jueves, 6 de septiembre de 2012

ENTRAGO PUNTO CERO III

Una comida hecha con paciencia, con cariño, con delicadeza, con pasión... que sabía a gloria.






- ¿Qué tal, cómo ta tou? ¿Gusta ye? –preguntó Amelia.

Un año es una fracción de tiempo importante, razonablemente larga, aunque hoy no lo percibamos. Mientras saboreaba esa estupenda comida y observaba cómo Amelia no paraba un momento, tenía la sensación de llevar todo un año sentado allí, como si el tiempo no hubiera corrido, como si aquellas rocas y aquella gente lo hubieran detenido.

- Sabores lejanos, me encanta. Muchas gracias –respondí.

Mientras esperaba el postre, reparé en un señor solitario que comía en una mesa a mis espaldas. En lugar de sobre la mesa, tenía el vino y su vaso colocados en una silla junto a él, como si en la mesa no tuviera espacio suficiente. Al cabo, de repente, giró sorpresivamente su cabeza hacia la izquierda y me pilló observándolo. Al ver su cara me quedé clavado, sorprendido. Era él, el mismo señor que un año antes me reveló el secreto de la existencia de esta terraza.

Cuando Amelia llegó con el postre, inmediatamente le dije que conocía también de vista al señor que se sentaba al fondo.

- ¿A Goyo? Sí, ye de la casa –contestó con una sonrisa.
- ¿Familiar? ¿Vive con ustedes? –interrogué interesado.
- Non. ye un vecín del pueblu, ta xubiláu, ye viudu y come tolos los díes equí –replicó Amelia.

Pensé en alguna maniobra de aproximación a Goyo, en una vía válida para llegar a él, en una frecuencia adecuada para sintonizar con él.

Me levanté de la mesa y me coloqué en el borde de la terraza mirando hacia el río, simulando una observación exhaustiva del mismo que no se estaba produciendo. Y al momento, cuando estaba seguro de que Goyo ya me había mirado, rodeé una mesa y llegué hasta él. Puse mi mano sobre su hombro y le dije:

- Que aproveche, señor Goyo. Sé su nombre porque me lo ha chivado la señora Amelia.
- Gracias, hombre –respondió alegre con una voz clara y una sonrisa realmente preciosa.
- Señor Goyo, ¿en este río hay truchas? –pregunté apelando a la autoridad de su sobrado conocimiento acerca de todo lo que tuviera que ver con su tierra.
- ¡Muchas, ahora mismo te las enseño! –aseguró absolutamente confiado.

Tras ver las truchas, decidió acompañarme a la puerta principal del restaurante, donde él pasaba sus tardes sentado en una silla, junto a la carretera general del pueblo. No sé porqué, pero ver pasar coches es otra de las aficiones más comunes que tienen los jubilados.

En pie, junto a la carretera, me hizo un resumen de su vida. Me dijo que había estado trabajando en el País Vasco la friolera de cuarenta y ocho años, entre San Sebastián y Vitoria. Toda su vida fue soldador, según sus propias palabras “un gran soldador, de los buenos de verdad”. Y para apuntalar su afirmación me contó una anécdota bastante curiosa. Me relató que en cierta ocasión lo hicieron desplazarse a Francia para un trabajo notablemente delicado en un aserradero, en una localidad situada a 40 kilómetros de París (el nombre de la misma no lo desveló), permaneció allí más de tres meses y, anticipándose a mi pregunta, afirmó literalmente: “ni se me pasó por el magín asomarme por París, ya ves tú”. Cuando había finiquitado toda la faena, siguió contándome, que el gerente del aserradero, ya estando en su coche para regresar a España, se acercó a él para felicitarle por su buen trabajo y para despedirse. En señal de agradecimiento, incluso de afecto, el dueño del aserradero estrechó su mano al tiempo que le entregaba un sobre cerrado. Goyo pensó que el sobre sería una carta de agradecimiento y lo lanzó al asiento trasero de su coche. Sin embargo, en una parada en el camino, le dio por abrir dicho sobre y contenía ni más ni menos que 3.500 francos franceses.

- ¡De los de la época, no te puedes tú imaginar la tremenda propina que era esa, paisano! Cuando lo abrí pensé emocionado en mi mujer y mis fíos –terminó casi emocionado, pienso yo que más por el recuerdo de su difunta esposa que por la anécdota o la propina.

Traté de que se viniera conmigo a tomar un café y declinó la invitación. El recorrido de la conversación había terminado y decidí despedirme dándole la mano y abrazándolo de forma medida. “Volveré”, pensé para mis adentros.

Estos dos encuentros produjeron en mi interior un efecto muy especial, hicieron mover mis sentimientos como el centelleo de las estrellas que vemos a lo lejos en las largas noches de insomnio, en mi corazón bailaban luces punzantes, intensas, variables, persistentes…


Pero aún tenía pendiente dos encuentros más…






viernes, 31 de agosto de 2012

ENTRAGO PUNTO CERO II

Automáticamente motivado por mi objetivo, me apresuré a entrar en el pueblo y recorrer algunas de sus calles. Hice un recorrido lento y pausado, disfrutando de imágenes divinas combinadas con rayos de luz y poesía; y de olores sedosos portados por aires que corrían encallejonados por las estrechuras laberínticas que conformaban la cercanía de las casas.


Me dirigí directamente a un restaurante llamado “Peña Sobia”, nombre puesto en honor a una de las rocas que circundaban el pueblo. Ya en la puerta, recordé cómo fue la primera vez que llegué hasta allí. Estaba leyendo el menú escrito en una pizarra abierta en tijera que había en la acera, y un señor me dijo desde el otro lado de la calzada:

- Si ties pensáu comer ende, aportunar que quies faelo na terraza trasera.

Miré sorprendido y vi un hombre sentado en una silla con el respaldo de la misma del revés, tenía sus brazos cruzados y apoyados en dicho respaldo y su barbilla pegada a los mismos. Su mirada estaba cargada de bondad y su sonrisa era abierta y amable. Su edad rondaría los sesenta y siete o sesenta y ocho años.

- ¿Qué? Ah, ¿detrás hay una terracita? Muchas gracias, comeré en ella, si tengo mesa.

Este año, sin embargo y curiosamente, no había ningún lugareño en la puerta del restaurante. Sin leer menú, entré al local y, con experiencia y determinación, pregunté al dueño si tenía espacio para comer en la terraza.

- Sí que lo hay, pero, ¿y si llueve?
- Bueno, me arriesgo.
- Vale, pase.

La terraza con más encanto no sólo de España, sino del mundo. Suficiente, acogedora, rústica, sencilla, simple, encantadora… paraíso de la quietud, la serenidad, la calma, la tranquilidad.


Tomé asiento y un hilo de voz salió de ningún sitio diciéndome que ya mismo me atendían. Me recosté sobre el respaldo de la silla y cerré los ojos un momento, mientras escuchaba el concierto que el sonido del agua del río me ofrecía a su paso, una composición musical titulada “El encanto de la vida simple”, un allegretto en Fa mayor que ensanchaba mi corazón.

- Bonos díes, ¿digo yel menú? – me despertó una voz fina, cansada, pero alegre y de precioso timbre.

Era ella, Amelia, una señora cercana a los setenta años que me atendió el año anterior y que era una de las personas que yo deseaba volver a encontrar.

- Sí, por favor. Muchas gracias – contesté mientras le sonreía.

Trabajaba con una dignidad envidiable. Reconozco que ardía en deseo de entablar con ella algún tipo de conversación que fuera más allá de lo gastronómico. Y ella se encargó de elevar mi ilusión a cotas tan altas como las cordilleras que paraban el mundo antes de que este llegara hasta nosotros.

- De primeru, arroz con salchiches y güevos frites; y de segundu, picadiellu de gochu con pataques frites. – me cantó el menú del día.
- ¿No hay fabada? – pregunté confiado.
- Ay, siéntolu, pero güei nun fiximos – contestó lamentándose.
- No hay problema, el menú que me ha relatado está bien – le dije con una sonrisa intentando calmar su lamento.

Justo cuando fue a darse la vuelta, a medio giro, con su peculiar forma y su mirada medio apagada, me desarmó con una afirmación absolutamente inesperada para mí.

- La so cara resultame conocida, la recuerdu. Tieni usted unos ojos de un azul intenso, una mirada difícil de olvidar.

No pude articular palabra, claro. ¿Qué decirle a una mujer que me había robado literalmente las palabras? ¿Se las devolvía? ¿Buscaba la originalidad aún a costa de inventar o mentir?

- Gra… Yo… Gracias. Yo también la recuerdo, estuve comiendo aquí hace poco más de un año y me sirvió usted –le contesté mientras terminaba de asimilar sus palabras.
- ¿De dónde vien, de Uviéu? –volvió a interrogarme.
- ¡Huy, qué va! Vengo de muy lejos, de Cáceres. De una zona similar a esta, soy de un pueblo que se llama Nuñomoral – me explayé ya más relajado.

Sin decirme una palabra más fue a buscar mi comida.

jueves, 30 de agosto de 2012

ENTRAGO PUNTO CERO I

En alguna ocasión he apuntado que el destino es muy astuto y taimado, incluso bellaco. El destino nos lleva donde él quiere y nos hace creer que somos nosotros los que elegimos llegar hasta allí. Mi destino me llevó hasta Asturias para recorrer, por segunda vez, una ruta de bicicleta llamada “La senda del Oso”. Este itinerario comienza en Trubia, población y parroquia del concejo de Oviedo, capital del Principado de Asturias. Y termina en la exquisita y primorosa población de Entrago que es, a su vez, donde se sitúa esta entrada de blog.


Entrago es un pueblo del concejo asturiano de Teverga. Es un lugar privilegiado ubicado entre dos impresionantes alabastros de caliza, rodeado de bosques autóctonos múltiples y diversos y origen de la formación del río Teverga.


Había pasado poco más de un año de la primera vez que hice esta vía verde con mi bicicleta y, curiosamente, a pesar del precioso e inigualable espacio natural que me rodeaba, en mi memoria quedaron grabados a fuego los rostros de cuatro personas que por su expresión facial, sus sonrisas, su alegría vital y sus miradas no casuales no me dejaron indiferente.

A medida que me acercaba a Entrago, mi ilusión iba creciendo con la alta probabilidad de volver a ver a aquellas personas. Y el pedaleo se tornaba más ligero, a pesar del cansancio. Desde luego, no es nada fácil ver la vida representada en el rostro de cuatro personas. Es difícil ver la vida. La vida tiene un poder extraordinario, es como una bruja. La vida está ahí, pero no se deja ver, es como una luz intensa que, en lugar de iluminar tu camino, te ciega. La vida es dulce y salado, miel y hiel, risa y llanto, cima y hoyo, blanco y negro, amor y desamor, victoria y derrota… tú y yo.

A la entrada del pueblo paré para observar un plano situacional de la ruta que estaba terminando, pero pronto fijé mi atención en cosas mucho más interesantes, más profundas… o, cuando menos, más humanas.



Miré un horizonte compuesto por la inmensidad y la ferocidad de las montañas, que me devolvió una dimensión exacta de mi ser. Allí, insignificante, armonicé mi sentido propioceptivo con el sonido del silencio. Todo era alto, inabarcable, inalcanzable, como las ilusiones; precioso, como las sonrisas limpias que se nos regalan; mágico, como la mirada de la persona que amas; melodioso, como la vibración elástica que produce el sonido de tu nombre cuando lo pronuncia la mujer que te quiere; colorido, como la sensación interior que te produjo el abrazo de un amor que jamás pudiste olvidar…

Con mi actitud ataqué la raíz misma de mi fragilidad y esto aumentó mis ganas de llegar a Entrago e intentar conseguir mi deseo de encontrarme de nuevo con las cuatro personas que el año anterior habían dejado en mi interior una huella difícil de borrar.

domingo, 29 de julio de 2012

AZARONES II

Como toda tradición, la dieta de los Azarones, tenía sus partidarios y sus detractores. Este hecho, en nuestro pueblo, era muy importante, por el tremendo respeto que profesábamos a nuestros mayores. Quiere esto decir que cuando te ibas a zampar unos Azarones, mirabas antes a tu alrededor no sea que hubiera alguien que desaprobara la ingesta de esa hierba y te jodiera la merienda. Viene a mi memoria un recuerdo de color amarillo ya, pero muy ilustrativo sobre lo que acabo de contar. En cierta ocasión estaba la Cipriana, nieta de la tía Juanina, la Zopenca, en las inmediaciones de la fuente de la Espinera buscando unos Azarones, para comer un bocáu, como decía ella. Y resulta que una vez que fue haciendo acopio de los mismos, sin machar con sal ni más demoras, debido al hambre, empezó a comerlos con fruición y la pilló la tía Rosa, que era un señora muy refinada que le parecía una imprudencia que se comieran hierbajos desconocidos, cuyas propiedades no estaban demostradas.
-     ¡¡Mal rayu te ehpeaci ehquerosa, pehquerona!! ¿Pa qué coñuh comih esu? –Le soltó a bocajarro a la Cipriana nada más sorprenderla comiendo Azarones.
-     M`obriga, m`obriga, ta Rosa, ta Rosa. –Constetaba la Cipriana avergonzada, bajando la cabeza.
-    ¡¡Turnia te queih, dehgraciá; pahmau se te quei el gaznati!! -Farfullaba la tía Rosa mientras continuaba su camino.

Partíamos hacia el pueblo al final de la tarde, casi oscureciendo. Cuando nos íbamos aproximando se divisaban las luces amarillas, que conferían al pueblo un aspecto lúgubre, pálido; y también veíamos los brillos plateados del río producidos por el reflejo de la luna.
Y allí, en las estribaciones del pico de la Gineta, las calles de Cerezal  nos iban acogiendo a todos y a todas entre resuellos de macho, berridos de cabra y saltos de chivo. Esa tarde se habían vivido aventuras irrepetibles en la Morocona, en el Gamillón, en la Vega Larga, en el Valle de la Mielra, en el Molinito y en el Sestil de la Ró Güey.
Pasábamos por casa, dábamos novedades sobre la tarde y el comportamiento del ganado y de nuevo nos largábamos, estirando las horas lo que podíamos, para jugar al escondite, al bote – bote, al tresnavío (Tres Navíos), a los orinalitos, etc. hasta que las voces de nuestras madres rompían el silencio de la noche para indicarnos que era la hora de regresar a casa y acostarnos.
La noche queda para quien es.


AZARONES I

Aquellas interminables tardes de cabras, con olor a hierba verde fresca, con el sabor amargo de la subsistencia, con la felicidad de la compañía, con la seguridad de estar justo en el lugar del mundo donde deseábamos estar y con la completa convicción de que fuera de aquellos cuatro pareonih no había nada más, aquel era el único Universo existente... o al menos posible.

Mientras las cabras se jartaban, nosotros íbamos descubriendo un mundo lleno de misterios. Lo descubríamos pedazo a pedazo, sin prisa, con curiosidad, con la fascinación propia de un científico que después de una larga y ardua investigación descubre una pócima mágica.

 - ¿Pandi vah, perdíu te quéh?
 - Ahora vengu, voy a cagá.
 - ¿Y jaci falta que vayah tan lejuh?
 - Voy ahí allá, pa cogé unah hojah de zapatonih, pa limpiami el culu.
 - ¡Eeee, se le va a quedá tou blancu!
- Lah piedrah jierin y limpian peó, te arrejuñan tol furacu.

Las épocas estaban bien definidas y perfectamente marcadas por diferentes fenómenos estacionarios: los cantos de los grillos, la vuelta de las golondrinas, la maduración lenta de las cerezas, la llegada de las pavías, las colmenitas, los hongos… Era una ilusión esperar todo sin prisa, éramos tan felices.

Cuando el sol transponía el horizonte, mientras se iba produciendo su ocaso total, nuestras cabras, por sí mismas, iban ya tomando el camino de regreso a Cerezal, al tiempo que nosotros cortábamos unos Azarones para volver a casa ya cenados. En Las Hurdes, en períodos de carencia, teníamos a los Azarones como planta comestible.

 Los Azarones eran unas plantas autóctonas de tallo largo y hoja lineal, con un sabor ácido, avinagrado y una textura áspera y desabrida. Al final del tallo, tenían una semilla que hacía las delicias de los verderones (sedalinas, llamábamos a estos pájaros en Cerezal). Para atenuar ese sabor ácido, los machábamos en las rocas con sal gorda, de la que se usaba en las matanzas. Recuerdo que esta planta tenía dos tipos de hoja, ambas largas y delgadas, pero una de ellas, en la parte baja, donde se iniciaba, tenía dos salientes ovalados, de forma elíptica, uno a cada lado y en perfecta simetría con el eje central. Bien, pues estas últimas, no se comían, porque la transmisión intergeneracional mandaba y de siempre se había dicho que las hojas de Azarones que tenían los cojoninuh abaju no se comían, porque eran del demoniu.


AZARONES

miércoles, 20 de junio de 2012

TAMBIÉN TE ESPERÉ ESTA TARDE

Perdido en la noche de los tiempos busco respuestas a preguntas que jamás me hice, refugiado en la oscuridad decodifico la luz de una mirada que me extravía en el laberinto de los recuerdos, de su recuerdo.

Su recuerdo, ese sentimiento que llevo en mí como el lago permanente que deposita su gran masa de agua en la depresión de una penillanura.

Su recuerdo, ese desgarro atroz que sienten dos personas que se aman ante la profundidad grande, insondable, imponente y peligrosa de la distancia.

Su recuerdo, ese sueño inalcanzable que me obliga a abrir las puertas y las ventanas de mi existencia, para buscar oxígeno, para respirar mi soledad sin ahogarme.

Perdido en las noches oscuras de la ausencia omito respuestas a preguntas que siempre me hice, cobijado en la incertidumbre de las noches tensas de la espera, de su espera.

Su espera, noches largas de sueños rotos.

Su espera, tiempos baldíos de ilusiones truncadas.

Su espera, corazón lastimado circuido de abismos que lo agrietan.

Perdido en los amaneceres de los deseos ocultos ni busco ni omito respuestas a preguntas que no existen, escondido en el crepúsculo de una mañana cuyo rocío humedece el placer del encuentro, de su encuentro.

Su encuentro, la fascinación especial de cerrar los ojos con fuerza para cuando los abra cumplir el deseo de tenerla frente a mí.

Su encuentro, la atracción irresistible de los brillos apagados de cada estrella que miro y no es ella.

Su encuentro, el desafío perverso de un campo de girasoles apostados con su mirada frontera al Astro Rey.

Perdido, recordado, esperado, encontrado… alebrado a los pies de la vida, en ese tramo preciso de mi vida que hace curva, en el punto exacto donde cambia de sentido su curvatura.

Tomo el descenso.

Me elevo.

jueves, 7 de junio de 2012

LA CANCIÓN DEL DESAMOR


La demencia tiránica del amor, el delirio que provoca un sentimiento que se me escapa sin querer, la imagen vertical y tenebrosa del amor haciendo las maletas, evadiéndose para siempre de mi piel.

Un tacto que ya no siento, un recuerdo que me mantiene vivo, una ausencia que me mata, un desierto sin arena, un corazón que emite el último suspiro dándo su muerte eterna como símbolo de amor.

Un desorden en mi costumbre de vivir pegado a la ilusión de un abrazo, de un olor; un extravío en el laberinto satánico que no me enfila por el camino que me lleva a ella, la mirada triste de un niño muerto de hambre que me recuerda a su corazón.

Una mañana lluviosa de un mes caluroso, un lugar habitado de un mundo inhabitable. Un amor que caracolea en su vuelo y no consigo cazarlo, una cesta de placeres que chorrean como el agua y terminan evaporándose en un suelo que ya nunca pisaré junto a ella.

La fascinación especial que me produce unos labios que amo diciéndome te quiero, la procacidad de la ira pulverizando el núcleo de la felicidad, sus pasos curvados que no me permiten alcanzarla... tenerla.

Una actitud indecorosa que me empuja a escapar de ella, pétalos de rosas muertas que no son movidos por ningún aire, un hechizo que lejos de quien amo sólo me permitirá respirar cuando cese mi vida.

Una mano que emprende el camino de la caricia, una mano que vuelve cubierta de sangre y desesperación, una mirada que cruza por mi frente y socava mi corazón con su ausencia, una sonrisa envenenada que intuyo en la espalda de una mujer que ya no veo.

La necesidad de buscar espacios donde el paso del tiempo se haga más lento, para dar tiempo a que mi dolor se canse; el temor desmedido a que en mi caso no pase el tiempo y a que no se canse mi dolor.

Escribo la canción del desamor para no beneficiarme del silencio. Quiero que ella nunca la cante, quiero ser yo el único que la entone.

Entiendo que hay cosas que se pierden para SIEMPRE.

Todos los amores dejan un poso. Descifrando bien ese poso entenderemos mejor a esos amores.

Y los seguiremos amando ETERNAMENTE.