martes, 20 de noviembre de 2012

RECUERDOS PEINADOS POR EL VIENTO y II

Un nuevo amanecer de esperanza me saludó temprano, con un sol que dudaba si seguir oculto tras las nubes o salir. Fue un amanecer con un color especial, con vapores de agua y rayos de luz que jugaban a ganarse. Y le conferían al mar una superficie de escamas plateadas, agentes naturales que engalanaban el día de tu conquista.

Deseaba llegar pronto junto a ti y, en el trayecto de mi casa a la bahía, aceleré mis pasos, achiqué las distancias, redondeé los ángulos de las esquinas y le gané al aire.

La esperanza es un requisito imprescindible para la supervivencia humana, por eso desde mi roca habitual miré un horizonte que me presentara como posible lo que tanto anhelaba: Tú.


Paseabas por el mar curvando con tus pies descalzos los límites irregulares que las olas dibujaban babeando sobre la arena. Estabas preciosa y tu vestido blanco te elevaba a la condición de divina, creo que nunca antes había contemplado algo tan bello.

Al final de tu camino, te pusiste en equilibrio sobre la punta de tu pie derecho e hiciste cuatro giros sobre tu propio eje, dejando en el aire varias tiras de tu piel que el viento se encargó de traer hasta mi corazón.

De repente, detuviste tu marcha y te quedaste mirando fijamente al suelo. Te agachaste y escribiste algo en la arena con la punta de un objeto punzante. Y retornaste a tu lugar habitual, en tu roca preferida, a los pies del Peine del Viento.

Tenía prisa por llegar allí y ver qué habías escrito, presentía que aquello dejaría en mí un poso, me habilitaría para entender mejor tus estados anímicos. Empezaba a sentir la rara sensación del encuentro con la extraña; con esa persona que jamás has visto, pero notas en el aire una sucesión de fuerzas ocultas que empujan a ambos a la coincidencia, es como el dibujo invisible de la pasión.



Sólo leer el mensaje, llegó una ola y lo borró. Parecía como si el mar hubiera empezado a ser mi cómplice, no permitiendo que nadie más leyera un mensaje cuyo dueño era yo y solamente yo.

Y sin imaginar conversaciones, sin ensayar posturas, sin dibujar gestos me planté frente a ti y me quedé mirándote en silencio. Noté que hacía rato habías dejado de leer, pero no apartabas la vista de tu libro. Y sin mirarme, al fin, dijiste:

- Hace tiempo que me miras, ¿por qué?
- Veo en ti un misterio que me encantaría descubrir.
- ¿Qué te gusta?
- Me encanta tu forma de caminar cuando te veo de espaldas, la disposición de tus pies es realmente preciosa.
- Vaya, me sorprende que te fijes en eso.
- Claro, presto atención a tus cimientos. De ahí para arriba te construyes.
- Pues mi vida ahora mira a vista de gusano, estoy de vuelo raso.

No quería seguir, pero tampoco me quería marchar, lo último que deseaba era alejarme de ella en aquel momento.

Sin embargo, la precisión de mis mensajes debería rayar la perfección para no hacerle daño, ya que no me podía permitir aprovecharme de su debilidad emocional. Cuando luchas contigo mismo en el lodo lo fácil es debilitarse, rendirse y hundirse. La derrota es también una opción personal, además bastante fácil de escoger en determinados momentos de nuestras vidas.

Paseamos juntos por la playa y durante largo rato sólo habló el mar, hasta que decidí arriesgarme y ayudarte a recuperar tu confianza básica, ayudarte a reconstruir.

- Me topé con muchas personas cuya vida había sido arruinada alguna vez, algunos aprendieron a habitar en esas ruinas. Lo que es imperdonable e irreversible es imponer a nadie una segunda destrucción... la que ese alguien puede llegar a imponerse a sí mismo.
- Es un razonamiento convincente, sí.
-Veo menoscabada tu realidad física y tu circunstancia, sí, pero yo creo en ti porque percibo que tu realidad íntima es invulnerable. Eso y yo somos motivos suficientes para estirar las alas y dar posibilidad nuevamente al vuelo.
- Tú eres una razón también convincente, pero no sé cómo te voy a tener, o si te tendré, o si te tengo ya… Tengo una seguridad aplastante de que tú eres el hombre de mi vida.
- En ese caso, lucha contra tu propia alma y contén dentro de sus fronteras la verdad.

Y retornamos al silencio mientras paseábamos agarrados de la mano dejando nuestras huellas en la arena de una playa que había sido invadida por la oscuridad de la noche.

Las luces del horizonte llegarían un día hasta la orilla para iluminar nuestra oscuridad, para alumbrar nuestra vida... común.


Enseguida había entendido que todos los protagonistas de tu vida eran . En ello me pondría, dejaría de ser yo y me convertiría en ese

Y la hora bruja sería la hora que nos permitiera estar juntos todos los días.¿Qué más da el número? ¿Qué importa el tiempo? Lo importante es sentir esa especie de sensación que parece una brujería... la brujería del amor.

La novela de tu vida tendría una interpretación perfecta.





1 comentario:

Pilar Montero dijo...

El Amor el una magia poderosa, la más poderosa