martes, 22 de mayo de 2012

AYER TUVE CONSULTA y III

El hombre que no paraba de manejar el móvil y que rondaba una edad de cincuenta y dos años, como ya he apuntado, era excesivamente risueño. Llevaba unos zapatos negros más anchos que un lavabo de Roca, calcetines negros, pantalón vaquero negro, camisa negra y un jersey azul de pico, terminando con una gabardina beis parecida a la del mítico teniente Colombo. Usaba gafas de montura color oro y tenía el pelo blanco plata. Se reía de todo con un brío tremendo, cualquier cosa le provocaba una risa casi estridente. Se zumbaba vivo con los tonos del móvil, con los retrasos del médico, con las quejas de los demás usuarios, con el nombre de los medicamentos, con la tos de la gitana, con las alergias, con el nombre del médico (¡César, ya ves tú! No quiero ni pensar qué hubiera pasado si se entera del mío) y también con sus propias ocurrencias y sus ánimos. Digamos que era un señor muy inoportuno. Eso sí, todos los presentes vivimos aquella cotidianidad con el ruido de fondo de sus risotadas.

La señora de cincuenta años, además de bella, era inteligente. Hablaba de todo, opinaba de todo y lo sabía todo. Era indulgente con el ritmo de los turnos y apeló a la Ley de Atención al Usuario de Extremadura para disculpar al médico. Cuando nombró esta Ley, el hombre de pelo blanco, pegó una explosión de risa que miramos toda la sala al unísono. La señora bella, calificaba los retrasos de aquella mañana de normales, de lógicos teniendo presente las circunstancias dadas (no explicó más). Nos contó los riesgos de las curas precipitadas y nos ilustró acerca de los dolores que hacen innecesario acudir al médico. Posteriormente, y con el hombre del pelo blanco retorcido de risa sobre su asiento, hizo una defensa encendida sobre las grandes marcas de farmacia y atacó duramente a los medicamentos genéricos. Finalmente, y tras comprobar la atención que despertaba en todos, hizo una breve exposición de la Ley de Protección de Datos, la cual “calzó” en la conversación con una maestría que hasta pareció oportuno sacarla a colación. El hombre del pelo blanco, al punto, colmado ya de risa, estiró su pierna derecha, se inclinó ligeramente hacia atrás, metió su mano derecha en el bolsillo y sacó un pañuelo blanco con el que se secó el lagrimal y se limpió los morros.

La gitana calzaba unas zapatillas de lona negras bien acopladas al pie por una cinta flexible que lo cruzaba de lado a lado abrazando el empeine, esa cinta no era más que la típica goma aquella que se usaba para poner en la cintura de los calzoncillos antaño cuando estos se daban de sí, en la época en que los españoles desechábamos la ropa cuando la tela estaba ya de tal manera que si la ponías a la altura de los ojos, veías lo que había detrás. Llevaba la gitana una falda negra con flores azulonas, un mandil azul chillón, una blusa azul oscuro y sobre la misma una chaqueta granate. El pelo lo llevaba recogido en un moño, cubierto por una prenda negra reticular.

  • ¡¡Mi cagüín la Moreneta!! Esta parsimonia no hay quien la aguanti, chachu. –Sonó grave la voz del gitano a mi derecha.

Tras un susto por la sorpresa que me produjo su queja y por la brutal explosión de risa del hombre de pelo blanco, miré al gitano desde mi asiento y enseguida supuse que la Moreneta era una virgen, claro. El gitano se recostó sobre su asiento con un gesto seco, severo, huraño, adusto... cansado de aquella sala y también tal vez de un mundo que no era como él quería. El hombre del pelo blanco estaba al borde del infarto, ya no era capaz de desarrollar a nivel físico el caudal de risa que la situación le provocaba.

El gitano llevaba unas botas como de escay marrón, con una cremallera en el lateral interno de las mismas; un pantalón en tonos marrones con rayitas crema apagadas, chaleco negro, camisa blanca de raya vertical ancha en azul, chaqueta americana negra y un sombrero de paño negro, de ala ancha, circunvolucionado sobre el ala por una cinta también negra. Este gitano, afortunadamente para todos, hablaba poco. Y digo afortunadamente porque le gustaba sentenciar cuando hablaba, pero no pegaba una en el clavo. Todo lo que decía o no era o era del revés.

La gitana tenía lo que yo denomino una tos de ciclo tres: ¡¡coju, coju... coojúúúú!!. Y lo explico aquí porque la tos más frecuente es la de ciclo dos: ¡¡coju, coju!! Aunque cuando los inviernos son un poco más cálidos la tos suele ser de ciclo uno: ¡¡coju!!

  • ¡Ay, madrita esi señó, a vé si acaba yaaaa! ¡Ayyyyyy, válgami Dios! - Se lamentó la pobre gitana refiriéndose al médico, mientras miraba a la puerta de la consulta.
  • ¡Maldeciesus los güesus, mujerucu!! - Contestó el gitano alarmado por el lamento público de su esposa.

Deberíais haber visto en ese momento al hombre del pelo blanco, casi cayéndose literalmente de su asiento partido de la risa. Tenía la cabeza colorada como un tomate mientras trataba con dificultad de respirar invadido completamente por la risa. Fijaos qué dinámica facial le producía esa risa que se veía morado para refrenar sus músculos y recomponer su gesto. Es más, a veces, se le unía una explosión de risa con la siguiente. Y lo peor de todo, no os creáis, es que el pobre no podía hacer nada para controlar eso, cualquiera diría que ese señor era un paciente más.

La gitana juntó sus dos piernas (las gitanas, a diferencia de otras mujeres, jamás cruzan las piernas), las puso bien pegaditas entre sí, se colocó de lado en su asiento y apoyó la cabeza en la pared, en el tabique que separaba la consulta de nuestro médico con la sala de espera. Allí comenzó a emitir un festival de toses acompañadas todas de flemas que parecía el rugido de un motor Citroën de los años setenta. Y como no usaba pañuelo ni se molestaba en levantarse al servicio, fue lanzando olímpicamente todos los gargajos que generaba en la esquina de la sala que quedaba frente a ella. Parecía aquello un pastel de leche condensada, la verdad.

El hombre del pelo blanco, completamente desternillado de risa, hacía aspavientos con sus manos sin que ella ni su marido lo vieran, avisándonos del perverso exceso en que la gitana estaba incurriendo. El grado de risa llenaba su rostro de tal manera que no había lugar para un gesto de asco.

  • ¡¡Ayyyyyyy, madri lo que tengu aquí metíuuuuuu!! ¡¡Coju, coju... coojúúúú!! - De nuevo saltó la gitana de sorpresa, pellizcándose su garganta y barriendo con su mirada toda la sala.
  • ¡¡Mi cagüín la lechi parda, mujerucu!! ¡¡La madri de Dios Santu, cumu se poni!! - dijo el gitano con vehemencia.
  • Pobrecita, qué malita está. ¡Se le va a morir a usted la gitana! - dijo la mujer guapa, mirando al gitano.

La gitana levantó la cabeza y nos miró a todos dando muestras de debilidad con su gesto. Tenía una mirada negroprofunda, espectacular, seguramente en el pasado fue una gitanaza arrebatadora. Parecía como si, a sus ojos, nosotros tuviéramos poder sobre su enfermedad y ella con su mirada nos suplicara clemencia. Me dieron ganas de levantarme y acariciarla, mimarla un poco, darle parte del afecto que la culturización propia impedía a su marido darle.

El gitano ni sentía ni padecía. Se apoyó en el respaldo de su silla, abrió sus manos en abanico, pegó las yemas de sus dedos en correspondencia de los mismos y cerró los ojos. Parecía que había entrado en una comunicación íntima con Dios, tal vez suplicándole por su gitana, pero preservando su hombría.

  • ¡A ver, por favor, Primitivo Expósito Azabal! ¡Primitivo Expósito Azabal! ¿Está o no está? – Voceaba el médico con la puerta de la consulta entreabierta.

A pesar del volumen de voz utilizado por el facultativo, apenas me enteré del llamamiento porque el hombre del pelo blanco, tronchado de risa, con su estruendo, anulaba un poco la voz del médico.

Entré en la consulta y le expliqué al doctor lo acaecido en Portugal. Tomó de su bolsillo una linterna adaptada, con un foco puntiagudo,  tiró de la ternilla hacia abajo y tras una rápida observación lo tuvo claro enseguida.

  • La gota de agua ha sido la chivata.
  • ¿Qué?
  • Que agua ya no tiene usted en su oído. Lo que tiene son dos tapones como diques de mar. Ni sé cómo oye usted nada.
  • Ah, vale.

A partir de ese momento me explicó el proceso a seguir y emitió una Orden Clínica de Consulta Externa (volante), para que me examinaran en otorrinolaringología y procedieran a extraerme dichos tapones.

Precisamente hoy, he recibido una notificación del hospital Virgen del Puerto, de Plasencia, citándome a consulta el día 10 de julio de 2012, a las 9:15 horas.

Por eso, mientras tanto, si os encontráis conmigo, os ruego encarecidamente que tengáis paciencia con mi sordera. Recordad hablarme siempre mirándome a la cara y tratar de no llamarme estos días por teléfono, porque la conferencia puede suponer un elevado coste y encima corremos un riesgo serio y real de no entablar comunicación alguna.

viernes, 18 de mayo de 2012

AYER TUVE CONSULTA II

Después de dos largos días probando todo tipo de remedios artesanos para intentar desalojar la gota de agua: caídas verticales laterales en la cama, tragos reiterados de saliva, bostezos abriendo la boca hasta el infinito e inclinaciones violentas hacia el lado de mi oído obstruido, con el consiguiente resentimiento de mi espinazo; incluso una mañana, en el instituto donde trabajo, en mi despacho, a puerta cerrada, me cogieron dos compañeros en brazos, subidos ellos a una silla, y me dieron la vuelta de campana, zarandeándome al unísono mientras asían fuertemente mis piernas, a la altura de los tobillos. ¡Fijaos qué espectáculo si en ese momento entra algún alumno! Bien, pues como decía, después de dos días de una lucha improductiva en los términos descritos contra la gota de agua, con la debilidad propia del enfermo, descolgué el teléfono y pedí cita para que me viera mi médico de cabecera. 

Me personé en la consulta veinte minutos antes de mi hora asignada, es decir, a las once menos cuarto de la mañana, pero ese día el retraso era excesivo. Cuando estaba revisando la lista de pacientes, antes de que me diera tiempo a preguntar por dónde iba la vez, una voz golpeó en mi espalda:

  • ¿A qué hora tiene usted? – Inquirió una señora de unos cincuenta años con un aspecto impecable. 
  • ¿Eh? Ah, a las once y cinco. –Contesté girándome hacia ella.
  • ¡¡Buffff, todavía va por las diez menos diez!! – Exclamó la misma señora. 
  • Paciencia, muchas gracias. – Dije sosegado. 

Es curioso comprobar cómo en una casa de salud o dispensario se reúnen la enfermedad y su remedio, la mala suerte y su antídoto, pensé mientras sacaba un libro de mi bolso. 

Tomé asiento y desde mi atalaya eché un vistazo general a la sala, a los pacientes y a los acompañantes. La fauna era de los más variada, diversa y variopinta, hallándose en dicha sala un gitano y una gitana, matrimonio, con una edad que rondaría los cincuenta y cinco años. Había un chico joven, también gitano, pero que no guardaba relación alguna con el matrimonio mencionado. Se encontraba allí una señora con la pierna derecha vendada, según testimonio propio debido a una “quemaura del demoniu”, acompañada por su marido. Esperaba ensimismado con su móvil un hombre de unos cincuenta y dos años muy risueño, excesivamente risueño, diría más bien. Y por último, nos acompañaba una señora muy guapa que andaría por la cincuentena y una anciana bastante decaída cuyo gesto facial denotaba una gran debilidad. 

Si en la mayoría de las salas de espera los silencios y las miradas pueden resultar incómodos o embarazosos, allí, doy fe, lo que realmente resultaba un calvario era la algarabía de voces y risas confusas y anárquicas que emitían los presentes. Sinceramente, el ambiente, por momentos, rozó el carácter de verbenero. 

Empiezo por el gitano joven y así nos lo quitamos de en medio, al fin y al cabo era un aburrido y no dio juego alguno. Era un chico que sólo buscaba que lo escucharan, abrió todas las puertas de las consultas llevándose la correspondiente reprimenda en cada una. Al final se sitió ridículo y se marchó sin ser atendido por ningún médico. Francamente, no sé a qué coños fue esa mañana allí. 

La señora que sufría la quemadura en la pierna asentía continuamente y yo pienso que, por momentos, se le olvidaba dónde estaba y qué pintaba allí. Le dolía más la quemadura a su marido que a ella, a juzgar por las caras de dolor que ponía él cuando la veía mover la pierna. Esta señora era la típica que le pone la ropa del día a su marido encima de la cama para que él se vista. Tenía una expresión realmente dulce y era condescendiente con todos. 

La anciana no participaba en ninguna conversación y, aunque suene áspero decirlo, su mirada mostraba cómo su vida se iba apagando suspiro a suspiro. La pobre mujer estaba de vuelta de todo, tal vez por eso quería emprender otro viaje... el viaje definitivo. 

Y aunque la verdad duela, todo hay que decirlo, las personas descritas hasta el momento las he incluido en esta entrada de mi blog porque todo el mundo necesitamos nuestro minuto de gloria, de lo contrario jamás las hubiera mencionado. 

Para no extender más esta entrada, dejo para una tercera parte los personajes que quedan que son, a su vez, los que más me sorprendieron y los que me empujaron a escribir estos capítulos.

viernes, 11 de mayo de 2012

AYER TUVE CONSULTA I

La edad no perdona. Y es que, desde que cumplo años por encima de los cuarenta, tengo la impresión de que pierdo aceite por todos los lados. O siento, cuando menos, que soy mucho más vulnerable. O puede que, ¿por qué no reconocerlo?, sea el inicio de una debilidad humana irreversible que nos negamos a aceptar, provocada por el paso inexorable del tiempo.

Hace un par de semanas, aprovechando un día libre de estos atípicos, hice una escapada a Portugal, a unas termas muy famosas situadas en la población de Monfortinho, localidad rural situada en el Este del país, junto a la frontera española de la zona cacereña de Zarza La Mayor.

Como ya conocía el lugar, fui directamente y sin demora hasta el hotel Astoria, donde se ubica este balneario. Pasé a recepción a pagar la cuota correspondiente y recoger el recibo que me acreditaba como beneficiario de esas termas durante todo el día, en horario establecido. Posteriormente bajé al sótano del hotel y mostré mi tique a la encargada del control de los usuarios, una señora más seria que la pata de un banco que estaba en una especie de cabina en la parte derecha de la entrada. Me aprovisionó de un equipo simple pero completo de enseres necesarios para disfrutar del balneario y cumplir con las normas establecidas: albornoz blanco, gorro de goma amarillo y unas planchas finas de gomaespuma que no eran otra cosa que unas chanclas montables, las cuales tenían un buen trago para componerlas. De hecho cada usuario las llevaba de una manera y un color diferente. Y también, dicho sea de paso, por si alguno va (el que avisa no es traidor), cuando salías de los vestuarios y comenzabas a pisar la zona húmeda, resbalaban como un témpano de carámbano de los que se generan en mi pueblo en las riveras y en los regatos durante las frías noches de diciembre. De verdad, todo el mundo entraba con mal gesto a las salas climatizadas donde se hallaban los servicios que allí se ofertaban, por dos motivos claros: por un lado, con las chanclas, en escasos diez metros, quedabas colmado de ejercicio físico debido a la cantidad de piruetas, cabriolas y demás acrobacias varias que los derrapes te obligaban a hacer; y por otro, con el gorro asesino de goma, el millón de perrerías que tenías que soportar cada vez que intentabas colocártelo: a los desagradables tirones de pelo, había que sumar el roce hirviente que te provocaba en la piel. El hijoputa del gorro te hacía sudar, de verdad; digamos que parecía el propulsor principal para alcanzar la temperatura adecuada sin necesidad de conectar el sistema de calefacción. Sin olvidar el efecto que producía una vez que te lo “calzabas” bien, que era similar a lo que se debe sentir si te engrilletan la cabeza con dos arcos de hierro semicirculares y aprietan los tornillos a un nivel ya importante.

Salgo de estas elucubraciones, para proseguir con mi historia por aquello de ir finiquitando el episodio del balneario. Bien, pues, estando en el jacuzzi, en pleno éxtasis de relax entre tanta burbuja cabreada, saltó una gota de agua que se alojó en la parte interna de mi oído. En un principio me causaba esa molestia típica que te parece pasajera, que en cualquier momento sientes un calorcito líquido en el orificio y notas cómo te despejas, pero nada más lejos de la realidad.

Resulta que la partícula de agua encontró un acomodo ideal en mi órgano auditivo y decidió permanecer allí. En los primeros instantes de mi convivencia con esa gotita de agua, tenía la impresión general de que la gente hablaba en voz baja, como con sordina. Y eso que me parecía extraño que así, tan de repente, la población en general hubiera rebajado tanto el timbre de su voz. Salí del error cuando paré a cargar el depósito de mi coche de combustible:

 ¿Cuánto ponemos? - Interrogó el gasolinero.


 ¿Qué? Ah sí, no para de llover. ¡Menudo día! - Contesté amablemente yo.


 Cierto. ¿Cuánto ponemos? - Insistió él.


 Lleno, por favor. - Le dije tras verle con la manguera en la mano y dirigiéndose a mí moviendo los labios.


 Pague usted dentro. - Me informó al terminar.


 ¿Qué? No le he oído.


 No, ya. ¡La leche puta, este tío está más sordo que un gato de escayola! - murmuró agachando la cabeza.

Y curiosamente esto último lo escuché, pero no se lo tuve en cuenta. Al fin y al cabo tenía razón y a mí me vino de perlas, porque tomé conciencia de que el incidente del oído, me había dejado como una tapia.

jueves, 26 de abril de 2012

DIEGO "EL COJO" II

A Diego le deben los hombres de este país una idea que, a juzgar por el tiempo que lleva vigente y la satisfacción de los usuarios, es de las más brillantes y útiles de los últimos años del siglo XX. Me refiero ni más ni menos que a la moda de dejarse las uñas de los dedos meñiques de las manos largas y afiladas. Precisamente las suyas, fuertes y agudas, siempre las llevaba así, parecían un par de navajas de Albacete, la verdad.

Atendiendo a sus propias explicaciones, estas uñas tenían múltiples e importantes funciones, hasta tal punto que si probabas y te las dejabas largas, luego ya no podías prescindir de ellas, creo que incluso te sentías manco cuando una se partía hasta que volvía a crecer. Dicho sea de paso, desde luego, él les daba un uso tremendo. Diego “el cojo” utilizaba estas uñas para rascarse el conducto auditivo de sus oídos, lo hacía introduciendo la uña en dicho conducto y con movimientos circulares continuos y persistentes, al tiempo que guiñaba toda su cara. No llegó a perforarse algún tímpano realmente de puro milagro. También le venían de perlas esas uñas a Diego “el cojo” para hurgarse los orificios de la nariz, remover los mocos secos y extraerlos pegados a su uña. Y, por último, Diego aprovechaba sus prominentes uñas para rascarse el cogote, acción esta que le reportaba enorme placer. No quiero terminar el capítulo de las uñas dejando de explicar un uso peculiar de las mismas que nada tiene que ver con el plano físico. Estas uñas se constituían también como una herramienta incorporada al propio cuerpo. Quiero decir que, cuando Diego “el cojo” vendía algún radiocasete de los que traía de Ceuta, si tenía algún tornillo o cable suelto, con su uña lo recomponía en un momento sin necesidad de tirar de destornilladores. Por tanto, que no venga nadie a decirme a mí que el invento de la uña no fue capital.

Terminamos este homenaje a Diego “el cojo” recordando a sus dos grandes amores: Carmen y Eugenia. Carmen fue su mujer de toda la vida, pero el infortunio la llevó a contraer una enfermedad incurable que la llevó de su lado para siempre. El pobre Diego quedó desnortado y bastante abatido, pasando una travesía del desierto que marcó su vida de una manera importante. Sin embargo, un buen día, harto de su soledad, decidió coger su moto y enfiló dirección Ciudad Rodrigo a recorrer distintos pueblos del Oeste de la provincia de Salamanca en busca de mujer. Paraba en las tabernas de los pueblos y preguntaba si había alguna mujer interesada en “arregrarsi colmigu”. Al final recaló en un pueblo llamado Villar del Ciervo y se topó con Eugenia. La avisaron unos vecinos que, previamente, habían charlado con Diego “el cojo” en el bar. Eugenia acudió junto a Diego, le mostró su interés, le expuso sus condiciones (casa, comida, dinero…) y esperó atenta su aceptación. Diego le dijo que no había problema, pero que para él era imprescindible que ella “sabiera cociná bien y que le gustara muchu jodé”. Por tanto, los astros hicieron su trabajo y Diego regresó a Nuñomoral con nueva compañera sentimental.

Y este era el bueno de Diego “el cojo”, un personaje único de Nuñomoral, al que todos los vecinos le teníamos mucho aprecio y bastante cariño.

Vaya esta entrada por ti, Diego, estés donde estés, en Nuñomoral siempre te tenemos presente y en todos sus espacios hay recuerdos tuyos.

DIEGO "EL COJO" I

Diego “el cojo”, natural del mundo y residente en Nuñomoral.

Fue el último hojalatero de las Hurdes: candiles, vasijas, calderos… un abultado elenco de objetos y adornos que lo hacen presente y eterno en infinidad de hogares no sólo de Extremadura, sino de toda España.

De cuerpo enjuto y piel curtida, adobada, aderezada, endurecida y tostada por todos los agentes climatológicos que existen. De verbo fácil y fluido, pero tosco, sin pulimento alguno y naturalmente basto; a veces, rayano a lo grosero. Tenía un repertorio repetitivo, con una expresión verbal de velocidad notable y chiste fácil y desfasado: ¡Me cagüen la vi… llorando! Tú, cabeza pito, ¿qué haces ahí? Y tú no te rías, cabeza mortero; ¿a que no sabes en qué vuelta se echa el perro?… y una sucesión de lindezas más que, sin ser yo el responsable, sinceramente me ruboriza el simple hecho de escribirlas.

Era un personaje realmente excepcional, único, singular, peculiar donde los haya. No he visto un ser humano similar en mi vida, ni creo que exista en todo el globo terráqueo alguien que se le asemeje. Cualquier cosa que se pudiera calificar como rara, excéntrica, extravagante, infrecuente e inusual, formaba parte de él casi de manera estructural, innata; de su condición como persona, de sus naturales y personalísimas formas de expresión y proyección.

Era, evidentemente, cojo, su pie derecho estaba como partido en dos, parecía como si le hubieran pegado un hachazo en el centro del empeine pero sin llegar a seccionar de manera completa. Tenía una cojera de estas que se dice que cuando caminaba metía la oreja en un charco, con una inclinación lateral tal vez excesiva pero con cierta elegancia, sin llegar al movimiento violento, aparatoso. Digamos que, si te lo encontrabas de frente en un camino estrecho, para cruzarte con él, debías calcular el tempo de su cojera para que al pasar a su altura no te pegara un cabezazo en el hombro.

Tan pintoresco como en su vida, era en su vestimenta. Siempre utilizaba botas de lona, pantalones de tergal oscuros para no andar lavando mucho y camisas con un sinfín de cualidades plásticas: todas las flores del mundo, muñequitos de colores, motivos hawaianos, vírgenes y cristos, lazos, etc. Y sobre la camisa jamás fallaba un chaleco de los muchos que tenía y todos a cual más extravagante: de cuero negro, de ante marrón… y uno que era su preferido compuesto de trapos de todos los colores hilados finamente entre sí, era como un remiendo encadenado o un remiendo de remiendos. Toda la ropa procedía de Ceuta, era allí donde adquiría todos los relicarios descritos. Y él lo contaba dándose prestigio y autoelevando su posición social, sin complejo alguno.

Y como objetos de adorno personal, utilizaba bisutería de elaboración propia, como buen artesano. Llevaba, como elementos imprescindibles, colgados de su cuello, un par de collares que llamaban más la atención que una perla preciosa de valor incalculable. El objetivo de llamar la atención y lucirse lo conseguía con una efectividad asombrosa, al fin y al cabo para eso es un adorno, ¿no? Uno de los collares consistía en una cuerda delgada de cáñamo (de guita, como se conocía en Nuñomoral) cargada hasta los topes de alfileres metálicos de diferentes tamaños; y otro, consistía en otra cuerda del mismo material que la anterior, pero atestada de cestitas hechas de pipos de aceitunas, de las que se comía cada tarde sentado en la fuente de la puerta de su casa, en el mítico barrio de Nuñomoral denominado “El Encinar”.

viernes, 13 de abril de 2012

INVISIBLE

El recuerdo de mi historia personal me mantiene viva, a pesar de algunos patrones culturales que atacan y atentan, desde las trincheras de mi parte emocional, contra los bellos campos azules de mi razón.

Me abrazo al cuerpo etéreo de Pollyanna y mi presente se compone de gestos hermosos y sosegados. Mi mirada sabe decodificar las claves de este mundo incierto. Ahora ya sí. Mi lámpara interior se enciende, he madurado lenta y progresivamente, de manera segura y equilibrada. El paso armónico de mi tiempo arroja luz sobre mí y esto favorece a los demás. La importancia de mi función social se agranda. Y mi leyenda también.

En las aguas quietas del lago consigo una mejor visión, con las aguas calmadas es cuando puedo ver el fondo, que es lo realmente importante. En la superficie ya nadé bastante en tiempos pasados. No puedo cambiar las circunstancias, no tengo capacidad para variar la fuerza de la vida, su empuje; pero sí que puedo ser la dueña de mis actitudes frente al mundo.

Me miro al espejo, me redescubro, recompongo mi equilibrio, recalculo mi destino... y ello desplaza mi existencia de la esfera del tiempo a la ETERNIDAD.

Me gusta sentarme en campos llenos de flores para pensar en mí. Me suelto el pelo y soy nube blanca sobre fondo de cielo, de espacio, sobre tonos mandados por el quinto color del espectro solar. La sensación que me creo me lleva a la dicha, me aleja del dolor; y me siento feliz, porque son tardes en las que mi ánimo escapa de medicinas incapacitantes, de barrotes que me apresan, de grilletes que me atan, de amores escondidos que me hacen esclava...

Un toque lejano de campana me hace transitar de mi condición de mujer soñadora a mujer enamorada. Dudo, sufro, río... hiervo. Busco una plenitud que no encuentro. Otra vez: dudo, sufro, río... hiervo... Y el ciclo descrito, es como si fuera ya una tradición de mujer enamorada. Luego, presente... ¿futuro imperfecto?

Hurgo en mi ternura interior, mi melancolía me pinta de gris. Un baile de recuerdos desfilan por una pasarela sin retorno, se resbalan por el sumidero del olvido. Me pregunto si todo hay que vivirlo, o si vivir determinadas cosas merece la pena. Alcanzo la conformidad, mi vida no es un menú abierto que te deja elegir, no es un abanico de posibilidades de libre elección; más bien mi vida es una estructura férrea e impositiva. Se vive lo que se vive. Mi línea de continuidad me parece un abismo. Soy consciente de mi soledad y de mi impotencia frente a la fuerza de la naturaleza, aunque a veces esta consciencia me resulta una prisión insoportable, pero soy sabedora de que existen pócimas para volver a respirar, así me lo dice mi experiencia.

Hoy abrazo las consideraciones de la obra de María Jesús Manzanares acerca de la felicidad y de la esperanza y me siento dichosa de ser no sólo lo que hace patente los hechos de mi biografía, sino también lo que reflejan mis expectativas y mis sueños. Mi expectativa es no romper jamás el vínculo que me une a quien amo. Y mi sueño es ser amada de manera proporcional a como yo lo hago.

Ya veis, esta soy yo. Nada especial, una mujer de mi tiempo hecha de remiendos y recuerdos... Una mujer que haría cruces ante Dios, que buscaría hechizos en países mágicos y remotos y que haría brujerías para conseguir no desdibujar nunca una sonrisa... La sonrisa que sale de mis labios tomada de los tuyos...

lunes, 19 de marzo de 2012

TU MIRADA

Hay verdades eternas, tu mirada es una de ellas.

Tu mirada abre mi corazón, llena sus aortas de vida y lo colma de alegría. La alegría propia de mirarte y verse mirado por ti.

Tu mirada es un canto de ternura, un sonido melodioso que aprecio, amo y me sumerjo en él. Es un poema corto, pero heroico.

Tu mirada es diferente, se llena de color con lo que le gusta. A veces, se llena de color viéndome. Es un libro sagrado, tal vez litúrgico.

Tu mirada es bellamente hiriente, cuando su foco se sitúa fuera de mí. Es un sentimiento ardiente si está ausente, mortal si está y no es para mí...

Tu mirada me lleva y me trae, me trata como el viento trata a una hoja que el otoño humilló. Es como el aleteo de un pájaro herido, la veo y me deja inerme.

Tu mirada tiene un perfume, como el delicado aroma de las violetas. Es de trazo radical, como la hoja de una planta de alta montaña.

Tu mirada es una mirada que nunca deja de ser, que siempre es y está, porque es una mirada que no depende de condiciones.

Tu mirada siempre pregunta, le encanta descubrir e indagar. Muchas tardes tu mirada pregunta al viento por mí y se queda pendiente de sus ecos.

Tu mirada nunca contesta, porque tu expresión lo dice todo. Muchas veladas tu mirada se esconde del resto del mundo y entonces, yo, camino con la brújula buscándome junto a ti.

Tu mirada es de foco único, suele ver el mundo como un cristal roto, lleno de fracciones. A veces, el reflejo que ese cristal roto le devuelve soy yo reconstruyéndome, soy yo recién pasado por tu mirada, soy yo volviéndola a esperar...

Tu mirada no pone filtros, por eso sé cómo amas. Es una mirada que mezcla el otoño y la esmeralda, que escudriña lo más profundo de mi corazón, que cuenta el secreto más recóndito del verbo amar.

Tu mirada, a veces, no nace en tus ojos, está parida por el corazón.

Y es que hay verdades eternas, como la libertad de tu mirada.