viernes, 31 de agosto de 2012

ENTRAGO PUNTO CERO II

Automáticamente motivado por mi objetivo, me apresuré a entrar en el pueblo y recorrer algunas de sus calles. Hice un recorrido lento y pausado, disfrutando de imágenes divinas combinadas con rayos de luz y poesía; y de olores sedosos portados por aires que corrían encallejonados por las estrechuras laberínticas que conformaban la cercanía de las casas.


Me dirigí directamente a un restaurante llamado “Peña Sobia”, nombre puesto en honor a una de las rocas que circundaban el pueblo. Ya en la puerta, recordé cómo fue la primera vez que llegué hasta allí. Estaba leyendo el menú escrito en una pizarra abierta en tijera que había en la acera, y un señor me dijo desde el otro lado de la calzada:

- Si ties pensáu comer ende, aportunar que quies faelo na terraza trasera.

Miré sorprendido y vi un hombre sentado en una silla con el respaldo de la misma del revés, tenía sus brazos cruzados y apoyados en dicho respaldo y su barbilla pegada a los mismos. Su mirada estaba cargada de bondad y su sonrisa era abierta y amable. Su edad rondaría los sesenta y siete o sesenta y ocho años.

- ¿Qué? Ah, ¿detrás hay una terracita? Muchas gracias, comeré en ella, si tengo mesa.

Este año, sin embargo y curiosamente, no había ningún lugareño en la puerta del restaurante. Sin leer menú, entré al local y, con experiencia y determinación, pregunté al dueño si tenía espacio para comer en la terraza.

- Sí que lo hay, pero, ¿y si llueve?
- Bueno, me arriesgo.
- Vale, pase.

La terraza con más encanto no sólo de España, sino del mundo. Suficiente, acogedora, rústica, sencilla, simple, encantadora… paraíso de la quietud, la serenidad, la calma, la tranquilidad.


Tomé asiento y un hilo de voz salió de ningún sitio diciéndome que ya mismo me atendían. Me recosté sobre el respaldo de la silla y cerré los ojos un momento, mientras escuchaba el concierto que el sonido del agua del río me ofrecía a su paso, una composición musical titulada “El encanto de la vida simple”, un allegretto en Fa mayor que ensanchaba mi corazón.

- Bonos díes, ¿digo yel menú? – me despertó una voz fina, cansada, pero alegre y de precioso timbre.

Era ella, Amelia, una señora cercana a los setenta años que me atendió el año anterior y que era una de las personas que yo deseaba volver a encontrar.

- Sí, por favor. Muchas gracias – contesté mientras le sonreía.

Trabajaba con una dignidad envidiable. Reconozco que ardía en deseo de entablar con ella algún tipo de conversación que fuera más allá de lo gastronómico. Y ella se encargó de elevar mi ilusión a cotas tan altas como las cordilleras que paraban el mundo antes de que este llegara hasta nosotros.

- De primeru, arroz con salchiches y güevos frites; y de segundu, picadiellu de gochu con pataques frites. – me cantó el menú del día.
- ¿No hay fabada? – pregunté confiado.
- Ay, siéntolu, pero güei nun fiximos – contestó lamentándose.
- No hay problema, el menú que me ha relatado está bien – le dije con una sonrisa intentando calmar su lamento.

Justo cuando fue a darse la vuelta, a medio giro, con su peculiar forma y su mirada medio apagada, me desarmó con una afirmación absolutamente inesperada para mí.

- La so cara resultame conocida, la recuerdu. Tieni usted unos ojos de un azul intenso, una mirada difícil de olvidar.

No pude articular palabra, claro. ¿Qué decirle a una mujer que me había robado literalmente las palabras? ¿Se las devolvía? ¿Buscaba la originalidad aún a costa de inventar o mentir?

- Gra… Yo… Gracias. Yo también la recuerdo, estuve comiendo aquí hace poco más de un año y me sirvió usted –le contesté mientras terminaba de asimilar sus palabras.
- ¿De dónde vien, de Uviéu? –volvió a interrogarme.
- ¡Huy, qué va! Vengo de muy lejos, de Cáceres. De una zona similar a esta, soy de un pueblo que se llama Nuñomoral – me explayé ya más relajado.

Sin decirme una palabra más fue a buscar mi comida.

jueves, 30 de agosto de 2012

ENTRAGO PUNTO CERO I

En alguna ocasión he apuntado que el destino es muy astuto y taimado, incluso bellaco. El destino nos lleva donde él quiere y nos hace creer que somos nosotros los que elegimos llegar hasta allí. Mi destino me llevó hasta Asturias para recorrer, por segunda vez, una ruta de bicicleta llamada “La senda del Oso”. Este itinerario comienza en Trubia, población y parroquia del concejo de Oviedo, capital del Principado de Asturias. Y termina en la exquisita y primorosa población de Entrago que es, a su vez, donde se sitúa esta entrada de blog.


Entrago es un pueblo del concejo asturiano de Teverga. Es un lugar privilegiado ubicado entre dos impresionantes alabastros de caliza, rodeado de bosques autóctonos múltiples y diversos y origen de la formación del río Teverga.


Había pasado poco más de un año de la primera vez que hice esta vía verde con mi bicicleta y, curiosamente, a pesar del precioso e inigualable espacio natural que me rodeaba, en mi memoria quedaron grabados a fuego los rostros de cuatro personas que por su expresión facial, sus sonrisas, su alegría vital y sus miradas no casuales no me dejaron indiferente.

A medida que me acercaba a Entrago, mi ilusión iba creciendo con la alta probabilidad de volver a ver a aquellas personas. Y el pedaleo se tornaba más ligero, a pesar del cansancio. Desde luego, no es nada fácil ver la vida representada en el rostro de cuatro personas. Es difícil ver la vida. La vida tiene un poder extraordinario, es como una bruja. La vida está ahí, pero no se deja ver, es como una luz intensa que, en lugar de iluminar tu camino, te ciega. La vida es dulce y salado, miel y hiel, risa y llanto, cima y hoyo, blanco y negro, amor y desamor, victoria y derrota… tú y yo.

A la entrada del pueblo paré para observar un plano situacional de la ruta que estaba terminando, pero pronto fijé mi atención en cosas mucho más interesantes, más profundas… o, cuando menos, más humanas.



Miré un horizonte compuesto por la inmensidad y la ferocidad de las montañas, que me devolvió una dimensión exacta de mi ser. Allí, insignificante, armonicé mi sentido propioceptivo con el sonido del silencio. Todo era alto, inabarcable, inalcanzable, como las ilusiones; precioso, como las sonrisas limpias que se nos regalan; mágico, como la mirada de la persona que amas; melodioso, como la vibración elástica que produce el sonido de tu nombre cuando lo pronuncia la mujer que te quiere; colorido, como la sensación interior que te produjo el abrazo de un amor que jamás pudiste olvidar…

Con mi actitud ataqué la raíz misma de mi fragilidad y esto aumentó mis ganas de llegar a Entrago e intentar conseguir mi deseo de encontrarme de nuevo con las cuatro personas que el año anterior habían dejado en mi interior una huella difícil de borrar.

domingo, 29 de julio de 2012

AZARONES II

Como toda tradición, la dieta de los Azarones, tenía sus partidarios y sus detractores. Este hecho, en nuestro pueblo, era muy importante, por el tremendo respeto que profesábamos a nuestros mayores. Quiere esto decir que cuando te ibas a zampar unos Azarones, mirabas antes a tu alrededor no sea que hubiera alguien que desaprobara la ingesta de esa hierba y te jodiera la merienda. Viene a mi memoria un recuerdo de color amarillo ya, pero muy ilustrativo sobre lo que acabo de contar. En cierta ocasión estaba la Cipriana, nieta de la tía Juanina, la Zopenca, en las inmediaciones de la fuente de la Espinera buscando unos Azarones, para comer un bocáu, como decía ella. Y resulta que una vez que fue haciendo acopio de los mismos, sin machar con sal ni más demoras, debido al hambre, empezó a comerlos con fruición y la pilló la tía Rosa, que era un señora muy refinada que le parecía una imprudencia que se comieran hierbajos desconocidos, cuyas propiedades no estaban demostradas.
-     ¡¡Mal rayu te ehpeaci ehquerosa, pehquerona!! ¿Pa qué coñuh comih esu? –Le soltó a bocajarro a la Cipriana nada más sorprenderla comiendo Azarones.
-     M`obriga, m`obriga, ta Rosa, ta Rosa. –Constetaba la Cipriana avergonzada, bajando la cabeza.
-    ¡¡Turnia te queih, dehgraciá; pahmau se te quei el gaznati!! -Farfullaba la tía Rosa mientras continuaba su camino.

Partíamos hacia el pueblo al final de la tarde, casi oscureciendo. Cuando nos íbamos aproximando se divisaban las luces amarillas, que conferían al pueblo un aspecto lúgubre, pálido; y también veíamos los brillos plateados del río producidos por el reflejo de la luna.
Y allí, en las estribaciones del pico de la Gineta, las calles de Cerezal  nos iban acogiendo a todos y a todas entre resuellos de macho, berridos de cabra y saltos de chivo. Esa tarde se habían vivido aventuras irrepetibles en la Morocona, en el Gamillón, en la Vega Larga, en el Valle de la Mielra, en el Molinito y en el Sestil de la Ró Güey.
Pasábamos por casa, dábamos novedades sobre la tarde y el comportamiento del ganado y de nuevo nos largábamos, estirando las horas lo que podíamos, para jugar al escondite, al bote – bote, al tresnavío (Tres Navíos), a los orinalitos, etc. hasta que las voces de nuestras madres rompían el silencio de la noche para indicarnos que era la hora de regresar a casa y acostarnos.
La noche queda para quien es.


AZARONES I

Aquellas interminables tardes de cabras, con olor a hierba verde fresca, con el sabor amargo de la subsistencia, con la felicidad de la compañía, con la seguridad de estar justo en el lugar del mundo donde deseábamos estar y con la completa convicción de que fuera de aquellos cuatro pareonih no había nada más, aquel era el único Universo existente... o al menos posible.

Mientras las cabras se jartaban, nosotros íbamos descubriendo un mundo lleno de misterios. Lo descubríamos pedazo a pedazo, sin prisa, con curiosidad, con la fascinación propia de un científico que después de una larga y ardua investigación descubre una pócima mágica.

 - ¿Pandi vah, perdíu te quéh?
 - Ahora vengu, voy a cagá.
 - ¿Y jaci falta que vayah tan lejuh?
 - Voy ahí allá, pa cogé unah hojah de zapatonih, pa limpiami el culu.
 - ¡Eeee, se le va a quedá tou blancu!
- Lah piedrah jierin y limpian peó, te arrejuñan tol furacu.

Las épocas estaban bien definidas y perfectamente marcadas por diferentes fenómenos estacionarios: los cantos de los grillos, la vuelta de las golondrinas, la maduración lenta de las cerezas, la llegada de las pavías, las colmenitas, los hongos… Era una ilusión esperar todo sin prisa, éramos tan felices.

Cuando el sol transponía el horizonte, mientras se iba produciendo su ocaso total, nuestras cabras, por sí mismas, iban ya tomando el camino de regreso a Cerezal, al tiempo que nosotros cortábamos unos Azarones para volver a casa ya cenados. En Las Hurdes, en períodos de carencia, teníamos a los Azarones como planta comestible.

 Los Azarones eran unas plantas autóctonas de tallo largo y hoja lineal, con un sabor ácido, avinagrado y una textura áspera y desabrida. Al final del tallo, tenían una semilla que hacía las delicias de los verderones (sedalinas, llamábamos a estos pájaros en Cerezal). Para atenuar ese sabor ácido, los machábamos en las rocas con sal gorda, de la que se usaba en las matanzas. Recuerdo que esta planta tenía dos tipos de hoja, ambas largas y delgadas, pero una de ellas, en la parte baja, donde se iniciaba, tenía dos salientes ovalados, de forma elíptica, uno a cada lado y en perfecta simetría con el eje central. Bien, pues estas últimas, no se comían, porque la transmisión intergeneracional mandaba y de siempre se había dicho que las hojas de Azarones que tenían los cojoninuh abaju no se comían, porque eran del demoniu.


AZARONES

miércoles, 20 de junio de 2012

TAMBIÉN TE ESPERÉ ESTA TARDE

Perdido en la noche de los tiempos busco respuestas a preguntas que jamás me hice, refugiado en la oscuridad decodifico la luz de una mirada que me extravía en el laberinto de los recuerdos, de su recuerdo.

Su recuerdo, ese sentimiento que llevo en mí como el lago permanente que deposita su gran masa de agua en la depresión de una penillanura.

Su recuerdo, ese desgarro atroz que sienten dos personas que se aman ante la profundidad grande, insondable, imponente y peligrosa de la distancia.

Su recuerdo, ese sueño inalcanzable que me obliga a abrir las puertas y las ventanas de mi existencia, para buscar oxígeno, para respirar mi soledad sin ahogarme.

Perdido en las noches oscuras de la ausencia omito respuestas a preguntas que siempre me hice, cobijado en la incertidumbre de las noches tensas de la espera, de su espera.

Su espera, noches largas de sueños rotos.

Su espera, tiempos baldíos de ilusiones truncadas.

Su espera, corazón lastimado circuido de abismos que lo agrietan.

Perdido en los amaneceres de los deseos ocultos ni busco ni omito respuestas a preguntas que no existen, escondido en el crepúsculo de una mañana cuyo rocío humedece el placer del encuentro, de su encuentro.

Su encuentro, la fascinación especial de cerrar los ojos con fuerza para cuando los abra cumplir el deseo de tenerla frente a mí.

Su encuentro, la atracción irresistible de los brillos apagados de cada estrella que miro y no es ella.

Su encuentro, el desafío perverso de un campo de girasoles apostados con su mirada frontera al Astro Rey.

Perdido, recordado, esperado, encontrado… alebrado a los pies de la vida, en ese tramo preciso de mi vida que hace curva, en el punto exacto donde cambia de sentido su curvatura.

Tomo el descenso.

Me elevo.

jueves, 7 de junio de 2012

LA CANCIÓN DEL DESAMOR


La demencia tiránica del amor, el delirio que provoca un sentimiento que se me escapa sin querer, la imagen vertical y tenebrosa del amor haciendo las maletas, evadiéndose para siempre de mi piel.

Un tacto que ya no siento, un recuerdo que me mantiene vivo, una ausencia que me mata, un desierto sin arena, un corazón que emite el último suspiro dándo su muerte eterna como símbolo de amor.

Un desorden en mi costumbre de vivir pegado a la ilusión de un abrazo, de un olor; un extravío en el laberinto satánico que no me enfila por el camino que me lleva a ella, la mirada triste de un niño muerto de hambre que me recuerda a su corazón.

Una mañana lluviosa de un mes caluroso, un lugar habitado de un mundo inhabitable. Un amor que caracolea en su vuelo y no consigo cazarlo, una cesta de placeres que chorrean como el agua y terminan evaporándose en un suelo que ya nunca pisaré junto a ella.

La fascinación especial que me produce unos labios que amo diciéndome te quiero, la procacidad de la ira pulverizando el núcleo de la felicidad, sus pasos curvados que no me permiten alcanzarla... tenerla.

Una actitud indecorosa que me empuja a escapar de ella, pétalos de rosas muertas que no son movidos por ningún aire, un hechizo que lejos de quien amo sólo me permitirá respirar cuando cese mi vida.

Una mano que emprende el camino de la caricia, una mano que vuelve cubierta de sangre y desesperación, una mirada que cruza por mi frente y socava mi corazón con su ausencia, una sonrisa envenenada que intuyo en la espalda de una mujer que ya no veo.

La necesidad de buscar espacios donde el paso del tiempo se haga más lento, para dar tiempo a que mi dolor se canse; el temor desmedido a que en mi caso no pase el tiempo y a que no se canse mi dolor.

Escribo la canción del desamor para no beneficiarme del silencio. Quiero que ella nunca la cante, quiero ser yo el único que la entone.

Entiendo que hay cosas que se pierden para SIEMPRE.

Todos los amores dejan un poso. Descifrando bien ese poso entenderemos mejor a esos amores.

Y los seguiremos amando ETERNAMENTE.


martes, 22 de mayo de 2012

AYER TUVE CONSULTA y III

El hombre que no paraba de manejar el móvil y que rondaba una edad de cincuenta y dos años, como ya he apuntado, era excesivamente risueño. Llevaba unos zapatos negros más anchos que un lavabo de Roca, calcetines negros, pantalón vaquero negro, camisa negra y un jersey azul de pico, terminando con una gabardina beis parecida a la del mítico teniente Colombo. Usaba gafas de montura color oro y tenía el pelo blanco plata. Se reía de todo con un brío tremendo, cualquier cosa le provocaba una risa casi estridente. Se zumbaba vivo con los tonos del móvil, con los retrasos del médico, con las quejas de los demás usuarios, con el nombre de los medicamentos, con la tos de la gitana, con las alergias, con el nombre del médico (¡César, ya ves tú! No quiero ni pensar qué hubiera pasado si se entera del mío) y también con sus propias ocurrencias y sus ánimos. Digamos que era un señor muy inoportuno. Eso sí, todos los presentes vivimos aquella cotidianidad con el ruido de fondo de sus risotadas.

La señora de cincuenta años, además de bella, era inteligente. Hablaba de todo, opinaba de todo y lo sabía todo. Era indulgente con el ritmo de los turnos y apeló a la Ley de Atención al Usuario de Extremadura para disculpar al médico. Cuando nombró esta Ley, el hombre de pelo blanco, pegó una explosión de risa que miramos toda la sala al unísono. La señora bella, calificaba los retrasos de aquella mañana de normales, de lógicos teniendo presente las circunstancias dadas (no explicó más). Nos contó los riesgos de las curas precipitadas y nos ilustró acerca de los dolores que hacen innecesario acudir al médico. Posteriormente, y con el hombre del pelo blanco retorcido de risa sobre su asiento, hizo una defensa encendida sobre las grandes marcas de farmacia y atacó duramente a los medicamentos genéricos. Finalmente, y tras comprobar la atención que despertaba en todos, hizo una breve exposición de la Ley de Protección de Datos, la cual “calzó” en la conversación con una maestría que hasta pareció oportuno sacarla a colación. El hombre del pelo blanco, al punto, colmado ya de risa, estiró su pierna derecha, se inclinó ligeramente hacia atrás, metió su mano derecha en el bolsillo y sacó un pañuelo blanco con el que se secó el lagrimal y se limpió los morros.

La gitana calzaba unas zapatillas de lona negras bien acopladas al pie por una cinta flexible que lo cruzaba de lado a lado abrazando el empeine, esa cinta no era más que la típica goma aquella que se usaba para poner en la cintura de los calzoncillos antaño cuando estos se daban de sí, en la época en que los españoles desechábamos la ropa cuando la tela estaba ya de tal manera que si la ponías a la altura de los ojos, veías lo que había detrás. Llevaba la gitana una falda negra con flores azulonas, un mandil azul chillón, una blusa azul oscuro y sobre la misma una chaqueta granate. El pelo lo llevaba recogido en un moño, cubierto por una prenda negra reticular.

  • ¡¡Mi cagüín la Moreneta!! Esta parsimonia no hay quien la aguanti, chachu. –Sonó grave la voz del gitano a mi derecha.

Tras un susto por la sorpresa que me produjo su queja y por la brutal explosión de risa del hombre de pelo blanco, miré al gitano desde mi asiento y enseguida supuse que la Moreneta era una virgen, claro. El gitano se recostó sobre su asiento con un gesto seco, severo, huraño, adusto... cansado de aquella sala y también tal vez de un mundo que no era como él quería. El hombre del pelo blanco estaba al borde del infarto, ya no era capaz de desarrollar a nivel físico el caudal de risa que la situación le provocaba.

El gitano llevaba unas botas como de escay marrón, con una cremallera en el lateral interno de las mismas; un pantalón en tonos marrones con rayitas crema apagadas, chaleco negro, camisa blanca de raya vertical ancha en azul, chaqueta americana negra y un sombrero de paño negro, de ala ancha, circunvolucionado sobre el ala por una cinta también negra. Este gitano, afortunadamente para todos, hablaba poco. Y digo afortunadamente porque le gustaba sentenciar cuando hablaba, pero no pegaba una en el clavo. Todo lo que decía o no era o era del revés.

La gitana tenía lo que yo denomino una tos de ciclo tres: ¡¡coju, coju... coojúúúú!!. Y lo explico aquí porque la tos más frecuente es la de ciclo dos: ¡¡coju, coju!! Aunque cuando los inviernos son un poco más cálidos la tos suele ser de ciclo uno: ¡¡coju!!

  • ¡Ay, madrita esi señó, a vé si acaba yaaaa! ¡Ayyyyyy, válgami Dios! - Se lamentó la pobre gitana refiriéndose al médico, mientras miraba a la puerta de la consulta.
  • ¡Maldeciesus los güesus, mujerucu!! - Contestó el gitano alarmado por el lamento público de su esposa.

Deberíais haber visto en ese momento al hombre del pelo blanco, casi cayéndose literalmente de su asiento partido de la risa. Tenía la cabeza colorada como un tomate mientras trataba con dificultad de respirar invadido completamente por la risa. Fijaos qué dinámica facial le producía esa risa que se veía morado para refrenar sus músculos y recomponer su gesto. Es más, a veces, se le unía una explosión de risa con la siguiente. Y lo peor de todo, no os creáis, es que el pobre no podía hacer nada para controlar eso, cualquiera diría que ese señor era un paciente más.

La gitana juntó sus dos piernas (las gitanas, a diferencia de otras mujeres, jamás cruzan las piernas), las puso bien pegaditas entre sí, se colocó de lado en su asiento y apoyó la cabeza en la pared, en el tabique que separaba la consulta de nuestro médico con la sala de espera. Allí comenzó a emitir un festival de toses acompañadas todas de flemas que parecía el rugido de un motor Citroën de los años setenta. Y como no usaba pañuelo ni se molestaba en levantarse al servicio, fue lanzando olímpicamente todos los gargajos que generaba en la esquina de la sala que quedaba frente a ella. Parecía aquello un pastel de leche condensada, la verdad.

El hombre del pelo blanco, completamente desternillado de risa, hacía aspavientos con sus manos sin que ella ni su marido lo vieran, avisándonos del perverso exceso en que la gitana estaba incurriendo. El grado de risa llenaba su rostro de tal manera que no había lugar para un gesto de asco.

  • ¡¡Ayyyyyyy, madri lo que tengu aquí metíuuuuuu!! ¡¡Coju, coju... coojúúúú!! - De nuevo saltó la gitana de sorpresa, pellizcándose su garganta y barriendo con su mirada toda la sala.
  • ¡¡Mi cagüín la lechi parda, mujerucu!! ¡¡La madri de Dios Santu, cumu se poni!! - dijo el gitano con vehemencia.
  • Pobrecita, qué malita está. ¡Se le va a morir a usted la gitana! - dijo la mujer guapa, mirando al gitano.

La gitana levantó la cabeza y nos miró a todos dando muestras de debilidad con su gesto. Tenía una mirada negroprofunda, espectacular, seguramente en el pasado fue una gitanaza arrebatadora. Parecía como si, a sus ojos, nosotros tuviéramos poder sobre su enfermedad y ella con su mirada nos suplicara clemencia. Me dieron ganas de levantarme y acariciarla, mimarla un poco, darle parte del afecto que la culturización propia impedía a su marido darle.

El gitano ni sentía ni padecía. Se apoyó en el respaldo de su silla, abrió sus manos en abanico, pegó las yemas de sus dedos en correspondencia de los mismos y cerró los ojos. Parecía que había entrado en una comunicación íntima con Dios, tal vez suplicándole por su gitana, pero preservando su hombría.

  • ¡A ver, por favor, Primitivo Expósito Azabal! ¡Primitivo Expósito Azabal! ¿Está o no está? – Voceaba el médico con la puerta de la consulta entreabierta.

A pesar del volumen de voz utilizado por el facultativo, apenas me enteré del llamamiento porque el hombre del pelo blanco, tronchado de risa, con su estruendo, anulaba un poco la voz del médico.

Entré en la consulta y le expliqué al doctor lo acaecido en Portugal. Tomó de su bolsillo una linterna adaptada, con un foco puntiagudo,  tiró de la ternilla hacia abajo y tras una rápida observación lo tuvo claro enseguida.

  • La gota de agua ha sido la chivata.
  • ¿Qué?
  • Que agua ya no tiene usted en su oído. Lo que tiene son dos tapones como diques de mar. Ni sé cómo oye usted nada.
  • Ah, vale.

A partir de ese momento me explicó el proceso a seguir y emitió una Orden Clínica de Consulta Externa (volante), para que me examinaran en otorrinolaringología y procedieran a extraerme dichos tapones.

Precisamente hoy, he recibido una notificación del hospital Virgen del Puerto, de Plasencia, citándome a consulta el día 10 de julio de 2012, a las 9:15 horas.

Por eso, mientras tanto, si os encontráis conmigo, os ruego encarecidamente que tengáis paciencia con mi sordera. Recordad hablarme siempre mirándome a la cara y tratar de no llamarme estos días por teléfono, porque la conferencia puede suponer un elevado coste y encima corremos un riesgo serio y real de no entablar comunicación alguna.