lunes, 29 de abril de 2013

COMO NACE UN SENTIMIENTO

Se apodera de mí una intensa necesidad de belleza.

Duermo, sueño, despierto.

Y corro toda la vida para encontrarte. Atravieso las vastas estepas de tu ausencia y quedo varado en los eriales de tu lejanía, de tu presencia inalcanzable. Rompo mis piernas en los desiertos de mi ansiedad, no temo morir si no estás.

El crepúsculo se apodera de mi ánimo, temo ese ínfimo desfase que pueda anular para siempre la posibilidad de la perfección. El viento sopla fuerte, pero mi capacidad de lucha es superior y no llega a dominarme. Mi pasión me protege y me hace fuerte y mi fortaleza hará que mi carrera acabe en tus brazos.

Fuera de las regiones sensibles de tu ser, en el lejano Oeste de tu existencia, trato de metamorfosear el horror que me habita por el recuerdo de tu radiante sonrisa. Y el viento sigue soplando fuerte, está intentando mostrarse poderoso, como el sentimiento de un desalmado, pero conmigo no podrá.


Vuelvo a girar la cabeza hasta romper mi cuello.

Miro, añoro, lloro.

¿Por qué no estás? ¿Qué te empujó a marchar tan lejos? Siento una culpabilidad torturadora, mi cuerpo está abierto y mi sentimiento inerte, tan sólo aireado por la caída vertical que representa el abismo de todo cuanto me separa de ti.

Grito desesperado, pero la distancia me hace mudo, es como si hubieras diseñado contra mí una defensa fría, empujada por los temibles escuadrones de la glaciación afectiva. Luchar solo, delirar con la ira, escupir al amor, taparse con la sábana sucia del nunca más, ahogarse con palabras recordadas que explotan en mi mente y devastan mi cerebro.

Desde el pozo de mi impotencia, rompiendo las rejas de mi tristeza, esquivo las aguas y escapo del lodo, trepo los muros infranqueables de tu distancia para regalarte una mirada diagonal, una bella sonrisa de progresión geométrica, un gesto enamorador que sea el arquitecto del regreso. 



Y termino abrazándome a la soledad.

Vivo, pienso, recuerdo.

Busco fotografías del pasado para ver qué pasó entonces, pero éstas, como maldecidas por un embrujo, en lugar de aclararme nada, me devuelven preguntas de qué pasó después. Y, como ellas, maldita sea, tampoco tengo ninguna respuesta.

Y escribo cartas para poner en palabras todo cuanto siento. Cartas que meto en botellas de cristal, para lanzarlas al océano con la esperanza de que alguna llegue a quedar encallada en la bahía más sensible de tu corazón. Son cartas de amor, escritas con tinta verde. O tal vez sean las cartas que anuncian una muerte temprana y se quedan como legado de cómo amar a quien un día dejó de existir. También pueden ser cartas que se conviertan en un tratado en donde los seres humanos desentrañen cómo nace un sentimiento.

Porque así me despierto yo todos los días, como nace un sentimiento: casual, intrínseco, emocionado, expectante, sorpresivo, confuso… esperanzado. Porque en lo más profundo de mi ser, hay algo que me dice que jamás me podrás olvidar, que me sigues queriendo; porque sé que desde mi adversidad, te muestro lecciones de valor sustentadas por todo cuanto fuiste para mí; porque la utopía no tiene las puertas cerradas como lo imposible, que dijera Benedetti.

Y porque doy FE de que no hay herida que no pueda cicatrizar lentamente con AMOR.






domingo, 21 de abril de 2013

NUÑOMORAL V

Y como por la calle del “después” se llega a la plaza del “nunca”, que dijo el otro, decido, sin más dilaciones, continuar mi paseo.

Salgo del Centro Cívico, giro a la derecha y enfilo por la arteria principal de Nuñomoral, la avenida del Príncipe, hacia la parte central de la población. Apenas piso la carretera, escucho una conversación breve pero, a juzgar por el tono, intensa. En la trasera de la casa del cura, se produce un intercambio de palabras entre la tía Consuelo y la tía Eladia en los siguientes términos:

Ladia, ¿pueh cúmu riegah tantu? – pregunta la tía Consuelo.
¡¡Voh brincaran loh ojuh a toduh loh que me veih regá tantu!! - le contestó la tía Eladia con cajas destempladas.
¡Mala salación te abrasi la lengua, dehgraciá! ¿Acasu te hei ofendíu yo amparu malditu? - saltó la tía Consuelo mostrándose ofendida por la extemporánea contestación de la tía Eladia.

Menos mal que la cosa no fue a más, ya que la tía Eladia llevaba suhtrivao en su hombro derecho el sacho con el que iba a regar. Y todos los lugareños sabemos bien qué es aquello de “endiñá un zachazu”.

A mis espaldas, en el cascajal del río Hurdano, algunas de las cabras de Santos emiten finos y lejanos sonidos provenientes de los cascabeles que llevan atado a su pescuezo.



Aunque el recuerdo es vago, me vienen algunos flashes precisos del comercio de la tía María, la esposa del tío Florentino y los confites que la buena mujer nos solía regalar si le hacíamos algún recado.

Si te ponih pal lau de abaju te da máh confitih.
¡Qué tendrá que ve andi te coloquih, hay díah que da menuh y ya ehtá!

Dejando a la izquierda el mencionado comercio, junto a la casa del cura y la de Satu, me encuentro con la puerta de la Mariana, y de nuevo el recuerdo me invade y golpea de lleno la línea de flotación de mis emociones. Esta casa es muy significativa para mí, porque ahí vivía mi querido y gran amigo Veni y en esa misma casa tuvimos muchas vivencias, demasiadas historias que forman parte de nuestra vida. Llegaba con mi padre a su bar, situado en la parte de abajo de la vivienda, me tomaba un vaso de naranjina (naranja en botella de cristal de un litro de la marca “La Casera”, seguro que todos/as la recordáis) y enseguida Veni desde arriba, desde su cocina, me llamaba para que subiera a jugar a los Juegos Reunidos Geyper, tenía la caja de quince juegos reunidos: el parchís, la oca, las damas, el ajedrez, los chinos, las ratas, la ruleta, el quita y pon, etc. Momentos casi mágicos que se veían quebrados sólo por la voz de mi padre diciéndome:

¡¡Tivi, bájati venga, que muh vamuh, eh tardi!!

El bar se llamaba “MARIPLA”, respondía a los nombres propios de sus gerentes: Mariana y Plácido. Tenía el nombre puesto sobre la pared, en la parte superior de la puerta de entrada, con letras pintadas.

Mi hermana Maribel, la Nieves, la Angelita, la Meme y la Dalila, a las cuales me permito calificar como las comadres del siglo XXI, cuentan que cuando iban a la escuela, durante los recreos, cuando tenían liquidez, se compraban un bolleti en la panadería de la buena de la tía Encarna y posteriormente se pasaban por el MARIPLA y se hacían un bocadillo de anchoas, el cual ajorraban con un chato de naranjina. ¡Vaya tela!

Inmediatamente después de la taberna de Mariana y Plácido, casi pegada a ella, se encontraba la vieja panadería de la tía Encarna. Nos volvía locos el olor a pan recién horneado cuando pasábamos por allí hacia la escuela. Era un pan delicioso, con sabores remotos e inolvidables, pero que ya jamás volveremos a degustar.

- ¡Carna, Caaarna! Deimi un pan reondu y doh barrah de lah grandih.
- Déjati a vé. Ahí va esu, toma. ¿Te lo apuntu?
- Sí, tomá el palu (un palo de madera que se le hacía una muesca y, cada una de ellas, era un pan que se debía).

Estoy terminando mi paseo, pero antes de llegar a la terraza del bar de Eulogio para reunirme con mi amigo Javi, quiero asomarme al Olivá. Esta zona también está impregnada de recuerdos para mí, ya que de niños la frecuentábamos mucho.


Encaro de frente y lo primero que veo son los enormes e infinitos olivos que tantas veces trepé de pequeño. Pasada la Casa de Cultura, a la izquierda, observo la casa ya abandonada de la Pepa y Tasio y me llega el recuerdo de la primera vez que vino a Nuñomoral una persona de raza negra. Y me viene este recuerdo porque, entre las diversas reacciones de la gente, la de la Pepa fue muy graciosa.

Resulta que llegó hasta el pueblo un señor de piel negra -no recuerdo a qué, la verdad- que iba caminando por la carretera, y a medida que avanzaba, cada vez iba más gente detrás de él. La sorpresa de la gente más mayor al ver algo tan inusual y tan extraordinariamente raro como un hombre negro fue mayúscula.

- ¡Ayyyy, Dioh míuuuu! Pero, ¿cúmu ehtá esi hombri ansina? ¡¡Benditu sea Dioh, si yo hei ehtau a carbón y nunca me hei puehto ansina!! – exclamaba sorprendidísima la tía Claudia.
- ¡Válgami Dioh, Señó! ¿Tú erih ansina o te hah pintáu? – le espetó la Pepa al hombre tan ricamente.
- ¡Por loh clavuh de Crihtu, dáili a esi hombri una pella de jabón y que baji al ríu a lavasi ya mehmu! – gritó con fuerza la tía Juliana cuando lo vio.

Si es todo un acontecimiento mágico cuando vamos descubriendo realidades desde niños, pues os podéis imaginar cuando lo hacemos de adultos, ya con nuestra razón conformada y nuestra experiencia previa integrada.

Más arriba y, pasando junto a la casa de la tía María y el tío Antonio, vive otra persona entrañable y muy significativa del pueblo: la Goya. Todo el mundo tiene recuerdos positivos de esta buena mujer.

La Goya siempre ha tenido entidad propia, era la Goya, sin más, no la Goya de Daniel, no. Al contrario, más bien, de siempre, en el pueblo, nos hemos referido a Daniel, como Daniel el de la Goya, pero no al revés. Ya digo, la Goya siempre ha sido y es la Goya.

Esta mujer siempre estaba rodeada de todas las niñas del pueblo, las cuales sentían auténtica veneración por ella. Y a ella le encantaban las niñas. Les hacía muñecas artesanales con palos y trapos o les cortaba una mazaroca (mazorca) cuando aún estaban en proceso de maduración, rodeadas por las hojas y con una espiguilla de pelo que tenían en su punta superior. Las hojas semiabiertas y moldeadas se convertían en un precioso traje verde y la espiga de pelo en una hermosa cabellera rubia que servía para hacerle dos trenzas, con lo cual adquirían una forma de muñeca muy fidedigna. Como veis, a la Goya, le sobraba imaginación, era toda una artista.

El drama venía cuando llegaba la época de los pimientos, de los algodones o la siega, donde la buena de la Goya tenía que ir a ganar unas pesetas. Durante estas campañas, la Goya, tenía que ausentarse del pueblo durante unos veinte días o un mes y esto suponía una desazón mayúscula para algunas niñas del pueblo. Mi hermana Ami, por ejemplo, era una de las que cuando la Goya partía, iba tras ella un buen rato llorando y gritando:

- ¡¡ Ay la mi Goyititaaaaaaa, Dios míoooooo!! ¡¡ No te vayas Goyititaaaaaa, no te vayasssss!!

Y aquel día era imposible consolarla con nada, el disgusto era indefectiblemente enorme.

Desde la misma puerta de la casa de la Goya, pierdo mi mirada en el camino de la Ró la Plaza, un precioso paraje de Nuñomoral donde íbamos a buscar jonguh (mira qué jongu, pareci un paragüah. Vamuh a vé si vemuh el compañeru) y colmenitah (mira qué rancherá, machu, menuduh tetonih tienin), cada cosa en su tiempo. También era un lugar idóneo para ir a por níuh (ehti lo ha aburríu la pájara).




- ¡Qué pesao eres, majete! – me reprende Javi de nuevo desde la carretera.
- Ya está, ya voy. – le contesto.
- No, pero yo ya me voy a comer, no me apetece ya tomar nada – concluye mientras camino hacia él.

Ha sido un paseo realmente precioso, en el espacio y en el tiempo. Volveré de nuevo, sobre el sustento de Nuñomoral, a pasear por mis orígenes, a practicar caminatas interiores que enseñen al mundo de dónde vengo y por qué soy quien soy.

Siempre volveré y con el orgullo propio de la humildad que me dio Nuñomoral, recordaré las sabias palabras del poeta hondureño Ramón Sosa: “Definitivamente, los vivos no podrán destruir la perfecta igualdad de los muertos”.

Miro un cielo azul bahía que tratan de ocultarme las nubes y siento como si mi alma hubiera sido expulsada del planeta social en el que los demás viven…