martes, 14 de mayo de 2013

HAY DÍAS QUE...

Cuando mi ánimo bate el proceso natural del tiempo y convierte mis días en mis noches, invadido por la oscuridad sufro prolongados estados de melancolía. Activo todos los elementos íntimos encargados de analizar mis estados de consciencia, pero sin luz apenas consigo ver nada.

Como mis boicoteadores interiores oprimen fuerte mi corazón, busco oxígeno caminando por las sórdidas calles de la noche indescifrable. La noche siempre respeta mis sentimientos, por eso me gusta la oscuridad del invierno, porque en cierto modo me protege o, cuando menos, me oculta, me hace invisible al mundo.

Rompe el silencio negro de la noche la voz de un mediocre trovador, mientras los vuelos espontáneos de la legión de ángeles exterminadores que envía Dios a los pecadores, consiguen aturdirme con el sonido estrepitoso de sus alas. Sigo avanzando hacia la madrugada, pisando las calles de brillos apagados de una ciudad dormida que repudia a los perdedores.

-         Trataba de que mi canción posara en tu corazón heridocasiroto, por eso intenté imitar la voz enfadosa de Ivete Sangalo – gritó a mis espaldas el misterioso trovador.


No me interesa nada ni nadie, prefiero esperar la llegada lenta del día y buscar ahí espacios donde aún pueda resurgir, lugares interiores donde encuentre una mínima valoración de mí mismo, donde pueda hallar armas para volver a luchar y así levantarme varios amaneceres más, para que me vea quien me quiere, para regalarme a quien me necesita, para ser… o al menos para estar.

¿Cómo no? Amenaza tormenta, hay movimientos estratégicos de nubes negras en el campo de batalla del firmamento, el sonido de las hojas de los chopos  acompaña los sones de un río encauzado por un curso que lo lleva a su muerte. Por momentos pienso en tirarme en alguna corriente para que me lleve a algún lugar lejano, pero sigo mi camino y me agarro fuerte a las vallas del abismo de un Universo que esta noche no entiendo. Y tampoco quiero entender.



Me cruzo con la mirada impúdica de un borracho, parece que quiere algo de mí, tal vez compasión, pero esta noche no la encuentra.

-         ¿Dónde están las estrellas que no las veo? Son unas ladronas, en cada una de sus puntas dejé tiras de mi vida. ¡¡Muerto no me quieren!! ¡¡Jamás las volveré a mirar!! –relató con la voz grave, casi rota, que emiten todos los vivos muertos.

No suelo hacer caso a los borrachos, son enormemente peligrosos: siempre dicen la verdad. Y esto cuando luchas contra los dolores existenciales propios de todo ser humano puede hacer mucho daño. 

Y comienza a producirse la caída lenta y diagonal de la lluvia. Una lluvia fina, persistente... es la lluvia del olvido, que cala y ahoga mi sistema de recuerdos.

Los edificios de la ciudad del dolor son gigantes de cemento y ladrillo, dédalos con luces y sombras que guarecen a los inocentes de todos los peligros que habitan fuera de su mente. Me pregunto si alguno de ellos, en su sueño, se siente hoy como yo.

Entorno mis párpados ligeramente y vuelvo a buscar la vertical del cielo que me cubre, la llovizna es blanda y lenta y, justo al cruzarse con los focos de las farolas, crea múltiples figuras geométricas iridiscentes incapaces de iluminar las sombras de mi alma. Pensamientos plateados rotos por esencias básicas que no soy capaz de desentrañar.


En algún punto de la ciudad de los espectros, el reloj de un campanario santo emite tres sonidos gruesos, fuera de lo regular. Abro los ojos un poco más allá de mi límite físico y la policía del pensamiento censura mi contumaz búsqueda de las razones que me llevaron a dar este paseo.

Por miedo o por respeto no invoco a los muertos para adivinar futuros, no practico magias negras ni diabólicas, no me hago nigromante de mi destino…

Poco a poco la lenta invasión del sueño va apoderándose de mi ser.

Tal vez mañana por la mañana haya desaparecido este pandemónium de mi mente.

Entonces sólo tocará, de nuevo, florecer.


lunes, 29 de abril de 2013

COMO NACE UN SENTIMIENTO

Se apodera de mí una intensa necesidad de belleza.

Duermo, sueño, despierto.

Y corro toda la vida para encontrarte. Atravieso las vastas estepas de tu ausencia y quedo varado en los eriales de tu lejanía, de tu presencia inalcanzable. Rompo mis piernas en los desiertos de mi ansiedad, no temo morir si no estás.

El crepúsculo se apodera de mi ánimo, temo ese ínfimo desfase que pueda anular para siempre la posibilidad de la perfección. El viento sopla fuerte, pero mi capacidad de lucha es superior y no llega a dominarme. Mi pasión me protege y me hace fuerte y mi fortaleza hará que mi carrera acabe en tus brazos.

Fuera de las regiones sensibles de tu ser, en el lejano Oeste de tu existencia, trato de metamorfosear el horror que me habita por el recuerdo de tu radiante sonrisa. Y el viento sigue soplando fuerte, está intentando mostrarse poderoso, como el sentimiento de un desalmado, pero conmigo no podrá.


Vuelvo a girar la cabeza hasta romper mi cuello.

Miro, añoro, lloro.

¿Por qué no estás? ¿Qué te empujó a marchar tan lejos? Siento una culpabilidad torturadora, mi cuerpo está abierto y mi sentimiento inerte, tan sólo aireado por la caída vertical que representa el abismo de todo cuanto me separa de ti.

Grito desesperado, pero la distancia me hace mudo, es como si hubieras diseñado contra mí una defensa fría, empujada por los temibles escuadrones de la glaciación afectiva. Luchar solo, delirar con la ira, escupir al amor, taparse con la sábana sucia del nunca más, ahogarse con palabras recordadas que explotan en mi mente y devastan mi cerebro.

Desde el pozo de mi impotencia, rompiendo las rejas de mi tristeza, esquivo las aguas y escapo del lodo, trepo los muros infranqueables de tu distancia para regalarte una mirada diagonal, una bella sonrisa de progresión geométrica, un gesto enamorador que sea el arquitecto del regreso. 



Y termino abrazándome a la soledad.

Vivo, pienso, recuerdo.

Busco fotografías del pasado para ver qué pasó entonces, pero estas, como maldecidas por un embrujo, en lugar de aclararme nada, me devuelven preguntas de qué pasó después. Y, como ellas, maldita sea, tampoco tengo ninguna respuesta.

Y escribo cartas para poner en palabras todo cuanto siento. Cartas que meto en botellas de cristal, para lanzarlas al océano con la esperanza de que alguna llegue a quedar encallada en la bahía más sensible de tu corazón. Son cartas de amor, escritas con tinta verde. O tal vez sean las cartas que anuncian una muerte temprana y se quedan como legado de cómo amar a quien un día dejó de existir. También pueden ser cartas que se conviertan en un tratado en donde los seres humanos desentrañen cómo nace un sentimiento.

Porque así me despierto yo todos los días, como nace un sentimiento: casual, intrínseco, emocionado, expectante, sorpresivo, confuso… esperanzado. Porque en lo más profundo de mi ser, hay algo que me dice que jamás me podrás olvidar, que me sigues queriendo; porque sé que desde mi adversidad, te muestro lecciones de valor sustentadas por todo cuanto fuiste para mí; porque la utopía no tiene las puertas cerradas como lo imposible, que dijera Benedetti.

Y porque doy FE de que no hay herida que no pueda cicatrizar lentamente con AMOR.






domingo, 21 de abril de 2013

NUÑOMORAL V

Y como por la calle del “después” se llega a la plaza del “nunca”, que dijo el otro, decido, sin más dilaciones, continuar mi paseo.

Salgo del Centro Cívico, giro a la derecha y enfilo por la arteria principal de Nuñomoral, la avenida del Príncipe, hacia la parte central de la población. Apenas piso la carretera, escucho una conversación breve pero, a juzgar por el tono, intensa. En la trasera de la casa del cura, se produce un intercambio de palabras entre la tía Consuelo y la tía Eladia en los siguientes términos:

– Ladia, ¿pueh cúmu riegah tantu? – pregunta la tía Consuelo.
– ¡¡Voh brincaran loh ojuh a toduh loh que me veih regá tantu!! - le contestó la tía Eladia con cajas destempladas.
– ¡Mala salación te abrasi la lengua, dehgraciá! ¿Acasu te hei ofendíu yo amparu malditu? - saltó la tía Consuelo mostrándose ofendida por la extemporánea contestación de la tía Eladia.

Menos mal que la cosa no fue a más, ya que la tía Eladia llevaba suhtrivao en su hombro derecho el sacho con el que iba a regar. Y todos los lugareños sabemos bien qué es aquello de “endiñá un zachazu”.

A mis espaldas, en el cascajal del río Hurdano, algunas de las cabras de Santos emiten finos y lejanos sonidos provenientes de los cascabeles que llevan atado a su pescuezo.



Aunque el recuerdo es vago, me vienen algunos flashes precisos del comercio de la tía María, la esposa del tío Florentino y los confites que la buena mujer nos solía regalar si le hacíamos algún recado.

– Si te ponih pal lau de abaju te da máh confitih.
– ¡Qué tendrá que ve andi te coloquih, hay díah que da menuh y ya ehtá!

Dejando a la izquierda el mencionado comercio, junto a la casa del cura y la de Satu, me encuentro con la puerta de la Mariana, y de nuevo el recuerdo me invade y golpea de lleno la línea de flotación de mis emociones. Esta casa es muy significativa para mí, porque ahí vivía mi querido y gran amigo Veni y en esa misma casa tuvimos muchas vivencias, demasiadas historias que forman parte de nuestra vida. Llegaba con mi padre a su bar, situado en la parte de abajo de la vivienda, me tomaba un vaso de naranjina (naranja en botella de cristal de un litro de la marca “La Casera”, seguro que todos/as la recordáis) y enseguida Veni desde arriba, desde su cocina, me llamaba para que subiera a jugar a los Juegos Reunidos Geyper, tenía la caja de quince juegos reunidos: el parchís, la oca, las damas, el ajedrez, los chinos, las ratas, la ruleta, el quita y pon, etc. Momentos casi mágicos que se veían quebrados sólo por la voz de mi padre diciéndome:

– ¡¡Tivi, bájati venga, que muh vamuh, eh tardi!!

El bar se llamaba “MARIPLA”, respondía a los nombres propios de sus gerentes: Mariana y Plácido. Tenía el nombre puesto sobre la pared, en la parte superior de la puerta de entrada, con letras pintadas.

Mi hermana Maribel, la Nieves, la Angelita, la Meme y la Dalila, a las cuales me permito calificar como las comadres del siglo XXI, cuentan que cuando iban a la escuela, durante los recreos, cuando tenían liquidez, se compraban un bolleti en la panadería de la buena de la tía Encarna y posteriormente se pasaban por el MARIPLA y se hacían un bocadillo de anchoas, el cual ajorraban con un chato de naranjina. ¡Vaya tela!

Inmediatamente después de la taberna de Mariana y Plácido, casi pegada a ella, se encontraba la vieja panadería de la tía Encarna. Nos volvía locos el olor a pan recién horneado cuando pasábamos por allí hacia la escuela. Era un pan delicioso, con sabores remotos e inolvidables, pero que ya jamás volveremos a degustar.

- ¡Carna, Caaarna! Deimi un pan reondu y doh barrah de lah grandih.
- Déjati a vé. Ahí va esu, toma. ¿Te lo apuntu?
- Sí, tomá el palu (un palo de madera que se le hacía una muesca y, cada una de ellas, era un pan que se debía).

Estoy terminando mi paseo, pero antes de llegar a la terraza del bar de Eulogio para reunirme con mi amigo Javi, quiero asomarme al Olivá. Esta zona también está impregnada de recuerdos para mí, ya que de niños la frecuentábamos mucho.


Encaro de frente y lo primero que veo son los enormes e infinitos olivos que tantas veces trepé de pequeño. Pasada la Casa de Cultura, a la izquierda, observo la casa ya abandonada de la Pepa y Tasio y me llega el recuerdo de la primera vez que vino a Nuñomoral una persona de raza negra. Y me viene este recuerdo porque, entre las diversas reacciones de la gente, la de la Pepa fue muy graciosa.

Resulta que llegó hasta el pueblo un señor de piel negra -no recuerdo a qué, la verdad- que iba caminando por la carretera, y a medida que avanzaba, cada vez iba más gente detrás de él. La sorpresa de la gente más mayor al ver algo tan inusual y tan extraordinariamente raro como un hombre negro fue mayúscula.

- ¡Ayyyy, Dioh míuuuu! Pero, ¿cúmu ehtá esi hombri ansina? ¡¡Benditu sea Dioh, si yo hei ehtau a carbón y nunca me hei puehto ansina!! – exclamaba sorprendidísima la tía Claudia.
- ¡Válgami Dioh, Señó! ¿Tú erih ansina o te hah pintáu? – le espetó la Pepa al hombre tan ricamente.
- ¡Por loh clavuh de Crihtu, dáili a esi hombri una pella de jabón y que baji al ríu a lavasi ya mehmu! – gritó con fuerza la tía Juliana cuando lo vio.

Si es todo un acontecimiento mágico cuando vamos descubriendo realidades desde niños, pues os podéis imaginar cuando lo hacemos de adultos, ya con nuestra razón conformada y nuestra experiencia previa integrada.

Más arriba y, pasando junto a la casa de la tía María y el tío Antonio, vive otra persona entrañable y muy significativa del pueblo: la Goya. Todo el mundo tiene recuerdos positivos de esta buena mujer.

La Goya siempre ha tenido entidad propia, era la Goya, sin más, no la Goya de Daniel, no. Al contrario, más bien, de siempre, en el pueblo, nos hemos referido a Daniel, como Daniel el de la Goya, pero no al revés. Ya digo, la Goya siempre ha sido y es la Goya.

Esta mujer siempre estaba rodeada de todas las niñas del pueblo, las cuales sentían auténtica veneración por ella. Y a ella le encantaban las niñas. Les hacía muñecas artesanales con palos y trapos o les cortaba una mazaroca (mazorca) cuando aún estaban en proceso de maduración, rodeadas por las hojas y con una espiguilla de pelo que tenían en su punta superior. Las hojas semiabiertas y moldeadas se convertían en un precioso traje verde y la espiga de pelo en una hermosa cabellera rubia que servía para hacerle dos trenzas, con lo cual adquirían una forma de muñeca muy fidedigna. Como veis, a la Goya, le sobraba imaginación, era toda una artista.

El drama venía cuando llegaba la época de los pimientos, de los algodones o la siega, donde la buena de la Goya tenía que ir a ganar unas pesetas. Durante estas campañas, la Goya, tenía que ausentarse del pueblo durante unos veinte días o un mes y esto suponía una desazón mayúscula para algunas niñas del pueblo. Mi hermana Ami, por ejemplo, era una de las que cuando la Goya partía, iba tras ella un buen rato llorando y gritando:

- ¡¡ Ay la mi Goyititaaaaaaa, Dios míoooooo!! ¡¡ No te vayas Goyititaaaaaa, no te vayasssss!!

Y aquel día era imposible consolarla con nada, el disgusto era indefectiblemente enorme.

Desde la misma puerta de la casa de la Goya, pierdo mi mirada en el camino de la Ró la Plaza, un precioso paraje de Nuñomoral donde íbamos a buscar jonguh (mira qué jongu, pareci un paragüah. Vamuh a vé si vemuh el compañeru) y colmenitah (mira qué rancherá, machu, menuduh tetonih tienin), cada cosa en su tiempo. También era un lugar idóneo para ir a por níuh (ehti lo ha aburríu la pájara).




- ¡Qué pesao eres, majete! – me reprende Javi de nuevo desde la carretera.
- Ya está, ya voy. – le contesto.
- No, pero yo ya me voy a comer, no me apetece ya tomar nada – concluye mientras camino hacia él.

Ha sido un paseo realmente precioso, en el espacio y en el tiempo. Volveré de nuevo, sobre el sustento de Nuñomoral, a pasear por mis orígenes, a practicar caminatas interiores que enseñen al mundo de dónde vengo y por qué soy quien soy.

Siempre volveré y con el orgullo propio de la humildad que me dio Nuñomoral, recordaré las sabias palabras del poeta hondureño Ramón Sosa: “Definitivamente, los vivos no podrán destruir la perfecta igualdad de los muertos”.

Miro un cielo azul bahía que tratan de ocultarme las nubes y siento como si mi alma hubiera sido expulsada del planeta social en el que los demás viven…


lunes, 18 de marzo de 2013

NUÑOMORAL IV

Los maestros que llegaban destinados a la escuela de Nuñomoral descubrieron enseguida la importancia de la tierra, su significado, nuestro apego al contexto y la socialización específica, única e irrepetible que todos los niños y todas las niñas del pueblo teníamos adquirida desde nuestro nacimiento en el templo sagrado del Cottolengo, ubicado en una loma cuyo vértice cierra un ángulo geográfico que deja en su falda derecha la alquería de La Fragosa, y en su estribación izquierda, la de Martilandrán.


La disciplina en la escuela era severa, a veces, rayana a la crueldad, pero todos estamos absolutamente convencidos de que no cambiaríamos esas vivencias por otras, que fue un privilegio vivir todos aquellos mundos, que quedamos bien forjados y que hemos contribuido a la modernización y mejora en todos los ámbitos de nuestra sociedad, como buenos hurdanos.

-      Don Antoniu, don Antoniu, en el recreu hay un viborehnu arrejurdío en el troncu del rosal del tobogán.
-      ¿Arrejurdíu? ¿Qué es eso?

El recreo era un espacio de tierra cerrado situado en la trasera de la escuela, no muy grande, pero suficiente para la media hora que salíamos. Jugábamos a la cadena, al escondite, al tobogán, a la rayuela, a la comba, a la goma, a las canicas y a las espagás. Abrían la puerta del recreo don Antonio y doña Mari y salíamos todos corriendo, empujándonos, agarrándonos, voceando, gritando… casi con violencia a jugar, cada uno, a los juegos muchas veces previamente pactados dentro de clase en voz bajita, para no ser descubiertos por los maestros. Debemos tener en cuenta que entonces, por menos de un pimiento, te sacudían un tortazo. Muchas veces, en clase, sin tener tú responsabilidad directa con un hecho, recibías la castaña correspondiente. Recuerdo que el tío Mingo tenía la costumbre de ir a cagá pa detráh de lah ehcuelah, en la Huerta la era, y como es evidente toda la chavalería que estábamos en plena clase lo veíamos por los ventanales que daban al recreo, y se producía una explosión general de risas, lo cual enervaba sobremanera a don Antonio, se sentía impotente y la pagaba con su nieto pegándole la correspondiente bofetada. ¡Como si él tuviera culpa de dónde cagaba su abuelo, chacho!

-      Hohtiah machu, cumu tenga tu abuelu cagalera hoy prepárati pa recibí unuh cuantuh de tortazuh – bromeábamos mirando a Veni, el nieto del tío Mingo.

Y es que, en torno a la escuela, el número de recuerdos de vivencias y personas que me vienen es ilimitado, inacabable. Allí, lejos del mundo, tan ajenos a todo, pero tan llenos de vida, de ilusión, de energía, de emociones… de felicidad.



Sin ir más lejos, llega a mi memoria el tío Facundo el alguacil, que era un señor recto y muy responsable, nunca descansaba y cumplía con un enorme celo su trabajo. Era un hombre de su época, un trabajador esmerado y diligente que velaba porque todo lo público estuviera en buen estado y tuviera un funcionamiento correcto y óptimo. Vigilaba que los muchachos no abriéramos los grifos de las fuentes públicas, no rompiéramos las bombillas del alumbrado público, no entráramos en el Ayuntamiento viejo a rebuhcá, no tocáramos las campanas de la iglesia cuando no correspondía, no saltáramos al recreo de la escuela en las épocas no lectivas, no lanzáramos piedras sobre los escasos letreros informativos de circulación, etc. Como veis tenía un papelón, porque precisamente las acciones descritas hacían las delicias de todos los niños y todas las niñas del pueblo. Ya me contaréis quién no rompió una bombilla sintiendo la adrenalina inigualable del peligro que representaba que justo en ese momento apareciera el tío Facundo cagándose en todo e intentando atraparte para corregir tu perversa conducta. La verdad es que este buen y recordado hombre tenía el don de la ubicuidad, estaba siempre justo en el lugar donde cualquier chaval la liara: no terminabas de encender el grifo de la fuente de la plaza y ¡zas! el tío Facundo a tus espaldas:

-      ¡No enredéih con loh grifuh ni derrotéih el agua, me cagüen sandiós! ¡Juuuuuu, pero coooooño!

Te pegaba un susto a medio trago que te entraba hasta hipo. Del mismo modo, fuera la hora que fuera, decidíamos ir a husmear al Ayuntamiento viejo (actual casa de cultura) y siempre nos pillaba el tío Facundo. Y era una faena porque sentíamos una fascinación especial por aquel lugar lleno de mierda y de objetos diversos con los que nos encantaba enredar: la máquina de escribir que abandonó allí Astudillo el fontanero, archivos, legajos y papeles que quedaron de épocas anteriores, el retablo antiguo proveniente de la  restauración de la vieja iglesia, etc. Todo un elenco de elementos diversos a cual más atractivo para el enredo infantil.


Al hilo del recuerdo del tío Facundo, sí decir que los niños de mi quinta, por aquel entonces, no teníamos afición alguna al fútbol, incluso lo ignorábamos. Sin embargo, en generaciones previas como la de mi hermana Maribel sí que era un deporte no solo seguido, sino que también practicado. Además es digno de mención que siendo niñas de una época concreta, de un núcleo rural pequeño y alejado geográficamente del mundo, tuvieran esa afición por este deporte. Eran todas partidarias entusiastas del Atlético de Madrid, un club y unos futbolistas que, según testimonios propios, veneraban. De hecho, un día decidieron comprarle un balón a Diego el cojo, para disputar sus partidos por las tardes en la plaza, pero el tío Facundo no las dejaba jugar en la plaza para prevenir roturas de cristales u otros posibles deterioros de la cosa pública.


- Si noh dah una peseta ajuntah pal balón.

Sin embargo, como buenas hurdanas, ellas no sucumbieron y se las industriaron para hacer un campo de fútbol bastante decente en La Burrera, a las afueras del pueblo. Como buenas seguidoras del Atlético de Madrid, jugaban con el nombre de sus ídolos, quedando la alineación de la siguiente manera: La Meme, jugaba como portera y era Rodri (cuenta mi hermana que algunas veces cuando saltaba a parar un balón se le caía la falda a los pies y se partían de risa); la Dalila, jugaba de centrocampista y era Irureta; la Nieves, jugaba de centrocampista y era Luis Aragonés; la Trini, jugaba de delantera y era Becerra; y, por último, mi hermana Maribel, jugaba de delantera y era Orozco.

Fijáos si llegó a ser curioso, peculiar y único este hecho que un día llegaron al pueblo dos chicos jóvenes en un coche y llevaban colgado del espejo interior del mismo un escudo pequeño del Atlético de Madrid y fueron todas a mostrarles su fervor por el equipo. Resulta que a ellos les llamó de tal manera la atención ese entusiasmo por un equipo en aquel lugar tan lejano que les tomaron el nombre y la dirección y un buen día les llegó una postal original del Club firmada de su puño y letra por todos los jugadores campeones de la liga 72/73.

Otra persona entrañable del Nuñomoral de la época fue don Florián el cura, el cual nada más terminar la eucaristía entraba a la sacristía y se quitaba con celeridad la sotana y demás atuendos propios del Oficio y salía apresurado a reñir a los hombres del pueblo que estaban meando en los contrafuertes de la pared trasera de la iglesia. La verdad es que tenían aquello bien abonado con el orín: musgo fresco y un aroma imponente solo arrimar a escasos metros de allí. Eso sí, a los niños nos encantaba ver cómo el sacerdote reprendía a los mayores.

-   Vamuh corriendu a vé cúmu se poni don Florián con loh hombrih del meau, jajajajaja...


Este hombre tenía un Seat Seiscientos pintado de azul y a brocha, hecho un cuadro. Del espejo interior colgaban unas alforjas naranja hechas de ganchillo y en la parte derecha del salpicadero llevaba pegada como una especie de medalla grande de San Cristóbal (ese Santo del garrote que siempre llevaba un niño escarrapichao en el hombro), patrono de los conductores. Y tenía la colección completa de casetes de Manolo Escobar, ¡ahí es nada!

Como podréis imaginar soy casi incapaz de desarrollar mentalmente tantos recuerdos como me vienen. Es maravilloso poder compartir un pasado tan rico y peculiar y mostrar mi respeto más sincero y mi admiración más profunda por todos nuestros antepasados, personas todas entrañables y sufridoras que fueron un ejemplo digno para todos.

Miro al cielo y comienzo a pensar que debo ir abandonando la plaza para continuar mi paseo, es probable que Javi ya ni tan siquiera esté en la terraza del bar de Eulogio esperándome.






jueves, 28 de febrero de 2013

NUÑOMORAL III

El Centro Cívico de Nuñomoral tiene un tipismo arquitectónico muy específico, bastante curioso y nada habitual. Todos los edificios que se sitúan en su perímetro tienen idéntica forma constructiva: tejados de pizarra tratada negroazulada de hoja plana y delgada y paredes de piedra autóctona de un gris plomizo común a la pizarra propia de Las Hurdes.

Dejo a mis espaldas el Barrio de Abajo y subo por la carretera hacia la plaza, para acceder por las escaleras que dan paso al actual edificio de servicios múltiples donde se ubica la casa consistorial. Antiguamente este edificio albergaba, en su conjunto,  la casa del maestro, la casa del secretario, el ayuntamiento y la histórica central de teléfonos. La central era como un locutorio o estación base donde se centralizaban todas las comunicaciones telefónicas que se producían en el pueblo, tanto de entrada como de salida. Se denominaban comúnmente conferencias y eran activadas o desactivadas por la telefonista, pinchando o retirando las clavijas que permitían las entradas y salidas de llamadas.

-      Toña, no se oyi jarrampu malditu.
-      Aguárdati coñu, no man dau entovía línia.

Posteriormente llegaron ya los famosos marcapasos, que estaban al lado del teléfono y cada dos minutos se miraba a ver cuántos pasos iban, ya que salían las conferencias como decían en el pueblo a “seso mosca” (se referían que eran muy caras).

-   Ponih un cachu conferencia pa ve cúmu ehtán loh muchachuh y te sacan lah muelah bien sacáh.

La carretera hoy está ya bastante transitada, pero aún la recuerdo cuando era de tierra y piedra. Entonces, el paso de los coches era ocasional y nos llamaba la atención hasta tal extremo que cuando cruzaba un vehículo por el pueblo toda la chavalería salía corriendo a las inmediaciones de la carretera para verlo. Recuerdo que decíamos que eran franceses, hecho que nos creaba una enorme desconfianza y le gritábamos a cierta distancia:

-    ¡¡Francés, güi, güi; francés, güi, güi!!

Incluso la generación de mi hermana Maribel iba más lejos con su desconfianza y cuando se producía el inhabitual hecho de pasar un coche, si este era de color rojo, ella y sus amigas decían que eran “loh de la sangri”, es decir, vehículos cuyos ocupantes venían a sacarles la sangre. Por eso mismo, a la que atisbaban el color mencionado del coche huían despavoridamente.

-    ¡¡Dehgraciá, son loh de la sangri, vámunuh daquí que moh la sacan toíta!!

Recuerdo perfectamente cuando empezaron los trabajos de asfaltado de la calzada, íbamos todos los niños apresurados a contemplar atónitos cómo descargaban los camiones el asfalto y cómo pasaba la apisonadora prensándolo. Luego les rogábamos a los conductores que nos permitieran subir con ellos en el camión y cuando alguno de nosotros lo conseguía, desde la cabina y mirando al resto, mostraba un extraordinario regocijo, una enorme alegría. Hasta algunos de los nombres de los conductores vienen hoy a mi memoria: Cándido, Verdiol... no recuerdo más.

Verdiol era el del tráiler, un camión bañera enorme; y Cándido tenía un basculante normal con una cabina de diseño achatado que nosotros decíamos que “estaba mocho”.


Situado en el centro de la espaciosa y bella Plaza Mayor de Nuñomoral me quedo mirando fijamente -¿cómo no?- a la vieja escuela, me resulta muy difícil definir el mar de sensaciones que burbujea en mi interior. Aquellas peculiares escuelas unitarias donde iniciábamos nuestra andadura académica, en muchos casos un recorrido tremendamente corto derivado de circunstancias diversas y complejas que ahora no me voy a parar a analizar.

La escuela se ubicaba en un edificio único separado en su parte central por un tabique que dejaba dos dependencias plenamente autónomas, excepto el recreo que era un espacio de tierra de uso común, cuyo único elemento de entretenimiento o de ocio era un tobogán que, en su origen y a juzgar por los restos, había estado pintado de verde mayo. En el ala derecha del edificio, visto de frente, se encontraban los cursos que iban desde párvulo hasta segundo de Educación General Básica (EGB) y, la parte izquierda, acogía los cursos que iban desde tercero hasta quinto de EGB. A partir de esos niveles nos derivaban al Hogar Escolar Caudillo Franco, situado en la parte alta del pueblo, en su zona norte, o se dejaba de estudiar, que desafortunadamente era lo más común. En este Centro, el Logá (Hogar), como lo llamábamos en la zona, se podía cursar hasta octavo de EGB, último curso de la Etapa que daba acceso a los estudios de Bachillerato o de Formación Profesional (FP).

Huelga decir que observando la vieja escuela de nuevo experimenté una retrocesión a mis años infantiles.


Aquel olor a pared húmeda, a moho, a polvo seco de suelos mal barridos, a lapiceros recién afilados, a roce de goma, a madera vieja, a bolígrafo con el gorrichi mordido, a tizas cuadradas que dejaban su vida en letras y números, a fecha en la pizarra, a madera de mesas y sillas astilladas, a química de libros hojeados, a puntas de hojas dobladas de cuadernos de dos rayas, a Obispos que visitan, a Dioses que castigan, a manos de maestros con olor a colonia barata, a tortazos que se aguantan, a lágrimas saladas... a esperanzas perdidas que se encontraban en el recinto de un recreo que nos devolvía en media hora la felicidad del mundo.

-    A ver, niños, ¿la m con la o? - voceaba la maestra.
-    Moooo - contestábamos a viva voz el curso completo.
-    ¿La t con la o? - inquiría de nuevo la maestra.
-    Tooooo – devolvíamos nosotros.
-    Y ahora, todos juntossss....
-    A – MO – TOOOOO – concluíamos tan ricamente y nos quedábamos tan oreados.
-    ¡¡Sin la a delante, coñe!! Saltaba cabreada Doña Mari.

Como bien he contado en líneas anteriores, en cada aula, estábamos tres cursos. Por tanto, la maestra o el maestro poco menos que se tenía que desdoblar para hacer su labor: explicación, ejercicios, preguntar la lección, etc. Muchas veces se daba la curiosa circunstancia de que los tres cursos estaban cantando cada uno sus lecciones en alto y aquello se convertía en un embrollo verbal de primer orden.

-    Seis por dossss, doce; seis por tresss, dieciocho... El Guadalquivir, a su paso por... El Señor nuestro Dios se detuvo bajo la higuera de Zaqueo y dijo...

La escuela de entonces se fundamentaba en el principio básico e irrenunciable de “la letra con sangre entra”, era la denominada escuela tradicional. Sin embargo, para nosotros, la escuela se constituía en un espacio de encuentro, de relación y de permanente interacción que nos dejó un recuerdo imborrable, tanto en lo positivo como en lo negativo. Un ilimitado número de anécdotas y vivencias de toda índole que jamás olvidaremos...

miércoles, 20 de febrero de 2013

NUÑOMORAL II

Bajo el puente que da acceso a la Collaíta, frontero a la Huerta el Río, se sitúa el charco de las Tinajas, donde íbamos habitualmente a bañarnos de pequeños. Era curioso, pero cada barrio del pueblo tenía un charco de referencia para bañarse. Y este hecho a nosotros nos creaba un fuerte sentido de pertenencia y de propiedad, hasta el punto de reprochar a cualquier niño o niña de otro barrio su atrevimiento de haberse ido a bañar a “tu” charco. Los del Barrio de Abajo, iban a los Cogotones o los Huertinos, los que vivíamos en la parte central del pueblo, íbamos a las Tinajas y los del Encinar, iban a las Presas. Finalmente, tenían una condición de neutros los charcos de las Barrancas y de Doñabril.
-      Mira machu, se ehtán bañandu loh del Enciná en el nuehtru charcu.
-      Esu eh porque en la Presah hay piojuh.
-      Jajajajajajaja (risa colectiva).
Cuántas tardes de estío bajo los ya desaparecidos mimbreros junto al Hurdano, con olor a peces y a piel mojada de ducha semanal, con pelos hirsutos coronando nuestras cabezas, con calores caniculares que no menguaban un ápice nuestras energías y nuestras ganas de compartir y vivir, con anécdotas y risas, con chispazos de miedos infligidos por los más mayores para que les dejáramos el sitio, con millones de planes imposibles de desenvolver en una cortísima tarde de verano…


Javi, molesto de tanto silencio, se ha marchado diciéndome que me espera en la terraza del bar de Eulogio.
Levanto mi vista y hago un barrido circular de las cordilleras que rodean al pueblo. Observo a lo lejos la loma norte de la sierra rozada de Los Toribios, donde de pequeño iba a coger las aceitunas de mi tía Antonia con mi primo Tomás. Pasábamos el día entero y mi tía llevaba la comida en una cesta de mimbre tapada con un paño de cocina. Comíamos de secu y con pan retrasau, pero estaba todo tan rico. Mientras mi primo vareaba los olivos, mi tía y yo cogíamos las aceitunas que caían al suelo. A primera hora de la mañana hacía un frío perrunu que te dejaba los dedos como témpanos de hielo, apenas podías atrapar las aceitunas. Como anécdota curiosa, puedo contar que uno de los días que fuimos se le olvidó a mi tía llevar agua y, evidentemente, como todo buen niño, cumplí con la ley de Murphy de pleno: ¡seco de sed desde el minuto uno! Tanto suplicio llevó a mi primo Tomás a incitarme a pegá un trago de vino “aunque solo sea pa mojá el gaznati”. Pues así fue, lo único que le pillé el gusto al tinto y al cuarto o quinto traguitu me daban vueltas en la cabeza Los Toribios al completo. Mi tía medio enfadada y mi primo tronchado de risa, claro está. Seguramente todo el mundo recuerde aquel vino: una botella de cristal de un litro, marca La Casa y con un tapón casi plano de plástico que se encajaba en el bocal de la botella, el cual era luego utilizado por las mujeres para hacer tapetes para las mesas bordándolos con hilos o lanas, no recuerdo bien.
Y cada sierra que miro está bordada de recuerdos, de vivencias pasadas que conservaré para siempre en mi memoria y en mi corazón.


Dejando a mi izquierda la casa de Alonso, la de Santi el de Chago y el secadero de jamones de Lolo, llego hasta la puerta de la iglesia. Un lugar enormemente significativo, no porque fuera donde nos bautizamos todos y todas, sino porque ahí hemos ido despidiendo a muchos familiares y amigos, seres queridos que formaron parte de nuestra vida y de la sólida historia de Nuñomoral, hombres y mujeres que dejaron esta vida siendo ejemplo y espejo para todos los que vinimos después. Descansen en paz y tengan nuestro recuerdo permanente como homenaje póstumo.


Y de nuevo una imagen en blanco y negro se sobrepone a mi visión que me lleva a pasados de mi vida ya lejanos en el tiempo, pero nunca remotos en mi memoria. Y observo el atrio de la iglesia lleno de niños y niñas completamente abstraídos cada uno en sus juegos, emitiendo un galimatías de voces, risas y riñas que llenaban el pueblo de alegría, de vida.
 Niñas con vestidos desgastados, zapato de hebilla y calcetines de hilo jugando al pati (¡pídola!), a la comba (¡aaaaarreeee botujón que de cuantas son, si es de veintiuna, que se salga unaaaaa, si es de veintidós, que se salgan dossss...!), a la goma y sus saltos rítmicos, desde que empezaba el nivel en el tobillo, subía a la altura de la rodilla y terminaba en su máximo grado de dificultad, la cintura.
Niños con pantalón de pana y remiendo, con zapatillas de lona azul y suela y punta de goma (las famosas y recordadas TAO) y calcetines de lana densa de colores oscuros, que jugaban a los corchonazos (¡¡Ni un paso!!); al bote – bote (bote – bote lagartija sin bigote por… y se decía el nombre del que había sido descubierto); al pío, que consistía en introducir un palo esférico de unos  doce centímetros, afilado por sus dos extremos, en un círculo amplio dibujado en el suelo custodiado por otro jugador provisto de una tabla ancha que trataba de impedirlo. Cuando el pío se introducía en el círculo, se conseguía la victoria y los jugadores cambiaban los papeles; de lo contrario, el jugador de la tabla, golpeaba el pío por cualquiera de sus afilados extremos y cuando este se elevaba hacia arriba con ímpetu ¡¡ZAS!! Se le pegaba un castañazo con toda el alma para mandarlo lo más lejos posible del círculo y hacer así más dificultosa la tarea del jugador rival de conseguir el objetivo último de introducirlo en el susodicho círculo (¡Jajajaja, Dioh machu pandi ha díu!); a los bolindrih (canicas), bien a burricáh o a ganá, dando media, cuarta, pie, tute y gua, quedando el contrincante manducáu, recordando el huero mochón, la cotorrina arriba, el coto,  el sucio y el sucio coto pa las tres.
-   ¡Copollina arriba!
-   El forru loh mih cojonih, tienih que tirá endi abaju y si no habelu dichu antih.
Y un sinfín más de juegos que no enumero por motivos de espacio y tiempo, todos ellos circunscritos a épocas determinadas y a sexos diferenciados.
Vuelvo al presente y me siento como si estuviera regresando de un viaje profundo, sosegado... es como si me invadiera un deseo inexplicable de quedarme permanentemente en el mundo que acabo de pensar...