jueves, 20 de junio de 2013

MADRID FASHION I

Cuentan que la casa de Chipiona de la difunta cantante Rocío Jurado, a la sazón “la máh grande”, está dotada de un hermoso patio de tradición andaluza: fresco y floreado. Hasta ahí todo pudiera parecer idílico, incluso envidiable.

Sin embargo, el también desaparecido literato y columnista, el egregio y prócer Paco Umbral, dejó escrito en algún periódico español de tirada nacional que en el reseñado patio chipionero, el entonces marido de la Jurado, el famoso y también yacente ex boxeador Pedro Carrasco, tenía allí un juego de lavatorio de aquellos de jofaina y palangana de porcelana que iban colocados en una estructura de hierro. Y yo me lo creo.

Bien, pues llegados a este punto y a pesar de estar mediatizados por el chivatazo de Umbral, podríamos seguir pensando bien de Rocío y Pedro atribuyéndoles un gusto castizo por lo típico, puro y genuino de nuestro pasado, como si dijéramos que los dos eran unos enamorados del sabor de lo antiguo. No en vano, atendiendo al hecho y a la época en que se circunscribe, podríamos hasta calificar a la folclórica y al púgil como unos vanguardistas, unos verdaderos avanzados en la cosa de la decoración y el arte del adorno. Y para apuntalar esta afirmación, no tenemos más que asomarnos a uno de estos omnipresentes   hipermercados chinos, y comprobaremos de inmediato que este ajuar es de los más adquiridos por las familias españolas actualmente (en Plasencia, Juanito el Chino, lo tiene como un producto estrella, líder de ventas).

Seamos claros: ¡¡Manda cojones!!

Haciendo un importante ejercicio de memoria, creo recordar la parte que me interesa para esta entrada de blog de la columna periodística de Umbral. Y transcribo literalmente las palabras del autor: “... Y era allí, en aquel patio, donde Pedro Carrasco se lavaba las manos y los sobacos todas las mañanas en una palangana... ¡¡Cuánta España profunda, Dios mío!!...”. Además yo me identifico mucho, porque soy de Nuñomoral y tengo en mi pasado esa vivencia. Es más, recuerdo que las gentes de mi pueblo denominaban ese tipo de aseo como “lavarsi lo gordu”.

En una vieja entrada de mi blog, publicada en abril de 2010 y titulada “Spanish Estampa”, yo ya apunté que los españoles tenemos una autoimagen excesivamente elevada, que en muchos casos no se corresponde con la realidad. Es más, pienso sinceramente que han evolucionado más las cosas que las personas en España.  De la maleta de madera atada con una cuerda de los años 60 a la actual y ultramoderna maleta Samsonite del siglo XXI, realmente hay un abismo, una diferencia significativa en cuanto a diseño y operatividad. Sin embargo, no ocurre lo mismo con un analógico labriego de Nuñomoral de los años 60 y yo mismo como ciudadano de la era tecnológica del mismo lugar, si acaso la boina. Nuestro pensamiento terminal de filosofía de vida es idéntico, aunque ligeramente puedan variar algunas formas de llevar a cabo el logro de nuestras metas. Sé perfectamente que esto tendría más debate y millones de matices, pero ahora no toca abordar en profundidad el tema, además no olvidemos que hablo de autopercepciones y no de realidades.

Cualquier persona que lea esta entrada, a estas alturas de la misma, pensará con toda razón: “¿dónde querrá ir a parar?”. Pues precisamente ahí, a lo que verdaderamente capta la retina del ser humano, que es justo todo aquello que a cada uno le sale de los cojones. Y como cualquier consideración relativa al ser humano está en oposición al mundo externo, pues yo voy a tratar a través de una anécdota que me ocurrió en Madrid que bajemos un poco los humos, que no nos creamos tan megamodernos ni tan avanzados, tan sabios, tan cosmopolitas y tan europeos.

En la puerta del Leroy Merlín de un parque comercial de Madrid (capital de España), muy animado, casi eufórico, un hombre de mi misma edad le estaba contando a otro hombre de nuestra misma edad (año parriba, año pabajo) que había estado días atrás en un puticlub y que se había follado a una puta búlgara.

-    ¡Sólo que me ve entrar ya va a buscarme, macho! Yo creo  que está enamorada de mí, de verdad. Se llama Mariana y es muy simpática. Probé con ella porque había estado antes con dos y no tuve buena experiencia. A una le olía el aliento y la otra no besaba. En fin, que no, que a mí me gusta que sean más enrollás, tío. Ahora mismo es que es verdad, si no te besan parece que es menos real eso, ¿sabes?

Su antagonista le contestó un ya casi inaudible.

- Luego algunas son unas espabilás, tienen operadas las tetas y no te dejan ni, ni, ni, ni… ni ¡qué sé yo! Ni chupá, ni estrujárselas, ni .

Su compañero siguió dándole oídos pero con menos entusiasmo del que esperaba el exaltado narrador.

En este punto de la escucha de esta sustanciosa conversación me hallaba cuando de repente, en algún punto no localizado, se inició un ruido idéntico al que podría hacer una máquina radial amoladora. Un estruendo de intensidad media parecido al que hacen las lavadoras cuando están centrifugando la ropa.

2 comentarios:

Pilar Montero dijo...

Soberbia columna periodística en forma de post blogueril! Cóm me ha gustado, que bonito saber que sólo la boina nos distingue... me chifla esta literatura

Primitivo E. Azabal dijo...

Jijijiji esa es la clave: la boina!! Por eso escribí esta columna, como crítica a todo lo que supone sobreponer lo urbano a lo rural. Y sinceramente, para ver cantidades industriales de gilipollas por metro cuadrado nada como la ciudad. Y si son grandes, más todavía.