lunes, 6 de septiembre de 2010

MIENTRAS DUERMES

Duermes profundamente. Tu imagen parece la portada en blanco y negro de una novela titulada “El descanso de la mujer que luchó”. Permaneces inmóvil, ajena a la vida, incluso a ti misma. No sueñas nada, porque ya lo tienes todo.

Irrumpo en tu estancia con mi caminar de pluma de ave y contemplo tu imagen de bruja divina. Huelo tu cuello; toco tu brazo desnudo lenta y suavemente, haciendo una caricia infinita, inacabable... tomo tu almíbar con labio de nube blanca. Dos ojos preciosos se abren y me hechizan con su mirada. Vuelven a cerrarse.

Me estremezco, mi cuerpo tiembla con tu contacto, tu presencia es la luz permanente de un rayo no fugaz. Te tengo inyectada en mi alma. Te amo. Intento hablarte al oído, pero los besos roban mis palabras. Tomo tu sabor con la punta de mi lengua. De nuevo miro tu cara, color de luz solar, y me invade una emoción intensa y agradable, algunos intrusos desconocidos se condensan en mi pecho, siento como si me fuera a brotar una flor. Carita de ojos cerrados, me hace bordear el cuento de hadas... contemporizo entre la locura y la cordura.

Toco tu pelo, enredadera que me trepa, que me trenza, que me lía y me anuda a ti. Miro tu cara y veo el mundo más bello, más hermoso. Necesito vivir más, tener más tiempo para dedicarte todas las miradas de mi vida. Sigues dormida y decido visitar tus piernas, imagen caucásica moldeada con mucha nata, con leche de coco y también de almendras. Mi deseo aumenta, necesito habitarte completamente, visitarte por dentro, pero no quiero despertarte. Separo tus pies y descubro una coordenada rectangular de tu cuerpo. Arriba, a lo lejos, en tu norte, un pestañeo delata el final de tu sueño. Remonto tu cuerpo en un baile silencioso, con algún beso de seda en mi viaje, me amanso en tu pecho y siento cómo late tu vida. Tus párpados son un telón que se abre y muestran un precioso paisaje de hierba fresca, el cuarto color del espectro solar...

Me miras, me regalas una sonrisa que me hace cumplir todos mis deseos. Abarcas mi cabeza con tus manos, presionas suavemente, me llevas hacia ti y me besas en los labios. Me dices que me quieres y que me deseas como jamás has deseado a nadie.

Decido terminar con la interrupción de tu descanso y me marcho lentamente, con más ruido que cuando llegué a ti. El sonido de mis pasos pierde dulzura y suavidad, los escuchas y te suenan como una balada triste de violín. Me pierdo navegando en la inmensidad del mar de la vida, esperando que la generosidad de las olas me lleve a naufragar algún día en las costas de tu regazo... y quedar ahí varado para siempre...

Cuando voy a cerrar la puerta doy media vuelta y, levemente separada de tu cuerpo, veo una llama de amor que titila con ligero temblor. Sonrío y marcho satisfecho.

2 comentarios:

Isabel dijo...

Las personas de sueño ligero, como yo, adoramos la vigilia, pues nos parece, que el descanso, a pesar de inevitable y necesario, nos hace perder horas de vivencias...
Qué bonito saber que hasta dormido, uno puede vivir, y hacer vivir en el otro, experiencias tan intensas como la que acabo de leer...
Quizás, mientras dormíamos, tú escribias esta maravilla...
Un abrazo!!

Ad Fauces dijo...
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