domingo, 10 de octubre de 2010

CUALQUIER AMANECER DE MI VIDA


Ha sido una noche de lluvia intensa, de mezcla de escalofrío en la cama con una sensación entrañable de cómoda calidez. El roce dulce y apacible de la sábana rompe mis ganas de salir de la cama. En un acto de gran responsabilidad me levanto y desayuno con la queja de mi cuerpo aún reprochándome mi falta de tacto y consideración conmigo mismo.

Abro las cortinas de la ventana de mi habitación, y el campo está secando las últimas lágrimas metálicas que la noche ha dejado sobre sus lomos. A lo lejos, en el horizonte, cuatro nubecitas conformadas con vahos de esperanza se dirigen hacia el cielo a contarle a Dios qué pasó durante la noche en la Tierra. Llevan mensajes de esperanza… o de destrucción, tal vez. En su vuelo pueril chocan entre sí, se besan, se rascan, sonríen y se empujan.

Suena la puerta a mis espaldas y el día va encendiendo su luz, un poco tamizada por la fuerza de la lluvia. Una lluvia inesperada que llegó de sorpresa, como las malas noticias. Una lluvia que ha llenado los depósitos de los corazones de la gente, para que los lagrimales no se sequen. Hay muchos motivos por los que llorar todos los días. También hay razones a raudales por las que reír, pero nos las ocultamos a nosotros mismos. Y, claro, no las encontramos. La tristeza avanza en su conquista del ser humano, enarbola su bandera triunfal en la cima de nuestra existencia. Pero esto tiene poco que ver con un amanecer de mi vida, aunque tiene mucho que ver con los amaneceres de millones de personas.

En mi caminar matutino, cuatro notas de un ukelele, que salen por la puerta de una cochera, acarician mis tímpanos y se posan en mi interior. En cierto modo, me dan alegría. Las prisas de la mañana me llevan en volandas y no me dejan respiro para disfrutar un nuevo amanecer de mi vida, un amanecer cualquiera.

Llego a mi trabajo y, en el camino, metro a metro, algo o alguien ha esculpido en mi rostro una cara de grave responsabilidad que elimina cualquier atisbo de sonrisa. Quizá sea la fuerza de la vida, tal vez sea eso que llamamos rutina, o puede ser una fuerza intrínseca que nos ensimisma y nos conduce a la lejanía infinita. Por la noche duermo y por el día me anestesio, qué ciclo vital más triste. Decido que, a partir de ahora, cada amanecer de mi vida, lo celebraré disfrutando de la existencia de cada persona que me rodea.

En este nuevo amanecer bendigo la proximidad de todos y todas cuantos me leéis y pido fervorosamente a la Divinidad por vuestra salud. Ojalá el tiempo y la casualidad nos mantengan unidos, en hermandad y en plena armonía. Y que el cupo de nuestra cara se llene de sonrisa, para que no quede ni un solo espacio para la tristeza...
¡¡SALUD!!

2 comentarios:

Noelia Torres Torres dijo...

Después de estas palabras tan bellas, me da miedo comentar y poder expresar lo que he sentido.
Los bellos amaneceres se nos escapan a menudo al igual que muchos de los buenos momentos de la vida, se nos olvida disfrutar cuando pensamos en vivir. Qué triste no darnos cuenta en el momento.
Qué bello es leerte.

Anónimo dijo...
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