miércoles, 20 de febrero de 2013

NUÑOMORAL II

Bajo el puente que da acceso a la Collaíta, frontero a la Huerta el Río, se sitúa el charco de las Tinajas, donde íbamos habitualmente a bañarnos de pequeños. Era curioso, pero cada barrio del pueblo tenía un charco de referencia para bañarse. Y este hecho a nosotros nos creaba un fuerte sentido de pertenencia y de propiedad, hasta el punto de reprochar a cualquier niño o niña de otro barrio su atrevimiento de haberse ido a bañar a “tu” charco. Los del Barrio de Abajo, iban a los Cogotones o los Huertinos, los que vivíamos en la parte central del pueblo, íbamos a las Tinajas y los del Encinar, iban a las Presas. Finalmente, tenían una condición de neutros los charcos de las Barrancas y de Doñabril.
-      Mira machu, se ehtán bañandu loh del Enciná en el nuehtru charcu.
-      Esu eh porque en la Presah hay piojuh.
-      Jajajajajajaja (risa colectiva).
Cuántas tardes de estío bajo los ya desaparecidos mimbreros junto al Hurdano, con olor a peces y a piel mojada de ducha semanal, con pelos hirsutos coronando nuestras cabezas, con calores caniculares que no menguaban un ápice nuestras energías y nuestras ganas de compartir y vivir, con anécdotas y risas, con chispazos de miedos infligidos por los más mayores para que les dejáramos el sitio, con millones de planes imposibles de desenvolver en una cortísima tarde de verano…


Javi, molesto de tanto silencio, se ha marchado diciéndome que me espera en la terraza del bar de Eulogio.
Levanto mi vista y hago un barrido circular de las cordilleras que rodean al pueblo. Observo a lo lejos la loma norte de la sierra rozada de Los Toribios, donde de pequeño iba a coger las aceitunas de mi tía Antonia con mi primo Tomás. Pasábamos el día entero y mi tía llevaba la comida en una cesta de mimbre tapada con un paño de cocina. Comíamos de secu y con pan retrasau, pero estaba todo tan rico. Mientras mi primo vareaba los olivos, mi tía y yo cogíamos las aceitunas que caían al suelo. A primera hora de la mañana hacía un frío perrunu que te dejaba los dedos como témpanos de hielo, apenas podías atrapar las aceitunas. Como anécdota curiosa, puedo contar que uno de los días que fuimos se le olvidó a mi tía llevar agua y, evidentemente, como todo buen niño, cumplí con la ley de Murphy de pleno: ¡seco de sed desde el minuto uno! Tanto suplicio llevó a mi primo Tomás a incitarme a pegá un trago de vino “aunque solo sea pa mojá el gaznati”. Pues así fue, lo único que le pillé el gusto al tinto y al cuarto o quinto traguitu me daban vueltas en la cabeza Los Toribios al completo. Mi tía medio enfadada y mi primo tronchado de risa, claro está. Seguramente todo el mundo recuerde aquel vino: una botella de cristal de un litro, marca La Casa y con un tapón casi plano de plástico que se encajaba en el bocal de la botella, el cual era luego utilizado por las mujeres para hacer tapetes para las mesas bordándolos con hilos o lanas, no recuerdo bien.
Y cada sierra que miro está bordada de recuerdos, de vivencias pasadas que conservaré para siempre en mi memoria y en mi corazón.


Dejando a mi izquierda la casa de Alonso, la de Santi el de Chago y el secadero de jamones de Lolo, llego hasta la puerta de la iglesia. Un lugar enormemente significativo, no porque fuera donde nos bautizamos todos y todas, sino porque ahí hemos ido despidiendo a muchos familiares y amigos, seres queridos que formaron parte de nuestra vida y de la sólida historia de Nuñomoral, hombres y mujeres que dejaron esta vida siendo ejemplo y espejo para todos los que vinimos después. Descansen en paz y tengan nuestro recuerdo permanente como homenaje póstumo.


Y de nuevo una imagen en blanco y negro se sobrepone a mi visión que me lleva a pasados de mi vida ya lejanos en el tiempo, pero nunca remotos en mi memoria. Y observo el atrio de la iglesia lleno de niños y niñas completamente abstraídos cada uno en sus juegos, emitiendo un galimatías de voces, risas y riñas que llenaban el pueblo de alegría, de vida.
 Niñas con vestidos desgastados, zapato de hebilla y calcetines de hilo jugando al pati (¡pídola!), a la comba (¡aaaaarreeee botujón que de cuantas son, si es de veintiuna, que se salga unaaaaa, si es de veintidós, que se salgan dossss...!), a la goma y sus saltos rítmicos, desde que empezaba el nivel en el tobillo, subía a la altura de la rodilla y terminaba en su máximo grado de dificultad, la cintura.
Niños con pantalón de pana y remiendo, con zapatillas de lona azul y suela y punta de goma (las famosas y recordadas TAO) y calcetines de lana densa de colores oscuros, que jugaban a los corchonazos (¡¡Ni un paso!!); al bote – bote (bote – bote lagartija sin bigote por… y se decía el nombre del que había sido descubierto); al pío, que consistía en introducir un palo esférico de unos  doce centímetros, afilado por sus dos extremos, en un círculo amplio dibujado en el suelo custodiado por otro jugador provisto de una tabla ancha que trataba de impedirlo. Cuando el pío se introducía en el círculo, se conseguía la victoria y los jugadores cambiaban los papeles; de lo contrario, el jugador de la tabla, golpeaba el pío por cualquiera de sus afilados extremos y cuando este se elevaba hacia arriba con ímpetu ¡¡ZAS!! Se le pegaba un castañazo con toda el alma para mandarlo lo más lejos posible del círculo y hacer así más dificultosa la tarea del jugador rival de conseguir el objetivo último de introducirlo en el susodicho círculo (¡Jajajaja, Dioh machu pandi ha díu!); a los bolindrih (canicas), bien a burricáh o a ganá, dando media, cuarta, pie, tute y gua, quedando el contrincante manducáu, recordando el huero mochón, la cotorrina arriba, el coto,  el sucio y el sucio coto pa las tres.
-   ¡Copollina arriba!
-   El forru loh mih cojonih, tienih que tirá endi abaju y si no habelu dichu antih.
Y un sinfín más de juegos que no enumero por motivos de espacio y tiempo, todos ellos circunscritos a épocas determinadas y a sexos diferenciados.
Vuelvo al presente y me siento como si estuviera regresando de un viaje profundo, sosegado... es como si me invadiera un deseo inexplicable de quedarme permanentemente en el mundo que acabo de pensar...


5 comentarios:

Pilar Montero dijo...

Ay, que buen post! Puro recuerdo

Pilar Montero dijo...

Ay, que buen post! Puro recuerdo

Primitivo Expósito Azabal dijo...

Muchas gracias!!! Puro recuerdo de lo vivido, de un pasado precioso. Eso sí, también te digo que los recuerdos vienen a millones, tengo que cortar y pulir mucho para dejar lo que publico, porque si no estaría todo el día escribiendo y las entradas sería de mil folios!!! Jjejeje tira la tierruca, eh!!!

Anónimo dijo...

Ay...añorada infancia!! Que noble es no olvidar tus raices y amar aquello que te vio crecer. Me gustó leerte!!

Primitivo Expósito Azabal dijo...

Muchas gracias por este comentario tan amable y real!!! Eso sí, insisto, no me gustan los anónimos, una mínima identificación vale.
GRACIAS!!