sábado, 6 de noviembre de 2010

UNA VIEJA ESTACIÓN

La vieja estación permanece aún dormida. Espera la llegada de un cielo azul bahía. En su interior, un hombre silencioso teme el despuntar del día, mientras observa a través de la ventana cómo el viento de poniente lleva y trae caprichosamente todo lo que se encuentra al otro lado de los cristales. Es un vaivén acompasado parecido al que la melancolía y la tristeza producen en su interior. Los últimos residuos de la noche luchan a brazo partido con los primeros retazos del día. Se impone la tozudez de la claridad.

Una mujer bellísima permanece en el andén de espaldas a la terminal. Está ataviada con un vestido blanco impoluto, como la inocencia. En el pelo lleva una rosa de rojo pasión. Y en su alma, varios remiendos hechos por algunos desgarros de amor. Espera expectante que llegue un abrazo del hombre que ama, tal vez uno de los últimos abrazos.

Un beso mudo se posa en un moflete precioso y activa una sonrisa de ojos tristes, enamorados. Rodeo con mis brazos tu cintura y con mi pecho pegado a tu espalda te digo cuánto te quiero y te pido que no te vayas. Tu mirada se clava en la manzana de un árbol y casi la parte en dos. Te rodeas y me abrazas de nuevo, y yo aspiro con apetito fiero un atisbo del aroma de tu pelo y de tu piel. Pones cierta distancia entre los dos, me miras casi con lástima y dibujas en tu rostro una sonrisa leve, callada. Una sonrisa que es un regalo inmaterial que anida en mi corazón dañado. Es la sonrisa de una mujer enamorada.

Una vieja máquina negra saluda a su llegada con ingentes cantidades de vapor glaciar, mientras emite un silbido tan largo como el tren. Los pájaros dejan de trinar y riñen al maquinista con su aleteo alborozado. Los pasajeros toman posiciones en el andén para escoger su vagón. Y tú y yo permanecemos inertes abrazados ajenos al mundo. Es el abrazo del dolor, quizás nuestro último abrazo.

El maquinista, que es un hombre duro que no entiende de amores, da el último aviso para subir al tren. El momento es dramático, terriblemente doloroso, es una sensación horrible que me causa terror, que no puedo tolerar y me hace sentir pena y congoja. No resisto tu marcha.

- Amor, quédate. No te vayas, mi vida, te quiero como jamás volverás a ser amada. ¡Moriré de amor por ti, mi princesita linda!

Subida al primer escalón del vagón, corro paralelo al tren, las yemas de nuestros dedos siguen pegadas. El tren avanza inexorable taladrando las montañas con su estruendoso chacachá y su pitido furibundo.

Detrás queda un hombre vacío, muerto de pena, que mira con ira contenida a ese maldito tren y lo bautiza como “el expreso del olvido”.

Reposo mi aflicción en uno de los bancos de la vieja estación mientras maldigo mi suerte. Con lágrimas en mis ojos azul plomizo invoco al futuro y te lanzo en voz alta mi último mensaje:

- Amor, espero un día poder despertar del funesto sueño de tu ausencia. Mi único deseo es volver a palparte, acariciarte, abrazarte, mimarte y volver a sentir de nuevo tu olor mágico. Sólo deseo que cuando despierte de esta pesadilla te encuentres junto a mí, porque cuando estuve junto a ti fui MUY FELIZ.

3 comentarios:

Isabel dijo...

Entretanto, ella, mientras el vagón la conducía hacia su irremediable destino sonreía levemente, emocionada, tras la mejor demostración de amor que la habían dedicado jamás... dejarla marchar...
En su interior, aunque lejano, vislumbraba un posible regreso hacia el lugar de donde nunca debió marcharse.

El viento seguía soplando alocado y aún así, por las ventanas de aquel incómodo vagón, pudo comprobar como ni el vuelo de las hojas desplomadas de los árboles conseguían competir en velocidad con aquella vieja máquina.

paz dijo...

Y se marchó para no retornar, como esa hoja que el viento arranca sin piedad de la rama que fue su cuna al germinar y que ahora le otorga libertad...

Mujer dijo...

No te lo digo, te lo hago... allá voy!