domingo, 30 de junio de 2013

MADRID FASHION II

Desconcierto, movimientos de cuello, barridos de vista de distintos planos... Y aparece un hombre de unos sesenta años montado en una moto que, francamente, era una representación viva de la España de Paco Martínez Soria. De verdad, ambos, la moto y él, eran a cual más de primarios. Allí, en pleno Alcorcón, a escasa distancia del Paseo de la Castellana, a la sazón la arteria principal de este país tan moderno y avanzado que estuvo a punto de convertir el G7 en G8; junto a las torres KIO, el símbolo más fehaciente de los delirios de grandeza y de la cultura del pelotazo; allí, decía, se nos cayeron los palos del sombrajo a todos los presentes ante una imagen dantesca que era algo más que una estampa cómica de la España de platillo y pandereta. Sinceramente, fue como un espejo que nos recolocó a todos en nuestro sitio, nos ancló los pies en tierra firme y nos duchó con el agua fría de la humildad.

Los dos hombres que charlaban junto a mí, tras unas breves risas, continuaron con su asimétrica conversación, pero ya no les hice caso porque no quería perder ripio alguno de aquella fotografía en movimiento. Y me desplacé hasta la acera para observar con mejores garantías la unión del hombre y de la máquina, cuerpos simbióticos de distinta materia que caminaban hacia un infinito desconocido...

Francamente, aquel hombre con su moto era la representación viva de distintos paréntesis históricos: por un lado, el hombre, último residuo del neolítico; y por otro, la máquina, primer indicio de la inmensidad que supondría para Europa ni más ni menos que la Revolución Industrial. No exagero, en serio.

Que el Altísimo me remita la deuda y la ofensa si peco contando esto, pero la moto era una Mobilette Campera de aquellas que había que dejarse el alma a pedalazos para arrancarlas, color naranja, con un par de espejos rectangulares de 14 x 8 colocados en apaisado a cada lado del manillar que aquello tenía que tener una panorámica retrospectiva de Madrid que ya la quisiera para sí Antonio López, para sus pinturas de paisajes urbanos de la capital. No sé si las recordáis, pero a mis cuarenta y tres años yo llevaba sin ver un ciclomotor de esas características por lo menos del orden de treinta y ocho años, sin exagerar. La última que vi de este modelo era propiedad de Angel el Patillas, ilustre ciudadano de la alquería de Asegur, Municipio de Nuñomoral, siendo yo muy pequeño.

Empezando por la parte trasera, la moto, tenía una estructura tubular plateada, de estas que tienen dos resortes semiesféricos hacia arriba para atenazar la escasa carga que podía portar. Recuerdo que para activar ese rudimentario sistema había que estirar brutalmente hacia atrás del primer resorte, se ponía la carga y se soltaba para que hiciera presión con el segundo resorte. Bien, pues sobre ese portaequipaje, este señor llevaba un cubo de cinc colgando a cada lado, ambos como un tizón (estaban de coceli a loh cerduh, que dirían en mi pueblo), y en la parte superior una caja de varillas de aquellas de la gaseosa Molina, no sé si la recordáis, la única que le hacía un poco de sombra a La Casera, pero con algo menos de gas. Dentro de cada cubo llevaba varios sacos de plástico arrugados y algunos trapos; y la caja de varillas la llevaba tapada con un saco de hilo de aquellos marrones, como de rafia, atado en los bordes con una cuerda negra. ¿Qué coños llevaría dentro, Señor?

El asiento tenía un forro como de plástico duro, parecido al caucho, y lo llevaba agujereado por varios sitios.

Y sobre el asiento un hombre alto y flaco, de facciones menudas, barbicano y de hechura de canuto de gran longitud y de escaso grosor. El cenceño caballero iba ataviado con unas botas de goma verdes, posadas sobre los pedales de la Mobilette; unos pantalones de tergal grises, tremendamente sucios, llenos de manchas; una camisa de cuadritos en tonos rojos y sobre ella (¡con el calor que hacía!) un jersey de pico azul oscuro que parecía que era su propia piel. Y como no llevaba casco (¡¡toma ya!!) pude ver su cabeza, que tenía un diámetro poco más grande que el de una cabeza de ajo, así de claro. Tenía un corte de pelo rapado que le dibujaba perfectamente la forma de su cráneo, era un pelo pétreo, bien morenito, parecía como si estuviera pintado con un rotulador negro sobre su cabeza.

Sinceramente, después de ver esta estampa capitalina, se le quitan a uno hasta las formas de andar, que diría un pobre e inculto zoquete de mirada tierna. Y no por la representación viva de los Santos Inocentes del hombre y la moto, sino por el significado que eso hubiera tenido en otro contexto y visionado por otras personas.

En definitiva, reivindico el progreso uniforme y paralelo de todas las regiones y naciones de España, reclamo también que todos asumamos el mismo grado de catetez o palurdez independientemente de la zona en que vivamos y, en definitiva, pido con derecho a que tengamos plenamente presente que en todos los seres humanos coexisten por doble las virtudes y las vilezas: todos somos buenos y malos, honestos y deshonestos, roñosos y generosos, pesimistas y optimistas,…

Desde luego que si en aquel momento hubiera resucitado Buñuel y hubiera presenciado la imagen del hombre y la moto, perfectamente podría haber pensado que a raíz de su muerte el mundo habría quedado congelado.

Y, dicho sea de paso, su visión cósmica se hubiera abierto exponencialmente.

jueves, 20 de junio de 2013

MADRID FASHION I

Cuentan que la casa de Chipiona de la difunta cantante Rocío Jurado, a la sazón “la máh grande”, está dotada de un hermoso patio de tradición andaluza: fresco y floreado. Hasta ahí todo pudiera parecer idílico, incluso envidiable.

Sin embargo, el también desaparecido literato y columnista, el egregio y prócer Paco Umbral, dejó escrito en algún periódico español de tirada nacional que en el reseñado patio chipionero, el entonces marido de la Jurado, el famoso y también yacente ex boxeador Pedro Carrasco, tenía allí un juego de lavatorio de aquellos de jofaina y palangana de porcelana que iban colocados en una estructura de hierro. Y yo me lo creo.

Bien, pues llegados a este punto y a pesar de estar mediatizados por el chivatazo de Umbral, podríamos seguir pensando bien de Rocío y Pedro atribuyéndoles un gusto castizo por lo típico, puro y genuino de nuestro pasado, como si dijéramos que los dos eran unos enamorados del sabor de lo antiguo. No en vano, atendiendo al hecho y a la época en que se circunscribe, podríamos hasta calificar a la folclórica y al púgil como unos vanguardistas, unos verdaderos avanzados en la cosa de la decoración y el arte del adorno. Y para apuntalar esta afirmación, no tenemos más que asomarnos a uno de estos omnipresentes   hipermercados chinos, y comprobaremos de inmediato que este ajuar es de los más adquiridos por las familias españolas actualmente (en Plasencia, Juanito el Chino, lo tiene como un producto estrella, líder de ventas).

Seamos claros: ¡¡Manda cojones!!

Haciendo un importante ejercicio de memoria, creo recordar la parte que me interesa para esta entrada de blog de la columna periodística de Umbral. Y transcribo literalmente las palabras del autor: “... Y era allí, en aquel patio, donde Pedro Carrasco se lavaba las manos y los sobacos todas las mañanas en una palangana... ¡¡Cuánta España profunda, Dios mío!!...”. Además yo me identifico mucho, porque soy de Nuñomoral y tengo en mi pasado esa vivencia. Es más, recuerdo que las gentes de mi pueblo denominaban ese tipo de aseo como “lavarsi lo gordu”.

En una vieja entrada de mi blog, publicada en abril de 2010 y titulada “Spanish Estampa”, yo ya apunté que los españoles tenemos una autoimagen excesivamente elevada, que en muchos casos no se corresponde con la realidad. Es más, pienso sinceramente que han evolucionado más las cosas que las personas en España.  De la maleta de madera atada con una cuerda de los años 60 a la actual y ultramoderna maleta Samsonite del siglo XXI, realmente hay un abismo, una diferencia significativa en cuanto a diseño y operatividad. Sin embargo, no ocurre lo mismo con un analógico labriego de Nuñomoral de los años 60 y yo mismo como ciudadano de la era tecnológica del mismo lugar, si acaso la boina. Nuestro pensamiento terminal de filosofía de vida es idéntico, aunque ligeramente puedan variar algunas formas de llevar a cabo el logro de nuestras metas. Sé perfectamente que esto tendría más debate y millones de matices, pero ahora no toca abordar en profundidad el tema, además no olvidemos que hablo de autopercepciones y no de realidades.

Cualquier persona que lea esta entrada, a estas alturas de la misma, pensará con toda razón: “¿dónde querrá ir a parar?”. Pues precisamente ahí, a lo que verdaderamente capta la retina del ser humano, que es justo todo aquello que a cada uno le sale de los cojones. Y como cualquier consideración relativa al ser humano está en oposición al mundo externo, pues yo voy a tratar a través de una anécdota que me ocurrió en Madrid que bajemos un poco los humos, que no nos creamos tan megamodernos ni tan avanzados, tan sabios, tan cosmopolitas y tan europeos.

En la puerta del Leroy Merlín de un parque comercial de Madrid (capital de España), muy animado, casi eufórico, un hombre de mi misma edad le estaba contando a otro hombre de nuestra misma edad (año parriba, año pabajo) que había estado días atrás en un puticlub y que se había follado a una puta búlgara.

-    ¡Sólo que me ve entrar ya va a buscarme, macho! Yo creo  que está enamorada de mí, de verdad. Se llama Mariana y es muy simpática. Probé con ella porque había estado antes con dos y no tuve buena experiencia. A una le olía el aliento y la otra no besaba. En fin, que no, que a mí me gusta que sean más enrollás, tío. Ahora mismo es que es verdad, si no te besan parece que es menos real eso, ¿sabes?

Su antagonista le contestó un ya casi inaudible.

- Luego algunas son unas espabilás, tienen operadas las tetas y no te dejan ni, ni, ni, ni… ni ¡qué sé yo! Ni chupá, ni estrujárselas, ni ná.

Su compañero siguió dándole oídos pero con menos entusiasmo del que esperaba el exaltado narrador.

En este punto de la escucha de esta sustanciosa conversación me hallaba cuando de repente, en algún punto no localizado, se inició un ruido idéntico al que podría hacer una máquina radial amoladora. Un estruendo de intensidad media parecido al que hacen las lavadoras cuando están centrifugando la ropa.

miércoles, 5 de junio de 2013

¿DÓNDE COLOCO TU AUSENCIA?

Apenas un puñado de hojas secas envueltas en lodo, tiradas en la acequia que conduce las aguas llovedizas de las tormentas de mis recuerdos grises, oscuros.

Residuo de tu último otoño, resultado directo de la descomposición de tu vida, de la destrucción de tu naturaleza.

Me recuerda tu último suspiro.

Hoy camino por los bordes de la acequia buscando pensamientos que te regresen a mí, pero desde ese día también sé que mi memoria ha quedado tan destrozada como una ciudad en ruinas: llena de historias, pero inservible. Tal vez me aferro a una esperanza matada por la metralla de la distancia, por el regreso imposible, por una presencia no tangible que calienta demasiado a mi corazón…


Y me cito a mí mismo a un duelo a vida con tu ausencia, estéril combate de un enamorado desarmado por la fortaleza de tu muerte. Y me abrazo a la almohada en las noches interminables de insomnio, humedeciéndola con las lágrimas destructoras del recuerdo de tu leve y silenciosa risa... de aquella sonrisa pálida que anunciaba tu adiós.

Las tropas de la angustia bombardean mi existencia con sueños infieles, con cruzadas interminables de imágenes de tu cara asomando entre las flores. Tu rostro bordado por ramos y ramos de flores azules, de hojas ásperas y tallo con espinas, para no dejarte escurrir al más allá. Flores resplandecientes, de centro blanco y amarillo gafe, de sensaciones negativas, de convulsión perceptiva. 
 
Es la última imagen física que tengo de ti, esa cara nívea, hermosa y densa como una luna llena sobre cielo limpio, rodeada de azules poéticos, penacho de pétalos irisados de múltiples azules, la planta del Nomeolvides, de base ancha y de punta estrecha, justamente como el dolor que siento desde que te fuiste. 

 
Cara preciosa que ya no me mira, que un día yo besé, que nunca olvidaré; cara de luz única, solar, pentagrama sobre el que escribo la música más bella, la canción de los recuerdos, la composición del amor eterno, la melodía de un te quiero infinito, la nana de todo cuanto te amé...

Vacío estepario, inacabable, que rompe mi existencia y abre mi cuerpo, extensores imaginarios que me despellejan y consiguen separar mi cuerpo de mi alma. Mi interior siente un percutor constante de punta fina, que me llena de punzadas de ansiedad que no me dejan vivir. No hay nada que sacie mi profunda necesidad de tenerte, tal vez sólo mi propia desaparición, pero, ¿quién mantiene tu legado aquí? Es mi única razón para mantenerme en pie, para seguir caminando, para hacerme el vivo, para activar una sorisa exterior de lágrima interior.

El intransigente influjo solar, las señales del círculo del Sol; el radical frío del invierno, su seriedad, su sonrisa ausente; el balanceo de la primavera, los campos de flores variadas corridas por el aire; y la gravedad del otoño, su desquite de adornos que él considera superfluos, la desoladora imagen de rama denuda, seca... Estaciones que anuncian nuevas diferentes, todas ellas me sitúan en contextos distintos junto a ti: cuando conocí el sabor favorito de tus helados en verano, cuando descubrí los matices de tu pelo en invierno, cuando el otoño me mostró los tonos diamante de tu piel y cuando la primavera vino a chivar a mi corazón que tú serías la flor inmarcesible que adornaría mi vida para siempre. 
 
Y pienso en las canciones que te emocionaban, las mismas que hoy no puedo escuchar, aquellas que siempre tarareabas mientras paseábamos tomados de la mano. Y el dolor se hace tan grande que casi puedo palparlo con las manos, pero ello no me autoriza a pedir el milagro de tu vuelta. Con la lágrima no me vale, quiero algo más. Tal vez morir e ir a reunirme contigo, volver a escuchar el timbre cálido de tu voz, a sentir el roce delicado de tus labios, a recibir tu mirada de grado máximo... 

 
Aunque la desgracia no admite formas de acción razonables, desde la pureza del sentimiento y bajo los dictados de un corazón herido, debo supeditar mi pensamiento perturbado a la razón y la lógica de la realidad.

Acongojado, invadido por la pena, casi muerto de aflicción, continuaré con aquello que los dos nos empeñamos en construir. Jamás podré recomponer mi equilibrio, nunca llegaré ya a reconstruirme, pero merecerá la pena vivir sustentado por una huella que nada ni nadie podrá borrar jamás.

Pondré interés en mí, me cuidaré mucho, porque no dejaré que mueras en el único lugar que aún quedas viva: en mi interior.

Te estrecho mis manos, te mando un beso... espérame paciente hasta que volvamos a compartir lecho en nuestro común sueño eterno.


martes, 14 de mayo de 2013

HAY DÍAS QUE...

Cuando mi ánimo bate el proceso natural del tiempo y convierte mis días en mis noches, invadido por la oscuridad sufro prolongados estados de melancolía. Activo todos los elementos íntimos encargados de analizar mis estados de consciencia, pero sin luz apenas consigo ver nada.

Como mis boicoteadores interiores oprimen fuerte mi corazón, busco oxígeno caminando por las sórdidas calles de la noche indescifrable. La noche siempre respeta mis sentimientos, por eso me gusta la oscuridad del invierno, porque en cierto modo me protege o, cuando menos, me oculta, me hace invisible al mundo.

Rompe el silencio negro de la noche la voz de un mediocre trovador, mientras los vuelos espontáneos de la legión de ángeles exterminadores que envía Dios a los pecadores, consiguen aturdirme con el sonido estrepitoso de sus alas. Sigo avanzando hacia la madrugada, pisando las calles de brillos apagados de una ciudad dormida que repudia a los perdedores.

-         Trataba de que mi canción posara en tu corazón heridocasiroto, por eso intenté imitar la voz enfadosa de Ivete Sangalo – gritó a mis espaldas el misterioso trovador.


No me interesa nada ni nadie, prefiero esperar la llegada lenta del día y buscar ahí espacios donde aún pueda resurgir, lugares interiores donde encuentre una mínima valoración de mí mismo, donde pueda hallar armas para volver a luchar y así levantarme varios amaneceres más, para que me vea quien me quiere, para regalarme a quien me necesita, para ser… o al menos para estar.

¿Cómo no? Amenaza tormenta, hay movimientos estratégicos de nubes negras en el campo de batalla del firmamento, el sonido de las hojas de los chopos  acompaña los sones de un río encauzado por un curso que lo lleva a su muerte. Por momentos pienso en tirarme en alguna corriente para que me lleve a algún lugar lejano, pero sigo mi camino y me agarro fuerte a las vallas del abismo de un Universo que esta noche no entiendo. Y tampoco quiero entender.



Me cruzo con la mirada impúdica de un borracho, parece que quiere algo de mí, tal vez compasión, pero esta noche no la encuentra.

-         ¿Dónde están las estrellas que no las veo? Son unas ladronas, en cada una de sus puntas dejé tiras de mi vida. ¡¡Muerto no me quieren!! ¡¡Jamás las volveré a mirar!! –relató con la voz grave, casi rota, que emiten todos los vivos muertos.

No suelo hacer caso a los borrachos, son enormemente peligrosos: siempre dicen la verdad. Y esto cuando luchas contra los dolores existenciales propios de todo ser humano puede hacer mucho daño. 

Y comienza a producirse la caída lenta y diagonal de la lluvia. Una lluvia fina, persistente... es la lluvia del olvido, que cala y ahoga mi sistema de recuerdos.

Los edificios de la ciudad del dolor son gigantes de cemento y ladrillo, dédalos con luces y sombras que guarecen a los inocentes de todos los peligros que habitan fuera de su mente. Me pregunto si alguno de ellos, en su sueño, se siente hoy como yo.

Entorno mis párpados ligeramente y vuelvo a buscar la vertical del cielo que me cubre, la llovizna es blanda y lenta y, justo al cruzarse con los focos de las farolas, crea múltiples figuras geométricas iridiscentes incapaces de iluminar las sombras de mi alma. Pensamientos plateados rotos por esencias básicas que no soy capaz de desentrañar.


En algún punto de la ciudad de los espectros, el reloj de un campanario santo emite tres sonidos gruesos, fuera de lo regular. Abro los ojos un poco más allá de mi límite físico y la policía del pensamiento censura mi contumaz búsqueda de las razones que me llevaron a dar este paseo.

Por miedo o por respeto no invoco a los muertos para adivinar futuros, no practico magias negras ni diabólicas, no me hago nigromante de mi destino…

Poco a poco la lenta invasión del sueño va apoderándose de mi ser.

Tal vez mañana por la mañana haya desaparecido este pandemónium de mi mente.

Entonces sólo tocará, de nuevo, florecer.


lunes, 29 de abril de 2013

COMO NACE UN SENTIMIENTO

Se apodera de mí una intensa necesidad de belleza.

Duermo, sueño, despierto.

Y corro toda la vida para encontrarte. Atravieso las vastas estepas de tu ausencia y quedo varado en los eriales de tu lejanía, de tu presencia inalcanzable. Rompo mis piernas en los desiertos de mi ansiedad, no temo morir si no estás.

El crepúsculo se apodera de mi ánimo, temo ese ínfimo desfase que pueda anular para siempre la posibilidad de la perfección. El viento sopla fuerte, pero mi capacidad de lucha es superior y no llega a dominarme. Mi pasión me protege y me hace fuerte y mi fortaleza hará que mi carrera acabe en tus brazos.

Fuera de las regiones sensibles de tu ser, en el lejano Oeste de tu existencia, trato de metamorfosear el horror que me habita por el recuerdo de tu radiante sonrisa. Y el viento sigue soplando fuerte, está intentando mostrarse poderoso, como el sentimiento de un desalmado, pero conmigo no podrá.


Vuelvo a girar la cabeza hasta romper mi cuello.

Miro, añoro, lloro.

¿Por qué no estás? ¿Qué te empujó a marchar tan lejos? Siento una culpabilidad torturadora, mi cuerpo está abierto y mi sentimiento inerte, tan sólo aireado por la caída vertical que representa el abismo de todo cuanto me separa de ti.

Grito desesperado, pero la distancia me hace mudo, es como si hubieras diseñado contra mí una defensa fría, empujada por los temibles escuadrones de la glaciación afectiva. Luchar solo, delirar con la ira, escupir al amor, taparse con la sábana sucia del nunca más, ahogarse con palabras recordadas que explotan en mi mente y devastan mi cerebro.

Desde el pozo de mi impotencia, rompiendo las rejas de mi tristeza, esquivo las aguas y escapo del lodo, trepo los muros infranqueables de tu distancia para regalarte una mirada diagonal, una bella sonrisa de progresión geométrica, un gesto enamorador que sea el arquitecto del regreso. 



Y termino abrazándome a la soledad.

Vivo, pienso, recuerdo.

Busco fotografías del pasado para ver qué pasó entonces, pero estas, como maldecidas por un embrujo, en lugar de aclararme nada, me devuelven preguntas de qué pasó después. Y, como ellas, maldita sea, tampoco tengo ninguna respuesta.

Y escribo cartas para poner en palabras todo cuanto siento. Cartas que meto en botellas de cristal, para lanzarlas al océano con la esperanza de que alguna llegue a quedar encallada en la bahía más sensible de tu corazón. Son cartas de amor, escritas con tinta verde. O tal vez sean las cartas que anuncian una muerte temprana y se quedan como legado de cómo amar a quien un día dejó de existir. También pueden ser cartas que se conviertan en un tratado en donde los seres humanos desentrañen cómo nace un sentimiento.

Porque así me despierto yo todos los días, como nace un sentimiento: casual, intrínseco, emocionado, expectante, sorpresivo, confuso… esperanzado. Porque en lo más profundo de mi ser, hay algo que me dice que jamás me podrás olvidar, que me sigues queriendo; porque sé que desde mi adversidad, te muestro lecciones de valor sustentadas por todo cuanto fuiste para mí; porque la utopía no tiene las puertas cerradas como lo imposible, que dijera Benedetti.

Y porque doy FE de que no hay herida que no pueda cicatrizar lentamente con AMOR.






domingo, 21 de abril de 2013

NUÑOMORAL V

Y como por la calle del “después” se llega a la plaza del “nunca”, que dijo el otro, decido, sin más dilaciones, continuar mi paseo.

Salgo del Centro Cívico, giro a la derecha y enfilo por la arteria principal de Nuñomoral, la avenida del Príncipe, hacia la parte central de la población. Apenas piso la carretera, escucho una conversación breve pero, a juzgar por el tono, intensa. En la trasera de la casa del cura, se produce un intercambio de palabras entre la tía Consuelo y la tía Eladia en los siguientes términos:

– Ladia, ¿pueh cúmu riegah tantu? – pregunta la tía Consuelo.
– ¡¡Voh brincaran loh ojuh a toduh loh que me veih regá tantu!! - le contestó la tía Eladia con cajas destempladas.
– ¡Mala salación te abrasi la lengua, dehgraciá! ¿Acasu te hei ofendíu yo amparu malditu? - saltó la tía Consuelo mostrándose ofendida por la extemporánea contestación de la tía Eladia.

Menos mal que la cosa no fue a más, ya que la tía Eladia llevaba suhtrivao en su hombro derecho el sacho con el que iba a regar. Y todos los lugareños sabemos bien qué es aquello de “endiñá un zachazu”.

A mis espaldas, en el cascajal del río Hurdano, algunas de las cabras de Santos emiten finos y lejanos sonidos provenientes de los cascabeles que llevan atado a su pescuezo.



Aunque el recuerdo es vago, me vienen algunos flashes precisos del comercio de la tía María, la esposa del tío Florentino y los confites que la buena mujer nos solía regalar si le hacíamos algún recado.

– Si te ponih pal lau de abaju te da máh confitih.
– ¡Qué tendrá que ve andi te coloquih, hay díah que da menuh y ya ehtá!

Dejando a la izquierda el mencionado comercio, junto a la casa del cura y la de Satu, me encuentro con la puerta de la Mariana, y de nuevo el recuerdo me invade y golpea de lleno la línea de flotación de mis emociones. Esta casa es muy significativa para mí, porque ahí vivía mi querido y gran amigo Veni y en esa misma casa tuvimos muchas vivencias, demasiadas historias que forman parte de nuestra vida. Llegaba con mi padre a su bar, situado en la parte de abajo de la vivienda, me tomaba un vaso de naranjina (naranja en botella de cristal de un litro de la marca “La Casera”, seguro que todos/as la recordáis) y enseguida Veni desde arriba, desde su cocina, me llamaba para que subiera a jugar a los Juegos Reunidos Geyper, tenía la caja de quince juegos reunidos: el parchís, la oca, las damas, el ajedrez, los chinos, las ratas, la ruleta, el quita y pon, etc. Momentos casi mágicos que se veían quebrados sólo por la voz de mi padre diciéndome:

– ¡¡Tivi, bájati venga, que muh vamuh, eh tardi!!

El bar se llamaba “MARIPLA”, respondía a los nombres propios de sus gerentes: Mariana y Plácido. Tenía el nombre puesto sobre la pared, en la parte superior de la puerta de entrada, con letras pintadas.

Mi hermana Maribel, la Nieves, la Angelita, la Meme y la Dalila, a las cuales me permito calificar como las comadres del siglo XXI, cuentan que cuando iban a la escuela, durante los recreos, cuando tenían liquidez, se compraban un bolleti en la panadería de la buena de la tía Encarna y posteriormente se pasaban por el MARIPLA y se hacían un bocadillo de anchoas, el cual ajorraban con un chato de naranjina. ¡Vaya tela!

Inmediatamente después de la taberna de Mariana y Plácido, casi pegada a ella, se encontraba la vieja panadería de la tía Encarna. Nos volvía locos el olor a pan recién horneado cuando pasábamos por allí hacia la escuela. Era un pan delicioso, con sabores remotos e inolvidables, pero que ya jamás volveremos a degustar.

- ¡Carna, Caaarna! Deimi un pan reondu y doh barrah de lah grandih.
- Déjati a vé. Ahí va esu, toma. ¿Te lo apuntu?
- Sí, tomá el palu (un palo de madera que se le hacía una muesca y, cada una de ellas, era un pan que se debía).

Estoy terminando mi paseo, pero antes de llegar a la terraza del bar de Eulogio para reunirme con mi amigo Javi, quiero asomarme al Olivá. Esta zona también está impregnada de recuerdos para mí, ya que de niños la frecuentábamos mucho.


Encaro de frente y lo primero que veo son los enormes e infinitos olivos que tantas veces trepé de pequeño. Pasada la Casa de Cultura, a la izquierda, observo la casa ya abandonada de la Pepa y Tasio y me llega el recuerdo de la primera vez que vino a Nuñomoral una persona de raza negra. Y me viene este recuerdo porque, entre las diversas reacciones de la gente, la de la Pepa fue muy graciosa.

Resulta que llegó hasta el pueblo un señor de piel negra -no recuerdo a qué, la verdad- que iba caminando por la carretera, y a medida que avanzaba, cada vez iba más gente detrás de él. La sorpresa de la gente más mayor al ver algo tan inusual y tan extraordinariamente raro como un hombre negro fue mayúscula.

- ¡Ayyyy, Dioh míuuuu! Pero, ¿cúmu ehtá esi hombri ansina? ¡¡Benditu sea Dioh, si yo hei ehtau a carbón y nunca me hei puehto ansina!! – exclamaba sorprendidísima la tía Claudia.
- ¡Válgami Dioh, Señó! ¿Tú erih ansina o te hah pintáu? – le espetó la Pepa al hombre tan ricamente.
- ¡Por loh clavuh de Crihtu, dáili a esi hombri una pella de jabón y que baji al ríu a lavasi ya mehmu! – gritó con fuerza la tía Juliana cuando lo vio.

Si es todo un acontecimiento mágico cuando vamos descubriendo realidades desde niños, pues os podéis imaginar cuando lo hacemos de adultos, ya con nuestra razón conformada y nuestra experiencia previa integrada.

Más arriba y, pasando junto a la casa de la tía María y el tío Antonio, vive otra persona entrañable y muy significativa del pueblo: la Goya. Todo el mundo tiene recuerdos positivos de esta buena mujer.

La Goya siempre ha tenido entidad propia, era la Goya, sin más, no la Goya de Daniel, no. Al contrario, más bien, de siempre, en el pueblo, nos hemos referido a Daniel, como Daniel el de la Goya, pero no al revés. Ya digo, la Goya siempre ha sido y es la Goya.

Esta mujer siempre estaba rodeada de todas las niñas del pueblo, las cuales sentían auténtica veneración por ella. Y a ella le encantaban las niñas. Les hacía muñecas artesanales con palos y trapos o les cortaba una mazaroca (mazorca) cuando aún estaban en proceso de maduración, rodeadas por las hojas y con una espiguilla de pelo que tenían en su punta superior. Las hojas semiabiertas y moldeadas se convertían en un precioso traje verde y la espiga de pelo en una hermosa cabellera rubia que servía para hacerle dos trenzas, con lo cual adquirían una forma de muñeca muy fidedigna. Como veis, a la Goya, le sobraba imaginación, era toda una artista.

El drama venía cuando llegaba la época de los pimientos, de los algodones o la siega, donde la buena de la Goya tenía que ir a ganar unas pesetas. Durante estas campañas, la Goya, tenía que ausentarse del pueblo durante unos veinte días o un mes y esto suponía una desazón mayúscula para algunas niñas del pueblo. Mi hermana Ami, por ejemplo, era una de las que cuando la Goya partía, iba tras ella un buen rato llorando y gritando:

- ¡¡ Ay la mi Goyititaaaaaaa, Dios míoooooo!! ¡¡ No te vayas Goyititaaaaaa, no te vayasssss!!

Y aquel día era imposible consolarla con nada, el disgusto era indefectiblemente enorme.

Desde la misma puerta de la casa de la Goya, pierdo mi mirada en el camino de la Ró la Plaza, un precioso paraje de Nuñomoral donde íbamos a buscar jonguh (mira qué jongu, pareci un paragüah. Vamuh a vé si vemuh el compañeru) y colmenitah (mira qué rancherá, machu, menuduh tetonih tienin), cada cosa en su tiempo. También era un lugar idóneo para ir a por níuh (ehti lo ha aburríu la pájara).




- ¡Qué pesao eres, majete! – me reprende Javi de nuevo desde la carretera.
- Ya está, ya voy. – le contesto.
- No, pero yo ya me voy a comer, no me apetece ya tomar nada – concluye mientras camino hacia él.

Ha sido un paseo realmente precioso, en el espacio y en el tiempo. Volveré de nuevo, sobre el sustento de Nuñomoral, a pasear por mis orígenes, a practicar caminatas interiores que enseñen al mundo de dónde vengo y por qué soy quien soy.

Siempre volveré y con el orgullo propio de la humildad que me dio Nuñomoral, recordaré las sabias palabras del poeta hondureño Ramón Sosa: “Definitivamente, los vivos no podrán destruir la perfecta igualdad de los muertos”.

Miro un cielo azul bahía que tratan de ocultarme las nubes y siento como si mi alma hubiera sido expulsada del planeta social en el que los demás viven…


lunes, 18 de marzo de 2013

NUÑOMORAL IV

Los maestros que llegaban destinados a la escuela de Nuñomoral descubrieron enseguida la importancia de la tierra, su significado, nuestro apego al contexto y la socialización específica, única e irrepetible que todos los niños y todas las niñas del pueblo teníamos adquirida desde nuestro nacimiento en el templo sagrado del Cottolengo, ubicado en una loma cuyo vértice cierra un ángulo geográfico que deja en su falda derecha la alquería de La Fragosa, y en su estribación izquierda, la de Martilandrán.


La disciplina en la escuela era severa, a veces, rayana a la crueldad, pero todos estamos absolutamente convencidos de que no cambiaríamos esas vivencias por otras, que fue un privilegio vivir todos aquellos mundos, que quedamos bien forjados y que hemos contribuido a la modernización y mejora en todos los ámbitos de nuestra sociedad, como buenos hurdanos.

-      Don Antoniu, don Antoniu, en el recreu hay un viborehnu arrejurdío en el troncu del rosal del tobogán.
-      ¿Arrejurdíu? ¿Qué es eso?

El recreo era un espacio de tierra cerrado situado en la trasera de la escuela, no muy grande, pero suficiente para la media hora que salíamos. Jugábamos a la cadena, al escondite, al tobogán, a la rayuela, a la comba, a la goma, a las canicas y a las espagás. Abrían la puerta del recreo don Antonio y doña Mari y salíamos todos corriendo, empujándonos, agarrándonos, voceando, gritando… casi con violencia a jugar, cada uno, a los juegos muchas veces previamente pactados dentro de clase en voz bajita, para no ser descubiertos por los maestros. Debemos tener en cuenta que entonces, por menos de un pimiento, te sacudían un tortazo. Muchas veces, en clase, sin tener tú responsabilidad directa con un hecho, recibías la castaña correspondiente. Recuerdo que el tío Mingo tenía la costumbre de ir a cagá pa detráh de lah ehcuelah, en la Huerta la era, y como es evidente toda la chavalería que estábamos en plena clase lo veíamos por los ventanales que daban al recreo, y se producía una explosión general de risas, lo cual enervaba sobremanera a don Antonio, se sentía impotente y la pagaba con su nieto pegándole la correspondiente bofetada. ¡Como si él tuviera culpa de dónde cagaba su abuelo, chacho!

-      Hohtiah machu, cumu tenga tu abuelu cagalera hoy prepárati pa recibí unuh cuantuh de tortazuh – bromeábamos mirando a Veni, el nieto del tío Mingo.

Y es que, en torno a la escuela, el número de recuerdos de vivencias y personas que me vienen es ilimitado, inacabable. Allí, lejos del mundo, tan ajenos a todo, pero tan llenos de vida, de ilusión, de energía, de emociones… de felicidad.



Sin ir más lejos, llega a mi memoria el tío Facundo el alguacil, que era un señor recto y muy responsable, nunca descansaba y cumplía con un enorme celo su trabajo. Era un hombre de su época, un trabajador esmerado y diligente que velaba porque todo lo público estuviera en buen estado y tuviera un funcionamiento correcto y óptimo. Vigilaba que los muchachos no abriéramos los grifos de las fuentes públicas, no rompiéramos las bombillas del alumbrado público, no entráramos en el Ayuntamiento viejo a rebuhcá, no tocáramos las campanas de la iglesia cuando no correspondía, no saltáramos al recreo de la escuela en las épocas no lectivas, no lanzáramos piedras sobre los escasos letreros informativos de circulación, etc. Como veis tenía un papelón, porque precisamente las acciones descritas hacían las delicias de todos los niños y todas las niñas del pueblo. Ya me contaréis quién no rompió una bombilla sintiendo la adrenalina inigualable del peligro que representaba que justo en ese momento apareciera el tío Facundo cagándose en todo e intentando atraparte para corregir tu perversa conducta. La verdad es que este buen y recordado hombre tenía el don de la ubicuidad, estaba siempre justo en el lugar donde cualquier chaval la liara: no terminabas de encender el grifo de la fuente de la plaza y ¡zas! el tío Facundo a tus espaldas:

-      ¡No enredéih con loh grifuh ni derrotéih el agua, me cagüen sandiós! ¡Juuuuuu, pero coooooño!

Te pegaba un susto a medio trago que te entraba hasta hipo. Del mismo modo, fuera la hora que fuera, decidíamos ir a husmear al Ayuntamiento viejo (actual casa de cultura) y siempre nos pillaba el tío Facundo. Y era una faena porque sentíamos una fascinación especial por aquel lugar lleno de mierda y de objetos diversos con los que nos encantaba enredar: la máquina de escribir que abandonó allí Astudillo el fontanero, archivos, legajos y papeles que quedaron de épocas anteriores, el retablo antiguo proveniente de la  restauración de la vieja iglesia, etc. Todo un elenco de elementos diversos a cual más atractivo para el enredo infantil.


Al hilo del recuerdo del tío Facundo, sí decir que los niños de mi quinta, por aquel entonces, no teníamos afición alguna al fútbol, incluso lo ignorábamos. Sin embargo, en generaciones previas como la de mi hermana Maribel sí que era un deporte no solo seguido, sino que también practicado. Además es digno de mención que siendo niñas de una época concreta, de un núcleo rural pequeño y alejado geográficamente del mundo, tuvieran esa afición por este deporte. Eran todas partidarias entusiastas del Atlético de Madrid, un club y unos futbolistas que, según testimonios propios, veneraban. De hecho, un día decidieron comprarle un balón a Diego el cojo, para disputar sus partidos por las tardes en la plaza, pero el tío Facundo no las dejaba jugar en la plaza para prevenir roturas de cristales u otros posibles deterioros de la cosa pública.


- Si noh dah una peseta ajuntah pal balón.

Sin embargo, como buenas hurdanas, ellas no sucumbieron y se las industriaron para hacer un campo de fútbol bastante decente en La Burrera, a las afueras del pueblo. Como buenas seguidoras del Atlético de Madrid, jugaban con el nombre de sus ídolos, quedando la alineación de la siguiente manera: La Meme, jugaba como portera y era Rodri (cuenta mi hermana que algunas veces cuando saltaba a parar un balón se le caía la falda a los pies y se partían de risa); la Dalila, jugaba de centrocampista y era Irureta; la Nieves, jugaba de centrocampista y era Luis Aragonés; la Trini, jugaba de delantera y era Becerra; y, por último, mi hermana Maribel, jugaba de delantera y era Orozco.

Fijáos si llegó a ser curioso, peculiar y único este hecho que un día llegaron al pueblo dos chicos jóvenes en un coche y llevaban colgado del espejo interior del mismo un escudo pequeño del Atlético de Madrid y fueron todas a mostrarles su fervor por el equipo. Resulta que a ellos les llamó de tal manera la atención ese entusiasmo por un equipo en aquel lugar tan lejano que les tomaron el nombre y la dirección y un buen día les llegó una postal original del Club firmada de su puño y letra por todos los jugadores campeones de la liga 72/73.

Otra persona entrañable del Nuñomoral de la época fue don Florián el cura, el cual nada más terminar la eucaristía entraba a la sacristía y se quitaba con celeridad la sotana y demás atuendos propios del Oficio y salía apresurado a reñir a los hombres del pueblo que estaban meando en los contrafuertes de la pared trasera de la iglesia. La verdad es que tenían aquello bien abonado con el orín: musgo fresco y un aroma imponente solo arrimar a escasos metros de allí. Eso sí, a los niños nos encantaba ver cómo el sacerdote reprendía a los mayores.

-   Vamuh corriendu a vé cúmu se poni don Florián con loh hombrih del meau, jajajajaja...


Este hombre tenía un Seat Seiscientos pintado de azul y a brocha, hecho un cuadro. Del espejo interior colgaban unas alforjas naranja hechas de ganchillo y en la parte derecha del salpicadero llevaba pegada como una especie de medalla grande de San Cristóbal (ese Santo del garrote que siempre llevaba un niño escarrapichao en el hombro), patrono de los conductores. Y tenía la colección completa de casetes de Manolo Escobar, ¡ahí es nada!

Como podréis imaginar soy casi incapaz de desarrollar mentalmente tantos recuerdos como me vienen. Es maravilloso poder compartir un pasado tan rico y peculiar y mostrar mi respeto más sincero y mi admiración más profunda por todos nuestros antepasados, personas todas entrañables y sufridoras que fueron un ejemplo digno para todos.

Miro al cielo y comienzo a pensar que debo ir abandonando la plaza para continuar mi paseo, es probable que Javi ya ni tan siquiera esté en la terraza del bar de Eulogio esperándome.