miércoles, 28 de noviembre de 2018

SOLILOQUIO DESESPERADO


Mirarte y hacer balance, ¡qué vértigo, qué miedo!

Situarte en las bambalinas de un teatro en cuyo escenario representas tu paso por la vida, escenografía de una obra pública y de otra privada, oculta.  Millones de representaciones entre bastidores, reservadas, fuera del alcance de la mirada de todo espectador. Arlequín que lame sus heridas a escondidas, que guarda lágrimas en botellas de cristal ahumado que luego lanza al mar, porque el mar jamás traiciona un secreto, más bien al contrario: los esconde en sus profundidades más oscuras y misteriosas, mientras las olas distraen a los curiosos.


 Mientras trazas un horizonte preciso con tu mirada nuclear, observo tu espalda y vuelvo a sentir el deseo de ser un piel roja. Levantas tus brazos de manera suave, lenta, sin tosquedad ni aspereza alguna, los levantas dulcemente y tus manos, como elementos llamativos, trazan movimientos altamente significativos, cargados de deseos que pides al cielo. Manos ascendentes, bailarinas, difíciles y herméticas como las cárceles de tu mente.

Una gaviota de vuelo ascendente me dice con sus alas que eres una colección de piezas mentales, un fractal de colores hecho de locura…

Busco donde parece juntarse el cielo y el mar, hasta donde llega mi límite visual, porque cuanto más lejos miro, más cerca me veo. Necesito tenerte fuera de mi encuadre. Y cuando mi cabeza se transforma en un tapiz blanco donde transcurre mi vida, me surge el efecto engañoso de quien busca escalar una montaña: cuanto más se acerca más lejos la ve.


Siento en mi interior un potente crac, se apagan las luces y, de pronto, se enciende una pantalla donde se proyecta mi biografía. Una biografía salpicada de sucesos positivos y, en menor medida, de acontecimientos negativos; de alegrías y de tristezas; de esperanzas cumplidas y de expectativas frustradas; de imágenes sin ti, incluso sin mí… de imágenes deseadas de los dos. De ti. De mí. De nosotros. De nadie. De la soledad. Del sabor diferente de la felicidad.

Una dinámica inconsciente hace que me aleje de ti, a pesar de que tu sonrisa es un encantamiento que asegura que quede enamorado eternamente, pero no por ello sujeto a la voluntad y arbitrio de tu descomunal belleza. O hablamos con el corazón o me sumerjo en el universo del silencio, hago de nuestro encuentro una pausa de música sepulcral; pero nunca, nunca  jamás te volveré a permitir inocularme el virus letal de tu sonrisa. 

Lo sé, soy plenamente consciente de que la hiriente soledad no florece y ni tan siquiera se mueve, la soledad cae de golpe como la afilada guillotina de la esperanza. Sin embargo, también soy consciente de que hay algo imponente y monstruoso en ella, parece como si fuera un corazón en carne viva, un corazón que vive desnudo, sin cuerpo, un corazón poseído por un demonio sumamente perverso, malo, nocivo…tal vez mi pensamiento esté tentado de comprar el traje funesto de lo inhabitado.


Tu danza es como tu hermosura: infinita. Te colocas estratégicamente y me clavas una mirada diagonal que dinamita todas mis resistencias, me siento como un soldado desmontado, un militar sin graduación condenado al hambre perpetua de la guerra.


Veo en tu rostro un paisaje de clima extremo, polar y desértico a la vez, bellísimo como nada, también hoy como nunca; una carita de sonrisa acuática, emulsión de flores preciosas, escalera de hojas de color; mirada cálida frente al espejo, pero glacial para mí.

Sé que Ser no seré, pero me haré y me mantendré vivo con canciones que un día escuchamos juntos, que otro día bailamos pegados; me construiré con lugares que visitamos cuando tus caricias eran mi alimento; saldré de mis escombros con recuerdos de momentos, con anhelos de gestos que muchos días me regalabas, con caricias que se hacían solubles en mis ojos enamorados. Solo seré con tu ausencia, con nada ni con nadie más. Nunca.



Deambulará mi inexistencia por un mundo sin color, sin sabor, sin materia viva, pero prometo besarte siempre en millones de sueños secretos; seguiré dando sentido a mi vida haciendo una lucha sin causa de todo cuanto fuimos, de aquello que nunca te dije, de lo que dejé por hacer, de las veces que no te miré por miedo a partir mis retinas en tus ojazos negros…


Haré de ti un recuerdo sosegado y permanente, de perfección en sus formas, que nutra mi espíritu, que llene mis vacíos, que reviente mis deseos, que oprima fuertemente mi corazón, que teja telas de araña para capturar todos los besos que trate de enviarte. No pienso mirar más al futuro, no asentaré sobre bases sólidas más allá de hoy, aunque soy consciente de que vivir de recuerdos mostrará palmariamente el triunfo de mi decadencia, me dejará inerte, inmóvil, paralizado… sin vida.

El tiempo se estrecha y, a la par, nos empuja, nos sitúa a cada uno en un lugar diferente. Nada más podemos hacer por parar los múltiples ocres del otoño que nos aleja, nuestro sentimiento arcilloso produce desgarros duros, quebradizos, de color azul plomizo cargado de oscuros.

Cierro los ojos.

Casi puedo rozar tu cara.

Me hiero contigo…
  




domingo, 24 de junio de 2018

EL BAILE DE LOS FANTASMAS


Tu mirada era una bola de lava que se hacía río una vez que salía de tus ojos sombríos. Una mirada curva, sin ángulos, apagada, tal vez desconfiada, pero ganada por la fuerza del valor de la esperanza, de la ilusión de una vida que tú jamás habías pensado, pero que sabías que existía porque la habías visto en sueños, en tus sueños.




Apareciste a media tarde moviéndote en diagonal, para que nuestra mirada se cruzara oblicuamente, no podías poner tan fácil tu bondad al albur de la guillotina de la vida, no querías ser decapitada de nuevo. Venías frágil, ondulada, con todos los sistema de alerta de tu cerebro activados, con la idea de que nadie conquistaría a tus guardianes… sin saber que esos guardianes estaban desarmados y eran poco fieros.

Mientras te observaba semioculto, diste tres pasos hacia adelante y dos hacia un lado. Paraste. Metiste las manos en los bolsillos de una chaqueta negra y miraste un horizonte que te daba miedo, hasta que aparecí yo frente a ti, a lo lejos, al tiempo que una cigüeña crotoraba en la cima del campanario de una iglesia en la que tú no orabas. Me aproximé a ti con seguridad, incluso con firmeza, te sentiste desarmada e imitaste el vuelo tembloroso y desordenado de los mosquitos. Al fin y al cabo tenías el corazón demasiado roto como para no hacer gestos de protesta al mundo… a mí también. Sonó un hola  que, sinceramente, no recuerdo bien quién de los dos lo emitió. Y miraste a ninguna parte. La tarde quedó en suspenso.




Con la opresora sensación de un peligro invisible, trataste de avanzar, pero por cada paso que dabas, la vida avanzaba un metro más que tú y volvía a dejarte en tu punto de partida. Un enjambre de demonios atormentaba tu mente, de sobra sabías tú que la felicidad no siempre tiene el mismo sabor, pero fuiste fuerte y no te quedaste inmóvil, preferías sufrir en movimiento que morir dulcemente parada. Cercada por el miedo y atenazada por la incertidumbre, me regalaste una sonrisa tímida y medida; me miraste con precaución y paraste la vida, presentías que algo podía llegar a pasar. El aire movió tus cabellos negros, bellamente caídos como tú ánimo, bailarines como el sabor de la esperanza. Me miraste a los ojos, me diste dos besos y me hablaste bajito, para que los duendes hostiles no te escucharan y no te hirieran de nuevo.

-         Me siento como una hoja caída –susurraste inaudible.

Enseguida hiciste dos movimientos, o tal vez uno solo, pero compuesto, era como si hubieras aplicado dos fuerzas circulando en distintas direcciones. Y diste espacio a nuestras miradas.

Con tus pensamientos varados en las arenas secas de tu interior, daba la sensación de que pedías a gritos un auxilio que nadie entendía. Tratabas de buscar una metamorfosis compleja, de difícil o imposible ejecución: intentabas metamorfosear tus tormentas negras por hermosas tardes de cielos azul bahía, pasar de la cacofonía de la desesperación al canto vivo y triunfal del himno de la alegría.




Sin embargo, en tu actitud se veía clara una chispa eléctrica de gran intensidad que dibujaba un futuro no ya esperanzador, sino brillante y cargado de felicidad. Esas líneas de luz procedentes de un sol apagado que tenías oculto (incluso a ti misma), indicaban un camino bonito, pero que debías hacer tú sola. Tú. Solo tú. Tú sola. Sola.




Pasadas las travesías de las tierras movedizas que un día rompieron tus brazos de tanto sortear, comenzó a nacer tu deseo de ser piel roja y los pétalos del mundo se estiraban hacia el infinito. Y ese deseo de ser piel roja comenzó a escribir en tu cabeza cómo desandar la crónica negra de tu crónica soledad. Una sonrisa incidental anunciaba en tu cara horizontes de luces solares. Y, aunque con errores, yo deseaba estar ahí para ver esos horizontes junto a ti, para ver florecer todas las sonrisas del mundo en tu cara.

Y entonces, empezaste a estar gobernada por tu valentía y fue cuando batiste todas las barreras del mundo. Tu fuerza viva conquistó a los guardianes de la dificultad y, en el mismo universo, comenzaste nuevos y múltiples caminos, abiertos y guiados por tu certero y potente sentido común.




Reconfigurar tu vida y refundar tu existencia con valor y con fortaleza, con valentía, con firmeza, con vigor, excediendo a las fuerzas naturales, a las leyes de lo humano… eso hiciste mi bella amiga, mi querido ser… y eso, eso es algo más que un hecho terrenal, eso es simplemente una HAZAÑA HEROICA.

Y yo, tu amigo.

¡¡Cuánta fortuna!!

lunes, 9 de octubre de 2017

ÁNGULO MUERTO

Para la vida, era una tarde cualquiera, una tarde normal, una tarde propia de tarde, una tarde fuera del tiempo...

Para nosotros, era una tarde plúmbea, una tarde pesada, una tarde impropia para amar, una tarde intensa, profunda, lenta, enfadosa... una tarde que rozaba la impertinencia.




Tus ojos, mostraban un estado atmosférico variable, de nuboso transitando en un espacio temporal a tormenta violenta. La previsión estaba clara y esta vez era infalible, solo faltaba el último relámpago para que saltara la chispa en tu corazón y se iniciara la tempestad.

Sin embargo, ese relámpago, ni el cielo se atrevía a emitirlo, no estaba seguro de sus efectos ni de sus deseos. Y el infierno no podía, porque el infierno no entiende de amor, aunque queme tanto como él.

Eras incapaz de concentrarte en el documental televisivo que mirabas, no te interesaba mucho la forma de vida de los zíngaros indios, porque no cabía contenido en tu cabeza fuera de mí. Yo, refugiado en mis auriculares, escuchaba sin ganas a Franco Batiatto entonando con poca pasión y mucha tristeza La estación de los amores, mientras te miraba de reojo y se encogía mi alma.

La privación de lo que se posee, la pérdida, el daño, el menoscabo, es un poderoso tobogán que te hace descender a los infiernos aplicándote una imposibilidad de solución, rompiéndote la vida entre dos paredes oscuras y asesinas que se juntan y te aplastan.

El televisor, a través de una voz en off, insistía efusivamente en que “la genética de los zíngaros indios como fuente de información...”. Me levanté del sofá tardo, pegajoso y me puse en una de las esquinas de este salón que, en otros tiempos, fue testigo de tanto amor. Dirigiendo mi vista hacia un lado y sin mover la cabeza, miré disimulando al espejo de los reflejos imposibles. Miré con prevención hostil y con enfado. Te observaba en secreto y veía tu mirada saturada de misterios difíciles e imposibles de entender e interpretar, era como si tus pensamientos abisales fueran ininteligibles. Sin embargo, como entre ambos no se podía producir una escena narrada en off, al igual que en el reportaje de los zíngaros indios, nadie se atrevía a emitir sonido alguno que tuviera forma de palabra. Cualquier movimiento producía en el otro una leve pero intensa punzada doliente, de sobresalto interior, de negación de intenciones irreversibles, de terror al desamor... aunque invisible al mundo, que era lo que importaba en ese momento. El tren de las vivencias comenzaba a descarrilar y tomaba los raíles el de los recuerdos.




La vida no para. La vida, a veces, nos trata con un rigor excesivo, con un estricto ajustamiento a las leyes crueles y naturales del desamor. La vida, otras veces, con los brazos de la ausencia de quien amas te estrecha, te ciñe, te oprime... hasta dejarte exangüe, muerto.

Producida por el amor que sentía por ti, se formó en mis pulmones una pleamar que capturaba todos mis oxígenos y me ahogaba; una alternancia de ascensos y descensos de recuerdos tuyos contigo aún presente que invadía mi sistema de afectos y me provocaba una glaciación afectiva que me inmovilizaba y me llevaba a perderte. Y de nuevo miré de reojo al espejo, pero esta vez mis ojos vidriosos hacían que este me devolviera una imagen tuya semiborrosa.

Qué fácil hubiera sido en ese momento girarse, mirarte de frente, tomar tus manos y pedirte perdón, suplicarte que no te fueras, decirte que no supe amarte, pero que te amé. Sí, te amé. Y te amé como nunca jamás volveré a hacerlo. Y, decirte también, que perdonaras todos mis errores, las ausencias de mis sonrisas, las miradas que nunca posé en ti, las palabras más bellas no dadas que siempre mereciste, los olores que no aspiré de ti, los abrazos fuera de las latitudes de tu cuerpo, las caricias tiernas que deberían haber fundido mis manos en tu piel, los besos que me tragué y que hoy tengo que vomitar a un pozo negro... Y decirte tantas cosas. Y sentirte tan adentro. Y no morirme con los ojos abiertos.

Sin embargo, en ese instante, hay una única capacidad humana fundamental que solo enfoca a la pérdida y a la derrota, unos frenos interiores que escapan a toda lógica humana, una manifestación sorda de vaivenes mortales que revientan el corazón y te dejan inerte, sin vida. Pero que es el único camino posible. O no.

Cansada de esperar una vida que no llegaba, te levantaste del sofá con un movimiento suave, silencioso, letal. Y el espejo del salón reventó en mis ojos espía encubiertos. Sentí un socavón por dentro que se transformó por fuera en una subida rápida de temperatura que recorrió mi cuerpo de abajo hacia arriba como una corriente ardiente de aire húmedo. Al cabo, me dirigí al sofá y ocupé el lugar donde antes habías estado sentada tú. El sonido de la televisión me llegaba de ultratumba: “...el pueblo kurdo es la minoría étnica más grande en el Oriente Próximo... No existen censos rigurosos, pero aproximadamente un 45% de kurdos vive en Turquía...”.

Saliste de la habitación y rodeaste el sofá, dejaron de sonar las ruedas de la maleta y quedaste parada justo detrás de mí.

     No hace falta que te rodees, ni siquiera necesito que me mires para decirte unas palabras, mis últimas palabras.

Sentí una contracción intensa e involuntaria de todos los músculos de mi cuerpo, una agitación violenta de emociones, una sacudida sísmica que perló todo mi rostro y me dejó paralizado.

-  Te quise mucho, incluso no sé si hoy te sigo queriendo pero esto ya no importa, por eso prefiero no tentar a mis sentimientos. Mi decisión es más poderosa que mis rescoldos de amor, porque ello me hace fuerte y me mantendrá en pie sin ti. Intenté mucho tiempo hacerme presente en ti, romper mi invisibilidad, que me vieras, pero estaba claro que yo siempre fui tu ángulo muerto. Si un día en lo más íntimo de mí siento la llamada volveré a buscarte y, si en ese momento eres para mí, todo saldrá bien y será perenne… hasta siempre.


Se hizo el silencio y al instante escuché el sonido de la puerta cerrarse, al mismo tiempo que sentí que se abría para mí la puerta del averno. Ese sonido fue un lazo que estranguló mi corazón, dejando un último suspiro para regalarte cuando la vida me diera otra oportunidad.




Como la falsa mejoría del enfermo terminal previa a su muerte, me invadió una extravagante sensación de paz interior. Inmóvil y con mi mente en blanco, la nieve cubrió mi corazón.

No podía pensar, casi no sentía, mi sangre estaba congelada y mis dedos tapaban con fuerza mis ojos.

En tu última mirada supe que algo se había roto para siempre.

El llanto permanente me habita.

Jamás perderé la esperanza de que un día me vuelvas a mirar.