lunes, 21 de noviembre de 2011

EL DOMINGO FUI A MISA I

Aunque mi última experiencia fue muy desagradable, tal cual conté en la segunda parte de mi entrada de este blog “Los bancos de la Iglesia”, llevaba tiempo tentado de volver a una iglesia. Mejor dicho de volver a la Iglesia de San Esteban de Plasencia, donde el sacerdote encargado del cuidado, instrucción y doctrina espiritual de la feligresía de ese barrio es mi cura favorito, Don Valerio.


Sin embargo, a diferencia de la vez anterior, ahora ya no sentía necesidad de buscar nada relacionado con la Fe, porque ya no creo en Dios. Simple y llanamente quería asistir a misa para seguir profundizando en mi estudio de este ritual cristiano como hecho sociológico.


Sinceramente fue una eucaristía apasionante, cargada de frases realmente preciosas y con un contenido enormemente controvertido. Reconozco que hubo momentos que me tocaron el alma.


De todos es conocido el vicio que tenían los Apóstoles de escribir cartas. Bien, pues en esta misa, para la lectura de la carta de San Pablo a los Tesalonicenses, salieron tres fieles de edad avanzada. Dos mujeres y un hombre. Bajo la atenta mirada de Don Valerio, una de las lectoras, se las tuvo tiesas con el cable del micrófono por el que iban a cantar el texto de la epístola de San Pablo. Dicho cable estaba atravesado en el último escalón de subida al púlpito y la susodicha lectora, tal vez por su edad, de manera torpe y casi ridícula, enredó su pie derecho con el cable. En ese instante, levantó el pie del suelo, hizo unos movimientos espasmódicos con él, extendió los brazos, amagó con agacharse, irguió su cuerpo, hizo un zigzag con el pie liado por el cable y tiró bruscamente del mismo hacia atrás a modo de coz dejando el cable hecho un moño en el suelo. Parecía que estaba bailando un picado salmantino, de verdad. Sus otros dos compañeros de lectura, insolidarios, permanecieron impasibles viendo cómo esta buena señora libraba su batalla con el cable para salvaguardar su crisma de un buen porrazo mañanero. Y Don Valerio permaneció atento, pero confiado de que ese entuerto terminaría bien por la buena voluntad de Dios. Don Valerio es así, es de los pocos curas que creen de verdad en Dios.


La lectura versaba sobre la obligación de la mujer de estar metida en su casa y crear un hermoso hogar para el hombre. Desde luego, menos mal que San Pablo escribió esto cuando lo escribió porque, aún a sabiendas de que pertenecía a épocas remotas, todavía daban ganas de echarse las manos a la cabeza. O salir corriendo al Juzgado de Guardia más próximo.


El templo disponía de un Altar formado por una mesa enorme de roca compacta y dura de granito, apoyada sobre dos pies del mismo material, vestida con un mantel blanco inmaculado y, sobre la misma, seis cirios en cada uno de sus extremos con un encendido eléctrico que simulaba la forma de la llama de una vela. De ambos lados, el cirio del medio, permanecía apagado. Yo sospecho que no era intencionado, sino que estaban fundidas sendas lamparitas.


Inmediatamente después de la lectura, Don Valerio, se dispuso para abandonar su asiento tras el Altar. Era el momento de comentar dicha lectura y el sacerdote sabía que tenía ante sí un papelón. Sin embargo, Don Valerio, se encargó de explicar que esa lectura hacía referencia a una sociedad primaria, donde la mujer no tenía derecho alguno y que distaba muy mucho de la sociedad actual y del ideario de la Iglesia de hoy. Me queda la duda de si algún parroquiano se habría indignado si el cura, en lugar de mostrar su rechazo y su pensamiento antinómico, hubiera reforzado el contenido de la lectura.

martes, 8 de noviembre de 2011

AIRES DE OTOÑO y III

Me saluda hoy el día con una mañana soleada, de rayos de sol que templan mi sonrisa, aunque mezclada con un aire ligero que enfría muchos sentimientos. Es uno de esos días en los que puedo oler las palabras y los silencios, y también puedo oler los días que están por llegar. Un día de estos que no buscas nada y lo encuentras todo.

Desentrañar misterios, descubrir enigmas, desatar nudos, desandar caminos sin retroceder, interpretar sonrisas, configurar gestos, imaginar palabras, sumar abrazos, sentir tristeza, respirar melancolía, regalar miradas, ocultar llantos... Todo eso es el amor, entre todos esos condimentos conjugan y cocinan el verbo amar. Y amar también es retirarse a tiempo, pero este acto es demasiado generoso para la condición humana.

Como las burbujas de agua hirviendo, que se forman en el interior del líquido pero salen a la superficie y se muestran virulentas, así quiere manifestarse hoy mi sentimiento, ponzoñoso y mordaz, ardiente. He pulverizado la bendición de mirarte y emocionarme, te has convertido en apagadora de sonrisas.

Me hubiera gustado convertirme para ti en la caricia más bella jamás dada, hubiera dado la vida por arrancarte de las garras del miedo que alguna vez sentiste a enamorarte, hubiera vendido mi alma al diablo por esperarte eternamente y convertirme en el naranjo de tu patio que sostiene tu espalda. Pero todo eso son ya palabras caídas y rotas, ahogadas en los charcos de las lluvias recibidas mientras yo te amaba locamente desde mi escondite a la par que buscaba tu conquista lenta y laboriosa. Cada vez que tenía cogido entre mis manos tu corazón, él pegaba un saltito y se perdía en la espesura de mi triste existencia, en la frondosidad de tu devastadora ausencia.

El destino se obstina en demostrarme que mi capacidad de amar está bajo palio, en una burbuja truculenta que tiene como misión lograr que el único amor de mi vida sea ya mi apesadumbrada soledad. Esto es así de duro, hay que saberlo aceptar, tengo que ser conocedor de que existen cosas que se pierden para siempre.

Viviré haciendo daño a mi propio corazón, que es quien realmente lo merece. Evitaré acercarme a patios con naranjos donde haya mujeres que leen y nunca más volveré a intentar que mis pensamientos y mis sentimientos encuentren sintonía con los de otra persona.

Prometo que mi penitencia será eterna.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

AIRES DE OTOÑO II

Amanece con llovizna, es una mañana vestida de gris. Sin embargo, a diferencia de otras veces y otras lluvias, este gris es plateado, casi brillante. Además es un día muy generoso, porque no apaga el olor a azahar que desprende el patio con naranjo en donde hay una mujer que lee. La mujer.

Me aproximo al patio empujado por la esperanza de recibir una mirada de la mujer. Me mira y justo en ese momento me sobrecoge un resplandor vivo y efímero, una ráfaga de luz intensa que se enciende y que se amengua cuando deja de mirarme. No le sorprende verme allí. Las cosas bellas son así, nunca se sorprenden de ser observadas; esto pasa porque lo bello, se sabe bello. Debo iniciar alguna maniobra de aproximación a esta linda mujer, pero reconozco que mi empresa es difícil. El naranjo luce su verde vivo, casi vehemente, ajeno a mis propósitos. Deja de llover.

Con bolígrafo de tinta verde, verde esperanza, le escribo una nota y se la dejo pegada a la verja de la puerta del patio que tiene un naranjo. Veo cómo pasa una página de su libro que, a la vez, es también como pasar una página del tiempo y una página de su vida. ¡Lo que se puede pasar en una fracción de segundo, eh! Al menos ya sabemos cuántas cosas podemos detener si no pasamos la hoja de un libro.

Esperé escondido tras un árbol para comprobar si mi mensaje había despertado su interés, si se levantaba a cogerlo y cuánto tardaba en hacerlo. Todos esos ingredientes serían buenos indicadores para evaluar yo el grado de interés que le despertaba el chico que merodeaba por su bonito patio con naranjo, el hombre misterioso que paseaba ya por las orillas engalanadas de su preciosa cara. Su reacción fue inmediata. Miró a un lado, miró a otro y cuando creyó no ser vista cogió el papel con presteza. Leyó casi nerviosa.

- “He compuesto una preciosa canción de amor. Pienso cantarla, ¿quieres ser mi corista? Y después de ser cantada, si suena bella, exploramos las posibilidades que hay de vivirla. No digas nada, si tu respuesta es afirmativa mira al cielo, que Dios mandará un angelito para que me avise”.

Miró al cielo. Sonrió. Soñó. Despertó. Volvió a mirar al cielo por si antes no habían captado allí su mensaje.

Observé en silencio y, contra mi voluntad, marché con la satisfacción de haber ganado mi primera batalla. El amor es así de zorro, un encuentro casual avanza por dónde él quiere y hace creer a los protagonistas que son ellos los que ganan, los que vencen batallas. El amor, a veces, hace creer a las personas que se enamoran y luego resulta ser que es todo mentira, que se trata de una falsa sensación. Desde aquí le pido al amor que se manifieste con sinceridad, por favor. Que no engañe a seres inocentes, porque puede hacer mucho, muchísimo daño.

La mujer que habitualmente lee sentada en el patio que tiene un naranjo ya no va directamente a tomar su asiento junto al tronco del naranjo. Ahora mira impaciente hacia un lado y hacia otro de la calle, aunque tras la verja de entrada al patio. Yo sigo observándola desde mi escondite, para terminar de verificar que mi conquista será un triunfo seguro.


Vista de espaldas, cuando camina, tiene unas formas realmente preciosas. Me encantan sus pasos, ojalá un día vengan a mi encuentro y también ojalá ese día ya caminen siempre junto a mí. Eso sí, debo de tener paciencia, porque una mujer especial nunca tiene prisa. Un hombre ordinario, sí.

De nuevo aparece la lluvia.

miércoles, 26 de octubre de 2011

AIRES DE OTOÑO I

Corre invisible el aire por donde le dejan hueco las paredes y los muros, acaricia rostros que pasean con el ánimo de encontrar una sonrisa, golpea contra algunos ojos que humedece y les hace brotar alguna lágrima involuntaria, esto siempre viene bien. Este aire nos empuja a todos un poco más allá y la policía del tiempo no es capaz de detenerlo.

Es un aire muy fino, desde debajo de tu sombra no se percibe.

Habito en la espinosa mansión de mis profundos pensamientos, me sostengo sobre una corriente de aire y busco resortes que me ayuden a agarrarme a las paredes del cielo, no quiero caer a ningún abismo. Y Dios hoy no está por ayudar. El aire sigue regalando caricias, es como el mundo: nunca se para.

Me refugio un rato bajo tu piel erizada, rozo la gloria.

El aire persiste y esta vez viene aderezado con una lluvia fina, casi delicada. Tratan ambos de hacerme más agradable el paseo, porque el agua y la lluvia juntas, a veces, son amables. La primera mitad del día está resultando, cuando menos, curiosa. Al menos eso me parece a mí, pero con la debida cautela, porque igual todo cuanto veo es una imagen virtual. Sigo mi paseo y, a ratos, siento como si fuera en un carruaje. ¡Ay, no sé, igual estoy delirando de deseo! ¿Qué deseo? Tal vez no tengo deseo alguno y es el propio deseo quien trata de posarse en mí. Como veis, este dilema que me asalta es la hostia.

Tu felicidad ha quedado colgada de la rama de un árbol, yo sigo encajado en la copa de tu corazón.

Ahora el aire se cuela en un patio y agita las hojas siempre verdes de un naranjo, quiere enseñárselas al otoño, para que este se sienta impotente. Es un naranjo florido, pero sin frutos. Tan sólo tiene junto a su tronco sentada a una mujer que parece una hoja más del naranjo, pero sin peciolo. La mujer es como mi sentimiento: ovalada. Y como las hojas del naranjo. Está inmersa en sí misma, parece que no tiene idea de regresar a la superficie, al límite de su cuerpo con el exterior. La imagen me recuerda a los veranos rurales de mi niñez. Los patios siempre traen recuerdos lejanos. Y las mujeres también.

Tú no traes tanto recuerdo porque no eres una mujer… tú eres una Diosa, incorpórea, etérea, vaporosa…

Decido quedarme con la mujer del patio que tiene un naranjo, y saco de mi vida a la otra mujer que sigue y cierra cada uno de estos párrafos. Más que una mujer era una ideación mía, de existencia aparente y no real, pero no os creáis me ha costado desprenderme de ella.

Ahora debo iniciar la conquista de la mujer del patio que tiene un naranjo.

El aire cesa.

jueves, 13 de octubre de 2011

EN TODO CASO, UN BESO

Esta tarde planea una rara sensación sobre mi corazón que lo cerca, que lo ocupa, que lo anula, que lo enfría y que lo hiere. Siento que una parte de mí ya no está, una parte que me hace mucha falta y que, definitivamente, la fuerza de la vida me la está apagando y me enseña cómo marcha a chorros de mi lado.


Me siento como las montañas recién duchadas por el rocío de la noche, cuando la bruma de madrugada las corona como enormes toallas blancas que tratan de secarlas. Me siento llorado, oscuro, lejano, empinado, escarpado… inalcanzable. Me parece que se posan en mí miradas curiosas que terminan observando paisajes diferentes a los que buscan, paisajes fríos como témpanos de hielo.


Hilos de acero recorren mi interior, a velocidad de rayo. Tengo la impresión de ser como el agua, me veo serpenteando por las espaldas de la vida: líquido, inodoro, insípido, incoloro… el curso de mi río termina su carrera en el delta de la ausencia de la parte de mi vida que se va. El dolor me golpea violentamente y esta vez mi vida va a quedar contusionada. El dolor, maldita sea, me hace hervir como las calderas del infierno, es un dolor ilimitado…


Y es que, esta tarde, esa rara sensación que planea sobre mi corazón, es un bisturí que corta mi vida igual que un buque corta el agua, de la misma manera que una flecha corta el viento. Hace incisiones en mi cuerpo, lo surca, lo llena de cráteres y con las tiras de mi piel trenza figuras de pesadumbre, de tristeza, de enojo, de melancolía. Y mientras, esa parte de mi vida que se me va, da un paso más hacia un destino que ya va quedando muy lejos de mí.


Incluso noto en su mirada los primeros atisbos de despedida, tornasol de amor y cariño, con un esbozo de impotencia porque siente no seguir junto a mí, no escucharme, no compartir mis alegrías y no combatir a los que tratan de herirme. Consciente de que cuando se vaya, mi vida quedará seriamente debilitada, pero sabedor de que jamás traicionaré su legado inmaterial. Y por muy doloroso que sea, tal cual se me enseñó, te veré partir de pie, a cara alta, mirando de frente, agarrando tu recuerdo hasta despellejarme…


Pero, espera, no me puedes dejar así. Al menos ahora no. Déjame que te cuente algunas cosas últimas que me han pasado. Necesito sentir tus palabras protectoras, tus gestos de apoyo borrando de mi recuerdo la crueldad con la que mis enemigos tratan de hundirme, tu fuerza inmensa arrancando de mi mente las palabras diabólicas con las que alguien trata de medrar sobre mí. Anda, por favor, regresa aunque sólo sea un momento… el momento preciso en que te necesito, el momento macabro que empiezo a ver que a partir de ahora mi apoyo es mi lágrima, tu recuerdo.


Juro por mi vida que jamás traicionaré la honestidad que me inculcaste.


Aquí y allá, ahora y siempre, en todo caso, un beso.

viernes, 30 de septiembre de 2011

MHA

I

El viento acariciaba su rostro con un soplo fresco permanente, casi enamorado; movía sus cabellos con un ritmo regular dejándolos suspendidos en el aire, parecía un baile de pétalos de flores. Las nubes formaban halos que rodeaban su cabeza y le conferían un aspecto de divinidad. Sonreía en el presente mientras sonaban las canciones que un día serían de su pasado.

Macetas de plantas blancas, de calas níveas que rompían la fiereza de la oscuridad para iluminar a una hamadríade hurdana. Terraza de verano que congelaba una sonrisa abierta y la hacía leyenda; armonía perfecta con una preciosa melodía que sonaba a la hora bruja. Acordes de su vida que iniciaban la conformación de su historia personal y que jamás olvidaría.

Joven hermosa, nereida cargada de luz, irradiando claridad se hacía tan bella que educaba las miradas masculinas en sensibilidad. Muchacha de verbo fácil, de sonrisa sincera, amable, ecuánime; de actitud presta y diligente. Nacida de la tierra madre de Nuñomoral quedó configurada como mujer enérgica, sana, vital; de piel cíngara arrancada de la entraña de la Índia. Y en su mente multiplicidad de culturas fusionadas bajo el lenguaje del amor y la concordia.

Para un día ser feliz, cuando ya estuviera en otros mundos, decidió dedicarse a cultivar su alma. La llenó de peculiares semillas que ella misma extraía de su corazón: ternura, humanidad, afectos, amor… Y con ese jardín interior logró una sintonía perfecta con la mentalidad de todos quienes la rodeaban.

II

Aires de mar envuelven a la mujer de blanco, acantilados que se abren para ella y le brindan sus asientos rocosos para entrar en sus pensamientos. Sobre las espaldas del mediterráneo se dibuja un futuro azul marino, con subidas de ola que la elevan para ver Barcelona y saludarla. La ciudad reposa a sus espaldas, recostada sobre el Tibidabo, un indret màgic i emblemàtic de la ciutat de Barcelona, y la espera paciente, en silencio, a media sonrisa... Tal vez quieren crecer juntos.

Quería vivir deseando lo que deseó de niña y llorando por lo que lloró entonces, pero no se lo contó a nadie para no romper su pureza. Amarró su pasado y se aseguró su futuro.

Y Barcelona acoge, descubre, hace suya a una mujer geométrica, segura, espiritual; una mujer que irradia una refrescante corriente de fuerza y felicidad que arrastra a todo el mundo sin poder evitarlo. Cambian algunos aires catalanes, se enriquecen, suman, se multiplican, acarician la superficie del mar y navegan abriendo mundos diversos.

Y cuando haya causas que hagan que la ciudad se le clave, ojalá piense que existe otro lugar en el mundo donde dejó un vestigio de su vida, una huella indeleble; un espacio donde su existencia comenzó a fluir y ayudó a construir lo que hoy es... lo que aquí se acaba de definir.

jueves, 8 de septiembre de 2011

TE DEJARÉ DE SONREIR

Aún sabiendo que quizás nunca lo podría devolver, pedí un préstamo de ilusión al banco de la esperanza. Tras un estudio exhaustivo, el crédito, me fue concedido, pero a un interés altísimo. Tuve que hipotecar para ello mi propia vida.



Quería invertir mi nuevo caudal en ti, pero tú te habías dedicado a buscar razones por las que no amar. Razones poderosas guiadas por la fuerza de la lógica, ignorando que el amor posee una fuerza inmensamente superior a cualquier lógica de vida. El amor nos empuja, nos arrastra, nos sobrepasa… se nos clava. Y si no vence, nos mata. Tú, obcecada por tu punto de vista único, no veías el peligro y seguías flirteando con la muerte.



Sentado en los rincones de mis momentos tristes buscaba los porqués de tus caprichos, que siempre eran contrarios a lo que realmente sentías. Me preguntaba si sabías que mis sonrisas no eran signos de alegría personal, sino regalos cargados de amor que te hacía con todas mis miradas; sonrisas que se dibujaban en un rostro que te amaba profundamente. Pero tú me mostrabas actitudes que se encargaban de recordarme que mi chispa ya no podía prenderse, que mi fuego debía permanecer apagado ya para siempre. Y yo de nuevo volvía a sentir que todos los trenes de mi vida habían pasado ya, que tan solo quedaba mi vagón, que era en el que yo viajaba y del cual no me podía apear. Un vagón lúgubre que ya sin ti tenía destino a ninguna parte, tal vez a una fosa donde aparcar y hacer una parada ya eterna.



Para ti deseo lo mejor, porque aún fuera de mí te seguiré amando siempre. Sin embargo, también quiero decirte que ahora descubrirás que detrás de mí no había ningún paraíso, que no todo era mejor, que es difícil encontrar a alguien que te quiera como yo, que la vida tiene dosis altas de amargura, que la felicidad no está en donde la buscamos, que las sonrisas no son tan fáciles de conseguir, que los abrazos tienen olores especiales muchas veces aderezados por la traición, que no todas las miradas son transparentes… y que allá, donde el aire da la vuelta, volverás a encontrar la nostalgia de mis aromas, pero para entonces yo ya no estaré.



Hoy ya, desde los restos de mi naufragio, desde mi paso apenado por este invento de la vida, prometo no volver a enamorarme, no sacar más mi vista de mi ombligo. Ocuparé mis noches en repasar mi vida y dejar como legado el manual de los errores evitables, como tratado para que nadie pierda a quien ama.



El ritmo irregular de la lluvia me recuerda a ti, pero prometo no regresar de mi muerte. No quiero volver a hacer daño a nadie y menos por amor.



Día a día me iré dejando morir.