martes, 3 de septiembre de 2013

MUERTE, VIDA Y ENFERMEDAD I


-      Hola, ¿hay alguien? – grité desde la puerta mientras la tocaba y activaba el timbre.
-      ¿Quién erih? – preguntó sorprendida la dueña de la casa.
-      Soy yo Luciana, Tivi – aclaré.
-      ¡Anda, veráh tú quién eh! –exclamó con sincera y alegre sorpresa. ¿Y qué te trai por aquí, hiju? ¿Queríah algu? – interrogó con curiosidad.
-      No, nada más que saludar y darte mi pésame por la muerte de tu marido (por supuesto, le dije el nombre) – le contesté con sincero pesar. No te pregunto cómo estás –continué-, porque sé que estás mal y muy apenada, porque después de lo ocurrido es difícil estar de otra manera.
-      Pueh sí, hiju, eh una pena muy grandi. Me ha dejau muy sola – dijo con la mirada perdida.
-      Te ha dejado con su recuerdo, que no es poco. Y con un montón de huellas de su inolvidable paso por aquí: una vida compartida, hijos/as y nietos/as, que es el más fiel testimonio de su existencia y de vuestro amor. Todo eso debes guardarlo tú, así lo mantendrás junto a ti para siempre – le aseguré mirándola a sus ojos negros, profundos y verticales, como el abismo que sentía con su recuerdo.

Lloró y guardó silencio durante un buen momento. Yo respeté su llanto y su silencio manteniéndome callado y buscando un contacto físico puntual o cuando menos medido: un abrazo, tomarle las manos, una mirada, etc.

Y cuando correspondió le hice una transacción cambiante para evadir el momento y resolver la situación creada.

-      ¿A que te ha gustado mi visita? ¿Te has alegrado de verme aquí? – le dije con voz enérgica tomándole las manos y apretando de forma moderada, para transmitirle oxígeno, incluso cierta vitalidad.
-      ¡¡ Pueh claru que sí, hiju, muchu!! – respondió con un tono de veraz agradecimiento.
-      Bueno, pues vuelvo a casa, me esperan para comer. Te muestro mi confianza en tu fortaleza, con eso me basta para saber que irás saliendo de tu tristeza sin perder jamás el recuerdo – finalicé mientras le volví a dar dos besos.
-      Muchah graciah, hiju -concluyó con una tímida sonrisa.

Decía Benedetti que la muerte es la cumbre de la sencillez.

Y es verdad, ya que la vida, en abundantes ocasiones, la convertimos en la cima de la estupidez y la soberbia. Y bajo las premisas y los dictados de estas procelosas aguas, la navegamos.

Evidentemente, este es uno de los motivos esenciales de nuestros vacíos existenciales: situamos lo importante en el reino maldito de lo banal, de lo insustancial; y nos pasamos la vida buscando lo fundamental en recónditos lugares en donde no está.

Esto trae como consecuencias básicas, primero, que muchas olas de esas aguas de la vida nos suban con fuerza al limbo, y segundo, que en otras olas, quedemos bajo la longitud de su onda y nos ahoguen al disolverse sobre sí.

 Y esa es principalmente hoy la vida, paraos a pensar un momento y lo comprobaréis.

Tras unos cuantos de años sin hacerlo, este verano lo he pasado en mi pueblo, en Nuñomoral. Y durante las mañanas del mes de agosto, tras una serie de reflexiones personales, decidí subir a mi moto y viajar por las distintas alquerías que componen el Ayuntamiento de Nuñomoral y realizar algunas visitas.

Para no tener que impostar casualidades inexistentes, antes de nada, pensaba a la persona o familia concreta que iba a ir a visitar, por lo que mi acción se realizaba de manera directa y expresa. Y aproveché para dar algunos pésames y para visitar algunos enfermos, personas que, en ambos casos y respectivamente, conocí vivas y sanas.

Comprobé, en el caso de las familias que habían perdido a algún ser querido, que el denominador común que desgarra en la muerte es el vacío y el recuerdo. Lo más duro en sí, para la mayoría, no era la ausencia de esa persona ya allí, a su lado. Es decir, lo verdaderamente doloroso no era la desaparición de su marido, mujer, padre, madre, hijo, hija… como ser independiente, sino el vacío que quedaba en su propio entorno, en su vida. Alguna vez lo he escrito ya en mi blog: ante una muerte no lloramos por lo que se va, sino por lo que nos queda. Y esto es una forma un tanto egoísta de situar el afecto y enfocar el dolor, que además hace que el sufrimiento sea más intenso y más prolongado en el tiempo.

Como sé fehacientemente que este blog es leído por mucha gente de mi zona, para huir de cualquier atisbo de sensacionalismo o morbo y preservar la intimidad y el anonimato de los implicados, he tomado la precaución de que todos los nombres que aparecen, aunque representen el hecho real, sean ficticios.

Por razones estrictamente personales, tengo un aprecio enorme a la inmensa mayoría de gentes de todo el municipio de Nuñomoral, incluso en muchos casos puedo afirmar que siento un afecto especial por mis paisanos, sobre todo por las personas mayores. Genéricamente, aunque con diferentes matices dependiendo de las personas, en los términos que cuento en la conversación que abre esta entrada de blog mantuve las conversaciones cuando se trataba de gentes que estaban pasando un duelo por la desaparición de algún ser querido.

Y de la desolación y el dolor que proyectaban los ojos de estas personas, nacen las reflexiones que acabo de contar acerca de los tipos de vida actuales y del intemporal dolor de la muerte.

jueves, 22 de agosto de 2013

CLIENTES POTENCIALES II


Para delatar lo surrealista, ridículo y esperpéntico que puede llegar a ser el ámbito de las ventas indiscriminadas, voy a referir un suceso que me ocurrió en fechas pasadas.

Estaba aún terminando de desperezarme en el sofá de mi casa de la cabezadita de después de comer, cuando de repente suena el teléfono. Hoy día, con la identificación de llamadas, cuando miramos la pantallita de nuestro teléfono, siempre deducimos que son números de empresas que nos van a ofertar algún producto, pero en el fondo a todos nos pasa lo mismo: pasado el momento inicial de la razón y ante un número raro o excesivamente largo descolgamos el aparato no vaya a ser una llamada que cambie nuestra vida. Bien pensado, menuda chorrada y pedazo fantasía común albergamos ¡eh! A quién se le ocurre pensar que una llamada va a suponer el vuelco de tu vida, en fin…

-       Sí, dígame –contesté adormilado.
-       Hola, buenas tardesss, ¿hablo con don Primitivo Expósito Azabal? – sonó al otro lado una voz de mujer grave pero limpia y perfectamente entendible.
-       Pues sí, soy yo, ¿me puede decir con quién hablo, por favor? –pregunté temiéndome ya lo peor.
-       Hoo laaaa don Primitivo, soy Elia Onofre, ¿cómo está usted? – continuó aplicando todas las técnicas aprendidas en sus cursos de telemarketing.

Reconozco que ante una situación de esta índole y teniendo en cuenta la previsibilidad, estuve a punto de contestarle como un/a jubilado/a:

-       Ay, pues mire, no estoy muy católico, ¿sabe? Ayer se me metió un dolor por el talón del pie izquierdo que me recorrió todo el cuerpo como un rayo y me vino a salir por la parte delantera a la altura del ombligo. Me tiene destrozado.

Pero su trabajo es ya suficientemente duro como para no mostrarles un poco de respeto y regalarles algunos minutos de escucha, aunque yo reconozco que por teléfono no me gusta comprar y nunca lo he hecho.

-       Estoy muy bien Elia, gracias. Dígame cual es el motivo de su llamada, por favor.
-       Eee sí, mire, don Primitivo, le ofrezco dormir una noche en un hotel de cuatro estrellas en Guadalajara por 25 eurosssss, ¿eh? ¿Qué le parece, don Primitivoooo? – lanzó tan ricamente.

Reconozco que en un primer momento me quedé petrificado, incluso pegué un gran chasquido con la lengua,  porque lo último que me esperaba era este tipo de oferta, que me pintaran el chollo padre por ir a dormir a Guadalajara a precio de saldo.

Piensas siempre  que la interlocutora te ofrecerá un seguro de hogar, delatándote como un imprudente temerario si no lo tienes; un contrato de tu línea telefónica con una compañía determinada, poco menos que llamándote tonto por pagar tanto, ya que el que te ofertan siempre te sale 200 euros más barato al año que el que tú tienes; en enciclopedias de estas novedosas que a día de hoy te regalan una y sales a correr; en alarmas para la casa, debido a la cantidad de peligros que acechan a nuestras viviendas si no tienes alarma; en sillones de relax de estos que te dicen que aun estando lisiado, si te sientas un rato por la noche, al día siguiente puedes hasta competir en unas olimpiadas; en jamones que te tocan en sorteos que jamás juegas,… ¡¡Pero Dios mío querido, quién iba a pensar que te fueran a ofrecer ir a dormir una noche a Guadalajara!! ¡¡Y encima por 25 euros!!

Suelo tener una óptima capacidad de reacción, pero necesité algunos segundos para salir de mi asombro y contestar:

-       Pues mire, doña Elia, ni se me había pasado por el magín ir a dormir a Guadalajara, de verdad – le dije hasta con cierta gracia.

Evidentemente ella estaba adiestrada para insistir, para reiterar machaconamente el planazo que me perdía si no tomaba el tole al día siguiente y me iba a dormir a Guadalajara. Y yo decidí, sin perder el respeto y la educación ni atentar contra ella, conducir la conversación con cierto humor para intentarle descubrir lo ridículo de una oferta de esa entidad.

-       Pero, don Primitivoooo, fíjese lo que le acabo de decirrrr, es una oferta increíble – persistió.
-       Que sí, que sí, Elia, en eso estamos de acuerdo, la oferta es increíble. De hecho te confieso que jamás se me había terciado a mí ir a dormir a Guadalajara, de verdad –aseveré.
-       Es que, don Primitivo, es una oportunidad única, de estas que no se pueden perder, por favor –atacó de nuevo.
-       Estaré entonces poseído, Elia, pero no pienso ir a dormir a Guadalajara. Entiendo según te explicas que la noche andará bien cara por allí y que por 25 euros estoy cometiendo una locura rechazando la oferta, pero es que me imagino coger yo ahora mismo mis bártulos y arrancar a Guadalajara a dormir nada más que así, que porque hay un hotel que me cobra sólo 25 euros –le solté de un golpe intuyendo ya que entraba en la fase de cese, incluso que tenía ganas de reírse.
-       No sé, don Primitivo, pero pienso que un paquete así no se puede rechazar, se lo digo con toda sinceridad –apostilló, pero ya batiéndose en retirada.

Y decidí pegarle la puntilla.

-       Agradezco tu preocupación, pero lo voy a rechazar, hay cosas que no pueden ser, Elia. Sé que esto será una mancha negra en mi historia personal, pero lo asumo – le dije ya con pleno dominio de la conversación.
-       Jajajaa… jaja... Perdón – dijo incómoda.

Y opté por ponerle un contraejemplo:

-       Mira, yo soy de un pueblo del norte de Cáceres, de Nuñomoral y la ciudad más próxima que tengo es Ciudad Rodrigo, en la provincia de Salamanca. Te digo esto, Elia, porque esta semana estuve una mañana allí y vi en un supermercado un queso puro de oveja de tres kilos por 15 euros la pieza, siempre y cuando te lo llevaras entero. ¡¡Y no lo compré, fíjate tú!! Como ves era un ofertón, pero, ¿dónde iba yo con tres kilos de queso de oveja así por las buenas? No sé si me has entendido.
-       Jajajaja…. Sí, sí… jajajaja.. – no podía ni hablar la muchacha de la risa.

A partir de ese punto a Elia le importaba un pimiento si yo aceptaba la oferta de dormir en Guadalajara por 25 euros o no,  ni siquiera me volvió a mencionar nada relacionado con dicha oferta. La chica tardó en reponerse de sus risas y me bombardeó a preguntas personales durante unos instantes, hasta que amablemente decidí yo poner fin a la conversación.

Espero que se replanteen todas estas formas de ventas y sistemas de marketing, porque pienso que todo lo que excede a lo razonable y lo normal no funciona.

Además se consigue mucho más con una sonrisa amable y dándole oxígeno a la gente, que con métodos que terminan convirtiéndose en elementos de acoso y derribo. 

martes, 20 de agosto de 2013

CLIENTES POTENCIALES I

Entiendo que, desde su invención, el teléfono ha sido una de las herramientas más poderosas para hacer negocios, esto es un hecho plenamente constatado que no admite discusión alguna.
No obstante, en los últimos tiempos, debido a los cambios que se han producido en los enfoques de estrategia comercial, el poder del teléfono como herramienta de venta, pienso que se ha visto aminorado.
Técnicas de venta excesivamente agresivas, persuasión al consumidor inadecuada, una comunicación comercial en ocasiones errónea y una oferta de producto que no cubre necesidad alguna en el consumidor, sino más bien tiene como fin un carácter estrictamente economicista, de consumo innecesario en la mayoría de los casos, han conseguido que todos los potenciales consumidores (o sea sé, todos nosotros) desarrollemos unos potentes filtros que nos hacen resistentes a la compra espontánea o compulsiva.
Sin embargo, esta autodefensa que crea el consumidor que es, además de progresiva, excesivamente lenta, es derribada una y otra vez por el robusto sistema de marketing que las sociedades capitalistas ponen al servicio del flujo económico: principios y prácticas que buscan especialmente el aumento de la demanda, es decir, del comercio, no de la satisfacción de las necesidades del consumidor. Por tanto, todos cargamos con un sinfín de productos y “canecos” absolutamente innecesarios hasta que nos hacemos fuertes y resistentes a sucumbir a ventas estúpidas, en muchas ocasiones de productos ni siquiera tangibles. ¡¡Tiene cojones la carga de leña!!
En mis escasas noches de insomnio, en alguna ocasión, he decidido encender la televisión para practicar un rato el zapeo, como medio de relajación… o como búsqueda de la nada o de lo inconcreto. En la mayoría de canales, a determinadas horas, ofertan una inmensa multiplicidad de productos de lo más variopinto. Bien, pues estos, cualquiera de ellos por ridículo que parezca a priori, si me paro un momento y presto la atención debida al anuncio, sinceramente no me explico cómo llevo cuarenta y tres años sin ellos. ¡¡TODOS ME HACEN FALTA!! A todos les veo una utilidad enorme, no sé si os ha llegado a ocurrir este curioso hecho. De ahí que en todos los hogares haya una serie de pingajos y zarrios que un día se compraron por impulso irresistible, sin calibrar su valor ni su necesidad. Y es normal esto, porque el producto en sí es descrito en un ambiente de emoción (marketing emocional) que lo presenta como algo único, exclusivo y valioso; como una pieza singular únicamente a la altura de tu dignidad. Pero claro, en esos casos, nuestra individualidad es en realidad una enorme masa de millones de personas que en ese mismo momento comparten canal de televisión: hecho esencial que conoce la maquinaria de la industria, pero no discrimina el cerebro del consumidor. Evidentemente, cualquiera de nosotros como potencial consumidor, somos inmensamente más frágiles que la poderosa y pesada maquinaria de la industria.
Bien, pues a continuación me centro y voy al grano, al motivo principal que genera la creación de esta entrada de blog.

miércoles, 31 de julio de 2013

INVISIBLE

Una de las consecuencias más relevantes y contradictorias del fenómeno de la globalización es el incremento experimentado por los movimientos migratorios entre los países menos desarrollados y los encuadrados en el llamado primer mundo. Y se destaca lo contradictorio de la situación porque los mismos países que abogan por la supresión de fronteras y el libre tránsito como premisas sobre las que construir ese mundo globalizado, supuestamente mejor y más justo, son a la vez los primeros en demandar el cierre de fronteras y las restricciones al libre tránsito, cuando estas premisas se aplican, no a las mercancías, sino a las personas.
Terminaba mis vacaciones playeras y, tras realizar las últimas gestiones en el hotel donde estuve alojado, salí a buscar mi coche para aproximarlo a la puerta principal del mismo y cargar todo el equipaje familiar.
Abstraído en mis pensamientos caminaba por una acera, a esas horas, casi desierta de peatones. Apenas llevaba recorridos veinte metros de calle, un chico de piel negra me abordó y con voz apagada, casi imperceptible, me dijo:
-      Oiga señor, ¿me puede ayudar?
Uno de los principios básicos de mi filosofía de vida, no sé si por educación o por la influencia de mi formación, es hacer efectivo mediante las acciones cotidianas el hecho esencial de la verdadera igualdad en dignidad de todos los seres humanos.
Inmediatamente me detuve y me dirigí directamente a él:
-      Ay hola, disculpa, que no te escuché, ¿qué puedo hacer por ti? ¿Cuál es tu nombre? – le dije mientras le daba la mano.
-      Que si usted me puede ayudar, soy Nwda.
-      Pues seguramente no, es más, te puedo decir que yo, en este mundo, soy tan insignificante como tú… o tan importante, coge la parte que más te guste.
Me miró y sonrió.
Tenía unos ojos enormes, de pupila negro intenso, de iris negro matizado y la esclerótica (parte blanca del ojo) era de un blanco pálido, casi amarillento, como si fuera una luna muerta caída en el estanque del olvido. Era una mirada todavía honesta, forjada por el desengaño y el menoscabo personal.
Solté su mano y le estuve contando que había venido a un mundo espejo, al continente del absurdo humano y al país de la mentira.
-      Yo me volvería a…
-      Gambia – terció con rapidez y oportunidad.
-      A Gambia, porque tú no tienes cabida aquí, no sabes hacer trampa. Vete y recupera tu miseria y tu condición humana y así en poco tiempo verás que eres rico. Veo en tu mirada algo que me dice que te esperan cosas buenas.
Para entonces habíamos llegado a mi coche y decidí despedirme de él.
-      Recuerda que algo bueno te llegará…- le dije mientras le daba la mano y lo abrazaba.
-      Muchas gracias, amigo – contestó agradecido.
Cuando subí a mi coche recordé una noticia emitida por un telediario no hace mucho tiempo, que contaba que ante una avalancha de inmigrantes subsaharianos que se lanzaba sobre la valla de Melilla (recordemos que España es la puerta de entrada a la opulenta Europa), los gendarmes marroquíes habían abierto fuego y habían abatido a varios de ellos, quedando algunos muertos y algunos otros malheridos. Recuerdo que salían imágenes de la noticia mostrando cómo la masa anónima persistía contumazmente en saltar la valla, prefiriendo morir en el intento a desistir y perder el sueño de una vida mejor. En una imagen semioscura, un inmigrante herido, casi agonizando, miró la cámara y gritó al mundo:
-      ¡¡Malditos seáis, algún día África se levantará contra vosotros!!
Llegué a la puerta del hotel y cuando estaba terminando de colocar todo el equipaje en el maletero del coche, de nuevo volví a escuchar su voz a mis espaldas:
-      Que tenga buen viaje, amigo.
-      Gracias Nwda –dije mientras volvía a darle un abrazo.
Y entrando ya en el coche, para emprender viaje, Álvaro, mi hijo, me dijo:
-      Papá, ese chico negro está ahí sentado llorando.
Sinceramente, no me había dado cuenta porque tampoco quise, tras el último saludo, ya mirar hacia dónde y cómo se iba.
Cerré de nuevo la puerta de mi coche y volví hasta donde estaba él, olvidando las prisas por un momento. El afecto y el cariño son regalos inmateriales que posan siempre en el corazón. Y yo imagino que a Nwda probablemente sería la primera vez en los seis años que llevaba en España que le hicieran este tipo de regalo, al menos yo prefería enmarcar este hecho en ese pensamiento.
-      Ya te lo dije: nuestra insignificancia común no me deja hacer nada más por ti, por eso te regalo mi sonrisa. Yo me quedo con tu mirada. Recuerda siempre que tú eres más fuerte y más importante que tus dificultades, cree en ti y VENCE – dije y marché definitivamente sin volver a mirar atrás.
A veces, mirar atrás es demasiado doloroso…




domingo, 30 de junio de 2013

MADRID FASHION II

Desconcierto, movimientos de cuello, barridos de vista de distintos planos... Y aparece un hombre de unos sesenta años montado en una moto que, francamente, era una representación viva de la España de Paco Martínez Soria. De verdad, ambos, la moto y él, eran a cual más de primarios. Allí, en pleno Alcorcón, a escasa distancia del Paseo de la Castellana, a la sazón la arteria principal de este país tan moderno y avanzado que estuvo a punto de convertir el G7 en G8; junto a las torres KIO, el símbolo más fehaciente de los delirios de grandeza y de la cultura del pelotazo; allí, decía, se nos cayeron los palos del sombrajo a todos los presentes ante una imagen dantesca que era algo más que una estampa cómica de la España de platillo y pandereta. Sinceramente, fue como un espejo que nos recolocó a todos en nuestro sitio, nos ancló los pies en tierra firme y nos duchó con el agua fría de la humildad.

Los dos hombres que charlaban junto a mí, tras unas breves risas, continuaron con su asimétrica conversación, pero ya no les hice caso porque no quería perder ripio alguno de aquella fotografía en movimiento. Y me desplacé hasta la acera para observar con mejores garantías la unión del hombre y de la máquina, cuerpos simbióticos de distinta materia que caminaban hacia un infinito desconocido...

Francamente, aquel hombre con su moto era la representación viva de distintos paréntesis históricos: por un lado, el hombre, último residuo del neolítico; y por otro, la máquina, primer indicio de la inmensidad que supondría para Europa ni más ni menos que la Revolución Industrial. No exagero, en serio.

Que el Altísimo me remita la deuda y la ofensa si peco contando esto, pero la moto era una Mobilette Campera de aquellas que había que dejarse el alma a pedalazos para arrancarlas, color naranja, con un par de espejos rectangulares de 14 x 8 colocados en apaisado a cada lado del manillar que aquello tenía que tener una panorámica retrospectiva de Madrid que ya la quisiera para sí Antonio López, para sus pinturas de paisajes urbanos de la capital. No sé si las recordáis, pero a mis cuarenta y tres años yo llevaba sin ver un ciclomotor de esas características por lo menos del orden de treinta y ocho años, sin exagerar. La última que vi de este modelo era propiedad de Angel el Patillas, ilustre ciudadano de la alquería de Asegur, Municipio de Nuñomoral, siendo yo muy pequeño.

Empezando por la parte trasera, la moto, tenía una estructura tubular plateada, de estas que tienen dos resortes semiesféricos hacia arriba para atenazar la escasa carga que podía portar. Recuerdo que para activar ese rudimentario sistema había que estirar brutalmente hacia atrás del primer resorte, se ponía la carga y se soltaba para que hiciera presión con el segundo resorte. Bien, pues sobre ese portaequipaje, este señor llevaba un cubo de cinc colgando a cada lado, ambos como un tizón (estaban de coceli a loh cerduh, que dirían en mi pueblo), y en la parte superior una caja de varillas de aquellas de la gaseosa Molina, no sé si la recordáis, la única que le hacía un poco de sombra a La Casera, pero con algo menos de gas. Dentro de cada cubo llevaba varios sacos de plástico arrugados y algunos trapos; y la caja de varillas la llevaba tapada con un saco de hilo de aquellos marrones, como de rafia, atado en los bordes con una cuerda negra. ¿Qué coños llevaría dentro, Señor?

El asiento tenía un forro como de plástico duro, parecido al caucho, y lo llevaba agujereado por varios sitios.

Y sobre el asiento un hombre alto y flaco, de facciones menudas, barbicano y de hechura de canuto de gran longitud y de escaso grosor. El cenceño caballero iba ataviado con unas botas de goma verdes, posadas sobre los pedales de la Mobilette; unos pantalones de tergal grises, tremendamente sucios, llenos de manchas; una camisa de cuadritos en tonos rojos y sobre ella (¡con el calor que hacía!) un jersey de pico azul oscuro que parecía que era su propia piel. Y como no llevaba casco (¡¡toma ya!!) pude ver su cabeza, que tenía un diámetro poco más grande que el de una cabeza de ajo, así de claro. Tenía un corte de pelo rapado que le dibujaba perfectamente la forma de su cráneo, era un pelo pétreo, bien morenito, parecía como si estuviera pintado con un rotulador negro sobre su cabeza.

Sinceramente, después de ver esta estampa capitalina, se le quitan a uno hasta las formas de andar, que diría un pobre e inculto zoquete de mirada tierna. Y no por la representación viva de los Santos Inocentes del hombre y la moto, sino por el significado que eso hubiera tenido en otro contexto y visionado por otras personas.

En definitiva, reivindico el progreso uniforme y paralelo de todas las regiones y naciones de España, reclamo también que todos asumamos el mismo grado de catetez o palurdez independientemente de la zona en que vivamos y, en definitiva, pido con derecho a que tengamos plenamente presente que en todos los seres humanos coexisten por doble las virtudes y las vilezas: todos somos buenos y malos, honestos y deshonestos, roñosos y generosos, pesimistas y optimistas,…

Desde luego que si en aquel momento hubiera resucitado Buñuel y hubiera presenciado la imagen del hombre y la moto, perfectamente podría haber pensado que a raíz de su muerte el mundo habría quedado congelado.

Y, dicho sea de paso, su visión cósmica se hubiera abierto exponencialmente.

jueves, 20 de junio de 2013

MADRID FASHION I

Cuentan que la casa de Chipiona de la difunta cantante Rocío Jurado, a la sazón “la máh grande”, está dotada de un hermoso patio de tradición andaluza: fresco y floreado. Hasta ahí todo pudiera parecer idílico, incluso envidiable.

Sin embargo, el también desaparecido literato y columnista, el egregio y prócer Paco Umbral, dejó escrito en algún periódico español de tirada nacional que en el reseñado patio chipionero, el entonces marido de la Jurado, el famoso y también yacente ex boxeador Pedro Carrasco, tenía allí un juego de lavatorio de aquellos de jofaina y palangana de porcelana que iban colocados en una estructura de hierro. Y yo me lo creo.

Bien, pues llegados a este punto y a pesar de estar mediatizados por el chivatazo de Umbral, podríamos seguir pensando bien de Rocío y Pedro atribuyéndoles un gusto castizo por lo típico, puro y genuino de nuestro pasado, como si dijéramos que los dos eran unos enamorados del sabor de lo antiguo. No en vano, atendiendo al hecho y a la época en que se circunscribe, podríamos hasta calificar a la folclórica y al púgil como unos vanguardistas, unos verdaderos avanzados en la cosa de la decoración y el arte del adorno. Y para apuntalar esta afirmación, no tenemos más que asomarnos a uno de estos omnipresentes   hipermercados chinos, y comprobaremos de inmediato que este ajuar es de los más adquiridos por las familias españolas actualmente (en Plasencia, Juanito el Chino, lo tiene como un producto estrella, líder de ventas).

Seamos claros: ¡¡Manda cojones!!

Haciendo un importante ejercicio de memoria, creo recordar la parte que me interesa para esta entrada de blog de la columna periodística de Umbral. Y transcribo literalmente las palabras del autor: “... Y era allí, en aquel patio, donde Pedro Carrasco se lavaba las manos y los sobacos todas las mañanas en una palangana... ¡¡Cuánta España profunda, Dios mío!!...”. Además yo me identifico mucho, porque soy de Nuñomoral y tengo en mi pasado esa vivencia. Es más, recuerdo que las gentes de mi pueblo denominaban ese tipo de aseo como “lavarsi lo gordu”.

En una vieja entrada de mi blog, publicada en abril de 2010 y titulada “Spanish Estampa”, yo ya apunté que los españoles tenemos una autoimagen excesivamente elevada, que en muchos casos no se corresponde con la realidad. Es más, pienso sinceramente que han evolucionado más las cosas que las personas en España.  De la maleta de madera atada con una cuerda de los años 60 a la actual y ultramoderna maleta Samsonite del siglo XXI, realmente hay un abismo, una diferencia significativa en cuanto a diseño y operatividad. Sin embargo, no ocurre lo mismo con un analógico labriego de Nuñomoral de los años 60 y yo mismo como ciudadano de la era tecnológica del mismo lugar, si acaso la boina. Nuestro pensamiento terminal de filosofía de vida es idéntico, aunque ligeramente puedan variar algunas formas de llevar a cabo el logro de nuestras metas. Sé perfectamente que esto tendría más debate y millones de matices, pero ahora no toca abordar en profundidad el tema, además no olvidemos que hablo de autopercepciones y no de realidades.

Cualquier persona que lea esta entrada, a estas alturas de la misma, pensará con toda razón: “¿dónde querrá ir a parar?”. Pues precisamente ahí, a lo que verdaderamente capta la retina del ser humano, que es justo todo aquello que a cada uno le sale de los cojones. Y como cualquier consideración relativa al ser humano está en oposición al mundo externo, pues yo voy a tratar a través de una anécdota que me ocurrió en Madrid que bajemos un poco los humos, que no nos creamos tan megamodernos ni tan avanzados, tan sabios, tan cosmopolitas y tan europeos.

En la puerta del Leroy Merlín de un parque comercial de Madrid (capital de España), muy animado, casi eufórico, un hombre de mi misma edad le estaba contando a otro hombre de nuestra misma edad (año parriba, año pabajo) que había estado días atrás en un puticlub y que se había follado a una puta búlgara.

-    ¡Sólo que me ve entrar ya va a buscarme, macho! Yo creo  que está enamorada de mí, de verdad. Se llama Mariana y es muy simpática. Probé con ella porque había estado antes con dos y no tuve buena experiencia. A una le olía el aliento y la otra no besaba. En fin, que no, que a mí me gusta que sean más enrollás, tío. Ahora mismo es que es verdad, si no te besan parece que es menos real eso, ¿sabes?

Su antagonista le contestó un ya casi inaudible.

- Luego algunas son unas espabilás, tienen operadas las tetas y no te dejan ni, ni, ni, ni… ni ¡qué sé yo! Ni chupá, ni estrujárselas, ni ná.

Su compañero siguió dándole oídos pero con menos entusiasmo del que esperaba el exaltado narrador.

En este punto de la escucha de esta sustanciosa conversación me hallaba cuando de repente, en algún punto no localizado, se inició un ruido idéntico al que podría hacer una máquina radial amoladora. Un estruendo de intensidad media parecido al que hacen las lavadoras cuando están centrifugando la ropa.

miércoles, 5 de junio de 2013

¿DÓNDE COLOCO TU AUSENCIA?

Apenas un puñado de hojas secas envueltas en lodo, tiradas en la acequia que conduce las aguas llovedizas de las tormentas de mis recuerdos grises, oscuros.

Residuo de tu último otoño, resultado directo de la descomposición de tu vida, de la destrucción de tu naturaleza.

Me recuerda tu último suspiro.

Hoy camino por los bordes de la acequia buscando pensamientos que te regresen a mí, pero desde ese día también sé que mi memoria ha quedado tan destrozada como una ciudad en ruinas: llena de historias, pero inservible. Tal vez me aferro a una esperanza matada por la metralla de la distancia, por el regreso imposible, por una presencia no tangible que calienta demasiado a mi corazón…


Y me cito a mí mismo a un duelo a vida con tu ausencia, estéril combate de un enamorado desarmado por la fortaleza de tu muerte. Y me abrazo a la almohada en las noches interminables de insomnio, humedeciéndola con las lágrimas destructoras del recuerdo de tu leve y silenciosa risa... de aquella sonrisa pálida que anunciaba tu adiós.

Las tropas de la angustia bombardean mi existencia con sueños infieles, con cruzadas interminables de imágenes de tu cara asomando entre las flores. Tu rostro bordado por ramos y ramos de flores azules, de hojas ásperas y tallo con espinas, para no dejarte escurrir al más allá. Flores resplandecientes, de centro blanco y amarillo gafe, de sensaciones negativas, de convulsión perceptiva. 
 
Es la última imagen física que tengo de ti, esa cara nívea, hermosa y densa como una luna llena sobre cielo limpio, rodeada de azules poéticos, penacho de pétalos irisados de múltiples azules, la planta del Nomeolvides, de base ancha y de punta estrecha, justamente como el dolor que siento desde que te fuiste. 

 
Cara preciosa que ya no me mira, que un día yo besé, que nunca olvidaré; cara de luz única, solar, pentagrama sobre el que escribo la música más bella, la canción de los recuerdos, la composición del amor eterno, la melodía de un te quiero infinito, la nana de todo cuanto te amé...

Vacío estepario, inacabable, que rompe mi existencia y abre mi cuerpo, extensores imaginarios que me despellejan y consiguen separar mi cuerpo de mi alma. Mi interior siente un percutor constante de punta fina, que me llena de punzadas de ansiedad que no me dejan vivir. No hay nada que sacie mi profunda necesidad de tenerte, tal vez sólo mi propia desaparición, pero, ¿quién mantiene tu legado aquí? Es mi única razón para mantenerme en pie, para seguir caminando, para hacerme el vivo, para activar una sorisa exterior de lágrima interior.

El intransigente influjo solar, las señales del círculo del Sol; el radical frío del invierno, su seriedad, su sonrisa ausente; el balanceo de la primavera, los campos de flores variadas corridas por el aire; y la gravedad del otoño, su desquite de adornos que él considera superfluos, la desoladora imagen de rama denuda, seca... Estaciones que anuncian nuevas diferentes, todas ellas me sitúan en contextos distintos junto a ti: cuando conocí el sabor favorito de tus helados en verano, cuando descubrí los matices de tu pelo en invierno, cuando el otoño me mostró los tonos diamante de tu piel y cuando la primavera vino a chivar a mi corazón que tú serías la flor inmarcesible que adornaría mi vida para siempre. 
 
Y pienso en las canciones que te emocionaban, las mismas que hoy no puedo escuchar, aquellas que siempre tarareabas mientras paseábamos tomados de la mano. Y el dolor se hace tan grande que casi puedo palparlo con las manos, pero ello no me autoriza a pedir el milagro de tu vuelta. Con la lágrima no me vale, quiero algo más. Tal vez morir e ir a reunirme contigo, volver a escuchar el timbre cálido de tu voz, a sentir el roce delicado de tus labios, a recibir tu mirada de grado máximo... 

 
Aunque la desgracia no admite formas de acción razonables, desde la pureza del sentimiento y bajo los dictados de un corazón herido, debo supeditar mi pensamiento perturbado a la razón y la lógica de la realidad.

Acongojado, invadido por la pena, casi muerto de aflicción, continuaré con aquello que los dos nos empeñamos en construir. Jamás podré recomponer mi equilibrio, nunca llegaré ya a reconstruirme, pero merecerá la pena vivir sustentado por una huella que nada ni nadie podrá borrar jamás.

Pondré interés en mí, me cuidaré mucho, porque no dejaré que mueras en el único lugar que aún quedas viva: en mi interior.

Te estrecho mis manos, te mando un beso... espérame paciente hasta que volvamos a compartir lecho en nuestro común sueño eterno.