miércoles, 16 de enero de 2013

HOSTAL ROMA III

Para rematar mi estancia en el Hostal Restaurante Roma, no podía faltar otro episodio básico, esencial y propio de estos bares de carretera: ¡¡EL AUTOBÚS DE JUBILADOS/AS!! Desconozco el motivo, pero este siempre llega cuando estás tú. Y suele aparecer de improviso, en el momento que menos te lo esperas, cuando en el interior del bar ya se daba todo por perdido, ya oliera a final y ya los camareros estuvieran a punto de bajar los brazos, por eso a estos últimos les sienta como un tiro cuando los ven entrar. Bueno, no nos engañemos, y también por su escaso consumo.

Para facilitar el trabajo a los camareros, retorné mi taza vacía a la barra y, cuando la estaba dejando sobre el cristal superior de una de las mencionadas vitrinas de pinchos, escuché a mi espalda una especie de sonidos inarticulados propios del interior de una caverna o una cuadra (¡szrr!¡szrr!¡szrr!). Me giré de inmediato un poco asustado y resulta que era un hombre de mediana edad tomándose un café a sorbo vivo, porque este estaba excesivamente caliente. ¡¡Qué impaciencia, Dios!! Y fue este mismo señor, con los labios regados de café y vaporizando el ambiente el que señaló la puerta del local con un gesto de cabeza y mirando a los camareros con una especie de sonrisa fraudulenta les dijo en voz alta:

- ¡Ahora se os quita el aburrimiento! Jejeje... ¡Coju, coju, coju! –exclamó, rió y fue asaltado repentinamente por una tos de ciclo tres.

Era, efectivamente, el autobús de jubilados/as, que siempre aparece en la puerta de estos lugares de golpe, sin que nadie lo vea llegar, como si cayera del cielo... Vamos, que terminas de mirar por los ventanales del local hacia afuera sin ver novedad alguna; vuelves a mirar acto seguido y ya está el autobús en la explanada con las puertas abiertas y un montón de personas mayores de ambos sexos bajándose.

Cuando comenzaron a acceder al local las señoras y los señores y los señores con sus señoras, pude comprobar que en este hecho concreto también existe una uniformidad nacional, es decir, siempre entran a este tipo de establecimientos de modo idéntico nuestras personas mayores.

Pasaron al interior del local en fila india, y esta fila, como siempre, tenía una rígida composición mixta que podemos denominar de cremallera: hombre/mujer, hombre/mujer, hombre/mujer...

Y presencié la estampa común de estas entradas: según acceden al bar nuestros jubilados barren con la mirada todo el local. Y siempre hay uno que tose, otro que entra poniéndose un jersey (suele ser de pico gris o marrón) y al terminar su mujer le estira del mismo casi con violencia para colocárselo, otro con los morros en disposición de silbar (pero es un silbido mudo, eso sí) y otro que solo entrar sale otra vez corriendo para afuera, porque supuestamente se le ha olvidado algo. Finalmente, el último que entra parece un pato mareado, suele tener un gesto facial de “¿cómo me veré yo en estas y aquí?”. Eso sí, todo hay que decirlo y entenderlo: entra con un bolso de mujer agarrado de la mano y un pañuelo también de mujer colgado del brazo. Está pues la cosa clara, a este lo ha retenido su esposa en la puerta del autobús para acicalarse ella antes de entrar en el establecimiento. Por eso, estos últimos, entran más rezagados. Ya sabemos todos cómo funciona la vestimenta de una jubilada en invierno, desde que empieza la cosa en su piel hasta que sale al exterior parecen aunténticas muñecas de trapo: braga, faja, medias, enaguas, combinación (o algo así), felpas, blusa, chaqueta, abrigo, pañuelo... ¡¡Menuda zurra de ropa!! Así suenan sus andares cuando pasan a tu lado caminando, es un ruido similar al movimiento de la cola de un caballo (sfss, sfss, sfss). La licra de la faja, con el roce del reverso lateral de las piernas a la altura previa al cigüeñal, contribuye mucho a este sonido. Es normal, oye, hablamos de una zona muy comprometida, digamos que de máximo riesgo por todo lo que representa esa región del cuerpo.

De nuevo volví a tomar asiento en la silla de una de las esquinas del local, para observar un rato el novedoso panorama desde allí.

¡¡Qué graciosas son las personas mayores!! Tienen un comportamiento similar a los niños, aunque podemos decir que con más raciocinio. Pero la operatividad es idéntica, aunque en sentido inverso. Me explico e ilustro con un ejemplo: los niños de hoy adoran a sus abuelos y cuando viajan con sus padres los echan mucho de menos, y les compran platitos de china con la inscripción “Para los mejores abuelos del mundo”. Y los abuelos, en las mismas circunstancias, en sus excursiones, recuerdan a sus nietos con un amor inmenso y les compran algún lapicero gigante o muñeco que lleve xerografiado “Para mi nieto preferido”.

No os creáis, pero recordé mucho a mis padres, que hoy ya el paso del tiempo los ha hecho débiles y vulnerables. De repente, me sentí invadido por una pena inmensa.

Y con millones de pensamientos bullendo en mi cabeza, entre el revuelo que había en el interior del local, sentí que había llegado la hora de recoger mis bártulos y marcharme. Podría haber apuntado todavía unas cuantas de cosas más, pero tampoco era plan. Ni tenía ánimo ya.

En cualquiera de los bares de carretera que he estado a lo largo de mi vida, independientemente del lugar donde se encontraran, las vivencias pasadas han sido idénticas o muy similares, por ello el día que “aterricé” en el Hostal Restaurante Roma se me ocurrió anotar la experiencia y contarla como homenaje a este tipo de establecimientos.

¡¡Ay!!

jueves, 10 de enero de 2013

HOSTAL ROMA II

La barra de estos locales, se constituye como la divisoria de dos realidades diferentes, pero igual de apasionantes. Partes diferenciadas, perfectamente trabadas, que forman un todo común, quedando la propia barra erigida en una especie de frontera física de uso común... o de tierra de todos. Depende.

En la parte exterior de la barra del Roma (repito, y de todos estos establecimientos), digamos la de los clientes, nos encontramos en primer lugar con los insignes taburetes, todos cortados por el mismo patrón. El forro del asiento -¿cómo no?- era de escay marrón claro e iba relleno de espuma (a veces, el forro es negro). Estaban deshilachados por varias partes y en la zona central tenían casi todos algún agujerito hecho ya. En la junta del asiento con la barra esférica de acero cromado que lo sustenta, uses el que uses, hay una pequeña holgura que cuando tomas asiento notas a través del culo y vía interna como una especie de leve balanceo acompañado de los correspondientes cracs mudos. Y por si esto fuera poco, nuestro afán de enredar nos lleva a posar los pies sobre el reposapiés integrado, apretar ligeramente y darle funcionalidad al giro del asiento del taburete. ¡¡Ay el taburete, válgame Dios!!

También podemos ver a este lado de la barra, además de las mesas y sillas propias de bar, un sinfín de vitrinas acristaladas atestadas de llaveros, juguetes, canecas de china, aceite de oliva, dulces y porciones de queso y chacina diversa envasado todo al vacío.

Y por último, en el techo se pueden observar unas cuantas de luces amarillentas y un par de ventiladores. Ventiladores que, por otro lado y dicho sea de paso, jamás nadie hemos visto girar en ninguno de estos bares.  ¡Cuidado si no son de adorno!

Tras la barra del hostal, gobernada por tres camareros y una camarera, con chalecos y pajaritas que harían las delicias de José Luis Moreno en una de sus galas televisivas, en el frontal, había un mueble oscurecido de madera con una infinidad de anaqueles donde se colocaban todas las bebidas y demás productos de consumo propios de bar. Hacia la izquierda tenía una zona sin mueble, despejada, con una barra metálica fijada a la pared en horizontal de donde colgaban dos lomos, tres chorizos y un salchichón (¡pobre salchichón, siempre es del que menos hay!), en este orden de izquierda a derecha. Y justo debajo de estos manjares, sobre una mesa de madera cuadrada, singular y con una altura de poco más de un metro, tenían un jamonero con un jamón empezado que parecía que estaba cortado a puñetazos. Ya más a la derecha estaba ubicada la típica máquina hostelera de hacer zumos, máquinas que parecen plataformas de la NASA por su estructura, ya que tienen un diseño que ríete tú de la torre Eiffel. Se componen de un ilimitado manojo de alambres, hierros y latas, que las dota de una enorme complejidad. Hace muy difícil encontrar una explicación lógica del proceso de exprimido de las naranjas. Ya me contaréis quién entiende ese conjunto de fases, desde que las naranjas inician su descenso -enteras, eh- desde la parte superior de la maquinita por un túnel cercado de varillas, hasta que desaparecen dentro de la máquina y nos impide observar adónde se divide la naranja en dos y cómo se presiona para conseguir el zumo, sin que nadie vuelva a saber nada del destino de las cáscaras de la naranja. Supongo yo que esto será cosa de brujería, claro. Me creo yo que sí. Vamos y si no, el que más sepa, más diga, que dirían en mi pueblo, Nuñomoral.

Tampoco quiero olvidar la puerta que hay tras la barra. Esa misteriosa puerta por la que los camareros y camareras entran pegando unos bocinazos ensordecedores, mientras la abren de una patada. Todos sabemos que tras ella está la cocina por el circulito acristalado/aceitado que tienen en la parte superior, el cual facilita que desde fuera siempre veamos una mujer semiinclinada con un gorrito blanco, no se ve más ni se sabe nada más.

Como colofón, detrás de la barra, además de la típica fotocopia superaumentada (A3) en blanco y negro de un décimo de lotería (vete tú a saber si de Navidad, porque vayas en la época que vayas está), ocupaba un lugar preferente la célebre cafetera. Y esta al parecer tenía un cabreo importante, porque hacía un ruido infernal. Tenía un carácter vivo y animoso y se traía ella solita un resuello permanente que te hacía sentir amenazado, de verdad. Por si era poco con la respiración violenta del aparato, cada vez que algún camarero la manejaba, aquello se convertía en una especie de fábrica de cencerros, cascabeles y campanas, de la tremenda escandalera que montaban, algo inenarrable: molían café, quitaban el prensador del mismo de la cafetera y pegaban un porrazo descomunal en un cajón negro como un tizón (¡¡¡TOC!!!), cogían las tazas y los platos con unas mañas que parecía aquello un concierto de castañuelas (ni sé cómo no se hacía trizas), luego echaban leche en un recipiente de acero inoxidable y al ponerla en el vaporizador para calentarla, bramaba de tal forma que ahí la cafetera ya descargaba toda la pasión, toda la indignación y todo el enojo que le producía estar allí. Vamos, que permaneces allí sentado un tiempo prolongado y al tercer café que sirvan estás ya como una tapia. ¡Por eso en estos establecimientos se expresan a voces limpias!

Concretamente la barra del Roma tenía forma de L tumbada, con el palito largo hacia la derecha. Y sobre la barra, claro está, quedaban los espacios que quedaban, que eran más bien poquitos.

Había tres vitrinas de pinchos, de las cuales, una de ellas, la de la izquierda, estaba literalmente atestada de dulces diversos envueltos en plásticos (digo yo que esta no estuviera enchufada, claro). La del centro tenía pinchos varios, tales como pescadilla rebozada, rabas de calamar, ensaladilla rusa, empanadillas mini y croquetas caseras (caseras, jejeje). Y en la vitrina de la derecha es donde tenían la verdadera metralla, las bombas de colesterol que tanto nos entusiasman: morros a la plancha, rabo de cerdo en salsa, orejas picantes, panceta con pimientos verdes, barbada con tomate, magro de cerdo y salchichas frescas troceadas con patatas fritas. Francamente, a esa hora, era una imagen fascinante. Aparte de toda esta ingente cantidad de viandas, se hallaban sobre la barra también los palilleros, los servilleteros y demás zarandajas características de la barra de un bar. Ciertamente los espacios para poner las consumiciones quedaban muy mermados. Esto puede responder a premisas y factores propios de la mercadotecnia o del marketing emocional, es decir, obligar de manera encubierta a la gente a tomar asiento en una mesa para, desde una posición de mayor comodidad física, se acentúe el relax de los sistemas de alerta del cerebro, se eliminen sus filtros y el usuario aumente el consumo. No sé. Tal vez sí. Bueno, en todo caso, Dios y ellos lo sabrán...

lunes, 7 de enero de 2013

HOSTAL ROMA I

Donde realmente se ve la calidad y la dimensión de un o una artista, en este caso particular cantante, es en los expositores de venta de compactos que todo bar de carretera que se precie tiene en su interior. En serio, no miento.

Mientras daba buena cuenta de un plato combinado en una de las mesas del bar del Hostal Restaurante ROMA, en plena Nacional 630, a la altura de Hervás, provincia de Cáceres, me fui percatando de que este tipo de establecimientos encierran todo un mundo. Todos tienen idéntico perfil y todos generan unos contextos donde el ser humano proyecta las mismas actitudes, lo cual calca una serie de vivencias que toda persona ha experimentado alguna vez, aunque existan ciertos matices diferenciales.

Primero, en cuanto al nombre, estos locales, es cierto que también manejan un número muy reducido, ya que todos, absolutamente todos los negocios de estas características del Estado español se llaman Roma, Lisboa o El Avión. No hay más, así de claro. De verdad.

Finiquitada la comida, y ya con la decisión tomada de invertir un tiempo determinado en analizar la dinámica de estos locales, aprovechando que me había levantado a la barra a pedir un café solo, me acerqué al expositor de venta de discos compactos, el otrora expositor de “cintas” o casetes (¡madrita querida!), y observé que era un cuerpo rígido, tridimensional a la percepción humana, con forma rectangular y dispuesto en vertical, de unos setenta centímetros de largo, con cuatro caras de una anchura precisa con espacio para tres cajetillas de cd´s. Y toda esa plataforma estaba sustentada por una barra metálica tubular que, en su base, tenía soldadas cuatro patas, también metálicas y también tubulares, que le daban un perfecto equilibrio y hacía difícil o imposible su caída, aun llegándose a producir algún tipo de colisión involuntaria.

En dos de las caras, los discos, costaban 6,95 €. Y en las otras dos, 10,95 €. (qué hijoputa es el 95 al final de los precios, ¿verdad?).  Sinceramente, eran precios puestos por el mismísimo Satanás. Bien, pues, los artistas que conformaban el elenco del 6, 95 eran, entre otros: Los Diablos, Luis Cobos (¡con lo que fue y donde lo han bajado estos bares!), Caribeño Total Varios, Guitar (lo pone así), Los Mustang (¡Virgen Santa!)... Y el catálogo de artistas del 10,95 lo componían: Nek (¡¡menuda rabia le dará a Luis Cobos que esté este aquí!!), Andy y Lucas, Joaquín Sabina (los discos de cuando casi cantaba en la Mandrágora), Dani Martín, Chenoa, David Bustamante (¿Qué? ¿Es para que esté Luis Cobos hasta la coronilla de estos top ten o no?), Leona Lewis, Technics (The Original), etc. Anda queeeeee…

Me temo que realmente existe una especie de conspiración oculta contra Luis Cobos, aunque esté feo comparar, ahí veo yo cantantes de menor entidad que él. Está visto, la clasificación de estos expositores está hecha de manera endiablada.

-    ¡Caballero! ¡Caballero! Su café, por favor -exclamó el camarero.

Me aproximé a la barra, mientras sonreí al camarero, mostrándole mi agradecimiento con una inclinación ligera de cabeza. Pagué todo, cogí mi café y me coloqué en una de las mesas del bar para seguir con mi observación. Y eso que me había dejado bastante afectado la clasificación de los artistas que había visto hacía escasos minutos. Bien pensado, para algunos/as, será como una especie de puñalada trapera, porque ellos también viajan y paran en bares de carretera, vamos de hecho yo vi una vez en uno a Paloma San Basilio, cerquita de Vitoria. ¡Menudo pastillazo tiene que ser pararte a tomar un café y verte clasificado por tu trabajo de ese modo tan perverso! ¡En fin, le debe quedar a uno el cuerpo como para andar cantando!

La barra era metálica, de color plata. Este tipo de barras, a veces, pienso que debido a las vitrinas donde se ponen los pinchos calientes, cuando apoyas los brazos sacuden ligeros calambrazos. Estas descargas, sufridas así de improviso, son muy desagradables, pero como no puedes actuar como un energúmeno en presencia de tanta gente, al tercer zumbido que te sacude aprietas los dientes con los labios bien bajaditos y optas por escapar lejos de la barra cruel y castigadora. ¡¡Vamos hombre, hasta ahí podíamos llegar entrar en un bar a consumir y salir completamente estremecido de tanta contracción espasmódica y dolorosa!!

sábado, 15 de diciembre de 2012

PALABRAS DE MUJER

De los días grises y tristes que te recuerdan el calor de sus abrazos y el olor de sus sábanas; a sus palabras susurradas en tu oído de manera suave y remisa, mostrando los matices mágicos del amor.

De las mañanas de campos glaciares, de días que nacen heridos de muerte por la ausencia de colores, por los golpes mortales de las sombras poderosas que emanan del misterio de la vida, y zarandean tu ánimo mientras buscas una senda cuyo final sea el cálido perímetro de sus brazos rodeándote.

De las tardes casi negras que te inspiran creaciones que escapan a la capacidad del ser humano, que producen una belleza indescriptible muchas veces empujada por lágrimas hirvientes, que rozan en su magnitud el misterio inmenso de la muerte, y que bailan con tu sentimiento descubriéndote que la vida es muy bonita, pero que sin él no es tu lugar.

De las noches pardo oscuras, de negro sobre negro, de nube negra, de magia negra, de misa negra, de arte negro, de pan negro, de semblante negro; de manos tendidas ansiosas de acariciar bajo sonrisas negras, de besos de sabor a barba negra, de sexo bajo sábanas negras, escuchando música negra… de las noches que recuperan radiaciones visibles y si él no está, convierten tu vida en una vasta península de suelos arrasados y horizontes cerrados.

De los días de invierno que suben el gris a tus ojos, reflejos de melancolía que enfilan hacia la locura. De esos días que huyen en desbandada y no se dejan vivir, te producen un vacío, eclipsan la luz misma de tu existencia y tan solo te permiten mirar bajo las lentes de la soledad y de nuevo vuelven a amputar tu capacidad de crear, restando al mundo un caudal ilimitado de belleza.

De las mañanas de pájaros ausentes, de agua que llena tus islas de náufragos, de portales con ruidos, de cristales que esconden escalofríos, de iglesias abiertas para almas heladas... De esas mañanas que menguan tu poder de transmisión y hieren seriamente tus ganas de luchar; mañanas mastodónticas que paran el tiempo, que rompen la esfera del reloj, que lastiman tus brazos y los tumba, y te dejan inerte para que el mundo estudie tu geometría.

De las tardes de guerras en el cielo entre blancos y negros, de tus rojos singulares que son como esa caricia que deseas profundamente, pero que cuando te llega te hace daño… De esas tardes que se fijan en las paredes en donde cuelgan tus interiores, realidades que no te atreves a contar con palabras, corazón que lanza mensajes encriptados que sólo puede decodificar una persona en el universo, leyendo en un rostro cargado de salud, rebosante de bondad.

De las noches de color ceniciento oscuras, de los aires que braman con violencia empujando los pasados al presente y los presentes al futuro, dejándote perennemente en la misma latitud… De esas noches de truenos y rayos que aletargan tus estados afectivos, que te impiden compartir las confidencias que te haces a ti misma con la cabeza pegada a la discreción de una almohada, que aminoran tu capacidad de transmitir lo que te quema dentro y consigue que tus sentimientos se encaracolen sobre tu propia alma, igual que las olas del mar se envuelven sobre sí y devuelven al mismo todos sus misterios sin ser desvelados, restándole al mundo informaciones básicas que limitan su sabiduría.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

LA CERTEZA DEL OTOÑO

I

El otoño es como tu tristeza.
Nada.
El otoño modifica el alma de la naturaleza, así como tu tristeza transforma y limita el alma de mi vida, lo abstracto de mi existir.
El otoño es un artista que nos regala un lienzo natural con una diversidad múltiple de amarillopastelmarrón, tu tristeza es un ladrón en blanco y negro que roba mi sonrisa, que ahuyenta mi felicidad, que matiza mi ánimo.


El otoño es un mago con chistera de colores que nos crea la falsa ilusión de campos bellamente engalanados, preparados para la conquista; pero que en realidad pretende desnudarlos, prepararlos para robarles dolorosamente su traje de gala. Tu tristeza me despoja de mis capas, me hace un guiño de complicidad y me cuenta el delicioso y dulce secreto de que yo soy su asesino.


El otoño es un caballero con sombrero de copa gris marengo, de capa azul oscura, es el chófer que saca a pasear mis emociones y luego me impone una tasa que no puedo asumir. Tu tristeza es el deslizadero de mi cercanía, se deja resbalar mi sentimiento por ella a velocidad notable y explota en tu ser con mi compañía incondicional.



II

Tú eres lo más bello del otoño.
Todo.
El otoño es el bastión de las estaciones, mercenario que entra en guerra con la belleza que él mismo crea. Tu tristeza es un kamikaze que choca violentamente contra mi alegría y queda moribunda y sangrante en un suelo húmedo.
El otoño demuda el color de las hojas de los árboles, disfraza la naturaleza, miente como nadie y apenas ríe. Tu tristeza es sumisa con la mezcolanza de colores que le crea mi mirada; tu tristeza se proyecta caquéctica como la naturaleza que el otoño ultraja,  como la composición del universo que el otoño envejece velozmente a su antojo.



El otoño es una guerra de ramas erguidas y hojas caídas, de troncos y palos ensoberbecidos y de vestidos de vegetales humildes, modestos, sencillos, pobres… haraposos. Tu tristeza es una lanzadera de pensamiento plúmbeo que se posa sobre mis hombros  y echa a tierra todos mis muros y edificios.



El otoño es una poesía clásica, de sentimiento profundo y de lectura compleja; el otoño es una canción precisa de un tiempo concreto. Tu tristeza son las huellas de mi mano acariciando tu corazón, el timbre armónico de mi voz lanzándote un te quiero. Tu tristeza es un pasado que jamás volverá.
III
Yo soy una hoja caída del otoño de tu vida.
Algo.
El otoño es el reclamo avariento y precipitado de una ausencia que se muere de pena, es un paseo inconstante por el vasto desierto de tus planicies interiores. Tu tristeza es una fuerza de pasión vehemente, una llama abrasadora que quema mi mirada, que calcina mi atención.
El otoño es la mirada plural de una masa con tantos pareceres como tonos percibe; es la sonrisa y la lágrima, el cielo y el averno, tu mirada y mi ceguera... Tu tristeza es un gato sin dueño que pide ser querido, es un fado de voz anónima que se escucha de lejos en un amanecer, es olor a tierra mojada.


El otoño es un cuadro titulado “Permanezco esperándote”, aún a sabiendas  de que el otoño no espera a nadie. Y otra vez el otoño vuelve a ser como tu tristeza: un precipio que me arroja al abismo oscuro de un frío y lúgubre invierno.


El otoño manifiesta los colores de tu vida: plateados resplandores cobijando oxidados interiores, bellos pero caducos. Tu tristeza es como un inmenso mar negro de profundidad grande, insondable, imponente, tal vez peligroso...
El otoño es la fuerza que hace caer la hoja.


Ningún otoño será lo suficientemente fuerte para caerte de mí.
Noviembre me mira de frente y... expira.
No debes morir como una hoja caída entre el agua y el barro.


martes, 20 de noviembre de 2012

RECUERDOS PEINADOS POR EL VIENTO y II

Un nuevo amanecer de esperanza me saludó temprano, con un sol que dudaba si seguir oculto tras las nubes o salir. Fue un amanecer con un color especial, con vapores de agua y rayos de luz que jugaban a ganarse. Y le conferían al mar una superficie de escamas plateadas, agentes naturales que engalanaban el día de tu conquista.

Deseaba llegar pronto junto a ti y, en el trayecto de mi casa a la bahía, aceleré mis pasos, achiqué las distancias, redondeé los ángulos de las esquinas y le gané al aire.

La esperanza es un requisito imprescindible para la supervivencia humana, por eso desde mi roca habitual miré un horizonte que me presentara como posible lo que tanto anhelaba: Tú.


Paseabas por el mar curvando con tus pies descalzos los límites irregulares que las olas dibujaban babeando sobre la arena. Estabas preciosa y tu vestido blanco te elevaba a la condición de divina, creo que nunca antes había contemplado algo tan bello.

Al final de tu camino, te pusiste en equilibrio sobre la punta de tu pie derecho e hiciste cuatro giros sobre tu propio eje, dejando en el aire varias tiras de tu piel que el viento se encargó de traer hasta mi corazón.

De repente, detuviste tu marcha y te quedaste mirando fijamente al suelo. Te agachaste y escribiste algo en la arena con la punta de un objeto punzante. Y retornaste a tu lugar habitual, en tu roca preferida, a los pies del Peine del Viento.

Tenía prisa por llegar allí y ver qué habías escrito, presentía que aquello dejaría en mí un poso, me habilitaría para entender mejor tus estados anímicos. Empezaba a sentir la rara sensación del encuentro con la extraña; con esa persona que jamás has visto, pero notas en el aire una sucesión de fuerzas ocultas que empujan a ambos a la coincidencia, es como el dibujo invisible de la pasión.



Sólo leer el mensaje, llegó una ola y lo borró. Parecía como si el mar hubiera empezado a ser mi cómplice, no permitiendo que nadie más leyera un mensaje cuyo dueño era yo y solamente yo.

Y sin imaginar conversaciones, sin ensayar posturas, sin dibujar gestos me planté frente a ti y me quedé mirándote en silencio. Noté que hacía rato habías dejado de leer, pero no apartabas la vista de tu libro. Y sin mirarme, al fin, dijiste:

- Hace tiempo que me miras, ¿por qué?
- Veo en ti un misterio que me encantaría descubrir.
- ¿Qué te gusta?
- Me encanta tu forma de caminar cuando te veo de espaldas, la disposición de tus pies es realmente preciosa.
- Vaya, me sorprende que te fijes en eso.
- Claro, presto atención a tus cimientos. De ahí para arriba te construyes.
- Pues mi vida ahora mira a vista de gusano, estoy de vuelo raso.

No quería seguir, pero tampoco me quería marchar, lo último que deseaba era alejarme de ella en aquel momento.

Sin embargo, la precisión de mis mensajes debería rayar la perfección para no hacerle daño, ya que no me podía permitir aprovecharme de su debilidad emocional. Cuando luchas contigo mismo en el lodo lo fácil es debilitarse, rendirse y hundirse. La derrota es también una opción personal, además bastante fácil de escoger en determinados momentos de nuestras vidas.

Paseamos juntos por la playa y durante largo rato sólo habló el mar, hasta que decidí arriesgarme y ayudarte a recuperar tu confianza básica, ayudarte a reconstruir.

- Me topé con muchas personas cuya vida había sido arruinada alguna vez, algunos aprendieron a habitar en esas ruinas. Lo que es imperdonable e irreversible es imponer a nadie una segunda destrucción... la que ese alguien puede llegar a imponerse a sí mismo.
- Es un razonamiento convincente, sí.
-Veo menoscabada tu realidad física y tu circunstancia, sí, pero yo creo en ti porque percibo que tu realidad íntima es invulnerable. Eso y yo somos motivos suficientes para estirar las alas y dar posibilidad nuevamente al vuelo.
- Tú eres una razón también convincente, pero no sé cómo te voy a tener, o si te tendré, o si te tengo ya… Tengo una seguridad aplastante de que tú eres el hombre de mi vida.
- En ese caso, lucha contra tu propia alma y contén dentro de sus fronteras la verdad.

Y retornamos al silencio mientras paseábamos agarrados de la mano dejando nuestras huellas en la arena de una playa que había sido invadida por la oscuridad de la noche.

Las luces del horizonte llegarían un día hasta la orilla para iluminar nuestra oscuridad, para alumbrar nuestra vida... común.


Enseguida había entendido que todos los protagonistas de tu vida eran Tú. En ello me pondría, dejaría de ser yo y me convertiría en ese Tú. 

Y la hora bruja sería la hora que nos permitiera estar juntos todos los días.¿Qué más da el número? ¿Qué importa el tiempo? Lo importante es sentir esa especie de sensación que parece una brujería... la brujería del amor.

La novela de tu vida tendría una interpretación perfecta.





miércoles, 14 de noviembre de 2012

RECUERDOS PEINADOS POR EL VIENTO I

El Cantábrico traía aires de nostalgia, aroma de penas enviadas por marineros que faenaban lejos de todo cuanto amaban. A los pies del Peine del Viento, en la bahía de la Concha, leías concentrada una novela que pensabas que era la historia de tu vida. De vez en cuando ponías tu dedo índice sobre una línea y levantabas tu mirada hacia un horizonte que obraba el milagro de juntar el mar y el cielo.


 

Cada tarde, tratando de que no me descubrieras, me colocaba en lo alto de las rocas en donde se incrustaban las esculturas. Rocas lloradas por azotes de olas de mar, que explotaban con violencia buscando la conquista de la tierra.



Tus cabellos bailaban una danza alocada impuesta por  la música del viento, un ritmo impetuoso y fuerte que simbolizaba la rabia de la huida, tal vez del olvido. Tu mirada delataba un pensamiento quizá atropellado por un violento recuerdo. De ojos vidriosos zumbados por una actividad mental forzosamente impuesta, libremente aceptada para mantenerse con vida.
Como la voz potente pero lastimada de Paula Oliveira me sentía viéndote en la distancia, pero aún no me convenía una aproximación. Necesitaba descubrir algunos aspectos más de ti, que el silencio y la paciencia me irían contando.


Mientras permanecía en mis abstracciones, el viento movió el cuello de tu camisa y te recordó que estabas en el mundo. 


El mar tiene tanta fuerza y tanto poder que nos puede enajenar, extrae de nosotros todo y nada. Yo deseaba que el mar fuera mi aliado.




Y de nuevo abriste tu libro para alternar lectura con meditación. Iniciaste un capítulo de la novela titulado “Un día me amaste”. 


Y los límites de tu cuerpo dejaban ver el contorno de una figura de mujer triste, diría incluso que vacía. Un ligero movimiento de tus labios tiró al mar un lamento que se ahogó casi inmediatamente. Y yo a tu espalda seguía aumentando mi deseo de no sé qué. Lance un beso por si el aire lo llevaba a tu cara, pero te pasó rozando y murió también ahogado en el mar, como tu lamento. No obstante, ya tenía ese mar que todo lo quiere algo común a los dos: tu lamento y mi beso. Tenía la fe de que para ir forjando una historia común era un principio realmente mágico.

Intentabas desentrañarte, pero tu pensamiento quedaba diluido una y otra vez en agua blanca. Este hecho arruinaba tu esperanza y te derribaba un poco más.

 


Sobre una percepción debía construir mi realidad junto a ti, pero amar es arriesgar, así como intentar amar es intentar dibujar situaciones de vida.
Dejaste tu novela en el muro de uno de los rompientes del mar y bajaste a caminar sobre la arena, necesitabas el roce delicado del agua de una ola desvanecida. A veces, la derrota necesita la suave caricia de la derrota. Y yo aproveché para acercarme a mirar tu libro. Era una obra con una portada en tonos grises difuminados, donde se podía leer: Autor: Tú. Título: La hora bruja. Solté el libro y me alejé veloz del lugar, no quería ser sorprendido en un acto que, a priori, podría parecer deshonesto.
Autor: Tú. Título: La hora bruja. Venía una y otra vez a mi mente la portada del libro, me llamaba mucho la atención el título, sí; pero mucho más el autor. Ese Tú, ¿quién sería?
Y decidí marchar a casa, no me apetecía seguir creando laberintos en mi cabeza aquella tarde.
Pensé y pensé y todos mis pensamientos se encontraban en perpendicular. Detrás de una ventana llorosa con lágrimas de lluvia me buscaba a mí para luego encontrarte a ti. Y mis pensamientos tornaron de encontrarse en perpendicular a ser amputados por secantes.



Mañana sería un buen día, me aproximaría a ti para mostrarme. Y también para indagar.