiferencia y su lejanía, me sentía extraño a ellos, distante, de otra condición. Miré la calle tenebrosa a través de las cortinas y comprobé que a lo largo de mi vida viviría muchas explosiones, tendría muchos miedos, recibiría muchas indiferencias y formaría parte de un mundo que en poco mejoraría al que hoy me estaban construyendo esos adultos que no mitigaban mi miedo. Aquella noche ausente de color, de contraste entre blanco y negro, de lunas rotas, de soles apagados, de Dioses escondidos, de estrellas sin luz, de ángeles sin gloria; aquella noche, decía, descubrí yo que las realidades de los adultos y las de los niños son un choque entre dos mundos, igual que una tragedia.


martes, 12 de julio de 2011

DONDE QUIERA QUE ESTÉS

Te pedí tantas veces con mi mirada que te quedaras, que permanecieras a mi lado, que ya no podía más. Te necesitaba tanto que sólo te lo podía transmitir con miradas y silencios, con ojos que suplicaban que me quisieras. Necesitaba que vieras mi angustia, que me aliviaras, que no me dejaras solo cuando tenía la necesidad imperiosa de estar lleno de ti, de tenerte junto a mí. Pero todo mi mundo se derrumbó como un castillo de naipes cuando descubrí que era mentira que hay ocasiones en que las palabras sobran. Las palabras solo sobran cuando se ama de verdad, cuando se quiere a alguien mirándolo de frente y quedándote completamente embriagado de él, prendado de él, escondido bajo su piel.

Palabras no emitidas que jamás percibiste, felicidades que tú buscabas en otros lugares lejos de mí, en corazones que no eran el mío. Ahogado en lágrimas manchadas de soledad, mi pecho reventaba de angustia y mis ojos inundados te veían cada día en lugares más remotos. Miraba al cielo buscando la compasión de un Dios tan ausente como tú. Mi dolor era tan grande que por momentos creía enloquecer. Un movimiento interior rompía mi pecho con tal virulencia que llegaba a separar mi consciencia de mi cuerpo.

Una caricia en un momento preciso, una mirada de comprensión y apoyo, un te quiero, una sonrisa cómplice, un gesto de amor en clave… Todo ese mar de cosas necesitaba, pero las necesitaba de ti. Igual que te arropé cuando era fuerte, también te busqué desde la debilidad de mi soledad, de mi tierra no habitada. Todavía aumentaste más la distancia.

Fatigado, apagado, casi ya marchito, envuelto en pena y nadando con los brazos rotos en el lodo, mi vida se debilitaba y quedaba al borde del precipicio de un vacío inmenso, sin fondo. En mis ojos no amainaba la tempestad.

La vida es tozuda y nos impone su realidad, una realidad que en esta ocasión era idéntica a tu deseo. Hay realidades que matan, pero hay que saberlas tragar y digerir. Aunque el dolor me quede para siempre, espero poder dejar pronto tras de mí este terrible sufrimiento.

Reconozco que daría lo que fuera por volverte a ver, decirte a media voz que te amo profundamente, pero que tú también me ames. No te llevaste una parte de mi corazón, te lo llevaste entero. Después de ti sólo quedaba un negro abismo, una caverna horrible e inhabitada. Y lo peor de todo, después de ti, la insensibilidad se apoderó de mí. Era tal el amor que te tenía, que seré incapaz de volver a amar a otra mujer.

Y es que, después de ti, ya solo estaba yo… y también estaba yo solo.

sábado, 2 de julio de 2011

SOMOS MUNDOS

Hay que saber aproximarse al ser humano para saber realmente cómo es, para conocer su verdadera condición. Se dice que cada persona es un mundo y, como tal, no podemos olvidar que hay mundos reales, mundos imaginarios, mundos catastróficos, mundos alegres, divertidos, felices. También existen mundos fantásticos llenos de hogueras y enamorados envueltos en mantas. Mundos hijos de puta, mundos de gloria, de banalidades, mundos que albergan lastre y miseria y mundos que ocultan esquinas oscuras con misterios truculentos. Algunos otros mundos no encuentran su lugar en el mundo.

Y dentro de cada uno de los mundos que representan a cada ser humano, comprobamos que hay otros mundos o, si se quiere, submundos. Podemos encontrarnos con submundos agradables, apetecibles y bondadosos que pertenecen a mundos insufribles y crueles; también nos topamos con submundos sangrientos, duros y violentos que forman parte de mundos claros y patentes, de gustos y placeres vehementes y de tranquilidades y quietudes mezcladas con palomas de paz con ramitas en sus picos. Otros submundos hay que son tranquilos, sosegados, llenos de luz y felicidad, pero son parte de mundos desapacibles, turbados y llenos de pasiones bajas.

Sin embargo, las personas con sus mundos y sus submundos, siempre se sienten parte del mundo al que no pertenecen. Y también creen hallarse en los submundos en los que verdaderamente no están.

Y siendo cada persona un mundo no entiendo por qué coños hay más mundos que personas.

Alguna gente lucha por su mundo y por el mundo de la persona que ama; otros luchan por sí mismos, es lo que les queda en el mundo, en su mundo. No obstante, a los mundos no les gusta ser luchados, de verdad. A las personas sí, les encanta que se batalle por ellas, que su conquista sea dura, cruenta, a muerte… que sean invadidas si hace falta, pero dejando víctimas. El mundo es más sano que las personas que lo habitan.

Por eso, invito a todo el mundo a que no busque su lugar en el mundo, sino más bien ha de buscar su mundo. Puede estar más o menos oculto, pero todo el mundo tiene un mundo.

No sé si con el calor que asola mi mundo estoy empezando a delirar o qué, por eso voy a ir finiquitando esta entrada, no sea que quede fuera del mundo. O puede que me pase a otro mundo disparatado e imprudente, un mundo en donde yo haya perdido la razón.

El mundo está loco… o yo. Oye, realmente no lo sé. Prometo que si encuentro un mundo de cordura enmendaré esta entrada.

Mundo, se os quiere.

viernes, 17 de junio de 2011

EL MAR DE TU AUSENCIA

Perdía mi vista en los misteriosos horizontes lejanos de aquel inmenso mar. Recorría con mi mirada partes de la historia de mi vida y recordaba imágenes de tiempos casi ya remotos en los que fui muy feliz.

Las aguas se aquietaban por momentos porque el mar deseaba escuchar mis silencios. Las olas me cortejaban haciendo un baile que era como una ceremonia secreta de culto a las divinidades de mis pensamientos. Sin embargo, cuando el mar no conseguía sus propósitos, rugía con fiereza y lanzaba con violencia olas despiadadas y crueles que reventaban su ira sobre las espaldas irregulares de las rocas. Los latidos de mi corazón seguían sonando al ralentí. Y mi mirada seguía perdiéndose en horizontes azulados, plata, gris, blanco nacarado… espaldas mojadas de mar. Negro.

Tenía mi mente abarrotada de ti, tu recuerdo marcaba la potencia de mi alma y me traía vivencias de un amor sincero, honesto, noble; un amor del bueno, de los de verdad. No buscaba nada que no estuviera en ti, no quería nada que estuviera fuera de ti, porque simplemente tú eras portadora de todos mis sueños. Tú. Dulce tú. Bendita tú. Tú, amada tú. Tú. Y más tú. Sólo tú. Mi vida, tú.

Amar no es fácil. Amar en la distancia es aún menos fácil. Amarte y compartirte con la inmensidad del mar es un capricho que me ayuda a salir del foso de mi locura. Tu ausencia es un baile permanente de fantasmas que me gritan y me aturden, pero que jamás te borrarán de mi recuerdo. Tú me enseñaste lo maravilloso que es sentirte amado, las formas divinas de entrar en la gloria del paraíso del amor.

Cuando estoy sin tu compañía, cuando el único abrazo que recibo es el de la soledad de tu ausencia, es cuando mi vacío ocupa un cuerpo inerte, sin vida. Brotes de amargura son regados por el mar en mi vida. Y en la noche oscura, mientras sigo esperándote, el salitre que aflora en mi cuerpo hace visible mi tristeza.

Bajo el nuevo amanecer escucho cantos de vencejo que me invitan a levantarme. De plumaje blanco y negro dejan tras su fugaz vuelo composiciones líricas que me llenan de esperanza. Abro de par en par los telones de mis ojos, dañados de tanto sufrir… y me encuentro frente a mí una mujer que mira el mar.

Llegaste cuando el sueño me había vencido, con el mismo silencio que un día te fuiste. Viniste para jurarme amor eterno, para prometerme que estarías en todos los despertares de mi vida.

Ese día recordé a Paulo y pensé que sí, que todo el universo había conspirado a mi favor, porque yo antes había deseado con fuerza tu vuelta.

Sonreí y me quedé dormido en la paz de tu regazo.

martes, 31 de mayo de 2011

BALCONES EN EL CIELO

Hierba verde fresca, caricia mojada de mayo. Espalda posada sobre colchón herbáceo mullido, aroma húmedo manchado de esmeraldas. Falda de montaña que me alberga, que me ciñe parcialmente con telas de araña de nueva savia que germinan de su matriz. Me siento como una sombra que aparece sobre una piedra preciosa, oscureciendo sus luces. Miro horizontes verticales ascendentes que me devuelven imágenes claras de mi vida, veo tantas cosas en el camino, tantas alegrías, tantas penas, tanto amor que recibí... Abro los ojos y veo otra cosa.

Cielo lejano copado de nubes de vientre negro, con bordes plateados perfectamente definidos; previsibles, como la vida de un pobre. Nubes que no amenazan a nadie, pero que invierten la visión del mundo; nubes de espaldas quemadas por un sol que quiere iluminar mi vida, pero que no lo dejan; nubes que son espejos de ilusiones donde miro para verte, pero me devuelven más nubes.

Flores globosas y solitarias hermosean los paisajes que yo miro, de un blanco virginal, incólume. Su olor intenso es llevado por aires lejanos que penetran en mi interior en forma de espiral. Magnolia de tronco liso que me acompaña y busca su protagonismo. Circundada por retamas floreadas que lucen racimos laterales de flores amarillas. La hoja verde de la magnolia media entre la lucha de las flores y añade deleite espiritual a mi mirada. Así es más fácil enamorarse. Mis sentimientos, en su cobijo, bambolean durante un tiempo. Me devuelve a la realidad el sonido de las hojas verderojizas, que tocan sus palmas azuzadas por el aire. Y ya en la realidad te veo a mi lado mirándome y pidiéndome que siempre te quiera, que sea sólo para ti.

La esperanza perfumada de la magnolia me saca los clavos de mi soledad, hace que se eleven mis pasiones y que sienta un deseo casi incontrolable por ti. Los arroyos siguen lanzando su agua babeada y emiten ruidos diferentes. Es como si cada cauce fuera un coro que entona una melodía distinta, un concierto titulado “Los cantos del agua”. Allí arriba vale todo, hasta la anárquica composición musicada del agua cantarina. La nota diferencial que aporta el relincho de un caballo salvaje me indica que es la hora de bajar de las alturas.

Una corriente de aire impulsa y hace irregular el vuelo de varias aves, pero eso será un capítulo de sus vidas que se contará en otros lugares... yo ahí ya no estaré presente.