viernes, 17 de junio de 2011

EL MAR DE TU AUSENCIA

Perdía mi vista en los misteriosos horizontes lejanos de aquel inmenso mar. Recorría con mi mirada partes de la historia de mi vida y recordaba imágenes de tiempos casi ya remotos en los que fui muy feliz.

Las aguas se aquietaban por momentos porque el mar deseaba escuchar mis silencios. Las olas me cortejaban haciendo un baile que era como una ceremonia secreta de culto a las divinidades de mis pensamientos. Sin embargo, cuando el mar no conseguía sus propósitos, rugía con fiereza y lanzaba con violencia olas despiadadas y crueles que reventaban su ira sobre las espaldas irregulares de las rocas. Los latidos de mi corazón seguían sonando al ralentí. Y mi mirada seguía perdiéndose en horizontes azulados, plata, gris, blanco nacarado… espaldas mojadas de mar. Negro.

Tenía mi mente abarrotada de ti, tu recuerdo marcaba la potencia de mi alma y me traía vivencias de un amor sincero, honesto, noble; un amor del bueno, de los de verdad. No buscaba nada que no estuviera en ti, no quería nada que estuviera fuera de ti, porque simplemente tú eras portadora de todos mis sueños. Tú. Dulce tú. Bendita tú. Tú, amada tú. Tú. Y más tú. Sólo tú. Mi vida, tú.

Amar no es fácil. Amar en la distancia es aún menos fácil. Amarte y compartirte con la inmensidad del mar es un capricho que me ayuda a salir del foso de mi locura. Tu ausencia es un baile permanente de fantasmas que me gritan y me aturden, pero que jamás te borrarán de mi recuerdo. Tú me enseñaste lo maravilloso que es sentirte amado, las formas divinas de entrar en la gloria del paraíso del amor.

Cuando estoy sin tu compañía, cuando el único abrazo que recibo es el de la soledad de tu ausencia, es cuando mi vacío ocupa un cuerpo inerte, sin vida. Brotes de amargura son regados por el mar en mi vida. Y en la noche oscura, mientras sigo esperándote, el salitre que aflora en mi cuerpo hace visible mi tristeza.

Bajo el nuevo amanecer escucho cantos de vencejo que me invitan a levantarme. De plumaje blanco y negro dejan tras su fugaz vuelo composiciones líricas que me llenan de esperanza. Abro de par en par los telones de mis ojos, dañados de tanto sufrir… y me encuentro frente a mí una mujer que mira el mar.

Llegaste cuando el sueño me había vencido, con el mismo silencio que un día te fuiste. Viniste para jurarme amor eterno, para prometerme que estarías en todos los despertares de mi vida.

Ese día recordé a Paulo y pensé que sí, que todo el universo había conspirado a mi favor, porque yo antes había deseado con fuerza tu vuelta.

Sonreí y me quedé dormido en la paz de tu regazo.

martes, 31 de mayo de 2011

BALCONES EN EL CIELO

Hierba verde fresca, caricia mojada de mayo. Espalda posada sobre colchón herbáceo mullido, aroma húmedo manchado de esmeraldas. Falda de montaña que me alberga, que me ciñe parcialmente con telas de araña de nueva savia que germinan de su matriz. Me siento como una sombra que aparece sobre una piedra preciosa, oscureciendo sus luces. Miro horizontes verticales ascendentes que me devuelven imágenes claras de mi vida, veo tantas cosas en el camino, tantas alegrías, tantas penas, tanto amor que recibí... Abro los ojos y veo otra cosa.

Cielo lejano copado de nubes de vientre negro, con bordes plateados perfectamente definidos; previsibles, como la vida de un pobre. Nubes que no amenazan a nadie, pero que invierten la visión del mundo; nubes de espaldas quemadas por un sol que quiere iluminar mi vida, pero que no lo dejan; nubes que son espejos de ilusiones donde miro para verte, pero me devuelven más nubes.

Flores globosas y solitarias hermosean los paisajes que yo miro, de un blanco virginal, incólume. Su olor intenso es llevado por aires lejanos que penetran en mi interior en forma de espiral. Magnolia de tronco liso que me acompaña y busca su protagonismo. Circundada por retamas floreadas que lucen racimos laterales de flores amarillas. La hoja verde de la magnolia media entre la lucha de las flores y añade deleite espiritual a mi mirada. Así es más fácil enamorarse. Mis sentimientos, en su cobijo, bambolean durante un tiempo. Me devuelve a la realidad el sonido de las hojas verderojizas, que tocan sus palmas azuzadas por el aire. Y ya en la realidad te veo a mi lado mirándome y pidiéndome que siempre te quiera, que sea sólo para ti.

La esperanza perfumada de la magnolia me saca los clavos de mi soledad, hace que se eleven mis pasiones y que sienta un deseo casi incontrolable por ti. Los arroyos siguen lanzando su agua babeada y emiten ruidos diferentes. Es como si cada cauce fuera un coro que entona una melodía distinta, un concierto titulado “Los cantos del agua”. Allí arriba vale todo, hasta la anárquica composición musicada del agua cantarina. La nota diferencial que aporta el relincho de un caballo salvaje me indica que es la hora de bajar de las alturas.

Una corriente de aire impulsa y hace irregular el vuelo de varias aves, pero eso será un capítulo de sus vidas que se contará en otros lugares... yo ahí ya no estaré presente.

domingo, 15 de mayo de 2011

BAÑADO DE LUZ

Cuando ya no queda nada, cuando el silencio se hace insoportable; cuando cae el telón y al otro lado ya solo permanece el vacío... y en tu lado también; cuando abres la cortina y tras ella te recibe y te saluda el colmillo sangriento de la soledad; cuando el alma cruel de una mentira fulmina tu capacidad de elección; cuando miras a tu alrededor y en todas las coordenadas ves tu propia cara demacrada, al tiempo que se escuchan risas estridentes de ultratumba; cuando sientes que tu mirada ya no mira, que tu voz ya no se escucha, que tu fuerza se acaba, que tu piel ya no siente, que tu boca ya no habla, que tus pies ya no caminan; cuando sientas todo eso, entonces, significará que habrás iniciado el camino de la muerte.

Cuando pierdes la capacidad de reír o de llorar con el recuerdo; cuando notas cómo tus ilusiones se marchitan como preciosas rosas de jarrón; cuando observas que tu alegría va cayendo al sumidero del olvido como gotitas perladas de sudor; cuando tus sonrisas terminan su andadura en las sendas cortadas de la tristeza; cuando tu compañía no suma, sino que resta y perjudica; cuando tu presencia represente la incomodidad y el desasosiego de quien un día te amó; cuando tus palabras ya no sean esperadas en ninguna parte; cuando tus caricias arañen los cuerpos que toquen; cuando tus huellas dejen de ser indelebles en los corazones que en tiempos hiciste florecer; cuando todo eso ocurra, entonces, habrás entrado en un cese irreversible de tus funciones vitales.

Cuando en tu frente ya no existan horizontes sostenibles; cuando tu esperanza ya no te sirva como único remedio para hacer soportable las miserias de tu vida; cuando no vuelvas a vivir amaneceres; cuando los campos queden secos a tu paso; cuando tus ánimos solo emprendan vuelos turbulentos; cuando no sepas que las letras sirven para componer palabras de amor; cuando sientas que el amor no es algo espontáneo y apliques al mismo metodologías que puedan resultar convenientes, pero que tan sólo te hagan sufrir profundamente; cuando no vivas el encanto, la armonía y lo sublime de lo simple; cuando no puedas parar de buscar algo que jamás llegará; cuando tus propias acciones pulvericen tu felicidad, tu libertad interior; cuando tengas estas vivencias, entonces, tu cuerpo permanecerá en la tierra y tu alma volará ya por aires muy lejanos, con los vientos de otros universos…

domingo, 24 de abril de 2011

EL SONIDO DE TUS SILENCIOS

El timbre de tu voz estaba afectado por recuerdos, también por proyectos de futuro que no se materializaban. Tus palabras salían arañadas por el silencio y quedaban matizadas por la melancolía que te cercaba.



Mientras me mirabas, tu alma estaba siendo atravesada por la melodía del aria Nessun Dorma, del acto final de la ópera Turandot, de Puccini. El sonido venía de lejos, pero golpeaba de lleno. Las notas eran finas y bellas, pero las heridas que te dejaban eran enormes y crueles.



Pensabas en la importancia de lo diminuto, de lo mínimo, de lo breve… Tu voz interior te repetía persistente que un ínfimo desfase podía anular para siempre la posibilidad de la perfección, la pérdida del encaje glorioso en un segundo de vida… Ese momento mágico, único e irrepetible de una mirada fugaz que marca el horizonte de dos personas.



Cuanto más callabas, más enigmas cargabas en la expresión de tus ojos. Bolitas de tristeza ocupaban partes sensibles de tu corazón. Hacías gala de los mundos que dibujabas, te llegabas a prodigar por ellos, pero a veces te despertabas de golpe y no había nadie junto a ti. Y volvías a entablar diferentes soliloquios que se convertían en una muelle irresolución. Caminos infinitos como calles empinadas e interminables de verano.



Cada vez que te miraba, yo esto lo sabía. Entre otras cosas, porque las mujeres enamoradas se pasan el tiempo imaginando conversaciones. Muchas veces, incluso, las mujeres enamoradas tienen un semblante que simboliza la aflicción provocada por su lucha interna, por batallas consigo mismas que intentan librar pero que siempre pierden… por mundos que se derrumban a sus pies y quedan pulverizados por la nada. La imaginación de una mujer enamorada encierra tanta fantasía como perversidad para sí misma.



Sin embargo, lo verdaderamente importante no era esto o aquello. Lo que realmente importaba es que, tras un camino andado, existiera el mismo número de recuerdos en tu mente que en la mía. Y que estos recuerdos tuvieran idéntico grado de honestidad. Recuerdos vestidos con las mejores galas del amor, recuerdos que bailan en la pista de una sonrisa, recuerdos que suben y bajan por el raíl de tus emociones, recuerdos de otros recuerdos que siempre recordaríamos…



La vida corría veloz, como un lince. Y te iba empujando a ti por tu espalda. En la carrera, te agarrabas a mis ropas para arrastrarme contigo, pero algunas veces, cuando más próximo me tenías, mis vestidos se rompían y volvías a dejarme atrás. En esos momentos, yo te veía tirar hacia adelante con tu cara fatigada, casi sin vida. Guardabas los trozos de ropa que me arrancabas, porque eran partes de mí que iban quedando en ti. Y dormías junto a ellas anestesiándote con efluvios de mi aroma.




Muchos sueños tuviste que, además de ser soñados, eran sonreídos.



Hay sueños que llenan y complacen sólo hasta que te despiertas…

miércoles, 6 de abril de 2011

A VECES

A veces me gustaría no ser significativo para nadie, poder tener licencia para desaparecer y no dejar huella. Que no preguntaran por mí, que no quisieran saber nada de mí. Tener la libertad absoluta de mi existencia, de mi ser. Tener el poder de dejar de ser, de no volver a ser, de no ser quien soy, de no ser un vacío para nadie. O de ser vacío de mi vacía existencia.
Otras veces me gustaría estar de otra manera a como estoy, administrar libremente mi autoridad sobre mi propio ser, estar donde no estoy, quedarme inmóvil, estar paralizado sin que nadie me vea. Que todo el mundo pasara sobre mi inexistencia, que nadie necesitara una caricia mía, que no recordaran mi sonrisa, que mi cara se hubiera borrado de la memoria de todo ser humano.


Algunas veces, sin embargo, exploto de alegría si me veo con la capacidad de crear ilusión, de dar felicidad, de transmitir optimismo y alegría, de crear y tejer afectos, de construir bases para el amor. Entonces sí quiero. Quiero que alguien pregunte por mí, quiero que alguien me desee, que necesite verme, sentirme, mirarme a los ojos y que se vuelva loca; quiero que alguien quiera cuidarme, darme mimos, que alguien llore por mí y que sufra cuando sufro. Quiero una persona que me espere impaciente cuando no estoy y que se emocione cuando llegue.
A veces también me gustaría que la marcha de mi vida pudiera cesar con carácter temporal, para ver las cosas con distancia, con ángulos abiertos... sin aristas que hieran mi corazón. Que alguien se interese por los interrogantes de mi cara, que quiera saber por qué mi mirada se torna de azul cielo a gris plomizo, que se preocupe cuando mi sonrisa no florezca y que rompa con su presencia los nudos gordianos de mi garganta.
Otras veces desearía ser acariciado por otros aires, embriagarme con otros olores, deleitarme con sabores lejanos y mirar colores más claros. Me encantaría salir del recinto inmenso de mi hermetismo, romper los silencios de mi corazón con hermosas palabras de amor, ser capaz de crear ilusión y brillo en los ojos de alguna princesa destronada, abrazar a alguien por detrás y que vea por delante un baile de hadas blancas.


Algunas veces, en cambio, me acarician aires que antes movieron algunos cabellos, me bañan aguas con olas plateadas y mensajes en botellas que me llenan de esperanza. Y de nuevo soy capaz de emocionar a alguien, de pulverizar su tristeza, de arrancar sonrisas esmaltadas que matizan la furia de la melancolía. Y entonces otra vez sí que vuelvo a querer. Quiero que alguien busque mis palabras, que necesite mis caricias, que se haga fuerte con mi apoyo, que mi voz le resulte la más bella melodía, que mi dolor sea su dolor y que llore cuando lloro. Quiero una persona que viva realidades divinas junto a mí y que sueñe fantasías inimaginables en la misma cama en donde yo la ciña con mis brazos.


miércoles, 23 de marzo de 2011

PERSONAJES Y RECUERDOS II

Sin embargo, hubo dos personajes que llegaron a ser notablemente populares en toda la región hurdana, únicos en su especie, realmente extraordinarios, raros, casi míticos: ¡¡LOS DEL VINO!! Se los conocía así porque venían de Sotoserrano a vender la pitarra de la sierra salmantina a los bares de Nuñomoral. También llegaron a ser conocidos como “los del Soto”.

Llegaban en un camión marca Avia, modelo 4000, con motor de 4203 cc y 71 cv, con matrícula de Navarra (NA) sin letra. Su motor rugía con estrépito y era común escuchar el ruido del mismo un buen rato antes de que hiciera su aparición en el pueblo. También los frenos cuando eran activados emitían unos chirridos de padre y señor mío.

El camión tenía la caja de madera en tonos verdes, pero decolorada por la acción del tiempo y los cambios de clima. Esta caja iba cubierta por arriba con una enorme lona también verde. La cabina era verde clarito, con una franja horizontal blanca justo debajo de la luna parabrisas; hacia el centro mismo de esta franja, tenía una abertura para aplacar los calentones del motor y, sobre la tapa del respiradero, llevaba escrita la marca del camión con letras en relieve plateadas. En ambas puertas tenía rotulado con letra no muy grande en color marrón:

Hnos. CABACO
VINO DE PITARRA
SOTOSERRANO (SA)

Se trataba de dos hombres que rondaban los cincuenta y seis años, ataviados con idéntica vestimenta, pero de distintos colores. Como no recuerdo sus nombres, haré la distinción entre el que conducía el camión y el otro hermano. De los dos hermanos, el que conducía, era un señor educado, un poco tímido y más moderado en sus formas que el otro. Este iba siempre vestido con una camisa de cuadritos pequeños en tonos marrones, un jersey gris de pico, pantalón de tergal marrón y unos botines negros de tacón medio. Sin embargo, el hermano, era dicharachero, socarrón, bocinero, estridente, maleducado, irrespetuoso y bastante sinvergüenza. Iba siempre fumando un puro que, aunque en Nuñomoral sólo le conocimos la colilla, a día de hoy pienso que de Sotoserrano saldría entero. Vestía camisa azul celeste con el cuello como un tizón, jersey de pico verde marihuana, pantalón de tergal gris perla con algunos lamparones y unas botas marrones con el interior forrado de lana sintética.

Recuerdo que los niños, al ser nosotros tan pequeños, veíamos el camión de estos dos señores enorme. Llegaban a Nuñomoral sobre el mediodía y se los veía dentro del camión casi diminutos. El conductor, más serio que la pata un banco. Y el del puro, ya venía con una sonrisa de oreja a oreja. También tenía aquella sonrisa tintes de superioridad. Se tiraban media hora desde que paraban el motor del camión hasta que bajaban del mismo.

- ¡Buenos días tengan ustedes! –decía quien conducía al llegar a la terraza del bar, que estaba petada de hombres y mozos del pueblo.
- Buenuh díah, ¿qué hay? –contestaban unánimemente.

Al rato y tras bordear el camión aparecía el otro hermano en el frontal de la terraza, venía ya como un tiesto. Se quedaba un rato callado mirando a todo el mundo, con los párpados medio caídos, cogía el puro con la punta de los dedos índice y pulgar, expulsaba el humo y al fin vociferaba:

- ¿¡Qué dicen los vagos de Nuñomoral!?
- ¡Buenuuu, esti siempri igual, oyi! –manifestaba alguno de mis paisanos.
- ¡Que se mueran los que no beben vino! –gritaba como un poseso.

Después de pasar la emoción inicial, aplacaba las faltas de respeto y soltando una sucesión de paridas ridículas lanzaba una invitación general al personal.

- ¡Baldomero, ponle a esta gente que beba! –conminaba al dueño del bar, el tío Mero.
- ¡Desgraciao, aquí sólo se invita a vino, molondro! –murmuraba el hermano serio a la altura de su oído.
- ¡Cállate, cabeza mortero! Eso he dicho, que se ponga vino aquí para todo el mundo. Y se tronchaba de risa él solito.

Viene a mi memoria que por aquel entonces principiaban a poner los inodoros en los bares del pueblo, ya que antes los hombres salían a mear a la propia pared lateral del local que albergaba el bar.

Y esto también merece una mención. Generalmente se aprovechaba el hueco que quedaba debajo de las escaleras que subían a la vivienda de los dueños del bar para adaptarlo como cuarto con váter (lavabo aún no había). Era un habitáculo notablemente reducido, parecía un ataúd vertical, en el cual siempre había que hacer alguna floritura fuera de lo común para poder miccionar. Y hablo de orinar, porque para otros menesteres aún se usaba la calle, por aquello de limpiarse el culo con una o varias piedras, aún a riesgo de enterragar el ojerete y parte de la canaleja del culo. Hablaba de lo curioso que eran estos cuartos. Ya desde que entrabas descubrías que en España entonces no había Formación Profesional, ya que los fontaneros dejaban mucho que desear. Había un váter sin tapadera, con más mierda que el palo de un gallinero y completamente salpicado. También te saludaba nada más entrar un ruido de agua infernal (güiiiiiiiiiiiiii, güiiiiiiiiiiii, bchsssssssssss, bchsssssssssss) que era un tormento. La cadena era fina y plateada, colgaba casi del techo y siempre estaba partida por la mitad. Y, por último, lo más curioso era la pared trasera de donde estaba el inodoro. Había varios tubos de plomo de unos cuatro centímetros de diámetro de entre los cuales uno sólo era, digamos, el verdadero. Salían de la pared y los que no conectaban con el váter, estaban con la punta completamente sellada a golpe de apretones irregulares de alicate. Siempre me he preguntado para qué pondrían tanto tubo.

Para terminar quiero decir que los recuerdos son más numerosos y largos de lo que permite una entrada de blog, son casi interminables. Y también quiero mostrar mi orgullo de tener un pasado rural tan rico y tan precioso en el mismo corazón de la comarca de Las Hurdes, en Nuñomoral.

jueves, 17 de marzo de 2011

PERSONAJES Y RECUERDOS I

En la historia de nuestras vidas siempre ha habido personajes pintorescos difíciles de olvidar. Todo el mundo guarda en su recuerdo de la infancia algunas personas que por su singularidad, dejaron en sus entornos una huella imborrable. Personalmente, puedo enumerar aquí algunos nombres que, seguro, cualquier persona de mi edad natural de Nuñomoral puede recordar: Astudillo, el fontanero; Caramelo, el correo; el señor Enrique, el del “logá”; Calixto, el vendedor ambulante; el Macotera, el de la ropa; un matrimonio de gitanos, con ajos de Albacete; el de las gallinas de Ciudad Real; el rubio de Barcelona, de tejidos Sabadell; etc.

A todos ellos, en el pueblo, se les asocia con una historia divertida o curiosa que los hacía peculiares y, con el paso de los años, incluso insignes en la zona. De hecho, a día de hoy, aún son bastante recordados, cada uno con sus especificidades, para algunas generaciones de nuestro pueblo.

Astudillo es recordado por el hambre y el frío que pasaba; se untaba los morros con pimentón y salía a la calle simulando que había olvidado limpiarse para que la gente pensara que había comido chorizo.

A Caramelo se lo recuerda porque, cuando iba a hacer el reparto postal, transportaba altruistamente mujeres de una alquería a otra en el asiento trasero de su Citroën y colocaba el espejo retrovisor interior del coche focalizado hacia las piernas de las pasajeras, para ver si se descuidaban y le veía las bragas (¡qué jodío!).

Al señor Enrique, porque siendo el conserje del Hogar Escolar “Caudillo Franco” él se supo dar un rango y un estatus casi de príncipe. Recuerdo que retornó de Suiza y se trajo un diente de oro. Cuando sonreía, el diente brillaba y tardábamos un rato en salir de nuestro asombro viendo ese fenómeno.

A Calixto, por los bocinazos que pegaba a las mujeres y su trato con ellas: “¡¡¡14 duros me debes María, pata torcía!!! –le cascaba el tío subido a la furgoneta con un volumen de voz que rayaba el estruendo”.

Al Macotera, porque era un bonachón y traía una línea de ropa variopinta y curiosa, que marcaba las tendencias de moda de las distintas temporadas de los chicos y chicas del pueblo. No había un dios que no llevara encima una prenda del Macotera. Es más, daba cierta categoría decir “se la compré al Macotera el otro día”.

El matrimonio gitano, era recordado por la bonhomía del gitano y el desparpajo de la gitana. Y porque traían una niña pequeña muy avispada que medalla de oro que veía, medalla de oro que limpiaba. Recorrían media España y no volvían a Albacete hasta que vendían todos los ajos del camión.

El tío de las gallinas de Ciudad Real era todo un clásico, pero lo que más huella dejó fue el discurso machacón que hacía por el megáfono para incitar al personal a comprar gallos y gallinas: “Vamos María, que están poniendo, que tienen el huevo en la puerta el culo. Aprovechen la oportunidad, traigo la polla gigante de la pata gorda, la pollita superponedora; la que pone un huevo por la mañana y otro por la tarde, y a mediodía la monta el gallo”.

El rubio de Barcelona es recordado porque era verdad que era rubio, tremendamente rubio, casi albino. Y también porque llegaba siempre con una furgoneta enorme, cargada hasta las trancas de cajones llenos de ropa, sábanas y telas diversas, y acompañado de un hombre mudo, que fue el primer mudo que vimos los niños y las niñas de Nuñomoral.

Y, por su enorme curiosidad, permitidme que haga un inciso con el mudo. Tocaba don Antonio, el maestro, las palmas y salíamos todos corriendo y gritando de la escuela, de manera casi alocada. Sólo ver la furgoneta del rubio de Barcelona, pensábamos en el mudo, lo comentábamos al unísono, y nos aproximábamos al tenderete no ya para verlo, sino para observarlo casi exhaustivamente.

  • Eh, oyi, ¿cuántu vali ehtu? –Le preguntábamos directamente a él.

  • Muuu, muuu, uuu, muuu –contestaba el mudo, estirando un número determinado de dedos de una o de las dos manos, dependiendo del precio.

  • Mira, mira machu, ¿hah vihtu cúmu haci? – Nos decíamos entre nosotros y nos partíamos de risa. Nos parecía mentira que moviera los labios de aquel modo sin articular palabra.