lunes, 28 de octubre de 2013

MANOLO ESCOBAR


Me gustan los artistas que dejan su ego y su orgullo en el camerino, los que son humildes de corazón, los que saben apreciar a su público por valorar su trabajo, los que interactúan con la gente, los que se acercan sin miedo, los que dan su mano y muestran una sonrisa de conexión y agradecimiento.

Me encantan esos artistas que no tienen el sentimiento de que se les debe la vida porque su trabajo guste, los que donan y reparten, los que regalan su buen hacer, los que generalizan su capacidad artística para compartir, para gozar, para disfrutar junto a, no sólo para que otros admiren y encumbren su soberbia.

Admiro a los artistas que gozan con lo que hacen, que sienten verdadera pasión por su trabajo y lo hacen notar, que se muestran pletóricos cuando interaccionan con su público, que se entusiasman cuando ven que sus creaciones llegan al corazón de la gente, que se emocionan cuando ven emocionarse a sus seguidores con sus actuaciones.

Me agradan los artistas que ponen la mano en el corazón cuando salen al escenario, que sufren sus canciones, que sonríen agradecidos al aplauso, aquéllos que se inclinan ante su público, los que bajan su cabeza, los que lanzan besos sentidos desde su estrado, los que miran a los ojos del colectivo, los que saben lo que son y por quién son lo que son.

Y es que me gustan, me encantan, admiro y me agradan los artistas que, ante sus fans, ciñen con fuerza el micrófono y miran al cielo agradeciendo a alguien las presencias que contempla, que establece un diálogo con su público mientras canta, que cierra los ojos para entregarse completamente, para dejarse el alma… para transformarse y sentir en su interior cada individualidad que vibra con él.

Amo a los artistas que no cosechan éxitos fugaces, que permanecen en el corazón de las gentes, que sus canciones fueron un día la banda sonora de millones de enamorados, que viven en el imaginario de la historia compartida de todo un país, que ven a su público desde un escenario, pero que lo mira desde sus pies.
En definitiva, que no sabía cómo decirlo, que me gustó, me gusta y me gustará eternamente Manolo Escobar.

Q.E.D.

lunes, 14 de octubre de 2013

TE BAUTIZO POESÍA

Pero recuerda, díselo al oído, susurrándole tus palabras, porque ella es la mujer del silencio y puedes molestarla. No olvides que ella es la mujer de huellas amables, de ilusiones vivas, de gestos céfiros... Y hay que saber bajo qué códigos puedes dirigirte a ella. Debes hablarle de manera lisa, blanda; con mirada viva, pero que no queme; sin rayos de luz, pero que brille. No puede ser de otra manera, porque así es ella: Norte y Sur, blanco y negro, sol y sombra... TODO.


 

Hazte presente ante ella y cuéntale que la sueño, que la vivo en mi realidad íntima y que la sitúo como meta de mi esperanza. Pero... pero, por favor, ¡cuidado!, no la dañes, por lo que más quieras, díselo con un tono de voz suave y remiso, igual que habla el agua de un arroyo, como lo hace el aire cuando acaricia levemente nuestros oídos.

Anda ve, te lo pido por lo que más quieras, ve ante ella y cuéntale que es el arcano de mi corazón, la columna que sustenta mi mundo, el maravilloso secreto de mi caja de música... dile que es la sonrisa que jamás hubiera podido ni soñar. Eso sí, tómale su mano, de piel estela de buque y, por favor, sin causarle molestia, sin provocarle dolor, cuéntaselo con vocecita de nube, con palabras arañadas por el silencio...

Aunque sea lo último que te pida, incluso si tú quieres te lo suplico, pero, por favor, hazlo, acude junto a ella y dile que todos los días tallo los besos de sus labios en mi corazón, que su existencia transparente y translúcida es visible solamente a mi mirada, que me entusiasma su finura, que conozco su dureza, que adoro su delicada rareza… su tenue manera de estar viva. Pero presta mucha atención, por favor, no vayas a herirla descuidando tu voz, utiliza un timbre blando, dulce, grato; de sonido tranquilo, quieto, manso, porque ella es la mujer de seda lasa, de espuma de almíbar que se desvanece.



 
No tardes más, te lo ruego, vete con premura a su lado y hazle saber que es la mujer de quien huye la tristeza, la pena; que es la única habitante de los mundos multicromáticos y hechiceros que MHA crea, ve, imagina o tal vez sueña; que es el ser que convierte en atractivos mis estados de ánimo oscuros e indefinidos. Pero eso sí, por favor, te pido mucha prudencia, no la violentes con tu voz: háblale con una sonrisa apacible, sin sonido; dale mi mensaje con una mirada dócil, rendida, de brillo puntiagudo y fugaz, para no molestar.

No esperes un segundo más, por favor, corre ve y dile que es la mujer irreductible, la que petrifica su mirada en la única dirección tomada: mis ojos. Toma su cara entre tus manos de vilano, delicadamente algodonadas y cuéntale que es la mujer de sonrisa misteriosa y plena, pendular, como una idea que nace en el desierto y muere ahogada en la inmensidad del mar, como un suspiro que sube desde la tierra hasta el cielo. Pero te pido por lo que más quieras que extremes la precaución cuando le hables, no la contraríes con tu voz: díselo con palabras de nube, de vapor acuoso; con palabras giratorias que lleguen a ella acaracoladas y se rindan a su sentimiento; con palabras líquidas cuyo curso las expanda por todos los rincones de su corazón.

Sin demora, por favor, vete a su lado, tómale las manos y dile que la bautizo poesía.

Del aire cuelgan sacos de sueños...



 

jueves, 19 de septiembre de 2013

MUERTE, VIDA Y ENFERMEDAD II


Tal cual afirmó el filósofo vallisoletano Julián Marías, la esperanza es un requisito imprescindible para la supervivencia humana.

La enfermedad se puede considerar como la guadaña del orgullo y la soberbia, como el pesado elemento que nos ancla los pies a la tierra; nos muestra cuán vulnerables y débiles somos y nos recuerda que fuera de los principios básicos de la interacción y la relación humana todo es notablemente fugaz.

Una enfermedad irreversible es una pasarela sin retorno hacia la muerte; un viaje penoso que no se le cuenta a nadie; un tránsito vital de desconexión, de retirada; es la realidad más palpable y fehaciente de cómo se disuelve nuestra condición humana; es un adiós anticipado a veces largo y siempre muy triste.

Y es ahí donde entra en juego el aserto anteriormente mencionado de Julián Marías: tanto el enfermo como sus familiares se aferran a la esperanza del milagro. Realmente es el único camino posible, cuando el retorno a estados o condiciones anteriores es ya imposible.  Sin embargo, las tropas letales de la obstinada realidad siempre vencen y terminan imponiéndose a la perpetua recurrente espiritualidad.

-      Fíjati, Tivi, cúmu me lo han dejau, eh una pena. Y menuh mal que ehtuvimuh pendientih la mi hija y yo, que si no terminan matándumilu. A vecih, loh médicuh son unuh carniceruh –se explicaba atropelladamente contándome con rabia e impotencia el estado de su marido. Oyi –continuó-,  que muchísimah graciah por vení, eh, que esa eh otra jolinih, pasa mucha genti del pueblu por la puerta y nadii para a velu, se crein que porqui haya perdíu la razón deja de ser una persona. ¡Y eso no eh así coñu!
-      Bueno mujer, cálmate. No todo el mundo tiene la suerte de descubrir el enorme placer de acompañar, de darse a los demás – le dije con voz pausada.

Cuando existe una relación afectiva máxima con la persona enferma, en  sus primeros estadios nunca aceptamos la enfermedad, tratamos de evadir la realidad o bien negándola o buscando un chivo expiatorio que sea el culpable de todos nuestros males. Es una necesidad humana fundamental que nos ayuda a encajar una situación de vida inasumible.

-      Ya te digu, ahora lo tengu yo bien cuidau. Lo únicu que no puedih hablá con él ni ná, porque él no se entera ya de naíta – siguió lamentándose.
-      Pero en eso no estoy de acuerdo, ni mucho menos. Tienes que hablar con él y mucho – le rebatí.
-      Buenu, le ponih la tele y vez en cuandu le dicih alguna cosina, pero pa ná, él no se da cuenta maldita de lo que le digah – aseguró.
-      No necesita comprender el contenido de una conversación, su significado; pero sí necesita escuchar la voz de la persona que él eligió para compartir su vida, que eres tú. Y también la de sus hijos. Juntos le creáis todo su universo sensorial, porque vosotros sois lo que más ama él – incidí en mi idea.
-      ¡¡Ohhhh, míralu qué cosah dici!! – exclamó sonriendo.

Una de las cualidades básicas y de los valores esenciales de las personas que cuidan enfermos es la capacidad que tienen para desarrollar su generosidad sin testigos, sin apropiarse de nada ni de nadie, sino simplemente dándose a fondo perdido, dejando su alma a la sombra y restando vida al final de cada día con suspiros de tristeza que se evaporan en el aire cargados de secretos.

-      Eh una pena veluh así, hay diah mu maluh y eh todu mu trihti, de verdad – sollozó.
-      Ellos aprenden a recibir, agradecen mucho cada gesto de entrega que reciben. La tarea de dar te corresponde ahora a ti – le dije apretando un poco su brazo.

Miré al enfermo una última vez y sentí que mi presencia allí debía de concluir. Hacía movimientos extraños con su cabeza intentando buscar horizontes pasados con una mirada totalmente perdida, como si estuviera ensayando el baile de una danza lenta titulada “La senda hacia el más allá”.

Subido ya en mi moto, antes de ponerme el casco, miré de nuevo a esa apesadumbrada mujer y le dije:

-      Recuerda, háblale mucho a solas, recuérdale que lo quieres mucho, que siempre estarás con él y que nunca lo olvidaras. Las palabras no aparecen en las radiografías, pero dejan marcas indelebles que  refuerzan exponencialmente el vínculo emocional – sentencié.

Y marché integrando en mi historia personal todas las vivencias de esa mañana, prometiéndome a mí mismo que cada día trabajaría más la lejana virtud de la humildad.

martes, 3 de septiembre de 2013

MUERTE, VIDA Y ENFERMEDAD I


-      Hola, ¿hay alguien? – grité desde la puerta mientras la tocaba y activaba el timbre.
-      ¿Quién erih? – preguntó sorprendida la dueña de la casa.
-      Soy yo Luciana, Tivi – aclaré.
-      ¡Anda, veráh tú quién eh! –exclamó con sincera y alegre sorpresa. ¿Y qué te trai por aquí, hiju? ¿Queríah algu? – interrogó con curiosidad.
-      No, nada más que saludar y darte mi pésame por la muerte de tu marido (por supuesto, le dije el nombre) – le contesté con sincero pesar. No te pregunto cómo estás –continué-, porque sé que estás mal y muy apenada, porque después de lo ocurrido es difícil estar de otra manera.
-      Pueh sí, hiju, eh una pena muy grandi. Me ha dejau muy sola – dijo con la mirada perdida.
-      Te ha dejado con su recuerdo, que no es poco. Y con un montón de huellas de su inolvidable paso por aquí: una vida compartida, hijos/as y nietos/as, que es el más fiel testimonio de su existencia y de vuestro amor. Todo eso debes guardarlo tú, así lo mantendrás junto a ti para siempre – le aseguré mirándola a sus ojos negros, profundos y verticales, como el abismo que sentía con su recuerdo.

Lloró y guardó silencio durante un buen momento. Yo respeté su llanto y su silencio manteniéndome callado y buscando un contacto físico puntual o cuando menos medido: un abrazo, tomarle las manos, una mirada, etc.

Y cuando correspondió le hice una transacción cambiante para evadir el momento y resolver la situación creada.

-      ¿A que te ha gustado mi visita? ¿Te has alegrado de verme aquí? – le dije con voz enérgica tomándole las manos y apretando de forma moderada, para transmitirle oxígeno, incluso cierta vitalidad.
-      ¡¡ Pueh claru que sí, hiju, muchu!! – respondió con un tono de veraz agradecimiento.
-      Bueno, pues vuelvo a casa, me esperan para comer. Te muestro mi confianza en tu fortaleza, con eso me basta para saber que irás saliendo de tu tristeza sin perder jamás el recuerdo – finalicé mientras le volví a dar dos besos.
-      Muchah graciah, hiju -concluyó con una tímida sonrisa.

Decía Benedetti que la muerte es la cumbre de la sencillez.

Y es verdad, ya que la vida, en abundantes ocasiones, la convertimos en la cima de la estupidez y la soberbia. Y bajo las premisas y los dictados de estas procelosas aguas, la navegamos.

Evidentemente, este es uno de los motivos esenciales de nuestros vacíos existenciales: situamos lo importante en el reino maldito de lo banal, de lo insustancial; y nos pasamos la vida buscando lo fundamental en recónditos lugares en donde no está.

Esto trae como consecuencias básicas, primero, que muchas olas de esas aguas de la vida nos suban con fuerza al limbo, y segundo, que en otras olas, quedemos bajo la longitud de su onda y nos ahoguen al disolverse sobre sí.

 Y esa es principalmente hoy la vida, paraos a pensar un momento y lo comprobaréis.

Tras unos cuantos de años sin hacerlo, este verano lo he pasado en mi pueblo, en Nuñomoral. Y durante las mañanas del mes de agosto, tras una serie de reflexiones personales, decidí subir a mi moto y viajar por las distintas alquerías que componen el Ayuntamiento de Nuñomoral y realizar algunas visitas.

Para no tener que impostar casualidades inexistentes, antes de nada, pensaba a la persona o familia concreta que iba a ir a visitar, por lo que mi acción se realizaba de manera directa y expresa. Y aproveché para dar algunos pésames y para visitar algunos enfermos, personas que, en ambos casos y respectivamente, conocí vivas y sanas.

Comprobé, en el caso de las familias que habían perdido a algún ser querido, que el denominador común que desgarra en la muerte es el vacío y el recuerdo. Lo más duro en sí, para la mayoría, no era la ausencia de esa persona ya allí, a su lado. Es decir, lo verdaderamente doloroso no era la desaparición de su marido, mujer, padre, madre, hijo, hija… como ser independiente, sino el vacío que quedaba en su propio entorno, en su vida. Alguna vez lo he escrito ya en mi blog: ante una muerte no lloramos por lo que se va, sino por lo que nos queda. Y esto es una forma un tanto egoísta de situar el afecto y enfocar el dolor, que además hace que el sufrimiento sea más intenso y más prolongado en el tiempo.

Como sé fehacientemente que este blog es leído por mucha gente de mi zona, para huir de cualquier atisbo de sensacionalismo o morbo y preservar la intimidad y el anonimato de los implicados, he tomado la precaución de que todos los nombres que aparecen, aunque representen el hecho real, sean ficticios.

Por razones estrictamente personales, tengo un aprecio enorme a la inmensa mayoría de gentes de todo el municipio de Nuñomoral, incluso en muchos casos puedo afirmar que siento un afecto especial por mis paisanos, sobre todo por las personas mayores. Genéricamente, aunque con diferentes matices dependiendo de las personas, en los términos que cuento en la conversación que abre esta entrada de blog mantuve las conversaciones cuando se trataba de gentes que estaban pasando un duelo por la desaparición de algún ser querido.

Y de la desolación y el dolor que proyectaban los ojos de estas personas, nacen las reflexiones que acabo de contar acerca de los tipos de vida actuales y del intemporal dolor de la muerte.

jueves, 22 de agosto de 2013

CLIENTES POTENCIALES II


Para delatar lo surrealista, ridículo y esperpéntico que puede llegar a ser el ámbito de las ventas indiscriminadas, voy a referir un suceso que me ocurrió en fechas pasadas.

Estaba aún terminando de desperezarme en el sofá de mi casa de la cabezadita de después de comer, cuando de repente suena el teléfono. Hoy día, con la identificación de llamadas, cuando miramos la pantallita de nuestro teléfono, siempre deducimos que son números de empresas que nos van a ofertar algún producto, pero en el fondo a todos nos pasa lo mismo: pasado el momento inicial de la razón y ante un número raro o excesivamente largo descolgamos el aparato no vaya a ser una llamada que cambie nuestra vida. Bien pensado, menuda chorrada y pedazo fantasía común albergamos ¡eh! A quién se le ocurre pensar que una llamada va a suponer el vuelco de tu vida, en fin…

-       Sí, dígame –contesté adormilado.
-       Hola, buenas tardesss, ¿hablo con don Primitivo Expósito Azabal? – sonó al otro lado una voz de mujer grave pero limpia y perfectamente entendible.
-       Pues sí, soy yo, ¿me puede decir con quién hablo, por favor? –pregunté temiéndome ya lo peor.
-       Hoo laaaa don Primitivo, soy Elia Onofre, ¿cómo está usted? – continuó aplicando todas las técnicas aprendidas en sus cursos de telemarketing.

Reconozco que ante una situación de esta índole y teniendo en cuenta la previsibilidad, estuve a punto de contestarle como un/a jubilado/a:

-       Ay, pues mire, no estoy muy católico, ¿sabe? Ayer se me metió un dolor por el talón del pie izquierdo que me recorrió todo el cuerpo como un rayo y me vino a salir por la parte delantera a la altura del ombligo. Me tiene destrozado.

Pero su trabajo es ya suficientemente duro como para no mostrarles un poco de respeto y regalarles algunos minutos de escucha, aunque yo reconozco que por teléfono no me gusta comprar y nunca lo he hecho.

-       Estoy muy bien Elia, gracias. Dígame cual es el motivo de su llamada, por favor.
-       Eee sí, mire, don Primitivo, le ofrezco dormir una noche en un hotel de cuatro estrellas en Guadalajara por 25 eurosssss, ¿eh? ¿Qué le parece, don Primitivoooo? – lanzó tan ricamente.

Reconozco que en un primer momento me quedé petrificado, incluso pegué un gran chasquido con la lengua,  porque lo último que me esperaba era este tipo de oferta, que me pintaran el chollo padre por ir a dormir a Guadalajara a precio de saldo.

Piensas siempre  que la interlocutora te ofrecerá un seguro de hogar, delatándote como un imprudente temerario si no lo tienes; un contrato de tu línea telefónica con una compañía determinada, poco menos que llamándote tonto por pagar tanto, ya que el que te ofertan siempre te sale 200 euros más barato al año que el que tú tienes; en enciclopedias de estas novedosas que a día de hoy te regalan una y sales a correr; en alarmas para la casa, debido a la cantidad de peligros que acechan a nuestras viviendas si no tienes alarma; en sillones de relax de estos que te dicen que aun estando lisiado, si te sientas un rato por la noche, al día siguiente puedes hasta competir en unas olimpiadas; en jamones que te tocan en sorteos que jamás juegas,… ¡¡Pero Dios mío querido, quién iba a pensar que te fueran a ofrecer ir a dormir una noche a Guadalajara!! ¡¡Y encima por 25 euros!!

Suelo tener una óptima capacidad de reacción, pero necesité algunos segundos para salir de mi asombro y contestar:

-       Pues mire, doña Elia, ni se me había pasado por el magín ir a dormir a Guadalajara, de verdad – le dije hasta con cierta gracia.

Evidentemente ella estaba adiestrada para insistir, para reiterar machaconamente el planazo que me perdía si no tomaba el tole al día siguiente y me iba a dormir a Guadalajara. Y yo decidí, sin perder el respeto y la educación ni atentar contra ella, conducir la conversación con cierto humor para intentarle descubrir lo ridículo de una oferta de esa entidad.

-       Pero, don Primitivoooo, fíjese lo que le acabo de decirrrr, es una oferta increíble – persistió.
-       Que sí, que sí, Elia, en eso estamos de acuerdo, la oferta es increíble. De hecho te confieso que jamás se me había terciado a mí ir a dormir a Guadalajara, de verdad –aseveré.
-       Es que, don Primitivo, es una oportunidad única, de estas que no se pueden perder, por favor –atacó de nuevo.
-       Estaré entonces poseído, Elia, pero no pienso ir a dormir a Guadalajara. Entiendo según te explicas que la noche andará bien cara por allí y que por 25 euros estoy cometiendo una locura rechazando la oferta, pero es que me imagino coger yo ahora mismo mis bártulos y arrancar a Guadalajara a dormir nada más que así, que porque hay un hotel que me cobra sólo 25 euros –le solté de un golpe intuyendo ya que entraba en la fase de cese, incluso que tenía ganas de reírse.
-       No sé, don Primitivo, pero pienso que un paquete así no se puede rechazar, se lo digo con toda sinceridad –apostilló, pero ya batiéndose en retirada.

Y decidí pegarle la puntilla.

-       Agradezco tu preocupación, pero lo voy a rechazar, hay cosas que no pueden ser, Elia. Sé que esto será una mancha negra en mi historia personal, pero lo asumo – le dije ya con pleno dominio de la conversación.
-       Jajajaa… jaja... Perdón – dijo incómoda.

Y opté por ponerle un contraejemplo:

-       Mira, yo soy de un pueblo del norte de Cáceres, de Nuñomoral y la ciudad más próxima que tengo es Ciudad Rodrigo, en la provincia de Salamanca. Te digo esto, Elia, porque esta semana estuve una mañana allí y vi en un supermercado un queso puro de oveja de tres kilos por 15 euros la pieza, siempre y cuando te lo llevaras entero. ¡¡Y no lo compré, fíjate tú!! Como ves era un ofertón, pero, ¿dónde iba yo con tres kilos de queso de oveja así por las buenas? No sé si me has entendido.
-       Jajajaja…. Sí, sí… jajajaja.. – no podía ni hablar la muchacha de la risa.

A partir de ese punto a Elia le importaba un pimiento si yo aceptaba la oferta de dormir en Guadalajara por 25 euros o no,  ni siquiera me volvió a mencionar nada relacionado con dicha oferta. La chica tardó en reponerse de sus risas y me bombardeó a preguntas personales durante unos instantes, hasta que amablemente decidí yo poner fin a la conversación.

Espero que se replanteen todas estas formas de ventas y sistemas de marketing, porque pienso que todo lo que excede a lo razonable y lo normal no funciona.

Además se consigue mucho más con una sonrisa amable y dándole oxígeno a la gente, que con métodos que terminan convirtiéndose en elementos de acoso y derribo. 

martes, 20 de agosto de 2013

CLIENTES POTENCIALES I

Entiendo que, desde su invención, el teléfono ha sido una de las herramientas más poderosas para hacer negocios, esto es un hecho plenamente constatado que no admite discusión alguna.
No obstante, en los últimos tiempos, debido a los cambios que se han producido en los enfoques de estrategia comercial, el poder del teléfono como herramienta de venta, pienso que se ha visto aminorado.
Técnicas de venta excesivamente agresivas, persuasión al consumidor inadecuada, una comunicación comercial en ocasiones errónea y una oferta de producto que no cubre necesidad alguna en el consumidor, sino más bien tiene como fin un carácter estrictamente economicista, de consumo innecesario en la mayoría de los casos, han conseguido que todos los potenciales consumidores (o sea sé, todos nosotros) desarrollemos unos potentes filtros que nos hacen resistentes a la compra espontánea o compulsiva.
Sin embargo, esta autodefensa que crea el consumidor que es, además de progresiva, excesivamente lenta, es derribada una y otra vez por el robusto sistema de marketing que las sociedades capitalistas ponen al servicio del flujo económico: principios y prácticas que buscan especialmente el aumento de la demanda, es decir, del comercio, no de la satisfacción de las necesidades del consumidor. Por tanto, todos cargamos con un sinfín de productos y “canecos” absolutamente innecesarios hasta que nos hacemos fuertes y resistentes a sucumbir a ventas estúpidas, en muchas ocasiones de productos ni siquiera tangibles. ¡¡Tiene cojones la carga de leña!!
En mis escasas noches de insomnio, en alguna ocasión, he decidido encender la televisión para practicar un rato el zapeo, como medio de relajación… o como búsqueda de la nada o de lo inconcreto. En la mayoría de canales, a determinadas horas, ofertan una inmensa multiplicidad de productos de lo más variopinto. Bien, pues estos, cualquiera de ellos por ridículo que parezca a priori, si me paro un momento y presto la atención debida al anuncio, sinceramente no me explico cómo llevo cuarenta y tres años sin ellos. ¡¡TODOS ME HACEN FALTA!! A todos les veo una utilidad enorme, no sé si os ha llegado a ocurrir este curioso hecho. De ahí que en todos los hogares haya una serie de pingajos y zarrios que un día se compraron por impulso irresistible, sin calibrar su valor ni su necesidad. Y es normal esto, porque el producto en sí es descrito en un ambiente de emoción (marketing emocional) que lo presenta como algo único, exclusivo y valioso; como una pieza singular únicamente a la altura de tu dignidad. Pero claro, en esos casos, nuestra individualidad es en realidad una enorme masa de millones de personas que en ese mismo momento comparten canal de televisión: hecho esencial que conoce la maquinaria de la industria, pero no discrimina el cerebro del consumidor. Evidentemente, cualquiera de nosotros como potencial consumidor, somos inmensamente más frágiles que la poderosa y pesada maquinaria de la industria.
Bien, pues a continuación me centro y voy al grano, al motivo principal que genera la creación de esta entrada de blog.

miércoles, 31 de julio de 2013

INVISIBLE

Una de las consecuencias más relevantes y contradictorias del fenómeno de la globalización es el incremento experimentado por los movimientos migratorios entre los países menos desarrollados y los encuadrados en el llamado primer mundo. Y se destaca lo contradictorio de la situación porque los mismos países que abogan por la supresión de fronteras y el libre tránsito como premisas sobre las que construir ese mundo globalizado, supuestamente mejor y más justo, son a la vez los primeros en demandar el cierre de fronteras y las restricciones al libre tránsito, cuando estas premisas se aplican, no a las mercancías, sino a las personas.
Terminaba mis vacaciones playeras y, tras realizar las últimas gestiones en el hotel donde estuve alojado, salí a buscar mi coche para aproximarlo a la puerta principal del mismo y cargar todo el equipaje familiar.
Abstraído en mis pensamientos caminaba por una acera, a esas horas, casi desierta de peatones. Apenas llevaba recorridos veinte metros de calle, un chico de piel negra me abordó y con voz apagada, casi imperceptible, me dijo:
-      Oiga señor, ¿me puede ayudar?
Uno de los principios básicos de mi filosofía de vida, no sé si por educación o por la influencia de mi formación, es hacer efectivo mediante las acciones cotidianas el hecho esencial de la verdadera igualdad en dignidad de todos los seres humanos.
Inmediatamente me detuve y me dirigí directamente a él:
-      Ay hola, disculpa, que no te escuché, ¿qué puedo hacer por ti? ¿Cuál es tu nombre? – le dije mientras le daba la mano.
-      Que si usted me puede ayudar, soy Nwda.
-      Pues seguramente no, es más, te puedo decir que yo, en este mundo, soy tan insignificante como tú… o tan importante, coge la parte que más te guste.
Me miró y sonrió.
Tenía unos ojos enormes, de pupila negro intenso, de iris negro matizado y la esclerótica (parte blanca del ojo) era de un blanco pálido, casi amarillento, como si fuera una luna muerta caída en el estanque del olvido. Era una mirada todavía honesta, forjada por el desengaño y el menoscabo personal.
Solté su mano y le estuve contando que había venido a un mundo espejo, al continente del absurdo humano y al país de la mentira.
-      Yo me volvería a…
-      Gambia – terció con rapidez y oportunidad.
-      A Gambia, porque tú no tienes cabida aquí, no sabes hacer trampa. Vete y recupera tu miseria y tu condición humana y así en poco tiempo verás que eres rico. Veo en tu mirada algo que me dice que te esperan cosas buenas.
Para entonces habíamos llegado a mi coche y decidí despedirme de él.
-      Recuerda que algo bueno te llegará…- le dije mientras le daba la mano y lo abrazaba.
-      Muchas gracias, amigo – contestó agradecido.
Cuando subí a mi coche recordé una noticia emitida por un telediario no hace mucho tiempo, que contaba que ante una avalancha de inmigrantes subsaharianos que se lanzaba sobre la valla de Melilla (recordemos que España es la puerta de entrada a la opulenta Europa), los gendarmes marroquíes habían abierto fuego y habían abatido a varios de ellos, quedando algunos muertos y algunos otros malheridos. Recuerdo que salían imágenes de la noticia mostrando cómo la masa anónima persistía contumazmente en saltar la valla, prefiriendo morir en el intento a desistir y perder el sueño de una vida mejor. En una imagen semioscura, un inmigrante herido, casi agonizando, miró la cámara y gritó al mundo:
-      ¡¡Malditos seáis, algún día África se levantará contra vosotros!!
Llegué a la puerta del hotel y cuando estaba terminando de colocar todo el equipaje en el maletero del coche, de nuevo volví a escuchar su voz a mis espaldas:
-      Que tenga buen viaje, amigo.
-      Gracias Nwda –dije mientras volvía a darle un abrazo.
Y entrando ya en el coche, para emprender viaje, Álvaro, mi hijo, me dijo:
-      Papá, ese chico negro está ahí sentado llorando.
Sinceramente, no me había dado cuenta porque tampoco quise, tras el último saludo, ya mirar hacia dónde y cómo se iba.
Cerré de nuevo la puerta de mi coche y volví hasta donde estaba él, olvidando las prisas por un momento. El afecto y el cariño son regalos inmateriales que posan siempre en el corazón. Y yo imagino que a Nwda probablemente sería la primera vez en los seis años que llevaba en España que le hicieran este tipo de regalo, al menos yo prefería enmarcar este hecho en ese pensamiento.
-      Ya te lo dije: nuestra insignificancia común no me deja hacer nada más por ti, por eso te regalo mi sonrisa. Yo me quedo con tu mirada. Recuerda siempre que tú eres más fuerte y más importante que tus dificultades, cree en ti y VENCE – dije y marché definitivamente sin volver a mirar atrás.
A veces, mirar atrás es demasiado doloroso…