viernes, 19 de octubre de 2012

CAMINOS INESCRUTABLES III

La magia de la imaginación radica en que cada uno creamos imágenes, paisajes y situaciones sobre todo aquello de lo que tenemos informaciones previas, pero no hemos visto aún físicamente. Desde que escuché la publicidad del bazar de Juanito el chino en la radio, ya le había puesto yo rostro al protagonista. A veces, estas imágenes previas que construimos casan en alto grado con las reales, pero otras nos sorprenden por su diferencia.

Los empleados activaron la apertura de la puerta del bazar y, por fin, pudimos observar cómo Juanito el chino, que efectivamente era chino, salió precediendo a otra persona situada tras él vestida rigurosamente de negro. Juanito se apartó hacia un lado secuestrando la atención de todos los presentes por lo hortera de su vestimenta. Era un chino de pelo negro azabache, lacio; de nariz hundida y pómulos prominentes, tono amarillo en su piel y ojos con forma oblicua y rasgada, parecidos a una almendra. En fin, un chino estándar. Llevaba unos zapatos negros de cuero de vaca, con cordones finitos y un poco sucios. Dicho sea de paso, yo pienso que le quedaban algo grandes. Vestía unos pantalones negros de tergal, brillantes como las plumas de un grajo. Los llevaba bien subiditos, además. Y por último un polo con franjas horizontales blancas y de tonos naranjas. Hasta la altura de la cavidad torácica eran franjas blancas separadas por rayitas naranjas. Y de ahí para arriba, el polo presentaba, primero, dos franjas de naranja apagado; otras dos de naranja calabaza, más arriba; después, cuatro más de naranja marrón y, por último, una superficie plana de naranja rojizo coronada por un cuello vuelto de blanco nuclear. Francamente, Juanito iba hecho un cuadro.

No obstante, y a pesar del empuje de Juanito el chino, unos segundos después, reparé en la persona que le acompañaba y me llevé un golpe emocional de tal calibre que, ante la mirada sorprendida de algunas personas que estaban junto a mí, exclamé atónito:

  • ¡¡¡Hostias, si es don Valerio!!!

Tras recuperarme del potente choque, volví a mirar al anfitrión del acto y al pastor espiritual que le acompañaba, Juanito el chino y don Valerio. Huelga decir, para quien siga mi blog, que don Valerio ha protagonizado ya algunas entradas y ha aparecido en algunas otras.

Reconozco que el grado de españolización de Juanito el chino era altísimo, su nivel de acople a nuestra cultura demostró ser enormemente intenso. Sustentando su ideario en la tradición católica occidental se llevó a un cura para darle solemnidad al acto y, de paso, para buscar la suerte divina en la difícil andadura que le esperaba después.

Con un hispanismandarín de libro, Juanito el chino, se dirigió a sus invitados:

  • Glasias amigos, pol habel venido, jijiji. Ahola don Valelio el cula, inagula el negosio y luego ustedes vel y complal. Glasias.

Estaba visiblemente nervioso, era evidente que hablar en público no era su fuerte. Ahora le tocaba el turno a don Valerio, que tiene para estas lides un piquito mucho más ágil que Juanito.

  • Primero y ante todo, deciros que soy muy honrado con la invitación que nuestro hermano Juanito me hizo para ayudarle a inaugurar este negocio – dijo como prólogo. Hoy, cuando Juanito se dispone a comenzar su actividad emprendedora, sacudiéndose la pereza inherente al ser humano, no podemos olvidar que su acto engrandece también a Plasencia y al conjunto de sus ciudadanos. Por tanto, hay que ver la acción de Juanito como un acto de generosidad – continuó don Valerio. Dice un hermoso Salmo: “Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz es mi sendero”; hermano Juanito, busca la lámpara y la luz siempre en la palabra de Cristo – finalizó don Valerio solemnemente mirando a Juanito el chino.

A pesar de hablar de manera clara y pausada, anoté con dificultad las palabras de don Valerio, debido a que aún no salía de mi asombro al verlo allí. Por cierto, don Valerio jamás diría lo de “el chino”, seguramente para él, esas gracias, sean auténticas estupideces. Bastante tiene él ya con su grave tarea de evangelizar este mundo tan sumamente ateo como para perder un minuto en pronunciar un apodo de Perogrullo.

Concluido el acto central, Juanito el chino nos invitó a todos a pasar al bazar para verlo y para comprar algo si esa era nuestra voluntad.

Evidentemente todo el mundo al pasar quería saludar a Juanito el chino, por lo que decidí esperar hasta que hubieran entrado todos al establecimiento, para poder charlar con él sobre su nombre y saludar a don Valerio.

Nosotros, los españoles, muchas veces frivolizamos y bromeamos con los locales chinos, pero ellos le dan una importancia capital a sus negocios y al servicio que prestan al ciudadano. Y esta idea utilicé para entablar conversación con Juanito el chino.

  • Buenas tardes, ¿es usted el dueño de este imperio? - interrogué mientras estrechaba su mano.
  • Jijijiji glacias, sí - contestó risueño.
  • ¡Impresionante, enhorabuena! Seguro que se lo han preguntado muchas veces, pero es que despierta realmente la curiosidad, ¿por qué lo de Juanito? - pregunté con tacto.
  • Glasias. Sí, mi nomble es Huai – Yi To – contestó con un sonido parecido a “Jua-ni-to”.
  • No le molesto más - concluí.

Y saludé efusivamente a don Valerio, al tiempo que me emplazó a una conversación cuando hubiera terminado de ver el bazar de Juanito el chino.

  • A la salida lo busco, don Valerio.
  • Yo estaré por aquí, no se preocupe.

No tenía pensado hacerlo, pero por petición previa de mi querida amiga y paisana Maribel Miguel, cuento a groso modo qué había en el interior de la gran superficie china.

Bien, pues sólo entrar dentro del establecimiento, se podía observar que era un local comercial de grandes dimensiones perfectamente diversificado en su producto. Estaba dividido en seis secciones claramente diferenciadas: hogar, moda, regalo, artesanía, jardín y ocio.

¿Y qué productos os enumero aquí? ¿Quién no ha estado en un bazar chino alguna vez? Todos sabemos que ahí se venden hasta piernas ortopédicas, si me apuráis. No queda cosa en el mundo que no tenga un chino en sus estanterías. El de Juanito era una babilonia de productos: cucharas, tenedores, cuchillos, vasos de todo tipo, sartenes, cacerolas, despertadores, huchas, cañas, pintura, juguetes, hules, cojines, tapetes, manteles hasta de cuero, enchufes, cables, interruptores, macetas, artesas, barreños, herramientas diversas, caretas de soldador, picos, palas, horcas metálicas y de palo (¡manda cojones!), jaulas para pájaros, jaulas para hámster, jaulas para grillos, cepillos, cogedores, mochos de fregonas… Y en la sección de moda, sin duda, el producto estelar eran las bragas. ¡¡Virgen Santísima qué bragas vende Juanito el chino!! Las tenía en unas perchas y cuando las mirabas en vertical estabas media hora recorriendo la braga con la vista, de verdad. Aquellas bragas era para ir a buscarlas en un camión, porque en el maletero de un coche no caben, sinceramente. ¡¡Dios mío querido, qué bragas había importado Juanito!! Algunos sujetadores eran también del tamaño del serón de una jaca torda, pero nada comparable al impacto visual de las bragas. Le pega a la población femenina del norte de Cáceres por adquirir las bragas en el bazar de Juanito el chino y este año no hay un solo nacimiento en toda la zona de influencia de Plasencia, vamos. ¡Bendito sea Dios, qué bragas!

Pero sin duda, el gran secreto de Juanito el chino, era la colección de películas porno que tenía a la venta. Estaban en una esquinita muy discreta de una estantería, entre los azucareros de china y unos pucheros de porcelana muy bonitos y funcionales. Si las llega a ver don Valerio yo creo que se le planta, que no le dice ni media palabra en el acto de inauguración. La verdad es que existe un gran y diverso elenco de filmes en el mundo del celuloide porno: “Larga y calentita”, “Siempre abiertas”, “Estudiantes 2”, “El ataque de las vampiras”, “Me pruebo biquinis para ti”, “¿Vienes a jugar?”, “Buscadores de machos”, etc. Como veis un amplio abanico de posibilidades para tener el apetito venéreo asegurado.

Saturado ya de tanta inauguración, decidí poner fin a mi asistencia a la misma. Y abandoné el bazar en busca de don Valerio.

Cuando salí a la calle, don Valerio, se hallaba de espaldas mirando el escaparate de un concesionario de coches. Y lo llamé:

  • Don Valerio, estoy aquí. ¿Deseaba usted algo?
  • Ah, sí. Oiga, mire, usted se dedicaba a la educación, ¿no?

Y le expliqué todo lo que escribí en el primer párrafo de la primera parte de esta entrada de blog.

  • Entonces -continuó- quiero yo proponerle algo.
  • Por usted lo que sea, don Valerio – contesté.

La propuesta que mi hizo don Valerio no fue menor, ni mucho menos. Y lo que acaeció durante la realización de la misma tampoco, pero eso queda ya para contarlo en otra entrada de blog; o para continuar contándolo en más partes de esta; o para que sean otros los que lo cuenten...

O para no contarlo jamás...




lunes, 15 de octubre de 2012

CAMINOS INESCRUTABLES II

El día de autos, llegué con mi vehículo a las inmediaciones del bazar de Juanito el chino y busqué aparcamiento a una distancia prudencial del mismo, no fuera a resultar aquello una inauguración multitudinaria. Desconocía el grado de solidaridad y respuesta de la población china con su paisano (si Juanito era chino, claro) ante este tipo de eventos. Y presentía yo que Juanito era un chino con mucha entidad, tanto para los chinos como para los españoles de Plasencia y alrededores.




Como era un poco pronto, permanecí en el interior de mi coche para tener una visión discreta pero privilegiada de cómo y en qué medida acudía la gente al importante suceso que Juanito el chino brindaba a la ciudadanía placentina y su comarca.

Comenzaron a llegar personas que se fueron colocando en torno a la entrada principal del bazar de Juanito, aunque de procedencia diversa, eran principalmente de nacionalidad china. Y algunos curiosos que pasaban por allí o estaban por la zona, llamados por la sospecha de que hubiera algún ofertón de Padre y Señor mío en el almacén, también acudieron al lugar.

Decidí situarme justo frente a la entrada principal del bazar, no quería perder prenda de lo que allí ocurriera.

Al poco rato, sentí unos toquecitos suaves pero duros en mi hombro:

  • Chacho, ¿qué se cuece aquí? ¿Quién viene? - me preguntó un operario de la construcción que trabajaba cerca del lugar y le picó la curiosidad al ver al grupo de gente cercando el bazar de Juanito el chino.
  • No viene nadie, es que Juanito el chino inaugura su tienda – contesté barriéndolo con la mirada.

Era un hombre rechoncho, ataviado con un mono verde y tenía pintas de cemento pegado desde la punta del pie hasta el cogote. El pelo lo tenía petrificado, con una raya a un lado que daba la impresión que estaba hecha con un cincel. Y las botas tenían la punta levantada y, en la derecha, tenía un agujero en la zona del dedo meñique que este se había encargado de hacer pujando desde dentro. Asomaba una protuberancia tapada por un calcetín de hilo azul oscuro también al borde ya del agujero. Habría que ver ese dedo meñique cómo era.

Protocolariamente, nadie sabía nada del acto. Todos los allí presentes iríamos descubriendo el programa de la inauguración de modo vivencial, a saco y sin pomada.

De repente un murmullo corrió como la pólvora entre los presentes y la gente nos empezamos a acomodar en nuestros espacios. Todo estaba listo para que la puerta principal se abriera y Juanito el chino saliera a realizar el acto preciso de inauguración de su bazar.

Los escaparates estaban cubiertos por manteles de papel blanco pegados con celofán, con lo cual por ahí no podíamos ver nada. Devorados por la curiosidad estirábamos el cuello para intentar ver quién estaba tras los cristales de la puerta principal, pero al estar las luces interiores apagadas dificultaba la visión desde el exterior. Momentos después se podían vislumbrar varias siluetas humanas de espaldas y próximas a la -para ellos- salida del almacén.

De repente, las puertas se corrieron mecánicamente y salieron cuatro personas. Dos chicos y dos chicas, jóvenes. Eran los empleados del bazar de Juanito el chino. Y se colocaron de manera mixta (chico – chica) en columna de a dos y a modo de centinelas a cada lado flanqueando la entrada principal, mirándonos de frente en silencio a todos los asistentes.

Y las puertas volvieron a cerrarse a sus espaldas.

Se produjo un silencio sepulcral y, acto seguido, un galimatías de convesaciones cruzadas entre los asistentes. Dentro del desorden verbal, pude llegar a escuchar que una chica era china y la otra española; y de los chicos, que uno era chino y el otro magrebí. Y efectivamente, mirándolos un instante, se podía estar de acuerdo con esas inferencias. La verdad es que Juanito el chino debía de ser un hombre sorprendente, con un olfato muy agudo para los negocios y las finanzas, porque fijaos qué plantilla laboral se había buscado: multirracial, integrada e integradora, multicultural e intercontinental. Pienso yo que esto dotaría al bazar de una proyección que iría bastante más allá de los límites de la Alta Extremadura.

Deduje que Juanito el chino estaba hecho todo un pillín, porque logró que nuestra curiosidad aumentara hasta límites atlánticos. El personaje manejaba con maestría el hecho de crear misterio y tardar en resolverlo, algo que hace que los seres humanos lleguen a concomerse rozando incluso la ansiedad.

Ahora ya sí, al fin había llegado el momento de poner rostro a Juanito el chino. Todo estaba ya preparado y las puertas a punto de abrirse de nuevo... Y esta vez prometía ser la buena, la definitiva…

martes, 9 de octubre de 2012

CAMINOS INESCRUTABLES I

No recuerdo si he contado aquí, en mi blog, a qué me dedico profesionalmente. Trabajo en el sector público, concretamente en el de la Educación. Soy Educador Social en un instituto de Educación Secundaria de Extremadura, y ejerzo mi labor en el Departamento de Orientación del Centro, con una multiplicidad de funciones relacionadas con la prevención, la intervención socioeducativa, la atención psicosocial y la orientación escolar. Mi acción profesional no sólo se focaliza hacia el alumnado, sino que también está dirigida a las familias y al entorno. Dicho a un nivel técnico aplico un modelo de intervención ecosistémico, sujeto a pautas educativas perfectamente organizadas y sistematizadas.

Cuando leo, tengo por costumbre hacerlo con el mayor silencio posible. Sin embargo, a veces nuestras rutinas se interrumpen por olvidos momentáneos y esto nos puede abrir caminos o vivencias que de otro modo jamás se hubieran producido.

Embelesado con mi novela, me recosté en el diván de mi despacho con la intención de leer largo rato. Cuando ya estaba acomodado me percaté de que no había apagado la radio, con la rabia que da cuando te ocurre eso. Y dejé posar el libro sobre mi pecho, mientras escuchaba la publicidad que en ese momento emitían en la cadena SER de Plasencia.

  • No puedes perdértelooooooo, nueva aperturaaaaa del bazar de Juanito el chinooooo... Acércate y verásssss... Todo tipo de artículos a precios increíblessss... Juanitoooo... el chinooooo... El viernes, cinco de octubre, a las siete de la tarde, acto de inauguración.... Te esperamos... Avenida Martín Palomino, veintiunoooo... Plaaasenciaaaaa...

Tras el anuncio me levanté y apagué la radio, volví a reclinarme sobre el diván y abrí mi novela por la página correspondiente. Después de un periodo de tiempo considerable empecé a advertir que no me estaba enterando de nada de lo que leía, porque mi cabeza estaba en la apertura del bazar de Juanito el chino, y no en las páginas que tenía entre mis manos.

Durante varios minutos tuve una lucha interna de intensidad notable conmigo mismo, en términos freudianos diría que mi perro de arriba y mi perro de abajo se ladraron y se pelearon durante un tiempo. Sí, sí, lo reconozco, estaba no ya sólo tentado, sino barajando de lleno la posibilidad de asistir a la inauguración del mencionado bazar. Quería yo ver qué chino se llamaba Juanito y por qué tenía tanto predicamento en Plasencia.

Con la decisión de carácter irreversible ya tomada, ideé una estrategia de ocultación. Ya me diréis a quién le contaba yo el tremendo planazo de viernes tarde que me había montado sin que pensaran que me faltaba un tornillo. Vamos, le cuento yo a mi círculo de amistades que voy a emplear la tarde del viernes en asistir a la inauguración de un bazar chino y lo menos que pueden llegar a pensar es que me he pegado un coscorrón en la cabeza. Pero el hecho era ya imparable, incluso para mí hasta emocionante. Con toda seguridad asistiría a la apertura del bazar de Juanito el chino. Desde ese mismo momento empecé a dejar desierta mi agenda para la tarde del viernes, cinco de octubre.

El acontecimiento me produjo una psicoactividad inusual, que devino en una aceleración vital. Dejé todo y decidí salir de paseo para evadir mi atención en otros asuntos de mayor enjundia, o más banales pero con la suficiente capacidad evasora.

La verdad es que parece una chorrada, pero no cualquiera ha asistido a lo largo de su vida a la inauguración de un bazar chino. Y más si el chino se llama Juanito.

Sonó el teléfono.

  • ¿Sí?
  • Oye, soy yo, Jorge. Es para decirte que el viernes por la tarde, si no llueve, líbrenos Dios, podemos ir a por las ciruelas.
  • ¿El viernes? Noooooooooo, bajo ningún concepto.
  • ¿Por qué? El viernes es un buen día.
  • No puedo, estoy ocupado.
  • ¡Bueno, seguro! ¿Qué coños tienes que hacer?
  • Una cosa.
  • ¡Jajajaja, ay Pajarraco! ¿Qué cosa?
  • Ná, una.
  • Vamos, que no me lo vas a decir, ¿verdad?
  • Es una bobada.
  • Bueno, pues hala, déjalo. La semana que viene te llamo, ¿vale? Venga, un saludo campeón.
  • Venga Jorge, un saludo. Seguimos en contacto.

No me daba la gana de que nadie me chafara mi asistencia al evento. Y este fue un primer embate bastante potente. Se sucedieron algunos más, pero resistí como un auténtico héroe. Lo peor de todo es que con esta entrada se están enterando de la verdad de aquella tarde de viernes, y soy consciente de que mi reputación va a quedar seriamente dañada.

lunes, 24 de septiembre de 2012

ENTRAGO PUNTO CERO y V

 
Entré en la cafetería y me pedí un refresco de naranja, con la intención de salir a tomármelo en la terraza.

Siempre tomo bebida de naranja porque me produce un retroceso a estados psicológicos propios de mi etapa infantil, y no por conflictos y tensiones no resueltos que diría Freud, sino porque recuerdo cuando mi padre me compraba las míticas Mirindas de naranja en la taberna del tío Pedro Alejandrino o del tío Mero. Pienso yo que este hecho me sitúa inconscientemente en el Nuñomoral de los años setenta y ochenta, y como éramos tan felices allí y entonces, pues ahí está la clave de mi predilección por este tipo de bebida.

Ya en la calle de nuevo, de pie en la acera, miré a Pepín y, a modo de brindis, levanté mi vaso de tubo e incliné mi cabeza ligeramente. Él me correspondió con una amplia sonrisa. Y acto seguido marché en dirección contraria de donde él se encontraba, hacia un malecón situado junto al río Teverga. Tomé asiento sobre una piedra plana, en la densa umbría que formaba la arboleda sobre el curso del río y sus orillas. Y como una melodía dulce de Joao Afonso el vibrato de la corriente del río daba pellizcos a mi alma, mientras yo me dejaba llevar por la fantasía de los mundos de las ilusiones cumplidas. Entrago: punto cero del camino a la gloria.


Pasados tres cuartos de hora regresé a la terraza “Peña Sobia”.

  • Mira Manolín, te voy a presentar a un extremeño curioso – gritó Pepín apenas me vio aparecer por las inmediaciones de la terraza.

Junto a él, compartiendo mesa, se sentaban ahora Manolín y una mujer que destacaba porque hablaba a grito pelado. Eso sí, les dispensaba un trato exquisito a los dos. Me la presentó Manolín como Mónica y era una de las cuidadoras que los atendía en la residencia que anteriormente había reseñado Pepín.

  • ¿Cómo está usted, señor Manolín? Me encanta saludarle, me gusta mucho conocer gente que deja huella –le dije mientras le estrechaba la mano y tocaba su hombro.

Ante la pasividad postrera de Pepín, que pareciera como si hubiera cumplido su objetivo presentándome a Manolín, fue este último quién tomó las riendas y me presentó a Mónica.

  • Mira, ella es Mónica. Una moza que nos cuida muy bien –dijo Manolín con una voz extremadamente aguda, afilada.

Al tiempo que le daba dos besos, en el punto de máxima aproximación de ambas mejillas, pronuncié su nombre con un timbre de voz afectivo, a medio tono, buscando una rara conexión con ella.

Recordé el aserto de los sabios indios que dice que en todo encuentro está la simiente de la separación. Y mi corazón se apenó.

Volví a situarme junto a la puerta del establecimiento, en la misma silla que ocupé al principio, cuando entablé la primera conversación con Pepín.

Y ellos, ajenos a otras vidas, rodeados de una espiritualidad incomprensible, continuaron charlando y riéndose como si aquel momento pudiera ser su último suspiro. A diferencia de millones de seres humanos, ellos no esperaban la noche, sino que vivían y gozaban la tarde.

Pasaban ya las cuatro y media de la tarde y esto significaba que el momento de regresar a Trubia estaba cerca. Sin embargo, mi voluntad se resistía a la realidad del regreso, parecía como si mi lugar estuviera allí, como si nunca debiera volver, como si aquellas gentes y aquellas montañas fueran millones de finas raíces que impidieran al destino arrancarme de allí.


Pasó un coche por la carretera y su conductora tocó el claxon de tal manera, que hizo que todo el sistema del cerebro de todos los que estábamos apaciblemente sentados en la terraza se pusiera en guardia.

  • ¿Qué pasa homeeee? Paez que tamos en Uviéu, ¡coyones! –saltó Manolín, con una voz tal vez más molesta aún que el sonido de la bocina del coche.

La señora del coche, que llevaba la ventanilla bajada, a media voz, dijo:

  • ¡Irdus a la merda!

Después de lamentarse de la mala educación de la señora, se rieron un rato de su “lengua de trapo” y, Mónica, no solo les contó a ellos, sino que contó para todo el barrio, a juzgar por su volumen de voz, una anécdota de su hermana pequeña.

  • Esta es como la mi hermana la Ana María. Ella de chica ni leía bien, ni entendía bien las letras y ni las pronunciaba bien. Y entonces no era como hoy, que hay en los colegios de todo para atenderlos. Cojiela yo y la llevé a Oviéu al logopeda y hoy bien que larga. Y se rió.

Todos rieron, porque allí se reía y se quería.

Respiraba los últimos momentos de mi estancia en Entrago, el final de un día maravilloso que siempre conservaré en mi memoria. Sonaron cinco campanadas provenientes del reloj de la torre principal de la iglesia del pueblo, una hora muy prudente para coger mi bicicleta y emprender mi vuelta.

Mientras comprobaba la presión de las ruedas, el buen funcionamiento de los frenos y del cuentakilómetros, Pepín, Manolín y Mónica seguían charlando animadamente.

  • A ver Manolín, tú que eres tan listo y lo sabes todo, ¿a que no sabes cómo se colocan los cubiertos en una mesa de estas finas, de alta alcurnia? –preguntó Mónica.
  • Puessss, depende –dijo pausado Manolín.
  • ¿Cómo que depende? Depende, ¿de qué? –insistió Mónica.
  • De si el comensal es zurdo o diestro –soltó tan aireado Manolín.

La explosión de risas fue mayúscula, se desternillaban todos de risa, no se podían contener… hasta que mi voz le puso, seguramente, un paréntesis.

  • Bueno gente, marcho ya de este bonito lugar. Si alguna vez fuérais a Nuñomoral, siempre seríais bienvenidos.
  • Vale hombre, que te vaya bien, vuelve pronto –contestaron al unísono.

Y sin más dilación para no correr riesgos de emociones traicioneras pegué una fuerte pedalada que simbolizaba, como poco, el sueño eterno de al menos un año más.

A las afueras ya de la población paré mi bicicleta y de nuevo miré hacia las montañas que rodeaban al pueblo. Me prometí que volvería a ese lugar encantado, que el camino que dejaba atrás lo volvería a pisar. Y escribí una última nota en mi cuaderno de a bordo, le hice una fotografía antes de arrancarla del mismo, introduje el papel en un casco viejo de cerveza y lo escondí tras un árbol, junto al río. Me vine con la esperanza de que alguien lo encontraría algún día y, sobre todo, con el deseo de que lo llegaran a leer Amelia, Goyo, Pepín o Manolín… y que atinaran a pensar en mí.


Y sin más demoras pedaleé con fuerza hacia el planeta que habitamos, hacia la esfera de la tierra, con la completa seguridad de que allí, detrás del mundo, en las bambalinas del teatro de la creación y la existencia, a espaldas de los callejones sin salida del ser humano, en el sepulcro natural de la ideación de un planeta habitable, se encuentra un lugar en el que los sentimientos y los sueños de los seres humanos están por encima de los objetivos globales e interesantes que un día nos trajo el nuevo mundo.

Entrago punto cero…



domingo, 16 de septiembre de 2012

ENTRAGO PUNTO CERO IV

Mi conversación con el señor Goyo y el halo de sosiego que desprendía el pueblo, generaron en mí una grata satisfacción interior.

Paseando hacia la parte nordeste del pueblo apareció ante mí una pintoresca casa con un aspecto impecable. En su parte lateral izquierda, pude ver un cartel con una inscripción en piedra que decía: “Antigua casa del ingeniero”. Esto me hizo pensar que las casas no tienen encanto, tienen historia. Y tienen historia en tanto que a lo largo de su existencia albergan en su interior vidas de distinta naturaleza, especie, forma, número,… Dentro de cada casa hay ocultos una ingente cantidad de secretos, de recuerdos, de lamentos, de sonrisas y, sobre todo, de lágrimas.



Advertí la presencia de un hombre que me observaba desde las rejas que rodeaban la entrada principal de la casa frontera a la que yo miraba. Como apenas pasaba gente por allí, decidí acercarme a este hombre para hacerle una petición:

 - Hola, buenas tardes. ¿Me haría usted una foto junto a esa casa?
- No puedo, soy guardia civil –dijo con tal rotundidad que cualquiera hubiera pensado que una de las prohibiciones más sagradas de un guardia civil es no hacer una foto jamás y bajo ninguna circunstancia.
- Ah, vale. Gracias por haberme atendido y disculpe la molestia.
- Nada –apostilló con desgana.

No sé el porqué, pero no me creí que fuera guardia civil. Entre otras cosas, porque tenía la correa desabrochada y los zapatos sucios. Y todos sabemos que esto contraviene al mismísimo prontuario del admirado cuerpo de naturaleza militar que es la Guardia Civil. Dicho esto, no comento absolutamente nada más de este señor, no vaya a parecer que me sentó fatal que no me hiciera la foto.

Crucé un puente y enfilé de nuevo hacia el centro del pueblo. Apenas había andado doscientos metros divisé a cierta distancia un señor sentado en una silla de ruedas de espaldas a mí. Hice de ese instante un momento eterno, porque estaba seguro de que era él, Pepín. Busqué una perspectiva que me permitiera verlo mejor y verificar que, efectivamente, era Pepín.

No había duda, era él. Escondía su rostro tras las mismas gafas oscuras, tal vez ocultándole al mundo el dolor de una mirada a la que un día le quebraron el horizonte de la felicidad. Justo cuando me encontraba próximo a él, asió los aros propulsores de las ruedas traseras de su silla y con un fuerte impulso emprendió el camino a la cafetería del restaurante “Peña Sobia”.

Esperé un tiempo prudencial para que mi llegada a dicho establecimiento pareciera casual. Al fin y al cabo, en la puerta de la cafetería me resultaría más fácil establecer algún tipo de comunicación con él.

Llegué a la terraza de la cafetería y me senté junto a él, a su izquierda. Los dos mirando de frente, hacia la carretera.

- Disculpe, ¿vive usted aquí, en Entrago? –pregunté inclinándome hacia él, mientras miraba su perfil.
- Yo no vivo en ningún lado –contestó sin mirarme.
- ¿Cómo? –interrogué sorprendido.
- Ahora bien, si a usted le interesa saber dónde habito, pues sí, aquí en Entrago, pero yo vivir, vivir, hace tiempo que dejé de vivir en ningún sitio –refirió con todo lujo de detalles sin mover un solo músculo de la cara.  Más concretamente en la residencia aquella que hay allí arriba (señaló con el dedo) -apostilló. 

Lo comprendí de forma inmediata, yo también haría lo mismo. Dejaría de vivir y pasaría a habitar. Perfecto. Una discapacidad es una realidad con la que es muy difícil empatizar sin que nos veamos invadidos por la compasión, por la lástima. Y ningún ser humano soporta ser compadecido, ni se sostiene psicológicamente dando lástima.

- ¿De dónde viene usted? –preguntó sacándome de mi abstracción.
- De Extremadura, de un pueblo del norte de Cáceres llamado Nuñomoral –contesté inmediatamente.

No sé si la situación estaba lo suficientemente distendida, pero decidí arriesgarme a ir un poco más allá. Después de todo, mis palabras podrían no llegar a sumar, pero tampoco me arriesgaba a que restaran.

- Conozco su nombre, se llama usted Pepín. Estuve por aquí hace un año y le vi en el mismo sitio que ahora ocupa, estaba usted con otro señor que respondía al nombre de Manolín –relaté de un tirón.
- ¡Coño! ¿Y se fijó usted en un pobre discapacitado? –exclamó e interrogó con idéntico tono de voz.
- No. Bueno en principio puede que sí, que me fijara en su discapacidad, ya sabe que lo que más detesta el ser humano es lo que más seduce su retina, vea usted qué nos pasa con los accidentes, los asesinatos, los suicidios, etc. Sin embargo, debo confesar que lo que realmente me llamó la atención de usted es el cariño con que se dirigía a una señora mayor que se acercó a comprar verduras a un vendedor ambulante –relaté con voz pausada y mirándolo a la cara.
- ¡Ahí va la hostia, lo que sabe el extremeño! –exclamó mientras su semblante serio era transformado por una sonrisa.

Sonreí e intencionadamente me quedé callado, quería comprobar si el silencio era comprometedor, incómodo. O por el contrario era un silencio necesario que complementaba nuestra conversación.

jueves, 6 de septiembre de 2012

ENTRAGO PUNTO CERO III

Una comida hecha con paciencia, con cariño, con delicadeza, con pasión... que sabía a gloria.






- ¿Qué tal, cómo ta tou? ¿Gusta ye? –preguntó Amelia.

Un año es una fracción de tiempo importante, razonablemente larga, aunque hoy no lo percibamos. Mientras saboreaba esa estupenda comida y observaba cómo Amelia no paraba un momento, tenía la sensación de llevar todo un año sentado allí, como si el tiempo no hubiera corrido, como si aquellas rocas y aquella gente lo hubieran detenido.

- Sabores lejanos, me encanta. Muchas gracias –respondí.

Mientras esperaba el postre, reparé en un señor solitario que comía en una mesa a mis espaldas. En lugar de sobre la mesa, tenía el vino y su vaso colocados en una silla junto a él, como si en la mesa no tuviera espacio suficiente. Al cabo, de repente, giró sorpresivamente su cabeza hacia la izquierda y me pilló observándolo. Al ver su cara me quedé clavado, sorprendido. Era él, el mismo señor que un año antes me reveló el secreto de la existencia de esta terraza.

Cuando Amelia llegó con el postre, inmediatamente le dije que conocía también de vista al señor que se sentaba al fondo.

- ¿A Goyo? Sí, ye de la casa –contestó con una sonrisa.
- ¿Familiar? ¿Vive con ustedes? –interrogué interesado.
- Non. ye un vecín del pueblu, ta xubiláu, ye viudu y come tolos los díes equí –replicó Amelia.

Pensé en alguna maniobra de aproximación a Goyo, en una vía válida para llegar a él, en una frecuencia adecuada para sintonizar con él.

Me levanté de la mesa y me coloqué en el borde de la terraza mirando hacia el río, simulando una observación exhaustiva del mismo que no se estaba produciendo. Y al momento, cuando estaba seguro de que Goyo ya me había mirado, rodeé una mesa y llegué hasta él. Puse mi mano sobre su hombro y le dije:

- Que aproveche, señor Goyo. Sé su nombre porque me lo ha chivado la señora Amelia.
- Gracias, hombre –respondió alegre con una voz clara y una sonrisa realmente preciosa.
- Señor Goyo, ¿en este río hay truchas? –pregunté apelando a la autoridad de su sobrado conocimiento acerca de todo lo que tuviera que ver con su tierra.
- ¡Muchas, ahora mismo te las enseño! –aseguró absolutamente confiado.

Tras ver las truchas, decidió acompañarme a la puerta principal del restaurante, donde él pasaba sus tardes sentado en una silla, junto a la carretera general del pueblo. No sé porqué, pero ver pasar coches es otra de las aficiones más comunes que tienen los jubilados.

En pie, junto a la carretera, me hizo un resumen de su vida. Me dijo que había estado trabajando en el País Vasco la friolera de cuarenta y ocho años, entre San Sebastián y Vitoria. Toda su vida fue soldador, según sus propias palabras “un gran soldador, de los buenos de verdad”. Y para apuntalar su afirmación me contó una anécdota bastante curiosa. Me relató que en cierta ocasión lo hicieron desplazarse a Francia para un trabajo notablemente delicado en un aserradero, en una localidad situada a 40 kilómetros de París (el nombre de la misma no lo desveló), permaneció allí más de tres meses y, anticipándose a mi pregunta, afirmó literalmente: “ni se me pasó por el magín asomarme por París, ya ves tú”. Cuando había finiquitado toda la faena, siguió contándome, que el gerente del aserradero, ya estando en su coche para regresar a España, se acercó a él para felicitarle por su buen trabajo y para despedirse. En señal de agradecimiento, incluso de afecto, el dueño del aserradero estrechó su mano al tiempo que le entregaba un sobre cerrado. Goyo pensó que el sobre sería una carta de agradecimiento y lo lanzó al asiento trasero de su coche. Sin embargo, en una parada en el camino, le dio por abrir dicho sobre y contenía ni más ni menos que 3.500 francos franceses.

- ¡De los de la época, no te puedes tú imaginar la tremenda propina que era esa, paisano! Cuando lo abrí pensé emocionado en mi mujer y mis fíos –terminó casi emocionado, pienso yo que más por el recuerdo de su difunta esposa que por la anécdota o la propina.

Traté de que se viniera conmigo a tomar un café y declinó la invitación. El recorrido de la conversación había terminado y decidí despedirme dándole la mano y abrazándolo de forma medida. “Volveré”, pensé para mis adentros.

Estos dos encuentros produjeron en mi interior un efecto muy especial, hicieron mover mis sentimientos como el centelleo de las estrellas que vemos a lo lejos en las largas noches de insomnio, en mi corazón bailaban luces punzantes, intensas, variables, persistentes…


Pero aún tenía pendiente dos encuentros más…






viernes, 31 de agosto de 2012

ENTRAGO PUNTO CERO II

Automáticamente motivado por mi objetivo, me apresuré a entrar en el pueblo y recorrer algunas de sus calles. Hice un recorrido lento y pausado, disfrutando de imágenes divinas combinadas con rayos de luz y poesía; y de olores sedosos portados por aires que corrían encallejonados por las estrechuras laberínticas que conformaban la cercanía de las casas.


Me dirigí directamente a un restaurante llamado “Peña Sobia”, nombre puesto en honor a una de las rocas que circundaban el pueblo. Ya en la puerta, recordé cómo fue la primera vez que llegué hasta allí. Estaba leyendo el menú escrito en una pizarra abierta en tijera que había en la acera, y un señor me dijo desde el otro lado de la calzada:

- Si ties pensáu comer ende, aportunar que quies faelo na terraza trasera.

Miré sorprendido y vi un hombre sentado en una silla con el respaldo de la misma del revés, tenía sus brazos cruzados y apoyados en dicho respaldo y su barbilla pegada a los mismos. Su mirada estaba cargada de bondad y su sonrisa era abierta y amable. Su edad rondaría los sesenta y siete o sesenta y ocho años.

- ¿Qué? Ah, ¿detrás hay una terracita? Muchas gracias, comeré en ella, si tengo mesa.

Este año, sin embargo y curiosamente, no había ningún lugareño en la puerta del restaurante. Sin leer menú, entré al local y, con experiencia y determinación, pregunté al dueño si tenía espacio para comer en la terraza.

- Sí que lo hay, pero, ¿y si llueve?
- Bueno, me arriesgo.
- Vale, pase.

La terraza con más encanto no sólo de España, sino del mundo. Suficiente, acogedora, rústica, sencilla, simple, encantadora… paraíso de la quietud, la serenidad, la calma, la tranquilidad.


Tomé asiento y un hilo de voz salió de ningún sitio diciéndome que ya mismo me atendían. Me recosté sobre el respaldo de la silla y cerré los ojos un momento, mientras escuchaba el concierto que el sonido del agua del río me ofrecía a su paso, una composición musical titulada “El encanto de la vida simple”, un allegretto en Fa mayor que ensanchaba mi corazón.

- Bonos díes, ¿digo yel menú? – me despertó una voz fina, cansada, pero alegre y de precioso timbre.

Era ella, Amelia, una señora cercana a los setenta años que me atendió el año anterior y que era una de las personas que yo deseaba volver a encontrar.

- Sí, por favor. Muchas gracias – contesté mientras le sonreía.

Trabajaba con una dignidad envidiable. Reconozco que ardía en deseo de entablar con ella algún tipo de conversación que fuera más allá de lo gastronómico. Y ella se encargó de elevar mi ilusión a cotas tan altas como las cordilleras que paraban el mundo antes de que este llegara hasta nosotros.

- De primeru, arroz con salchiches y güevos frites; y de segundu, picadiellu de gochu con pataques frites. – me cantó el menú del día.
- ¿No hay fabada? – pregunté confiado.
- Ay, siéntolu, pero güei nun fiximos – contestó lamentándose.
- No hay problema, el menú que me ha relatado está bien – le dije con una sonrisa intentando calmar su lamento.

Justo cuando fue a darse la vuelta, a medio giro, con su peculiar forma y su mirada medio apagada, me desarmó con una afirmación absolutamente inesperada para mí.

- La so cara resultame conocida, la recuerdu. Tieni usted unos ojos de un azul intenso, una mirada difícil de olvidar.

No pude articular palabra, claro. ¿Qué decirle a una mujer que me había robado literalmente las palabras? ¿Se las devolvía? ¿Buscaba la originalidad aún a costa de inventar o mentir?

- Gra… Yo… Gracias. Yo también la recuerdo, estuve comiendo aquí hace poco más de un año y me sirvió usted –le contesté mientras terminaba de asimilar sus palabras.
- ¿De dónde vien, de Uviéu? –volvió a interrogarme.
- ¡Huy, qué va! Vengo de muy lejos, de Cáceres. De una zona similar a esta, soy de un pueblo que se llama Nuñomoral – me explayé ya más relajado.

Sin decirme una palabra más fue a buscar mi comida.