sábado, 15 de diciembre de 2012

PALABRAS DE MUJER

De los días grises y tristes que te recuerdan el calor de sus abrazos y el olor de sus sábanas; a sus palabras susurradas en tu oído de manera suave y remisa, mostrando los matices mágicos del amor.

De las mañanas de campos glaciares, de días que nacen heridos de muerte por la ausencia de colores, por los golpes mortales de las sombras poderosas que emanan del misterio de la vida, y zarandean tu ánimo mientras buscas una senda cuyo final sea el cálido perímetro de sus brazos rodeándote.

De las tardes casi negras que te inspiran creaciones que escapan a la capacidad del ser humano, que producen una belleza indescriptible muchas veces empujada por lágrimas hirvientes, que rozan en su magnitud el misterio inmenso de la muerte, y que bailan con tu sentimiento descubriéndote que la vida es muy bonita, pero que sin él no es tu lugar.

De las noches pardo oscuras, de negro sobre negro, de nube negra, de magia negra, de misa negra, de arte negro, de pan negro, de semblante negro; de manos tendidas ansiosas de acariciar bajo sonrisas negras, de besos de sabor a barba negra, de sexo bajo sábanas negras, escuchando música negra… de las noches que recuperan radiaciones visibles y si él no está, convierten tu vida en una vasta península de suelos arrasados y horizontes cerrados.

De los días de invierno que suben el gris a tus ojos, reflejos de melancolía que enfilan hacia la locura. De esos días que huyen en desbandada y no se dejan vivir, te producen un vacío, eclipsan la luz misma de tu existencia y tan solo te permiten mirar bajo las lentes de la soledad y de nuevo vuelven a amputar tu capacidad de crear, restando al mundo un caudal ilimitado de belleza.

De las mañanas de pájaros ausentes, de agua que llena tus islas de náufragos, de portales con ruidos, de cristales que esconden escalofríos, de iglesias abiertas para almas heladas... De esas mañanas que menguan tu poder de transmisión y hieren seriamente tus ganas de luchar; mañanas mastodónticas que paran el tiempo, que rompen la esfera del reloj, que lastiman tus brazos y los tumba, y te dejan inerte para que el mundo estudie tu geometría.

De las tardes de guerras en el cielo entre blancos y negros, de tus rojos singulares que son como esa caricia que deseas profundamente, pero que cuando te llega te hace daño… De esas tardes que se fijan en las paredes en donde cuelgan tus interiores, realidades que no te atreves a contar con palabras, corazón que lanza mensajes encriptados que sólo puede decodificar una persona en el universo, leyendo en un rostro cargado de salud, rebosante de bondad.

De las noches de color ceniciento oscuras, de los aires que braman con violencia empujando los pasados al presente y los presentes al futuro, dejándote perennemente en la misma latitud… De esas noches de truenos y rayos que aletargan tus estados afectivos, que te impiden compartir las confidencias que te haces a ti misma con la cabeza pegada a la discreción de una almohada, que aminoran tu capacidad de transmitir lo que te quema dentro y consigue que tus sentimientos se encaracolen sobre tu propia alma, igual que las olas del mar se envuelven sobre sí y devuelven al mismo todos sus misterios sin ser desvelados, restándole al mundo informaciones básicas que limitan su sabiduría.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

LA CERTEZA DEL OTOÑO

I

El otoño es como tu tristeza.
Nada.
El otoño modifica el alma de la naturaleza, así como tu tristeza transforma y limita el alma de mi vida, lo abstracto de mi existir.
El otoño es un artista que nos regala un lienzo natural con una diversidad múltiple de amarillopastelmarrón, tu tristeza es un ladrón en blanco y negro que roba mi sonrisa, que ahuyenta mi felicidad, que matiza mi ánimo.


El otoño es un mago con chistera de colores que nos crea la falsa ilusión de campos bellamente engalanados, preparados para la conquista; pero que en realidad pretende desnudarlos, prepararlos para robarles dolorosamente su traje de gala. Tu tristeza me despoja de mis capas, me hace un guiño de complicidad y me cuenta el delicioso y dulce secreto de que yo soy su asesino.


El otoño es un caballero con sombrero de copa gris marengo, de capa azul oscura, es el chófer que saca a pasear mis emociones y luego me impone una tasa que no puedo asumir. Tu tristeza es el deslizadero de mi cercanía, se deja resbalar mi sentimiento por ella a velocidad notable y explota en tu ser con mi compañía incondicional.



II

Tú eres lo más bello del otoño.
Todo.
El otoño es el bastión de las estaciones, mercenario que entra en guerra con la belleza que él mismo crea. Tu tristeza es un kamikaze que choca violentamente contra mi alegría y queda moribunda y sangrante en un suelo húmedo.
El otoño demuda el color de las hojas de los árboles, disfraza la naturaleza, miente como nadie y apenas ríe. Tu tristeza es sumisa con la mezcolanza de colores que le crea mi mirada; tu tristeza se proyecta caquéctica como la naturaleza que el otoño ultraja,  como la composición del universo que el otoño envejece velozmente a su antojo.



El otoño es una guerra de ramas erguidas y hojas caídas, de troncos y palos ensoberbecidos y de vestidos de vegetales humildes, modestos, sencillos, pobres… haraposos. Tu tristeza es una lanzadera de pensamiento plúmbeo que se posa sobre mis hombros  y echa a tierra todos mis muros y edificios.



El otoño es una poesía clásica, de sentimiento profundo y de lectura compleja; el otoño es una canción precisa de un tiempo concreto. Tu tristeza son las huellas de mi mano acariciando tu corazón, el timbre armónico de mi voz lanzándote un te quiero. Tu tristeza es un pasado que jamás volverá.
III
Yo soy una hoja caída del otoño de tu vida.
Algo.
El otoño es el reclamo avariento y precipitado de una ausencia que se muere de pena, es un paseo inconstante por el vasto desierto de tus planicies interiores. Tu tristeza es una fuerza de pasión vehemente, una llama abrasadora que quema mi mirada, que calcina mi atención.
El otoño es la mirada plural de una masa con tantos pareceres como tonos percibe; es la sonrisa y la lágrima, el cielo y el averno, tu mirada y mi ceguera... Tu tristeza es un gato sin dueño que pide ser querido, es un fado de voz anónima que se escucha de lejos en un amanecer, es olor a tierra mojada.


El otoño es un cuadro titulado “Permanezco esperándote”, aún a sabiendas  de que el otoño no espera a nadie. Y otra vez el otoño vuelve a ser como tu tristeza: un precipio que me arroja al abismo oscuro de un frío y lúgubre invierno.


El otoño manifiesta los colores de tu vida: plateados resplandores cobijando oxidados interiores, bellos pero caducos. Tu tristeza es como un inmenso mar negro de profundidad grande, insondable, imponente, tal vez peligroso...
El otoño es la fuerza que hace caer la hoja.


Ningún otoño será lo suficientemente fuerte para caerte de mí.
Noviembre me mira de frente y... expira.
No debes morir como una hoja caída entre el agua y el barro.


martes, 20 de noviembre de 2012

RECUERDOS PEINADOS POR EL VIENTO y II

Un nuevo amanecer de esperanza me saludó temprano, con un sol que dudaba si seguir oculto tras las nubes o salir. Fue un amanecer con un color especial, con vapores de agua y rayos de luz que jugaban a ganarse. Y le conferían al mar una superficie de escamas plateadas, agentes naturales que engalanaban el día de tu conquista.

Deseaba llegar pronto junto a ti y, en el trayecto de mi casa a la bahía, aceleré mis pasos, achiqué las distancias, redondeé los ángulos de las esquinas y le gané al aire.

La esperanza es un requisito imprescindible para la supervivencia humana, por eso desde mi roca habitual miré un horizonte que me presentara como posible lo que tanto anhelaba: Tú.


Paseabas por el mar curvando con tus pies descalzos los límites irregulares que las olas dibujaban babeando sobre la arena. Estabas preciosa y tu vestido blanco te elevaba a la condición de divina, creo que nunca antes había contemplado algo tan bello.

Al final de tu camino, te pusiste en equilibrio sobre la punta de tu pie derecho e hiciste cuatro giros sobre tu propio eje, dejando en el aire varias tiras de tu piel que el viento se encargó de traer hasta mi corazón.

De repente, detuviste tu marcha y te quedaste mirando fijamente al suelo. Te agachaste y escribiste algo en la arena con la punta de un objeto punzante. Y retornaste a tu lugar habitual, en tu roca preferida, a los pies del Peine del Viento.

Tenía prisa por llegar allí y ver qué habías escrito, presentía que aquello dejaría en mí un poso, me habilitaría para entender mejor tus estados anímicos. Empezaba a sentir la rara sensación del encuentro con la extraña; con esa persona que jamás has visto, pero notas en el aire una sucesión de fuerzas ocultas que empujan a ambos a la coincidencia, es como el dibujo invisible de la pasión.



Sólo leer el mensaje, llegó una ola y lo borró. Parecía como si el mar hubiera empezado a ser mi cómplice, no permitiendo que nadie más leyera un mensaje cuyo dueño era yo y solamente yo.

Y sin imaginar conversaciones, sin ensayar posturas, sin dibujar gestos me planté frente a ti y me quedé mirándote en silencio. Noté que hacía rato habías dejado de leer, pero no apartabas la vista de tu libro. Y sin mirarme, al fin, dijiste:

- Hace tiempo que me miras, ¿por qué?
- Veo en ti un misterio que me encantaría descubrir.
- ¿Qué te gusta?
- Me encanta tu forma de caminar cuando te veo de espaldas, la disposición de tus pies es realmente preciosa.
- Vaya, me sorprende que te fijes en eso.
- Claro, presto atención a tus cimientos. De ahí para arriba te construyes.
- Pues mi vida ahora mira a vista de gusano, estoy de vuelo raso.

No quería seguir, pero tampoco me quería marchar, lo último que deseaba era alejarme de ella en aquel momento.

Sin embargo, la precisión de mis mensajes debería rayar la perfección para no hacerle daño, ya que no me podía permitir aprovecharme de su debilidad emocional. Cuando luchas contigo mismo en el lodo lo fácil es debilitarse, rendirse y hundirse. La derrota es también una opción personal, además bastante fácil de escoger en determinados momentos de nuestras vidas.

Paseamos juntos por la playa y durante largo rato sólo habló el mar, hasta que decidí arriesgarme y ayudarte a recuperar tu confianza básica, ayudarte a reconstruir.

- Me topé con muchas personas cuya vida había sido arruinada alguna vez, algunos aprendieron a habitar en esas ruinas. Lo que es imperdonable e irreversible es imponer a nadie una segunda destrucción... la que ese alguien puede llegar a imponerse a sí mismo.
- Es un razonamiento convincente, sí.
-Veo menoscabada tu realidad física y tu circunstancia, sí, pero yo creo en ti porque percibo que tu realidad íntima es invulnerable. Eso y yo somos motivos suficientes para estirar las alas y dar posibilidad nuevamente al vuelo.
- Tú eres una razón también convincente, pero no sé cómo te voy a tener, o si te tendré, o si te tengo ya… Tengo una seguridad aplastante de que tú eres el hombre de mi vida.
- En ese caso, lucha contra tu propia alma y contén dentro de sus fronteras la verdad.

Y retornamos al silencio mientras paseábamos agarrados de la mano dejando nuestras huellas en la arena de una playa que había sido invadida por la oscuridad de la noche.

Las luces del horizonte llegarían un día hasta la orilla para iluminar nuestra oscuridad, para alumbrar nuestra vida... común.


Enseguida había entendido que todos los protagonistas de tu vida eran . En ello me pondría, dejaría de ser yo y me convertiría en ese

Y la hora bruja sería la hora que nos permitiera estar juntos todos los días.¿Qué más da el número? ¿Qué importa el tiempo? Lo importante es sentir esa especie de sensación que parece una brujería... la brujería del amor.

La novela de tu vida tendría una interpretación perfecta.





miércoles, 14 de noviembre de 2012

RECUERDOS PEINADOS POR EL VIENTO I

El Cantábrico traía aires de nostalgia, aroma de penas enviadas por marineros que faenaban lejos de todo cuanto amaban. A los pies del Peine del Viento, en la bahía de la Concha, leías concentrada una novela que pensabas que era la historia de tu vida. De vez en cuando ponías tu dedo índice sobre una línea y levantabas tu mirada hacia un horizonte que obraba el milagro de juntar el mar y el cielo.


 

Cada tarde, tratando de que no me descubrieras, me colocaba en lo alto de las rocas en donde se incrustaban las esculturas. Rocas lloradas por azotes de olas de mar, que explotaban con violencia buscando la conquista de la tierra.



Tus cabellos bailaban una danza alocada impuesta por  la música del viento, un ritmo impetuoso y fuerte que simbolizaba la rabia de la huida, tal vez del olvido. Tu mirada delataba un pensamiento quizá atropellado por un violento recuerdo. De ojos vidriosos zumbados por una actividad mental forzosamente impuesta, libremente aceptada para mantenerse con vida.
Como la voz potente pero lastimada de Paula Oliveira me sentía viéndote en la distancia, pero aún no me convenía una aproximación. Necesitaba descubrir algunos aspectos más de ti, que el silencio y la paciencia me irían contando.


Mientras permanecía en mis abstracciones, el viento movió el cuello de tu camisa y te recordó que estabas en el mundo. 


El mar tiene tanta fuerza y tanto poder que nos puede enajenar, extrae de nosotros todo y nada. Yo deseaba que el mar fuera mi aliado.




Y de nuevo abriste tu libro para alternar lectura con meditación. Iniciaste un capítulo de la novela titulado “Un día me amaste”. 


Y los límites de tu cuerpo dejaban ver el contorno de una figura de mujer triste, diría incluso que vacía. Un ligero movimiento de tus labios tiró al mar un lamento que se ahogó casi inmediatamente. Y yo a tu espalda seguía aumentando mi deseo de no sé qué. Lance un beso por si el aire lo llevaba a tu cara, pero te pasó rozando y murió también ahogado en el mar, como tu lamento. No obstante, ya tenía ese mar que todo lo quiere algo común a los dos: tu lamento y mi beso. Tenía la fe de que para ir forjando una historia común era un principio realmente mágico.

Intentabas desentrañarte, pero tu pensamiento quedaba diluido una y otra vez en agua blanca. Este hecho arruinaba tu esperanza y te derribaba un poco más.

 


Sobre una percepción debía construir mi realidad junto a ti, pero amar es arriesgar, así como intentar amar es intentar dibujar situaciones de vida.
Dejaste tu novela en el muro de uno de los rompientes del mar y bajaste a caminar sobre la arena, necesitabas el roce delicado del agua de una ola desvanecida. A veces, la derrota necesita la suave caricia de la derrota. Y yo aproveché para acercarme a mirar tu libro. Era una obra con una portada en tonos grises difuminados, donde se podía leer: Autor: Tú. Título: La hora bruja. Solté el libro y me alejé veloz del lugar, no quería ser sorprendido en un acto que, a priori, podría parecer deshonesto.
Autor: Tú. Título: La hora bruja. Venía una y otra vez a mi mente la portada del libro, me llamaba mucho la atención el título, sí; pero mucho más el autor. Ese , ¿quién sería?
Y decidí marchar a casa, no me apetecía seguir creando laberintos en mi cabeza aquella tarde.
Pensé y pensé y todos mis pensamientos se encontraban en perpendicular. Detrás de una ventana llorosa con lágrimas de lluvia me buscaba a mí para luego encontrarte a ti. Y mis pensamientos tornaron de encontrarse en perpendicular a ser amputados por secantes.



Mañana sería un buen día, me aproximaría a ti para mostrarme. Y también para indagar.

martes, 6 de noviembre de 2012

CERTEZA Y DUDA

Las avenidas de la duda son demasiado estrechas, apenas cabe un pensamiento que me lleve a la certeza. Tu lejanía es mi certeza, porque no veo tu sonrisa reflejada en el espejo de mis lágrimas. Te busco entre la multitud, pero esta vez la niebla es mi certeza, es una realidad que difumina las líneas de colores de tu existencia. Caminos y caminos; caminos que no se andan, caminos que te pierden, caminos que no te encuentran, caminos que te cansan... Certeza de piedra en el camino.

Y te pienso. Y te imagino para respirar. Y esta vez la certeza es un recuerdo que me hiere ligeramente. Tu sonrisa araña mi alma, y con los mismos alfileres que ayer tejía el amor, hoy hace hendiduras que me provocan zumbidos trémulos en el corazón. Ahora la certeza es la compasión, la pena profunda de una mujer que un día vivió de otras miradas.




Te busco en un foco de luz, porque te siento sol. Sol que me calienta, sol que me quema, Astro Rey que no mide las distancias. ¿Mi certeza? Tus rayos propagándose como hilos de amor por todo mi ser. Mi dolor es tu dolor, mi duda es tu certeza. La realidad es una capa de asfalto que pavimenta y reviste de forma impermeable tus fronteras. Y la certeza es una patria de muros y tejados. La certeza eres tú. La duda soy yo.




Una verdad tangible se esconde debajo de una piedra, no existe para nadie. Dos ilusiones y un sueño saltan varias veces de tu mente, y al último salto caen en un pozo negro, sin salida. La certeza es la humedad, la sonrisa mojada de alguien que para buscar aliento se ahoga. ¿Te vienes? Te espero. ¿Escapas? Te huyo. Y la certeza aparece en la duda de un camino enmarañado. La certeza es la duda. La certeza es confusa, está enredada, es poesía...




Reflejo de luna llena en una taza de café, blanco que puede al negro. La fuerza del amor que siempre gana. Mi certeza es la plenitud de tu sonrisa, una mirada incidental que transforma mi gesto. Sombras de águila que rastrean en la distancia los escombros de lo que un día fuiste. Mi certeza es tu recuerdo. Tu certeza es saber que no fui un sueño.




Agua de lago que muestra su quietud y enseña tu interior, vientos que todo lo borran, océanos inmensos en los que no cabe nada... sólo reflejos. Y ahora mi certeza es el reflejo de tu sonrisa en el cristal de Prusia de mis ojos. Y mi duda es una palabra lanzada por tus labios dibujando un corazón. Y la certeza de los océanos son los lodos de su profundidad.

A ratos eres agua y a ratos eres arena. Agua insensible que borra las huellas de la arena; arena débil que se deja invadir una y otra vez por los tentáculos incorpóreos del agua. ¿Mi certeza? Una caricia fresca en mi corazón granulado que me recuerda la frialdad de un camino infinito que jamás llega a ti. ¿Tu duda? Tal vez la fuerza del agua, tal vez la debilidad de la arena… tal vez tu mirada arenosa formada en la superficie del agua como un espejo. Tu duda es tu duda.




El eco de un quejido lastimoso cuelga de un aire que no respiro, rompe los tímpanos del tiempo y provoca una tormenta de aflicción. Mi certeza es roca madre decorada con plomo líquido: muy lento y ardiente. Tu duda es el curso de un río cuyas aguas se han evaporado, han desaparecido sin ser notadas. Mi certeza es muy intensa, es profunda.

Mi certeza es una mirada diagonal que me muestra tu interior.

Mi duda es mi existencia.

De ti no sé nada.



viernes, 19 de octubre de 2012

CAMINOS INESCRUTABLES III

La magia de la imaginación radica en que cada uno creamos imágenes, paisajes y situaciones sobre todo aquello de lo que tenemos informaciones previas, pero no hemos visto aún físicamente. Desde que escuché la publicidad del bazar de Juanito el chino en la radio, ya le había puesto yo rostro al protagonista. A veces, estas imágenes previas que construimos casan en alto grado con las reales, pero otras nos sorprenden por su diferencia.

Los empleados activaron la apertura de la puerta del bazar y, por fin, pudimos observar cómo Juanito el chino, que efectivamente era chino, salió precediendo a otra persona situada tras él vestida rigurosamente de negro. Juanito se apartó hacia un lado secuestrando la atención de todos los presentes por lo hortera de su vestimenta. Era un chino de pelo negro azabache, lacio; de nariz hundida y pómulos prominentes, tono amarillo en su piel y ojos con forma oblicua y rasgada, parecidos a una almendra. En fin, un chino estándar. Llevaba unos zapatos negros de cuero de vaca, con cordones finitos y un poco sucios. Dicho sea de paso, yo pienso que le quedaban algo grandes. Vestía unos pantalones negros de tergal, brillantes como las plumas de un grajo. Los llevaba bien subiditos, además. Y por último un polo con franjas horizontales blancas y de tonos naranjas. Hasta la altura de la cavidad torácica eran franjas blancas separadas por rayitas naranjas. Y de ahí para arriba, el polo presentaba, primero, dos franjas de naranja apagado; otras dos de naranja calabaza, más arriba; después, cuatro más de naranja marrón y, por último, una superficie plana de naranja rojizo coronada por un cuello vuelto de blanco nuclear. Francamente, Juanito iba hecho un cuadro.

No obstante, y a pesar del empuje de Juanito el chino, unos segundos después, reparé en la persona que le acompañaba y me llevé un golpe emocional de tal calibre que, ante la mirada sorprendida de algunas personas que estaban junto a mí, exclamé atónito:

  • ¡¡¡Hostias, si es don Valerio!!!

Tras recuperarme del potente choque, volví a mirar al anfitrión del acto y al pastor espiritual que le acompañaba, Juanito el chino y don Valerio. Huelga decir, para quien siga mi blog, que don Valerio ha protagonizado ya algunas entradas y ha aparecido en algunas otras.

Reconozco que el grado de españolización de Juanito el chino era altísimo, su nivel de acople a nuestra cultura demostró ser enormemente intenso. Sustentando su ideario en la tradición católica occidental se llevó a un cura para darle solemnidad al acto y, de paso, para buscar la suerte divina en la difícil andadura que le esperaba después.

Con un hispanismandarín de libro, Juanito el chino, se dirigió a sus invitados:

  • Glasias amigos, pol habel venido, jijiji. Ahola don Valelio el cula, inagula el negosio y luego ustedes vel y complal. Glasias.

Estaba visiblemente nervioso, era evidente que hablar en público no era su fuerte. Ahora le tocaba el turno a don Valerio, que tiene para estas lides un piquito mucho más ágil que Juanito.

  • Primero y ante todo, deciros que soy muy honrado con la invitación que nuestro hermano Juanito me hizo para ayudarle a inaugurar este negocio – dijo como prólogo. Hoy, cuando Juanito se dispone a comenzar su actividad emprendedora, sacudiéndose la pereza inherente al ser humano, no podemos olvidar que su acto engrandece también a Plasencia y al conjunto de sus ciudadanos. Por tanto, hay que ver la acción de Juanito como un acto de generosidad – continuó don Valerio. Dice un hermoso Salmo: “Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz es mi sendero”; hermano Juanito, busca la lámpara y la luz siempre en la palabra de Cristo – finalizó don Valerio solemnemente mirando a Juanito el chino.

A pesar de hablar de manera clara y pausada, anoté con dificultad las palabras de don Valerio, debido a que aún no salía de mi asombro al verlo allí. Por cierto, don Valerio jamás diría lo de “el chino”, seguramente para él, esas gracias, sean auténticas estupideces. Bastante tiene él ya con su grave tarea de evangelizar este mundo tan sumamente ateo como para perder un minuto en pronunciar un apodo de Perogrullo.

Concluido el acto central, Juanito el chino nos invitó a todos a pasar al bazar para verlo y para comprar algo si esa era nuestra voluntad.

Evidentemente todo el mundo al pasar quería saludar a Juanito el chino, por lo que decidí esperar hasta que hubieran entrado todos al establecimiento, para poder charlar con él sobre su nombre y saludar a don Valerio.

Nosotros, los españoles, muchas veces frivolizamos y bromeamos con los locales chinos, pero ellos le dan una importancia capital a sus negocios y al servicio que prestan al ciudadano. Y esta idea utilicé para entablar conversación con Juanito el chino.

  • Buenas tardes, ¿es usted el dueño de este imperio? - interrogué mientras estrechaba su mano.
  • Jijijiji glacias, sí - contestó risueño.
  • ¡Impresionante, enhorabuena! Seguro que se lo han preguntado muchas veces, pero es que despierta realmente la curiosidad, ¿por qué lo de Juanito? - pregunté con tacto.
  • Glasias. Sí, mi nomble es Huai – Yi To – contestó con un sonido parecido a “Jua-ni-to”.
  • No le molesto más - concluí.

Y saludé efusivamente a don Valerio, al tiempo que me emplazó a una conversación cuando hubiera terminado de ver el bazar de Juanito el chino.

  • A la salida lo busco, don Valerio.
  • Yo estaré por aquí, no se preocupe.

No tenía pensado hacerlo, pero por petición previa de mi querida amiga y paisana Maribel Miguel, cuento a groso modo qué había en el interior de la gran superficie china.

Bien, pues sólo entrar dentro del establecimiento, se podía observar que era un local comercial de grandes dimensiones perfectamente diversificado en su producto. Estaba dividido en seis secciones claramente diferenciadas: hogar, moda, regalo, artesanía, jardín y ocio.

¿Y qué productos os enumero aquí? ¿Quién no ha estado en un bazar chino alguna vez? Todos sabemos que ahí se venden hasta piernas ortopédicas, si me apuráis. No queda cosa en el mundo que no tenga un chino en sus estanterías. El de Juanito era una babilonia de productos: cucharas, tenedores, cuchillos, vasos de todo tipo, sartenes, cacerolas, despertadores, huchas, cañas, pintura, juguetes, hules, cojines, tapetes, manteles hasta de cuero, enchufes, cables, interruptores, macetas, artesas, barreños, herramientas diversas, caretas de soldador, picos, palas, horcas metálicas y de palo (¡manda cojones!), jaulas para pájaros, jaulas para hámster, jaulas para grillos, cepillos, cogedores, mochos de fregonas… Y en la sección de moda, sin duda, el producto estelar eran las bragas. ¡¡Virgen Santísima qué bragas vende Juanito el chino!! Las tenía en unas perchas y cuando las mirabas en vertical estabas media hora recorriendo la braga con la vista, de verdad. Aquellas bragas era para ir a buscarlas en un camión, porque en el maletero de un coche no caben, sinceramente. ¡¡Dios mío querido, qué bragas había importado Juanito!! Algunos sujetadores eran también del tamaño del serón de una jaca torda, pero nada comparable al impacto visual de las bragas. Le pega a la población femenina del norte de Cáceres por adquirir las bragas en el bazar de Juanito el chino y este año no hay un solo nacimiento en toda la zona de influencia de Plasencia, vamos. ¡Bendito sea Dios, qué bragas!

Pero sin duda, el gran secreto de Juanito el chino, era la colección de películas porno que tenía a la venta. Estaban en una esquinita muy discreta de una estantería, entre los azucareros de china y unos pucheros de porcelana muy bonitos y funcionales. Si las llega a ver don Valerio yo creo que se le planta, que no le dice ni media palabra en el acto de inauguración. La verdad es que existe un gran y diverso elenco de filmes en el mundo del celuloide porno: “Larga y calentita”, “Siempre abiertas”, “Estudiantes 2”, “El ataque de las vampiras”, “Me pruebo biquinis para ti”, “¿Vienes a jugar?”, “Buscadores de machos”, etc. Como veis un amplio abanico de posibilidades para tener el apetito venéreo asegurado.

Saturado ya de tanta inauguración, decidí poner fin a mi asistencia a la misma. Y abandoné el bazar en busca de don Valerio.

Cuando salí a la calle, don Valerio, se hallaba de espaldas mirando el escaparate de un concesionario de coches. Y lo llamé:

  • Don Valerio, estoy aquí. ¿Deseaba usted algo?
  • Ah, sí. Oiga, mire, usted se dedicaba a la educación, ¿no?

Y le expliqué todo lo que escribí en el primer párrafo de la primera parte de esta entrada de blog.

  • Entonces -continuó- quiero yo proponerle algo.
  • Por usted lo que sea, don Valerio – contesté.

La propuesta que mi hizo don Valerio no fue menor, ni mucho menos. Y lo que acaeció durante la realización de la misma tampoco, pero eso queda ya para contarlo en otra entrada de blog; o para continuar contándolo en más partes de esta; o para que sean otros los que lo cuenten...

O para no contarlo jamás...




lunes, 15 de octubre de 2012

CAMINOS INESCRUTABLES II

El día de autos, llegué con mi vehículo a las inmediaciones del bazar de Juanito el chino y busqué aparcamiento a una distancia prudencial del mismo, no fuera a resultar aquello una inauguración multitudinaria. Desconocía el grado de solidaridad y respuesta de la población china con su paisano (si Juanito era chino, claro) ante este tipo de eventos. Y presentía yo que Juanito era un chino con mucha entidad, tanto para los chinos como para los españoles de Plasencia y alrededores.




Como era un poco pronto, permanecí en el interior de mi coche para tener una visión discreta pero privilegiada de cómo y en qué medida acudía la gente al importante suceso que Juanito el chino brindaba a la ciudadanía placentina y su comarca.

Comenzaron a llegar personas que se fueron colocando en torno a la entrada principal del bazar de Juanito, aunque de procedencia diversa, eran principalmente de nacionalidad china. Y algunos curiosos que pasaban por allí o estaban por la zona, llamados por la sospecha de que hubiera algún ofertón de Padre y Señor mío en el almacén, también acudieron al lugar.

Decidí situarme justo frente a la entrada principal del bazar, no quería perder prenda de lo que allí ocurriera.

Al poco rato, sentí unos toquecitos suaves pero duros en mi hombro:

  • Chacho, ¿qué se cuece aquí? ¿Quién viene? - me preguntó un operario de la construcción que trabajaba cerca del lugar y le picó la curiosidad al ver al grupo de gente cercando el bazar de Juanito el chino.
  • No viene nadie, es que Juanito el chino inaugura su tienda – contesté barriéndolo con la mirada.

Era un hombre rechoncho, ataviado con un mono verde y tenía pintas de cemento pegado desde la punta del pie hasta el cogote. El pelo lo tenía petrificado, con una raya a un lado que daba la impresión que estaba hecha con un cincel. Y las botas tenían la punta levantada y, en la derecha, tenía un agujero en la zona del dedo meñique que este se había encargado de hacer pujando desde dentro. Asomaba una protuberancia tapada por un calcetín de hilo azul oscuro también al borde ya del agujero. Habría que ver ese dedo meñique cómo era.

Protocolariamente, nadie sabía nada del acto. Todos los allí presentes iríamos descubriendo el programa de la inauguración de modo vivencial, a saco y sin pomada.

De repente un murmullo corrió como la pólvora entre los presentes y la gente nos empezamos a acomodar en nuestros espacios. Todo estaba listo para que la puerta principal se abriera y Juanito el chino saliera a realizar el acto preciso de inauguración de su bazar.

Los escaparates estaban cubiertos por manteles de papel blanco pegados con celofán, con lo cual por ahí no podíamos ver nada. Devorados por la curiosidad estirábamos el cuello para intentar ver quién estaba tras los cristales de la puerta principal, pero al estar las luces interiores apagadas dificultaba la visión desde el exterior. Momentos después se podían vislumbrar varias siluetas humanas de espaldas y próximas a la -para ellos- salida del almacén.

De repente, las puertas se corrieron mecánicamente y salieron cuatro personas. Dos chicos y dos chicas, jóvenes. Eran los empleados del bazar de Juanito el chino. Y se colocaron de manera mixta (chico – chica) en columna de a dos y a modo de centinelas a cada lado flanqueando la entrada principal, mirándonos de frente en silencio a todos los asistentes.

Y las puertas volvieron a cerrarse a sus espaldas.

Se produjo un silencio sepulcral y, acto seguido, un galimatías de convesaciones cruzadas entre los asistentes. Dentro del desorden verbal, pude llegar a escuchar que una chica era china y la otra española; y de los chicos, que uno era chino y el otro magrebí. Y efectivamente, mirándolos un instante, se podía estar de acuerdo con esas inferencias. La verdad es que Juanito el chino debía de ser un hombre sorprendente, con un olfato muy agudo para los negocios y las finanzas, porque fijaos qué plantilla laboral se había buscado: multirracial, integrada e integradora, multicultural e intercontinental. Pienso yo que esto dotaría al bazar de una proyección que iría bastante más allá de los límites de la Alta Extremadura.

Deduje que Juanito el chino estaba hecho todo un pillín, porque logró que nuestra curiosidad aumentara hasta límites atlánticos. El personaje manejaba con maestría el hecho de crear misterio y tardar en resolverlo, algo que hace que los seres humanos lleguen a concomerse rozando incluso la ansiedad.

Ahora ya sí, al fin había llegado el momento de poner rostro a Juanito el chino. Todo estaba ya preparado y las puertas a punto de abrirse de nuevo... Y esta vez prometía ser la buena, la definitiva…

martes, 9 de octubre de 2012

CAMINOS INESCRUTABLES I

No recuerdo si he contado aquí, en mi blog, a qué me dedico profesionalmente. Trabajo en el sector público, concretamente en el de la Educación. Soy Educador Social en un instituto de Educación Secundaria de Extremadura, y ejerzo mi labor en el Departamento de Orientación del Centro, con una multiplicidad de funciones relacionadas con la prevención, la intervención socioeducativa, la atención psicosocial y la orientación escolar. Mi acción profesional no sólo se focaliza hacia el alumnado, sino que también está dirigida a las familias y al entorno. Dicho a un nivel técnico aplico un modelo de intervención ecosistémico, sujeto a pautas educativas perfectamente organizadas y sistematizadas.

Cuando leo, tengo por costumbre hacerlo con el mayor silencio posible. Sin embargo, a veces nuestras rutinas se interrumpen por olvidos momentáneos y esto nos puede abrir caminos o vivencias que de otro modo jamás se hubieran producido.

Embelesado con mi novela, me recosté en el diván de mi despacho con la intención de leer largo rato. Cuando ya estaba acomodado me percaté de que no había apagado la radio, con la rabia que da cuando te ocurre eso. Y dejé posar el libro sobre mi pecho, mientras escuchaba la publicidad que en ese momento emitían en la cadena SER de Plasencia.

  • No puedes perdértelooooooo, nueva aperturaaaaa del bazar de Juanito el chinooooo... Acércate y verásssss... Todo tipo de artículos a precios increíblessss... Juanitoooo... el chinooooo... El viernes, cinco de octubre, a las siete de la tarde, acto de inauguración.... Te esperamos... Avenida Martín Palomino, veintiunoooo... Plaaasenciaaaaa...

Tras el anuncio me levanté y apagué la radio, volví a reclinarme sobre el diván y abrí mi novela por la página correspondiente. Después de un periodo de tiempo considerable empecé a advertir que no me estaba enterando de nada de lo que leía, porque mi cabeza estaba en la apertura del bazar de Juanito el chino, y no en las páginas que tenía entre mis manos.

Durante varios minutos tuve una lucha interna de intensidad notable conmigo mismo, en términos freudianos diría que mi perro de arriba y mi perro de abajo se ladraron y se pelearon durante un tiempo. Sí, sí, lo reconozco, estaba no ya sólo tentado, sino barajando de lleno la posibilidad de asistir a la inauguración del mencionado bazar. Quería yo ver qué chino se llamaba Juanito y por qué tenía tanto predicamento en Plasencia.

Con la decisión de carácter irreversible ya tomada, ideé una estrategia de ocultación. Ya me diréis a quién le contaba yo el tremendo planazo de viernes tarde que me había montado sin que pensaran que me faltaba un tornillo. Vamos, le cuento yo a mi círculo de amistades que voy a emplear la tarde del viernes en asistir a la inauguración de un bazar chino y lo menos que pueden llegar a pensar es que me he pegado un coscorrón en la cabeza. Pero el hecho era ya imparable, incluso para mí hasta emocionante. Con toda seguridad asistiría a la apertura del bazar de Juanito el chino. Desde ese mismo momento empecé a dejar desierta mi agenda para la tarde del viernes, cinco de octubre.

El acontecimiento me produjo una psicoactividad inusual, que devino en una aceleración vital. Dejé todo y decidí salir de paseo para evadir mi atención en otros asuntos de mayor enjundia, o más banales pero con la suficiente capacidad evasora.

La verdad es que parece una chorrada, pero no cualquiera ha asistido a lo largo de su vida a la inauguración de un bazar chino. Y más si el chino se llama Juanito.

Sonó el teléfono.

  • ¿Sí?
  • Oye, soy yo, Jorge. Es para decirte que el viernes por la tarde, si no llueve, líbrenos Dios, podemos ir a por las ciruelas.
  • ¿El viernes? Noooooooooo, bajo ningún concepto.
  • ¿Por qué? El viernes es un buen día.
  • No puedo, estoy ocupado.
  • ¡Bueno, seguro! ¿Qué coños tienes que hacer?
  • Una cosa.
  • ¡Jajajaja, ay Pajarraco! ¿Qué cosa?
  • Ná, una.
  • Vamos, que no me lo vas a decir, ¿verdad?
  • Es una bobada.
  • Bueno, pues hala, déjalo. La semana que viene te llamo, ¿vale? Venga, un saludo campeón.
  • Venga Jorge, un saludo. Seguimos en contacto.

No me daba la gana de que nadie me chafara mi asistencia al evento. Y este fue un primer embate bastante potente. Se sucedieron algunos más, pero resistí como un auténtico héroe. Lo peor de todo es que con esta entrada se están enterando de la verdad de aquella tarde de viernes, y soy consciente de que mi reputación va a quedar seriamente dañada.

lunes, 24 de septiembre de 2012

ENTRAGO PUNTO CERO y V

 
Entré en la cafetería y me pedí un refresco de naranja, con la intención de salir a tomármelo en la terraza.

Siempre tomo bebida de naranja porque me produce un retroceso a estados psicológicos propios de mi etapa infantil, y no por conflictos y tensiones no resueltos que diría Freud, sino porque recuerdo cuando mi padre me compraba las míticas Mirindas de naranja en la taberna del tío Pedro Alejandrino o del tío Mero. Pienso yo que este hecho me sitúa inconscientemente en el Nuñomoral de los años setenta y ochenta, y como éramos tan felices allí y entonces, pues ahí está la clave de mi predilección por este tipo de bebida.

Ya en la calle de nuevo, de pie en la acera, miré a Pepín y, a modo de brindis, levanté mi vaso de tubo e incliné mi cabeza ligeramente. Él me correspondió con una amplia sonrisa. Y acto seguido marché en dirección contraria de donde él se encontraba, hacia un malecón situado junto al río Teverga. Tomé asiento sobre una piedra plana, en la densa umbría que formaba la arboleda sobre el curso del río y sus orillas. Y como una melodía dulce de Joao Afonso el vibrato de la corriente del río daba pellizcos a mi alma, mientras yo me dejaba llevar por la fantasía de los mundos de las ilusiones cumplidas. Entrago: punto cero del camino a la gloria.


Pasados tres cuartos de hora regresé a la terraza “Peña Sobia”.

  • Mira Manolín, te voy a presentar a un extremeño curioso – gritó Pepín apenas me vio aparecer por las inmediaciones de la terraza.

Junto a él, compartiendo mesa, se sentaban ahora Manolín y una mujer que destacaba porque hablaba a grito pelado. Eso sí, les dispensaba un trato exquisito a los dos. Me la presentó Manolín como Mónica y era una de las cuidadoras que los atendía en la residencia que anteriormente había reseñado Pepín.

  • ¿Cómo está usted, señor Manolín? Me encanta saludarle, me gusta mucho conocer gente que deja huella –le dije mientras le estrechaba la mano y tocaba su hombro.

Ante la pasividad postrera de Pepín, que pareciera como si hubiera cumplido su objetivo presentándome a Manolín, fue este último quién tomó las riendas y me presentó a Mónica.

  • Mira, ella es Mónica. Una moza que nos cuida muy bien –dijo Manolín con una voz extremadamente aguda, afilada.

Al tiempo que le daba dos besos, en el punto de máxima aproximación de ambas mejillas, pronuncié su nombre con un timbre de voz afectivo, a medio tono, buscando una rara conexión con ella.

Recordé el aserto de los sabios indios que dice que en todo encuentro está la simiente de la separación. Y mi corazón se apenó.

Volví a situarme junto a la puerta del establecimiento, en la misma silla que ocupé al principio, cuando entablé la primera conversación con Pepín.

Y ellos, ajenos a otras vidas, rodeados de una espiritualidad incomprensible, continuaron charlando y riéndose como si aquel momento pudiera ser su último suspiro. A diferencia de millones de seres humanos, ellos no esperaban la noche, sino que vivían y gozaban la tarde.

Pasaban ya las cuatro y media de la tarde y esto significaba que el momento de regresar a Trubia estaba cerca. Sin embargo, mi voluntad se resistía a la realidad del regreso, parecía como si mi lugar estuviera allí, como si nunca debiera volver, como si aquellas gentes y aquellas montañas fueran millones de finas raíces que impidieran al destino arrancarme de allí.


Pasó un coche por la carretera y su conductora tocó el claxon de tal manera, que hizo que todo el sistema del cerebro de todos los que estábamos apaciblemente sentados en la terraza se pusiera en guardia.

  • ¿Qué pasa homeeee? Paez que tamos en Uviéu, ¡coyones! –saltó Manolín, con una voz tal vez más molesta aún que el sonido de la bocina del coche.

La señora del coche, que llevaba la ventanilla bajada, a media voz, dijo:

  • ¡Irdus a la merda!

Después de lamentarse de la mala educación de la señora, se rieron un rato de su “lengua de trapo” y, Mónica, no solo les contó a ellos, sino que contó para todo el barrio, a juzgar por su volumen de voz, una anécdota de su hermana pequeña.

  • Esta es como la mi hermana la Ana María. Ella de chica ni leía bien, ni entendía bien las letras y ni las pronunciaba bien. Y entonces no era como hoy, que hay en los colegios de todo para atenderlos. Cojiela yo y la llevé a Oviéu al logopeda y hoy bien que larga. Y se rió.

Todos rieron, porque allí se reía y se quería.

Respiraba los últimos momentos de mi estancia en Entrago, el final de un día maravilloso que siempre conservaré en mi memoria. Sonaron cinco campanadas provenientes del reloj de la torre principal de la iglesia del pueblo, una hora muy prudente para coger mi bicicleta y emprender mi vuelta.

Mientras comprobaba la presión de las ruedas, el buen funcionamiento de los frenos y del cuentakilómetros, Pepín, Manolín y Mónica seguían charlando animadamente.

  • A ver Manolín, tú que eres tan listo y lo sabes todo, ¿a que no sabes cómo se colocan los cubiertos en una mesa de estas finas, de alta alcurnia? –preguntó Mónica.
  • Puessss, depende –dijo pausado Manolín.
  • ¿Cómo que depende? Depende, ¿de qué? –insistió Mónica.
  • De si el comensal es zurdo o diestro –soltó tan aireado Manolín.

La explosión de risas fue mayúscula, se desternillaban todos de risa, no se podían contener… hasta que mi voz le puso, seguramente, un paréntesis.

  • Bueno gente, marcho ya de este bonito lugar. Si alguna vez fuérais a Nuñomoral, siempre seríais bienvenidos.
  • Vale hombre, que te vaya bien, vuelve pronto –contestaron al unísono.

Y sin más dilación para no correr riesgos de emociones traicioneras pegué una fuerte pedalada que simbolizaba, como poco, el sueño eterno de al menos un año más.

A las afueras ya de la población paré mi bicicleta y de nuevo miré hacia las montañas que rodeaban al pueblo. Me prometí que volvería a ese lugar encantado, que el camino que dejaba atrás lo volvería a pisar. Y escribí una última nota en mi cuaderno de a bordo, le hice una fotografía antes de arrancarla del mismo, introduje el papel en un casco viejo de cerveza y lo escondí tras un árbol, junto al río. Me vine con la esperanza de que alguien lo encontraría algún día y, sobre todo, con el deseo de que lo llegaran a leer Amelia, Goyo, Pepín o Manolín… y que atinaran a pensar en mí.


Y sin más demoras pedaleé con fuerza hacia el planeta que habitamos, hacia la esfera de la tierra, con la completa seguridad de que allí, detrás del mundo, en las bambalinas del teatro de la creación y la existencia, a espaldas de los callejones sin salida del ser humano, en el sepulcro natural de la ideación de un planeta habitable, se encuentra un lugar en el que los sentimientos y los sueños de los seres humanos están por encima de los objetivos globales e interesantes que un día nos trajo el nuevo mundo.

Entrago punto cero…