domingo, 13 de septiembre de 2009

OSITO DE PELUCHE (y III)

III

El niño en muchas ocasiones le había propuesto a su madre intentar pedir él las limosnas, aduciendo que al ser manco podría conmover antes a la gente y así conseguir de un modo más fácil el dinero. Su madre no se lo permitía, ni se lo permitiría nunca. Era consciente de que una vez que encontrara su camino se engancharía a la vida y ya nada lo pararía, aunque ella ya no estuviera junto a él para verlo.

Había pasado ya bastante tiempo pero el niño no olvidaba a osita de peluche. Todas la noches, a una estrella que había cogido de referencia, le mandaba el mismo mensaje para su amada osita: “estoy junto a ti y soy muy feliz”. Era su frase preferida, la que más le gustaba, el comunicado más cargado de sentimiento que conocía. Luego, miraba fijamente a la estrella, que en su tercer tic nervioso, ya le había transmitido su telegrama a osita de peluche y ésta lo estaría leyendo llena de fortuna. Su madre lo observaba con ternura y acariciaba su cabeza haciéndole caracoles de su tristeza, pensando en la tremenda marca que aquella linda osita le había dejado, y con un enorme caudal de lágrimas arropaba a su hijo y se quedaba dormida.

Últimamente los contenedores de esa barriada de ricos apenas ofrecían sobras de comida aprovechables. Quizá hubiera crisis, pero lo cierto es que no había forma de toparse con algo interesante que llevarse al estómago. La madre preparó su viejo carrito y le dijo al niño que marchaban a un barrio de extrarradio que habitaba gente de clase media, unos adosados al alcance de cualquiera que el sistema no hubiera relegado. Seguramente las estanterías de aquellos contenedores estuvieran algo más llenas, o las gentes de la urbanización fueran tal vez un poco más generosas. Llegaron al filo de las cuatro de la tarde, llovía mucho y el día estaba muy oscuro.

- Mientras preparo todo para pasar bien la noche hijo, acércate a dar un primer vistazo a los contenedores, a ver qué hay.
- Pero es una tontería que vaya yo, aunque haya comida no puedo cogerla.
- Cobíjate y no te mojes.
- Pero igualmente voy, estoy aburrido y me da igual mojarme. Luego me secas.
- Vaaale.

El niño caminaba por la calle central de la urbanización, se resguardó de la lluvia en una parada de autobús. Desde allí vio sobre uno de los contenedores semiabiertos unas alas blancas que asomaban. No aguantó su curiosidad y se acercó, se puso de puntillas y con la boca intentó tirar de las alas, se le escurrieron y no logró sacar nada; de nuevo hizo otra intentona, este vez mordió fuertemente las alas y tiró con mucha más fuerza, hasta que del interior salió con violencia algo.

- ¡Ay, me has hecho daño!
- ¡¡¡Osita de peluche!!! ¡Dios, mi linda osita!
- ¡Eres tú!
- No sabía que eras una osita alada.
- En el escaparate siempre me viste de frente.
- Abrázame, por favor.

Se ocultaron, lo abrazó, se amaron, lo acarició, se dijeron las palabras más bonitas del mundo y se hicieron una cantidad de promesas que ya nadie podría impedirles cumplir. Todo ello bajo la atenta mirada de su madre que, embargada por la emoción, no podía articular palabra pero compartía toda la ilusión, estaba invadida por el mismo sentimiento que su hijo manco.

- Ahora ya me puedo morir tranquila –musitó-.

De la desbordante felicidad de osita de peluche y del manco aprendí yo un día que todas las personas tienen su momento, que si sientes un vacío por pequeño que sea es porque tu mejor momento está por llegar, que los huecos que te ves los rellena el destino en el instante más oportuno y que todas las dudas que surgen en etapas difíciles tienes su solución en el manual de la paciencia y del tiempo.

¡Ah, por cierto! Si tu ilusión es estudiar la larga carrera del amor, para un día poder enseñar esos mismos conocimientos, ponte en contacto con osita de peluche y con su manquito amado que ellos te acompañarán hasta la única facultad que existe en el mundo y seguramente se prestarán para guiarte gratis en todas tus prácticas durante tus estudios.

Los puedes encontrar en cualquier esquina de Addis Abeba, y como de geografía sabe cualquiera, no hace falta que te recuerde que es la capital de la ilusión de osita de peluche, la capital de Utopía... perdón de Etiopía...o yo qué sé...

FIN

1 comentario:

Vera dijo...
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