martes, 5 de noviembre de 2013

DE LINAJES Y PUTAS I


Queramos o no reconocerlo hay un hecho que, para bien o para mal, ha venido en resultar un mundo fascinante para propios y extraños: el sumamente controvertido universo de las putas.

La prostitución, al igual que la política, el fútbol, la religión, etc., logra unos posicionamientos claramente marcados, ya sean a favor o en contra, pero nunca deja indiferente. De ahí que podamos calificar ese mundo de complejo a la par que fascinante. Tiene un halo de misterio envuelto en las tinieblas de la noche que siempre logra captar la atención de la gente, ya sea con reacciones beligerantes o de comprensión y apoyo. ¡¡Ay, esa necesidad humana fundamental de resolver los misterios!!

El caso es que a todo el mundo le gustaría decidir por las putas, cuando ellas deben ser las que rijan su propia vida, tal cual me comentó una chica del gremio recientemente.

-    Todo el mundo opina de nosotras y todo el mundo quiere arreglarnos la vida, Primitivo.

-    Hombre, Jenny, eso dice mucho de la bondad natural del ser humano.

-    ¡Bah, paranoias, no me jodas, os podíais ir todos a tomar por culo!
 
-    ¡¡Olé!!

Huelga decir que estoy hablando de putas por vocación o, cuando menos, por voluntad propia. De ahí para arriba no se hablaría del noble oficio de vender sexo, sino de explotación pura y dura.

Y sinceramente estoy plenamente de acuerdo con Jenny en que, quien ejerce el oficio de puta, tiene que tener una autonomía y una capacidad de decisión plena sobre sus designios, debido a la importancia capital de su profesión y a la relevancia social que históricamente esta ha tenido (por cierto, contra lo que se cree, no es el oficio más viejo del mundo, un día cuento esto).

Y ahora paso a  fundamentar, a través de algunas vivencias y ejemplos próximos, la enorme entidad que trato de asignarle a la profesión de meretriz.

Un buen ciudadano de Nuñomoral llamado Rodolfo, más conocido como el Redes, trabajó de mayordomo hace muchos años con una familia  española de alta alcurnia, una familia de las de cinco tenedores, de estas de rancio abolengo. Esto lo saben muy pocos paisanos nuestros, porque Rodolfo el Redes jamás lo contaba, para darse una modestia y una discreción que él creía acorde a la importancia y gravedad del cargo que en el pasado había ostentado. Sin embargo, un día cualquiera de un año cualquiera en un lugar preciso, movido por la curiosidad y observando su porte marcial y sus delicados modos, le inquirí:

-    Redes, me sorprenden esas formas tan finas que tienes tú de relacionarte con el mundo. ¿Dónde aprendiste tanta educación, tanta urbanidad y tanta cortesía? ¿Cómo adquiriste esas formas tan exquisitas de interacción social?

Se sintió tan halagado y le cayó tan en gracia la pregunta que me desveló su secreto mejor guardado:

-    Huy, Tivi, si yo te contara. Aquí donde me ves, yo estuve trabajando de mayordomo para un Grande de España, amigo. Unos marqueses de renombre, lo que me dio pie a conocer a una cantidad importante de gente de la alta nobleza española. ¿Cómo te ha quedado el cuerpo, compadre?
 
-    De piedra, Redes, de piedra, así me ha quedado. Te juro que siempre sospeché que algo extraordinario formaba parte de tu historia personal.

La verdad es que este buen vecino y paisano tiene nombre de mayordomo: Urbano, Alfredo, Sebastián y, cómo no, Rodolfo, pero nadie en el pueblo habríamos pensado jamás que un hombre de su tiempo hubiera accedido a un puesto de esa significación.

Me resultó muy satisfactorio recibir esa información, la verdad; pero lo que realmente terminó de llenarme el gorro fue la anécdota que contó después, la cual, por la relación de su contenido con el tema de esta entrada de blog, la transcribo aquí literalmente:

-    Un tarde, el señor de la casa, don Amadeo Villalta y Osuna de Morterero, Marqués de Villamejor, como tantas veces, organizó uno de los muchos cócteles de hombres en uno de los más grandes y hermosos salones de su casa. Y en una de mis asistencias a los corrillos de duques, marqueses, condes, barones y demás títulos y dignidades nobiliarias, mientras les ofrecía la bandeja, escuché cómo expresaban la necesidad de terminar la noche contratando los servicios de algunas prostitutas para, según sus propias palabras,  poder aliviar sus necesidades varoniles. Uno de ellos me miró y buscó mi complicidad con su sonrisa, pero yo me mantuve impertérrito, ni pestañeé.

-    ¿Y él se conformó con tu indiferencia? Te lo digo porque le gente pudiente necesita tener la completa seguridad de que todo funciona acorde a sus estrictos intereses, a su capricho.

-    No, no se conformó. Te cuento. Resulta que el preclaro personaje abandonó el grupo, me tomó amablemente por el brazo, me llevó a un rinconcito y me desveló uno de los secretos mejor guardados de la nobleza: “Amigo Rodolfo, atiéndame lo que le voy a decir probo sirviente: un caballero, o más precisamente un gentleman, no puede permitirse bajo ningún concepto que se aprecien su ruina ni su tristeza; sin embargo, es muy aceptado y valorado que su carácter muestre una punta de golferío, una tendencia digamos natural a las putas... jojojojo...”.
 
No me digáis que no es impresionante lo que le cascó el principal caballero a nuestro amigo el Redes, una frase que define con certera precisión de manera integral en qué consiste genéricamente la nobleza ruin, esa que ostenta título pero no tiene ni un ochavo. ¡¡Ay, las apariencias, Dios mío!!
 
Los nobles y las putas, seres sin par.

2 comentarios:

Pilar Montero dijo...

Vaya pedazo de mensaje le transmitió, pues será cierto que ocultan lo triste y ensalzan el buen vivir? ¿y será por eso que les plantaron genéricamente el nombre de nobles??? Jajajaja, presumir nobleza por la cuna...

Primitivo E. Azabal dijo...

Un comentario de alta escuela, sí señorita!!!! Gracias!!!