jueves, 26 de junio de 2014

TUS LIBERTADES


Aunque soy consciente de que mi opinión cabe en un sobre, me voy a permitir explayarme acerca de cómo son tus libertades.

Tus libertades son de verticales ascendentes, de aires sin espinas que acogen tu extendida e inmóvil presencia, tu silenciosa mirada, tu latente mensaje de telas de afecto, tus grises hermosuras...
 
 
Tus libertades son como los bailes de una cobra real: precisas, elegantes, de poderoso veneno... letales. Son libertades globosas, solitarias, terminales, intensas, agradables… son pues eso, libertades.

Tus libertades tienen sus extremos en el cielo, no en tierra firme, para que vueles alto, muy alto; para que te balancees en tu propio infinito, con movimientos pendulares monocordes que salen de ti y vuelve a ti; para que juegues con corrientes de aire que conspiren a favor y te lleven hasta allá donde jamás nadie llegó; para que toques los picos de las estrellas y desveles sus secretos; para que todos los astros se rindan a tu luz.
 
 
Tus libertades se componen de vuelos insubordinados, atrevidos, desenfrenados; son vuelos al través, inclinados, marcando perpendiculares ante Dios... vuelos con sensaciones gratificantes de identidad, con visiones del mundo que convienen a tu insumisión. Son vuelos que asumen una ideología y te inscriben a movimientos que articulan y legitiman tu franqueza.

Tus libertades son aires atmosféricos que te llevan como nube móvil: suave, sin destino, anarquizando los azules que cobijan a la humanidad; son agitaciones variables de ánimos que explosionan y multiplican tu persona por trillones; son reflejos acristalados de luna llena en los lomos de los inmensos mares, dando vida, llevando una luz de esperanza allá donde hay oscuridad. Tus libertades son así, son también mucho más, nada menos.
 
 
Tus libertades son como la rosa náutica, rosa de los vientos, esfera de luna que duerme en el estanque del amor, círculo que engloba los treinta y dos rumbos en los que se divide la vuelta del horizonte. Y es que, tus libertades, se hacen eternas en cada fracción de tiempo, se renuevan y vuelve a aspirar, porque tus libertades son apasionadas, incombustibles, extensas e imprecisas ante la vista de quien trate de amarte mal.

Tus libertades son una síntesis de sensaciones, simultáneas e ilocalizables, vaporosas, de ritmos desiguales, tendentes al optimismo, con un punto de locura que nace de la cordura; tus libertades son rayos de sol sobre tu piel, blancos e intangibles, que te hacen luminiscente ante los oscuros de los adversos. Tus libertades son tal cual, como tú las sientes, pero como nadie las ve... excepto yo.

Y es que tus libertades son un conjunto de creencias extrañas contrarias a la razón, que huyen de supersticiones y potencian tu ser alado. Te empujan hacia lejanías altas, difusas, imposibles de encontrar, pero por eso, porque tus libertades son ilimitadas, no conocen techo. Claro, tus libertades son inmanentes a tu esencia como Ser, por eso llegan antes que tú y se van después de ti, son inabarcables.
 
 
Al fin y al cabo, tus libertades, mito o realidad, son eso, son ritmos naturales de tu cuerpo que se adaptan al ritmo natural de la vida.

Suéltate el pelo y sé hada, no dejes nunca de brillar con luz propia, sé eternamente estrella errante...

Anda préstame tus ojos, déjame tu mirada de capas temporales, que yo también quiero tener una visión del mundo como la tuya.

Tus libertades son eso... y algo más.

 

viernes, 30 de mayo de 2014

UN BELLO INSTANTE

Lenta, tardía, helada, casual, suave, como copo de nieve, caíste con vuelo irregular en la estepa de mi corazón.

Posaste alada, bella, ajena, imprecisa, analítica, algorítmica, espacial, hermética, como una curva continua que no posee tangentes.

Me invadiste con sosiego, con metralla de tristeza, con ojos atlánticos de telón de acero, con calma, con quietud, con serenidad, con labios que perennemente intentaban iniciar una sonrisa. Me invadiste con tus armas poderosas, activas, impremeditadas... y seguiste un proceso iterativo. Tu mirada continua, fue como un tirafondo fijado en el centro de mi pecho y se me apretó tanto, que el resto de mi cuerpo quedó agrietado.

Me habitaste con destreza, con chorros de alegría, con corrientes cálidas y afrutadas, con ritmos naturales, con el poder moviente de la atracción, con el delirio paranoide del deseo infinito... Me habitaste cóncava, elástica, profundamente libre, dulce, eterna. Y de nuevo tu inmaculado cielo negro alunizó en el inmenso halo blanco de mi corazón.

Entre la espesa oscuridad de la noche, las nubes negras, tomaban forma de gigantes que se abalanzaban sobre nosotros y nos gritaban como posesos. Y una estrella fugaz pasó oblicuamente tratando de no ser vista y marcando con su luz el tiempo preciso de la duración de nuestra historia común.

 


 
Pronta, libre, dulce, veloz, dura, como grano grueso de granizo, alzaste un vuelo indeseado buscando mundos previsibles y dejando tras de ti bellos recuerdos que permanecerían inmarcesibles en tu vida.

Marchaste efímera, meteórica, parabólica, circular, equidistante, inversa, poética, lírica, como línea paralela zafándose de las garras de cualquier perpendicular.

Te ausentaste con bondad, con ternura interior, pero con espíritu contradictorio. Te fuíste oscura, confusa, superada por ti misma, pero sin negarte... te fuiste transpersonal. Y tus palabras burbujeaban en mi pecho bailando nerviosas como la aguja de una brújula que no encuentra su Norte. Te fuiste con dolor esencia, permitiéndote ser, paralizando lo moral, enmarañando tu cabello...

Partiste con premura, con un esférico modo de ser, pensar y sentir; como madeja de seda, caminaste por calles infinitas, desliándote de ti misma, bailando al aire, moviéndote acompasadamente con millones de hilos, destejiendo los afectos, rompiendo moldes... tumbando dioses. Partiste tarda, mostrando de espaldas tu perfecta simetría, caminando con movimiento combado, mirándome a distancia con sonrisa romboédrica... despojándote de toda mi realidad.

Entre la densa niebla del amanecer, el crepúsculo lento cubría tu cuerpo dejándolo bellamente perlado. La distancia atenuaba mi capacidad visual y las distintas capas gaseosas, eran una sucesión de cortinas de tela de punto elástico que te iban encajando en tu mundo único para siempre...


 
 

miércoles, 30 de abril de 2014

Y TAMBIÉN SILBABA


Diría que más que movimientos extraños, eran estratégicos. Encontró su acomodo definitivo (al menos eso parecía) en el escaño inferior al que yo estaba. Abrió su libro. Miró al horizonte y sus ojos tomaron el color del mar, aderezados por esa luz especial que el Astro Rey crea en Sitges.

Ojizarco, clavó su mirada en mí. No me incomodó, porque yo no soy dueño de los actos de los demás, pero sí de mi actitud. Recibí esa mirada, pero la decliné, no dejé que posara en mi interior.

Su cara, de pómulos salientes y mejillas entrantes, casi hundidas y sus ojos azul plomizo, casi grises, denunciaban un alma apasionada. Si bien es cierto, que algunos de sus movimientos le conferían un aire estúpido y torpe, casi lerdo.

Cerró su libro y lo ubicó de tal manera que hizo posible que yo viera su portada. Estoy absolutamente convencido de que fue una acción premeditada y medida. Y fue en ese momento cuando descubrí que su pretensión no residía en descansar, ni leer, ni mirar horizontes lejanos e imposibles, sino que su deseo se sentaba a sus espaldas. Pero yo no flaqueé. El libro se titulaba “Manual ilustrado de terapia sexual”, de la gran sexóloga Hellen Kaplan. Sinceramente, ante lo visto, pensé que este chico debía tener una filosofía de vida pueril, incluso ridícula.

Un rayo de sol chocó contra los cristales del ventanal de un club náutico y su rebote dejó al mundo aún más ciego.

A mi espalda, el entrante de una colina, conformaba un acantilado de falda rocosa y pies de arena fina. Abajo, junto al rugido del mar, gente desemejante realizaba acciones desiguales. Permanecían tan abstraídos y tan ajenos a la vida que diría que todos se sentían en la playa del olvido, aunque debo reconocer que en mi mente se había dibujado la playa del recuerdo. Me distraigo. Bogo y barnizo mi cofre de pensamientos, para tenerlo guapeado, por si un día decido que vean la luz.

El chico se mostró inquieto, tal vez porque consideraba que yo flirteaba demasiado conmigo mismo.

Un viejo marinero cruzó la calle principal, llevaba tatuado en su brazo derecho un ancla cuyas puntas señalaban la latitud del lugar donde conoció a su primer amor. Pero esto nadie lo sabía, claro. Su mujer lo tomó de la mano y le sonrió, pero el áspero lobo de mar no pudo permitirse responder a un estímulo tan tierno. Riguroso, sin concesiones, clavó su mirada en un punto indeterminado de la jungla de cemento.

Ante mi desatención selectiva, el chico decidió realizar un movimiento más preciso, más vertical. Hizo un giro de medio cuerpo y con una mirada intermitente se dirigió a mí:

-    Mira, por favor, no quiero molestarte, pero, ¿me podrías decir qué significa la bandera esa que cuelga de algunos balcones? Me llama la atención y me pica la curiosidad.

-    No. Yo de trapos no entiendo, cuando visito lugares focalizo mi interés en las relaciones humanas, en los afectos, en los recuerdos, en los lazos invisibles que creo y trenzo para que se hagan irrompibles. Soy ciudadano de la tierra.

-    Me parece una filosofía interesante.

-    No es una filosofía, es una forma práctica de vida que comporta utilidad y provecho.

Cuando percibió mi receptividad, su ánimo remontó exponencialmente, porque no olvidemos cuál era su cometido. Vamos, al menos, yo no lo olvidaba en ningún momento.

-      ¿Te puedo hacer otra pregunta? –interrogó.

-      No –contesté.

-      ¿Por qué? ¿Te molesto? –insistió.

-      O sea, te acabo de denegar el permiso para hacerme otra pregunta y vuelves a la carga con otras dos. ¿Qué pretendes? – le reproché con asertividad, pero sin mostrar enfado.

Me levanté y mientras iniciaba mi camino escuché una vaga disculpa.

En mi trayecto de vuelta pensé y repensé en la habitual práctica de los erróneos procedimientos de aproximación que los seres humanos utilizamos entre nosotros, sobre todo cuando la pretensión es de orden superior a la mera interacción amistosa y puntual.

El amor no se oferta.

El amor se busca cuando previamente alguien de manera mágica te ha creado la necesidad.

Por cierto, dicho sea de paso, este caso estaba invalidado de principio a fin, ya que yo soy heterosexual.

A veces, es maravilloso canalizar intenciones sinuosas de quienes nos rodean, fundamentalmente para ayudar a mostrar a ciertas personas que las formas retorcidas de operar son, además de horteras, enormemente improductivas.

miércoles, 19 de marzo de 2014

HASTA SIEMPRE


Barriste mi cuerpo con tus ojos, de abajo a arriba. Subiste como arbusto trepador con tu mirada ovalada, elíptica, hasta chocar con mis ojos, mares atlánticos ahogados en lágrimas.

Tus manos, palomas cargadas de mensajes, volaron hasta mi cara para llenarme de caricias de pluma. Sentí el roce suave de tu piel como un aleteo de pájaro herido, como el soplo persistente de un aire que se daba la vuelta justo antes de llegar a mí.

Trenzaste tus manos, incoloras, elásticas, inmateriales, vaporosas... y emprendieron de nuevo vuelo hacia mí, cayendo como onda progresiva dentro de los parámetros de mi cuerpo.

Tu caricia quedó enredada para siempre en mi alma.
 
 

En el preciso instante en que me tocaste el corazón, las margaritas invirtieron sus pétalos ovalándose con la convexidad vuelta hacia su tallo, dejando su amarillo sol central gobernando la inmensa belleza de tu universo. Y los pájaros volaron en bandadas uniformes hacia un cielo azul bahía, donde eran ocultados por nubes pequeñas de vapor blanco, de alta densidad. Los blancos de Sorolla parcheando las esferas azules y diáfanas de Velázquez, hermosa acuarela que la fuerza del ocaso transformaba en el lejano horizonte en los rojos encarnados, intensos y extremadamente libres de María Jesús Manzanares.
 
 

Te puse una flor en el pelo y besé tu mejilla, deslizando mis labios hasta tu cuello, para terminar diciéndote al oído un te quiero casi imperceptible, sin fonemas.

Quedaste inmóvil, ensimismada, circundada por un muro infranqueable de silencio, hasta que lo rompiste espontáneamente de manera mágica, cantándome bajito “... però sovint, en fer-se fosc, de lluny m'arriba una cançó. Velles notes, velles acords, velles paraules d'amor...”. Callaste, me soplaste flojito, mordiste suave el lóbulo de mi oreja y continuaste la dulce melodía “Palabras de amor sencillas y tiernas, que echamos al vuelo por primera vez, apenas tuvimos tiempo de aprenderlas, recién despertábamos de la niñez”. En el último párrafo de esa estrofa ya me habías matado, habías abierto mi pecho en catalán y en castellano, peculiar modo bilingüe de amar.

Tracé un círculo ordinario con mis brazos, conformé una ensenada en mi pecho, cerqué tu cuerpo de oro blanco y quedaste varada en mí. Y lancé un mensaje al viento, para que lo llevara, a ráfagas y en espiral, a tus oídos:

-    Te quiero cardinal. Sí, cardinal. Amo tu Norte, tu Sur, tu Este y tu Oeste. Te amo íntegra, quiero quedar inscrito celeste en el zodiaco de tu corazón.

Tu cara, poesía épica, relampagueó con sonrisas intermitentes, parecía una luna haciendo intentos tímidos de asomar en una noche de tormenta.

Silencio.

Tus pulsaciones saltaban balanceándose de tu pecho hacia el mío y viceversa, casi insonoras, tal vez agónicas, como el canto de estío de las aguas de un arroyo, como el grito afónico de amor de un desenamorado, como una garganta muda que revienta gritando nada, como alguien que queda colgado para siempre del nunca jamás.
 
 

Y la vida, con raras sensaciones, nos miraba pasar por ella agazapada en una esquinita, maldiciéndose a sí misma de no ser siempre tan amable.

Llegado el momento, me solté de ti y casi sin mirarte entré precipitado en el que hasta hoy había sido nuestro hogar.

Antes de partir, permaneciste un momento inmóvil inmediata a la puerta de la casa. Intenté mirarte por última vez, pero la lluvia sobre el cristal creaba una nebulosa acuosa que sólo me permitía ver una silueta difusa e imprecisa.
 
 
Agravada mi profunda pena, bajé la persiana de la ventana echando el telón a la que probablemente había sido la mejor función de mi vida...
No dejaré de quererte nunca, tampoco te olvidaré...
Hasta siempre...

lunes, 10 de febrero de 2014

DONDE SEA QUE HOY ESTÉS


Y es que aquella tarde fue de caída libre, claro. El aire venía cargado de rosas y besos, de lágrimas de cebolla, de pétalos de iris de tus ojos… de ti.

Allá, en el límite de mi vida, donde sólo me quedaba dar la vuelta o desaparecer, donde las flores dejan de nacer para darte paso a ti, dejaste caer un trocito de tu infinita bondad. Me mostraste tus manos blancas y como el hielo seco se desprendieron sobre mi cara como cristales sumamente pequeños bajados de las nubes, se agruparon en mí, llegaron a mí como copos de nieve que refrescaron mi vida de pasos quemados.

Tomé esas manos níveas en mis manos y tiré levemente de ellas hacia mí, nuestros cuerpos se pegaron y nuestras caras compartieron suavidad y deseo. Me dijiste al oído “siempre estaré junto a ti”, y estas palabras llegaron serpenteando como chorros de agua cálida hasta mi corazón, fue una melodía parecida a la que se escucha tumbado en la hierba junto a un lago de aguas quietas.


Cuatro preciosas flores que vi al llegar, contemplando nuestra escena, se marchitaron perdiendo su vida para dársela al amor. Las flores son así: de hechos contundentes y aromas delicados... Como tú.

De ojos tornasol, azul violáceo, clavo mi mirada en tus labios, los mismos que me colmaron de palabras bellas, de besos encendidos, de gestos medidos que me contaban que era yo su preferido… labios que siempre dejaban en suspenso, en su precipicio vertical, otras muchas palabras que jamás nadie escucharía. Labios de nata modelada que esperaban ser libados por mis labios. Labios de sonrisas inmarcesibles, labios que emiten palabras siempre vigentes, labios de palabras dadas, de tus palabras, de palabras lanzadas, de palabras improntadas en un corazón desértico... Tus labios.

La hierba, cómplice de los silencios, mullía nuestros pies intentando que perdiéramos la verticalidad. Y el lago con sus susurros húmedos nos advertía de los peligros de la noche. Anverso y reverso de un pliego de la vida en blanco y verde que éramos nosotros.

Sonrosada, purpúrea, capsular, como una flor nacida en el hemisferio boreal, me diste la espalda y miraste un horizonte infinito semioscuro. Volviste a mí y caíste aérea en mis brazos, apoyé mi cabeza en tu pecho y sentí tu vida; escuché tus pulsaciones, identidad sonora de tu esencia humana, fundamentalmente buena.

Y de nuevo tus labios volvieron a hablar:

-      El amor va de lo abstracto a lo concreto.

-      Claro –contesté- el amor es más platónico que aristotélico. El amor, quienes lo ejercen no.

El lago se mostraba sereno, sentí que me observaba con la misma discreción que lo haría cuando un día me viera caer. Guardé silencio y secreto.
Un día, cuando esté oculto al mundo, estaré aquí. Será este lugar el que me verá llorar la ausencia de mis padres, tal vez la tuya también. Siempre pensaré que en mis momentos malos aparecerás a mi espalda y calladamente observarás cómo lanzo piedras de pena al lago o cómo lo lleno con mis lágrimas.

Y ese día te desvelaré tres promesas que, sin contártelas, te hice aquella tarde. Lo haré, sí, pero lo haré cuando ya nada vuelva a ser igual, cuando mi camino sea ya una pasarela sin retorno, cuando mi corazón sea ya una piedra…

No hace falta que vengas provista de papel y lápiz, yo grabaré con tinta indeleble en tu corazón, para que las recuerdes, aquellas tres promesas que probablemente la ferocidad del tiempo, para entonces, haya borrado ya:

1.  Conscientemente, jamás heriré tu corazón.

2.  Nunca renunciaré a ninguno de tus besos.

3.  Proclamaré hasta el fin de mis días tu singularidad.

lunes, 27 de enero de 2014

SOMOS POLVO


El enigma del destino humano, la historia por contar del libro de nuestra vida. Días de gloria, de miel; días funestos, de hiel. Sendas de futuro decapitadas por la oscuridad del presente, señales escondidas que son presagios de lo que está por venir.
Sucesos de la vida real capaces de suscitar emociones trágicas, luces que se apagan para siempre, soles que nunca volverán a brillar… La fuerza de una tragedia, tragedia que no se queda sólo en drama, sino que es un choque entre dos mundos. Noticias que mueven a compasión y espanto.
Llueve.
Lágrimas de metal de un Dios que siempre falla, que hace mártires a quienes ya son mártires. Lágrimas terrenales de golpes mortales de necesidad, de chapas arrugadas, de pertenencias mojadas, de encajes imposibles, de frustraciones custodiadas por los guardianes de la locura.
Miradas calcinadas de ocres tostados, miradas que se cruzan sin ver nada. Abrazos necesitados, caricias curativas, palabras que no se escuchan pero que llegan vitaminadas, latidos pausados de corazones heridos, ráfagas  glaciares intermitentes de viento que queman el corazón, pensamientos fugaces ardientes que hielan el alma.
Llueve.
Vacíos irrellenables que evocan las benditas y certeras palabras de Amado Nervo, para contárselas con voz dulce al oído a mi mujer y a mis hijos:
“Siempre que haya un hueco en tu vida, llénalo de amor.

Adolescente, joven, viejo: siempre que haya un hueco en tu vida, llénalo de amor.

En cuanto sepas que tienes delante de ti un tiempo baldío, ve a buscar amor.

No pienses: "Sufriré".

No pienses: "Me engañarán".

No pienses: "Dudaré".

Ve simplemente, diáfanamente, regocijadamente, en busca del amor.

¿Qué índole de amor? No importa: todo amor está lleno de excelencia y nobleza.

Ama como puedas, ama a quien puedas, ama todo lo que puedas... pero ama siempre.

No te preocupes de la finalidad de tu amor. Él lleva en sí mismo su finalidad.

No te juzgues incompleto porque no responden a tus ternuras: el amor lleva en sí mismo su propia plenitud.

Siempre que haya un hueco en tu vida, llénalo de amor”.

Y estos fríos días de enero han dejado algunos huecos demasiado profundos y tal vez, también, demasiado oscuros.
Mi esfuerzo mental y mi esfuerzo emocional llevan guerreando varios días, necesito armonizarlos para que se firme la paz en mi batalla interior.
Con humildad y con paciencia lograré, a través de una mente clara, una voluntad firme que me ayude a superar la adversidad y que me convierta en una herramienta útil de ayuda para mi familia.

Llueve... en mis ojos.

Y mi ánimo me cuenta que diluvia en mi alma.


Muchísimas gracias a todos cuantos habéis mandado mensajes, habéis llamado por teléfono y habéis compartido tanto sufrimiento, porque ello nos mantiene en pie y nos ayuda a caminar. GRACIAS!!!!!



 

domingo, 29 de diciembre de 2013

GRACIAS


Todos tenemos algunos deseos que, además de mantenerlos ocultos al mundo, los consideramos incumplibles. Nuestra anticipación hace que los situemos en el plano de lo imposible, en lugar de colocarlos en el contexto de la utopía. La utopía se cocina lenta, pero si la hacemos creíble, se cumple. El plano de lo imposible derrumba la esperanza y amputa la facultad para ser, para hacer o para existir.

A veces, estos deseos, campan alegres por las anchas avenidas de nuestro pensamiento, pisando con firmeza las aceras de la ilusión, hasta que se detienen en el rojo de una violenta barrera en forma de recuerdo o de la magia negra de las condiciones imposibles.

Pero seguimos caminando porque el instinto de supervivencia tiene una fuerza invisible, pero inmensa. Y marcamos un nuevo horizonte sobre una fina cuerda, convirtiéndonos en el faquir que reequilibra su vida intentando no caer al vacío, iluminándonos el camino con el rebote de los reflejos que el sol regala a la quietud de las aguas de los lagos muertos. Nuestros pasos se hacen plúmbeos, se paran, incluso llegan a retroceder, hasta que un soplo de aire fresco lanzado por un suspiro de vida nos pega otro empujón hacia adelante que, en un principio, casi nos hace caer, pero que vuelve a permitirnos caminar rectos y con energía.

Y de nuevo nos vemos sacudidos por los deseos ocultos ubicados en el cumplimiento del nunca jamás. Y así lo sentimos, aunque con el conflicto interno permanente de la chispa de la esperanza, perpetrando la extraña idea en nuestro cerebro del imposible de que se puede estar medio embarazada. Y con ello la cuerda elástica de la vida te suelta rienda o sofrena, dependiendo de qué color mires ese día.

De mi parte, tras cumplir cuarenta y cuatro años, a tiempo pasado, quiero desvelar cuál era mi deseo imposible para mi último cumpleaños, así lo comparto con todas las personas que amablemente siempre me leen, o me siguen, incluso algunos/as me quieren. Y, por supuesto, haciéndolo público renuncio para siempre a él, quedando mi mente vacía de deseos, al menos, hasta que el nuevo año vaya originando en mí algunos nuevos: unos confesables y otros, los imposibles, irrevelables.

Deseo:

28 de diciembre de 2013.

Sumido en la profundidad del silencio de mi cama, abro mis ojos. Miro a la ventana y adapto mis retinas a la luz, una luz que va tomando fuerza de manera lenta y laboriosa.

Dejo el abrigo y la incertidumbre de la noche.

Nazco y me abro a la vida, tengo mucha gente a quien querer.

Sigo hundido en un silencio que pronto dejo de entender, no sé cómo es posible que no escuche el sonido inarmónico de la vida, el ruido extraño de las tentaciones prohibidas…

El día inicia una sonrisa, ensancha su simpatía.

Una hora en punto de un punto de mi vida. Sigue el silencio. Me miro al espejo… estoy. Un rayo de sol se cuela por un lugar invisible del espacio cósmico, trata de herirme. Son las lanzas del infierno, me cuenta mi imaginación con una voz de ultratumba.

De repente, todas las campanas de la ciudad han dejado de sonar. Pican y repican, pero su tañido es mudo. Las horas en punto pierden su valor, el punto de mi vida lo recobra.
 
Salgo.
 
Las personas gesticulan y hablan, pero no emiten sonidos. Los motores de los coches no rugen. Es como si el mundo se hubiera convertido en un cómplice silente de un Dios que nunca veo.

“Que hable el mundo y calle el hombre, calle el hombre y vuélvase a callar…”, retumba en mi cerebro la voz de Manolo García cantando “Cuando el mar te tenga”. Sin embargo, camino sorprendido y pienso que lo que realmente debe hablar es el silencio. O mi deseo inconfesable, que me quema dentro.

Mi deseo anula a mi imaginación y la devasta.

Me sitúo frente al ordenador, quiero mirar si alguien se acordó de mí en este día y, por supuesto, agradecerle personalmente su detalle, su gesto de afecto. Nada, no tengo ninguna felicitación, tan solo hay un archivo de sonido, parece una canción.
 
Lo abro.
 
Comienza a sonar la canción de Joao Afonso “Fala do indio”, que alguien me dedica especialmente por mi cumpleaños. Es una composición poética que va directamente al corazón, con una melodía de voz e instrumento que crea unos estados emocionales casi mágicos.

Termina la canción y, mientras retorna a mí el silencio, el sonido vuelve al mundo.

Una preciosa canción que me han dedicado doscientas setenta y seis personas con nombre y apellidos y un rostro específico.

Abro de nuevo los ojos.

Dejo de soñar.

No tendré vida suficiente para agradecer tanto.

Amo.